FeverStory

La librería de la lluvia

Episodio 12

El abrazo se aflojó despacio. Las manos de Matías resbalaron por los hombros de Valeria hasta sus codos, como si necesitara comprobar que seguía ahí.

A sus pies, los sobres salpicaban el cemento mojado del andén.

La luz del amanecer se filtraba entre los álamos que bordean la vía. Un tono gris perla, todavía sin sol. La lluvia de la noche había amainado hasta convertirse en una llovizna que apenas rozaba la piel.

Valeria se apartó un mechón de la frente.

—Se van a empapar.

—Ya lo están.

Se arrodilló primero ella. Recogió un sobre que flotaba en un charco junto al banco de madera. La tinta del destinatario se había corrido un poco, pero el nombre seguía leyéndose: Matías Elizondo.

Él se agachó más cerca del borde del andén, donde tres cartas se amontonaban contra un raíl seco. Las alzó con cuidado. Las sacudió para escurrir el agua.

—Falta una.

Valeria recorrió el andén con la mirada. La encontró bajo el banco, pegada a una baldosa suelta. La desprendió con las uñas.

—Aquí.

Se incorporaron a la vez. Él sostuvo las suyas contra el pecho. Ella apretó las propias entre las manos, como si pudiera transmitirles calor.

El tren de medianoche seguía sin pasar. Quizá se había cancelado por la tormenta. Quizá ya había pasado mientras ellos gritaban sus nombres bajo la lluvia. Ninguno de los dos miró el reloj.

—¿Las leemos juntos?

La pregunta de Valeria sonó más frágil de lo que pretendía.

—En la librería.

—¿Ahora?

—Antes de que abra Luna. —Matías dobló la esquina de un sobre para que el agua no llegara al texto—. Necesitamos una mesa seca.

Valeria asintió. Se guardó las cartas en el bolsillo del cárdigan. El tejido estaba húmedo, pero el forro interior seguía tibio.

Echaron a andar por el camino de grava que lleva al pueblo. La estación quedó atrás, con su tejado de uralita y su única farola parpadeante. Los álamos goteaban.

Matías caminaba medio paso por detrás. Valeria lo notó y se detuvo.

—No voy a desaparecer.

Él no respondió. Pero acortó la distancia y le rozó el dorso de la mano con los nudillos.

Ella entrelazó los dedos con los suyos.

El pueblo despertaba despacio. Las persianas de la panadería seguían bajadas. El quiosco de la plaza estaba cerrado. Una mujer con impermeable amarillo paseaba un perro diminuto y los miró de reojo.

Valeria apretó la mano de Matías.

—Mañana seremos el tema de conversación en toda la calle Mayor.

—Hoy ya lo somos.

—Ah, ¿tú crees?

—Clara madrugó.

Valeria soltó una risa corta, sorprendida de que todavía le quedara risa dentro.

Llegaron a la librería por la calle de atrás. La puerta de la trastienda estaba entreabierta. Alguien había pasado durante la noche: la caja de lata seguía sobre la mesa de trabajo, justo donde Clara la había dejado, pero las persianas de la fachada principal estaban subidas a medias.

—Luna —dijo Valeria.

—¿La avisaste?

—No. Vendrá antes de abrir. Siempre lo hace.

Entraron. Valeria encendió la lámpara de la trastienda. La bombilla parpadeó dos veces antes de quedarse fija.

La mesa de trabajo estaba cubierta de libros por catalogar, pero alguien —Luna, probablemente— había apartado un espacio libre en el centro. Justo donde reposaba la caja de lata.

Matías dejó las cartas del andén sobre un paño seco. Las once suyas, arrugadas por la humedad pero legibles.

Valeria abrió la caja de lata.

Dentro estaban las siete cartas de Clara: los sobres color crema, la letra pequeña y apretada, la cinta azul que ya no las ataba. Las sacó una a una y las alineó junto a las de Matías.

Dieciocho cartas. Once de él. Siete de ella. Todas fechadas en el mismo mes de octubre de hacía diez años.

—No se cruzaron —dijo Valeria.

—No.

—Estuvimos escribiendo al mismo tiempo.

Matías se sentó en el taburete junto a la mesa. Apoyó los codos en las rodillas y se quedó mirando los sobres como si fueran restos de un naufragio.

—¿Cuál primero?

—La tuya más antigua. —Valeria buscó entre los once sobres—. Esta.

