El eco del río
Episodio 3
El teléfono vibra en mi mano. La pantalla ilumina la penumbra de la librería.
Solo la letra L.
Contesto sin despegar la voz del susurro.
—¿Qué quieres, Lucas?
Al otro lado, un suspiro. Largo. Calculado.
—Valeria. Siempre tan directa.
—Es tarde.
—Lo sé. Pero no podía dormir pensando en ti.
Su tono es almíbar espeso. Falso.
—¿Pensando en mí o en la comisión?
Silencio. Dos segundos.
—Eres injusta. He conocido a un comprador. Alguien serio. Podrías salir de esto con las manos llenas.
—No voy a vender.
Mis dedos se tensan en el borde del mostrador. La madera está fría.
—No lo entiendes —su voz cambia. Ya no es almíbar. Es metal—. Necesito que vendas.
—Esa no es mi necesidad. Es la tuya.
—Te equivocas. Yo tengo una deuda de cincuenta mil euros. Si la librería no se vende en treinta días, estoy acabado. Tú también pierdes: yo te habría ayudado con la hipoteca.
Una mujer casi entra en la librería. Ve el cartel de cerrado. Sigue su camino.
—No me estás ofreciendo ayuda. Me estás ofreciendo tu salvación.
—¿Y qué tiene de malo? ¿No es mejor salvarse los dos?
Su respiración se acelera. Lo oigo. El ritmo de la desesperación.
—¿Quién es el prestamista, Lucas?
—Eso no te importa.
—Me importa si viene a cobrarse con mi librería.
Un golpe seco. Algo que cae al suelo en su lado. Quizás el teléfono. Quizás un puño contra una mesa.
—Tú no sabes lo que es deber dinero a ciertas personas.
—Y tú no sabes lo que es heredar una promesa.
Cuelgo.
El teléfono se desliza sobre el mostrador. Me quedo mirando la pantalla ennegrecida.
La noche ha cerrado del todo. La farola de la plaza parpadea, como siempre a estas horas, y por la ventana veo su luz anaranjada bailar en el empedrado. Dentro, el silencio pesa. Solo el crujido de la madera vieja y el zumbido apenas audible de la nevera en la trastienda.
Lucas debe dinero. Mucho. A alguien que no acepta excusas.
Y ahora yo soy su única salida.
Pero esa salida atraviesa el Puente de Papel.
Me paso la mano por el cuello. La llave antigua está caliente contra mi piel. La aprieto sin darme cuenta.
En el expositor, los barquitos de papel del festival esperan. Frágiles. Pequeños.
Como esta espera de cuarenta y ocho horas.
El teléfono vuelve a vibrar. Un mensaje.
Lucas: «Piénsalo mejor. No quieres tenerme en contra.»
Lo bloqueo.
No pienso nada mejor. Ya lo he pensado todo.
Y la respuesta es siempre la misma.
Esta librería no se toca.
El café se enfría en la taza. Lo dejé a medias, con las manos aún temblorosas por la llamada de Lucas. La solicitud de tasación independiente sigue sobre la mesa, como un animal muerto que nadie se atreve a recoger.
Alejandro está de pie junto a la ventana. La luz de la mañana le da en la espalda y le dibuja los hombros como un bloque. No se ha ido. Tampoco ha dicho nada.
—Deberías desayunar algo —dice por fin.
—No tengo hambre.
Cojo la taza. La llevo al fregadero. El ruido de la cerámica contra el acero me devuelve un segundo de normalidad.
—Valeria.
Su voz suena distinta. Más baja. Sin el barniz profesional.
No me giro.
—Necesito decirte algo.
Ahora sí me giro. Él ha sacado el reloj de bolsillo del chaleco. Lo sostiene en la palma, sin abrirlo. Sus dedos lo recorren como si leyera braille.
—Yo pedí este caso —dice.
El grifo gotea. Una vez. Dos.
—¿Qué caso?
—El de Ríoclaro. La tasación de El Puente de Papel. Lo solicité expresamente.
Mis dedos se cierran sobre el borde de la encimera. La madera está fría.
—Había otros tasadores —continúa—. Gente con más antigüedad. Pero yo insistí.
—¿Por qué?
Me mira. Sus ojos grises han perdido la frialdad de ayer. Ahora son transparentes. Demasiado transparentes.
—Porque quería verte.
El silencio se parte en dos. El que había antes de esa frase y el que viene después.
—Hace seis años que trabajo en esto —dice—. He tasado medio centenar de propiedades. Nunca pedí ninguna. Esta es la primera.