La abrió con el pulgar. La lluvia había pegado el borde, pero el interior estaba seco.

Leyó en voz baja, apenas un susurro:

—«Llegué a la ciudad hace tres horas. No conozco a nadie. El piso está vacío.

He colgado la chaqueta en la única percha y me he sentado en el suelo. Quería escribirte antes de que se me secara la tinta del bolígrafo. No sé si voy a poder dormir esta noche.

No sé si voy a poder dormir nunca más. Pero quería que supieras que he llegado bien. Aunque no te mande esta carta.

Aunque nunca la leas. He llegado bien. Eso quería decírtelo»».

La voz se le quebró en la última frase.

Matías no levantó la cabeza. Respiraba despacio, como si contuviera algo que no podía soltar.

—Te escribí esa misma semana —dijo Valeria.

Cogió una de las suyas. La que tenía una pequeña mancha de café en la esquina.

—«Ha dejado de llover hoy. Por primera vez desde que te fuiste. Me he quedado mirando la ventana de la trastienda, la que no cierra bien, esperando oír el tren.

Pero no he oído nada. Solo el viento. Y los pájaros.

Y la señora del estanco que pasaba con su carrito. He pensado: hoy no ha pasado el tren. O ha pasado y no me he dado cuenta. No sé cuál de las dos cosas es peor»».

Matías alzó la vista.

—La ventana.

—¿Qué?

—Lo de la ventana. La que no cierra. —Se pasó la mano por la mandíbula, justo bajo la cicatriz—. Yo también la miraba.

Valeria dejó la carta sobre la mesa. Sus dedos rozaron los de él.

—¿Cuántas veces?

—Cada noche. —Matías cogió otro sobre suyo—. Esta es posterior. Un mes después.

—Léela.

Él la abrió con un solo corte de uña. La caligrafía era más temblorosa que en la primera.

—«He conseguido trabajo en una tasadora. Es un sótano con tres mesas y una fotocopiadora que se atasca cada veinte minutos. El jefe me ha dicho que tengo buen ojo para las grietas.

Para las grietas, Valeria. No para otra cosa. Vuelvo al piso y me siento en el suelo.

Sigo sin comprar una silla. No sé si es por dinero o porque así me acuerdo mejor. Me acuerdo de la trastienda.

De las estanterías que construyó el padre de Fermín. Del olor a papel viejo. Me acuerdo de ti sentada en el taburete, con un lápiz en el pelo, leyendo sin mover los labios.

Me acuerdo y me quedo en el suelo. Hasta que amanece»».

La lámpara zumbó un instante.

Valeria se quitó las gafas. Las limpió con la manga del cárdigan. Volvió a ponérselas.

—Yo también me acuerdo.

—¿De qué?

—Del taburete. De leer sin mover los labios. —Cogió otra carta suya—. Esta es de noviembre. Casi no la mandé.

—No la mandaste.

—No. Pero la escribí.

La desdobló. El papel estaba amarillento en los bordes.

—«Hoy ha venido Clara a la librería. Me ha dicho que no me ponga triste, que los chicos como tú siempre vuelven. Le he preguntado que cómo son los chicos como tú.

Se ha reído y me ha dicho que los que escriben cartas. Yo no le he contado que me escribías. No sé cómo lo sabía.

Pero lo sabía. Clara siempre lo sabe todo. Me ha traído magdalenas y se ha quedado hasta la hora de cerrar.

Cuando se ha ido, he mirado el buzón. Vacío. He mirado otra vez antes de acostarme.

Vacío. No sé por qué sigo mirando si no me mandas nada»».

Matías apretó los puños sobre las rodillas.

—Yo sí te mandaba.

—Lo sé.

—No debí parar.

—No fue tu culpa. —Valeria le cogió la muñeca—. No sabías que Clara las guardaba.

—Tendría que haber seguido. Once cartas no bastan.

—Para mí bastaron.

Él giró la mano para entrelazar los dedos con los de ella. El reloj de bolsillo asomó del chaleco. Marcaba las once y cuarenta y siete.

—Está parado —dijo Valeria.

—Lo sé.

—Desde siempre.

—No. —Matías lo sacó y lo sostuvo en la palma—. Se paró la noche que me fui.

—Eran las once y cuarenta y siete.

—Sí.

—¿Y ahora?

Matías le dio cuerda. El mecanismo crujió. La aguja del segundero empezó a moverse.

—Ahora son las once cuarenta y ocho.

Valeria sonrió. Una sonrisa pequeña, apenas una curva en la comisura.

—Se nos ha hecho de día.

—Se nos ha hecho de día. —Matías guardó el reloj—. ¿Seguimos?

—Seguimos.

Leyeron el resto en voz baja, turnándose cada dos o tres cartas. Las de Matías hablaban de la ciudad, del sótano de la tasadora, de las noches sin silla y sin sueño, de una farola bajo la que estuvo tres años atrás sin atreverse a llamar. Las de Valeria hablaban de la lluvia que no cesaba, de los libros que se apilaban sin vender, del buzón vacío, de la ventana que no cerraba bien.

En ningún momento se repetían. En todos se respondían sin saberlo.

Cuando llegaron a la última, el sol entraba ya por la claraboya de la trastienda. La llovizna había cesado.

Valeria guardó las dieciocho cartas en la caja de lata. Las colocó en orden: primero las once de Matías, luego las siete suyas. Cerró la tapa. El metal produjo un chasquido seco.

—Ahora son palabras sueltas —dijo.

—No. —Matías puso la mano sobre la tapa—. Ahora son nuestras.

Valeria apoyó la suya encima.

—¿Qué hacemos con ellas?

—Lo que dice la tradición.

—Entregarlas cuando la lluvia cese.

—Ya ha cesado.

Valeria miró hacia la claraboya. El cielo, por primera vez en dos meses, era de un azul desteñido.

—Vamos a abrir la tienda —dijo.

—¿Para qué?

—Para que las vean. Para que Clara las vea.

Matías asintió. Se levantó del taburete. Le tendió la mano.

Valeria la tomó.

Cruzaron juntos la trastienda. Ella levantó la persiana de la fachada principal. La luz de la mañana inundó la librería. Los lomos de los libros brillaron con un polvillo dorado.

En la plaza, bajo el toldo del estanco, Clara Villalba se llevó el pañuelo a la boca. Los vio. Vio sus manos entrelazadas. Vio la caja de lata sobre el mostrador.

—Ay, madre —murmuró—. Ay, madre del alma.

Luna Restrepo doblaba la esquina con un café en cada mano. Se detuvo en seco. El café le tembló en los vasos.

—Tía —dijo—. ¿Ya?

—Ya —respondió Valeria desde la puerta.

Y por primera vez en diez años, El Faro de Tinta abrió sus puertas sin que lloviera.

El sol del mediodía entraba a rayas por las persianas entreabiertas de El Faro de Tinta. Valeria estiró el brazo hacia el cartel de «Cerrado» que colgaba del vidrio desde hacía dos semanas. Lo descolgó. Lo dejó sobre la repisa del escaparate, boca abajo.

Matías la observaba desde el mostrador. No dijo nada. Sus dedos tamborileaban sobre la madera —una, dos veces— y se detuvieron.

Valeria empujó la puerta.

El aire de la calle Mayor olía a tierra mojada calentándose al sol. Era el primer mediodía sin lluvia en meses. Las aceras aún brillaban, pero el cielo estaba limpio.

Luna apareció la primera. Venía corriendo desde la plaza, con el audífono colgando y una bolsa de churros en la mano.

—¡Pero tía, que no has avisado! —dijo, y se rio de su propio grito.

Detrás de ella llegó la panadera con una caja de pastas. Y luego doña Mercedes, la del estanco, que se había puesto el bolso de rejilla del revés. Dos vecinos del ensanche se asomaron desde la esquina. El señor Gregorio trajo una silla plegable y la abrió junto a la puerta.

Clara llegó la última. Se detuvo a tres pasos del umbral, con el carrito de la compra vacío y el pañuelo arrugado en el puño.

Valeria la miró.

Clara dio un paso más.

—Ay, Valerita —dijo, con la voz rota antes de empezar—. Dice mi Manuela que el que no se equivoca es porque nunca amó.

Valeria abrió los brazos.

Clara soltó el carrito. El abrazo fue torpe, de hombros desiguales y moño deshecho. El pasador se le cayó al suelo. Luna lo recogió sin hacer ruido.

—Ya está —dijo Valeria, en voz baja.

Clara asintió contra su hombro. Se apartó secándose la nariz con el pañuelo.