—¿Y qué esperas? —Mi voz suena como un cajón al cerrarse—. ¿Que te dé las gracias?
—No espero nada.
—Mientes.
Aprieta el reloj. Los nudillos se le ponen blancos.
—No miento —dice—. No ahora.
Dos pasos. Me alejo de la encimera y recupero la solicitud de Lucas. La aliso sobre la mesa, aunque no tiene arrugas. Es un gesto absurdo. Una excusa para no mirarlo.
—Viniste a tasar la librería —digo—. Sabías que era mía. Que yo estaría aquí. Y te presentaste como un extraño. Con tu traje y tu maletín y tu distancia profesional.
—No podía…
—Podías haberme llamado. Podías haber escrito. Podías haberle dicho a Clara que eras tú y pedirle que me preparara.
—¿Y habrías aceptado verme?
Me callo.
—Eso pensé —dice.
—No es lo mismo.
—Lo sé.
—No. No lo sabes. —Giro la solicitud hacia él—.
Porque si lo supieras, entenderías que esto no es un reencuentro. Es una estrategia. Tú pediste el caso.
Tú controlaste cuándo y cómo aparecías. Tú decidiste que yo no tendría opción.
—Valeria…
—Me manipulaste.
La palabra cae como una piedra en el agua. Las ondas se expanden y tocan todo: la mesa, la taza, el reloj en su mano, mi respiración contenida.
—No fue mi intención.
—Pero lo hiciste.
Él baja la cabeza. El reloj vuelve al bolsillo del chaleco. Sus dedos tiemblan al guardarlo.
—Sí —dice—. Lo hice.
Espero. No hay más. No hay excusa ni justificación ni súplica. Solo esa sílaba desnuda.
Me cruzo de brazos. La chaqueta verde oliva me queda grande en los hombros. Huele a mi abuela. A papel viejo. A tardes de lluvia cuando no había clientes y me leía en voz alta.
—De acuerdo —digo.
Alejandro alza la cabeza.
—¿De acuerdo?
—Te creo. Creo que lo pediste para verme. Creo que no fue para hacer daño.
—Entonces…
—Pero no confío en ti.
Lo veo encajar el golpe. Su mandíbula se tensa, ese gesto que ya conocía y que no ha cambiado en siete años.
—Lo entiendo —dice.
—No. No lo entiendes todavía. —Señalo la solicitud de Lucas—.
Tenemos cuarenta y ocho horas. Él quiere forzar la venta. Yo quiero salvar la librería.
Tú quieres… lo que sea que quieras. Da igual.
—No me da igual.
—A mí sí.
Cojo el diario de mi abuela del estante. Lo pongo sobre la mesa, junto a la solicitud. El cuero gastado, la cinta de seda que asoma, la letra temblorosa que se adivina en las páginas.
—Esto es lo que importa ahora —digo—. El mapa. Las primeras ediciones. El plan de pagos. Nada más.
—Valeria…
—Nada más —repito—. O te vas. Y busco otro tasador.
Se quedan mirando el diario. Yo miro sus manos. Quietas sobre la mesa. Demasiado quietas.
—Me quedo —dice.
—Entonces esto es una colaboración. Profesional. Punto.
Asiente. No dice nada. No hay nada que decir.
Abro el diario por la página del mapa. El dibujo es torpe, infantil casi, pero las cruces marcan puntos exactos del sótano. Mi abuela no dibujaba bien, pero no se equivocaba nunca.
—Vamos a necesitar más luz —digo—. Y las cajas que movimos ayer bloquean el acceso a la pared sur.
—Puedo empezar por el inventario de lo que ya tenemos —dice él—. Las dedicatorias, las firmas, el estado de conservación.
—Hazlo.
Su tono ha vuelto a ser profesional. El mío también. La cocina huele a café frío y a algo que se ha roto sin hacer ruido.
Cojo la taza del fregadero. La vacío. La pongo boca abajo sobre el escurridor.
—Empiezo en diez minutos —digo—. Tú puedes usar la mesa del fondo.
—De acuerdo.
Se levanta. Su silla arrastra un quejido contra el suelo de baldosa.
En la puerta de la cocina se detiene.
—Gracias —dice.
No respondo.
Sus pasos se alejan por el pasillo hacia la zona de lectura. Cuento cinco. Seis. La puerta de la librería se abre y se cierra con un suspiro de muelles viejos.
Estoy sola.
Sola con el diario, la solicitud, el mapa, la llave que me quema en el pecho.