Matías había salido a la puerta. Observaba la escena con las manos en los bolsillos. Luna le ofreció un churro.

—No —dijo él.

—Pues te lo pierdes, tasador.

Una sombra se alargó sobre el empedrado. Los vecinos enmudecieron.

Fermín Cruz avanzaba por la calle Mayor. El portafolios negro le colgaba de la mano derecha. La corbata seguía desgastada, pero se había puesto un pin del escudo municipal más pequeño de lo habitual. El bigote le tapaba la boca. No se sabía si apretaba los dientes o si venía masticando palabras.

Se detuvo frente a la puerta.

Valeria no se movió. Matías dio un paso adelante.

Fermín levantó la mano libre. No para defenderse. Sostenía un sobre blanco, sin membrete, escrito a mano.

—Señorita Castro —dijo—. En virtud de lo dispuesto en el acta de la sesión plenaria de esta mañana, y en conformidad con el artículo veintisiete del reglamento de ordenación urbana en materia de adecuación estructural del entorno comercial, procedo a hacer entrega de la presente comunicación.

Luna abrió la boca. Valeria la frenó con un gesto.

Fermín le tendió el sobre.

—Mi padre construyó estas estanterías —dijo, y por primera vez no sonó a formulario—. Pasó un invierno entero lijando los cantos para que nadie se astillara los dedos.

Valeria cogió el sobre.

—Lo sé —dijo.

Fermín asintió. Una vez. Sin mirar a Matías. Sin mirar a Clara.

—Buenos días —dijo.

Y se retiró calle Mayor abajo. Los zapatos le pesaban. El portafolios golpeaba contra el muslo, pero más lento que otras veces. Doña Mercedes le cedió el paso. El señor Gregorio plegó la silla a medias y se quedó mirando.

Clara recogió el pasador del suelo.

—Anda, Valerita —dijo—. Que se te enfría la pastelería.

Los vecinos entraron.

La librería se llenó de voces, de migas de pasta sobre el mostrador, de dedos que recorrían lomos sin prisa. Luna atendía a unos y a otros con una sonrisa que le ocupaba toda la cara.

Matías se quedó junto a la puerta. Veía pasar las manos, las risas, los libros que cambiaban de estante. Valeria se acercó.

—¿Lees la carta? —preguntó él.

—Luego.

Las horas se fueron en café y en historias. La panadera se llevó un poemario. Doña Mercedes encontró una novela que llevaba años buscando. El señor Gregorio se quedó dormido en una butaca, con un atlas abierto sobre el regazo.

A primera hora de la tarde los vecinos empezaron a retirarse. Clara fue la penúltima. Se llevó el carrito vacío y un libro de cocina que Valeria le puso en las manos sin cobrarle.

—Pero, criatura…

—Es un regalo —dijo Valeria.

Clara se mordió el labio. Salió sin añadir nada.

Luna recogió las tazas. Se colgó el delantal en el brazo.

—Tía —dijo desde la puerta—. Ha sido el mejor día desde que trabajo aquí.

—Gracias, Luna.

—A ver si mañana repetimos.

Salió. La puerta se cerró con un golpe suave.

El silencio cayó sobre la librería como una manta.

Matías se acercó al mostrador. Del bolsillo del chaleco sacó el reloj de bolsillo. La esfera marcaba las once y cuarenta y siete de la mañana. La aguja del segundero se movía. La cuerda funcionaba.

Lo colocó sobre la madera, junto a la caja registradora.

Valeria fue a la estantería del fondo. Volvió con un libro pequeño, de tapas azules desleídas. El poemario que lo había iniciado todo. Lo puso al lado del reloj.

—Me quedo —dijo.

Matías alzó la cabeza.

—En el pueblo —continuó ella—. En la librería. Aquí.

—Lo sé.

—La librería también será tu casa. Si quieres.

Matías rodeó el mostrador. Sus pasos eran lentos, precisos. Se detuvo frente a ella.

—Eso no se pregunta.

El sol de la tarde entraba por el escaparate. Las motas de polvo flotaban en el haz de luz, lentas, sin prisa. El poemario descansaba junto al reloj. Fuera, la calle Mayor estaba seca.

Matías tomó la mano de Valeria.

Ella no apartó la mirada.

Las once y cuarenta y siete. La librería olía a café, a papel viejo y a sol. No hacía falta decir más.

La librería de la lluviaEpisodio 12