Sola con la certeza de que me ha dicho la verdad. Y que la verdad no cambia nada.
La mujer de traje gris se acerca. Trae un papel en la mano.
—Señorita Campos. Ha llegado esto hace diez minutos.
Lo cojo.
Es una solicitud de tasación independiente. A nombre de Lucas Ferrer.
El membrete dice que la pide para el inmueble de El Puente de Papel.
Para forzar la venta.
En cuarenta y ocho horas.
Alejandro lee por encima de mi hombro. Su mandíbula se tensa.
—Ese hombre no pierde el tiempo.
No respondo.
La solicitud me tiembla en la mano. El papel es fino. Casi transparente. Pero el peso es el de una losa.
—Señor Torres —la mujer de traje gris carraspea—. El director quiere verles ahora.
Alejandro asiente. Me roza el codo con los nudillos.
—Vamos.
El pasillo huele a cera y a café recalentado. Mis zapatos resuenan contra el suelo de mármol. Demasiado fuerte. Demasiado rápido.
Don Ernesto nos espera de pie junto a la ventana. La calva le brilla bajo la luz de la mañana. No nos invita a sentarnos.
—He visto la solicitud de Ferrer —dice sin preámbulos—. Y la tasación que trajeron ayer.
—Tenemos un plan de pagos —Alejandro abre el maletín.
—Lo he leído.
Don Ernesto se sienta por fin. Apoya las dos manos sobre la mesa de caoba.
—No es suficiente.
—Pero las primeras ediciones...
—No están tasadas por un perito externo. —Me mira a mí, luego a Alejandro—. Usted trabaja para el banco, Torres. Su firma no es imparcial en este caso.
Alejandro aprieta los labios.
—Conozco esa colección. Sé lo que vale.
—Y Lucas Ferrer lo sabe también. Por eso pide una tasación independiente. —Don Ernesto tamborilea con los dedos—. Si la suya está inflada, aunque sea un cinco por ciento, nos pone en una posición delicada.
Me inclino hacia delante.
—¿Qué necesitamos entonces?
—Un perito externo. Alguien que no tenga vínculos con la propiedad ni con el banco.
—Eso lleva tiempo.
—Tienen cuarenta y ocho horas. —Don Ernesto se quita las gafas—. Y no es lo único.
Silencio.
—La prórroga depende de un aval institucional —continúa—. Algo que demuestre que la librería tiene valor patrimonial para el municipio. Una declaración del ayuntamiento, de la asociación de comerciantes... lo que sea. Sin eso, la tasación externa no sirve de nada.
Alejandro niega con la cabeza.
—Eso es un plazo imposible.
—Es el que tienen. —Don Ernesto se encoge de hombros—. Si Ferrer consigue su tasación antes que ustedes, el banco tendrá que aceptarla. Y si su perito dice que el inmueble vale menos de lo que deben... ya saben cómo acaba eso.
Lo sé.
Lo llevo sabiendo desde que abrí el diario de mi abuela.
—Lo conseguiremos —digo.
Mi voz suena más firme de lo que esperaba.
Don Ernesto me mira con algo que podría ser respeto. O lástima.
—Eso espero, señorita Campos. Su abuela era buena clienta.
Se levanta. La reunión ha terminado.
En el vestíbulo, el empleado del mostrador nos devuelve las identificaciones sin decir nada. La solicitud de Lucas sigue en mi mano. La arrugo sin querer.
Alejandro me la quita. La alisa contra el maletín.
—No la tires. Es una prueba.
—¿Prueba de qué?
—De que tiene prisa. —Sus ojos grises me sostienen—. Demasiada prisa. Eso le hace cometer errores.
No sé si lo dice para consolarme. Pero necesito creerlo.
Fuera, el sol pega fuerte. Las calles de Ríoclaro están llenas de gente que va al mercado. Una mujer arrastra un carrito. Dos niños corren con barquitos de papel en la mano.
El Festival del Río.
Me había olvidado.
—Cuarenta y ocho horas —murmuro.
—Suficientes.
Me giro hacia Alejandro. Su cojera es más marcada que nunca. Pero no se queja.
—¿Lo dices en serio?
—Necesitamos un tasador externo y un aval del ayuntamiento. —Cuenta con los dedos—. Y detener a Lucas. No es tanto.
Una risa amarga se me escapa.
—Tú y tu precisión.
—Es lo que tengo.
Arranca a caminar hacia la librería. Le sigo.
El viento trae olor a río y a castañas asadas. El papel arrugado de la solicitud cruje dentro del maletín de Alejandro con cada paso.
Cuarenta y ocho horas.
Y un pueblo entero mirando.
La noche cae sobre Ríoclaro mientras cruzamos la puerta de El Puente de Papel. El letrero de madera chirría. No enciendo las luces principales.
Solo la lámpara del mostrador.
Alejandro cierra detrás de él. El pestillo resuena en el silencio.
—Cuarenta y ocho horas —digo.
Las palabras flotan en el aire cargado de polvo y papel viejo.
—Lo sé.
—No es suficiente.
—No —admite—. Pero es lo que hay.
Me giro hacia él. Apenas veo sus ojos grises en la penumbra. Pero siento su presencia. Demasiado cerca. Demasiado presente.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—¿El qué?
—Que pediste este caso. Que lo solicitaste tú.
Silencio. Su mano busca el reloj de bolsillo. Lo saca. Lo aprieta sin mirarlo.
—No supe cómo.
—¿Cómo qué? ¿Cómo decírmelo? ¿Cómo quedarte?
—Las dos cosas.
Su voz es más baja ahora. Casi un murmullo.
—No supe cómo quedarme entonces —dice—. Y no supe cómo decírtelo ahora.
—Han pasado años, Alejandro. Podrías haber rechazado el caso.
—No podía.
—Claro que podías.
—No —su mandíbula se tensa—. Cuando vi el nombre de la librería en el expediente… no pude rechazarlo.
—¿Por qué?
No responde. Sus dedos giran el reloj. La cadena brilla un instante.
—Porque necesitaba verte —dice por fin—. Y necesitaba saber si aún…
Se detiene. No termina la frase.
—¿Si aún qué?
—Si aún estabas aquí.
Las palabras caen como una losa. Me apoyo en el mostrador. Mis dedos tocan la madera gastada. La misma madera que tocaba mi abuela cada mañana.
—Estoy aquí por la librería —digo—. No por ti.
—Lo sé.
—No confío en ti. No puedo confiar en ti.
—Lo sé —repite.
Hay un temblor en su voz. El tartamudeo que aparece cuando algo lo toca.
—Pero voy a ayudarte —dice—. Con el plan de pagos. Con lo que haga falta.
—¿Por qué?
—Porque esta librería merece una oportunidad.
Suspiro. El cansancio pesa más que el rencor ahora.
—De acuerdo. Pero solo por la librería. Tú y yo… eso ya no existe.
Lo digo con calma. Con la certeza de quien ha repetido esa frase en su cabeza durante años.
Alejandro guarda el reloj. Sus hombros caen un centímetro.
—Lo acepto.
—Bien.
El silencio crece entre nosotros. Afuera, el río suena lejano.
—Mañana revisamos los libros del escondite —digo al fin—. Hay que catalogarlos antes de que llegue el tasador de Lucas.
—Estaré aquí a primera hora.
Asiento. No hay más que decir. La desconfianza flota en el aire, pero también algo nuevo.
Una tregua. Solo por la librería. Solo por cuarenta y ocho horas.
Él sube las escaleras hacia la salida. Sus pasos son lentos. La cojera se acentúa.
—Valeria —se detiene en el umbral—. Gracias.
No respondo.
La puerta se cierra.
Me quedo sola en la penumbra. Las estanterías me rodean como testigos silenciosos. El diario de mi abuela sigue sobre el mostrador. Lo cojo.
Las páginas huelen a tiempo.
Lo hojeo sin buscar nada concreto. Mis dedos rozan las anotaciones. Las fechas. Los recuerdos prestados.
Y entonces noto algo. Una irregularidad en la última página.
Un doblez.
Separo con cuidado. Hay una carta. Doblada en tres partes. Amarillenta. Con mi nombre en el sobre.
Pero no es la letra de mi abuela.
Reconozco la caligrafía de Clara.
Abro el sobre. El papel tiembla entre mis dedos.
Leo la primera línea:
«Te devuelvo tu casa, pero no mi secreto».
La fecha es de pocos meses antes de la boda de mis abuelos.
Mis ojos recorren las palabras. Clara escribe sobre un amor que guardó en silencio. Sobre la lealtad que le impidió hablar. Sobre el hombre que amó toda su vida y que nunca fue suyo.
El abuelo.
Bajo la carta. Miro hacia la trastienda donde Clara duerme hace décadas.
La verdad estaba aquí. Escondida entre las páginas del diario que mi abuela nunca quiso abrir delante de ella.
Y ahora el río ha traído todo a la superficie.