Él regresó para demoler mi librería heredada; yo escondo las cartas que nunca le envié aquella temporada de lluvias.
Episodio 4
El toldo goteaba otra vez.
Martina alzó la cabeza del escritorio. El reloj de pared marcaba las siete y veinte, pero la luz que entraba por el ventanuco de la trastienda era ya la de la noche cerrada. La lluvia repicaba contra los cristales con una urgencia nueva, como si la tormenta hubiera estado conteniéndose toda la tarde y ahora soltara todo de golpe.
Se incorporó. La llave en el bolsillo del delantal se clavó en la cadera.
Recorrió la tienda encendiendo las lámparas de pie. La luz amarilla recortaba las pilas de libros que León había estado midiendo por la mañana, las estanterías que había golpeado con los nudillos como quien ausculta un pecho enfermo.
El cartel de la presentación seguía en el escaparate. Diez años.
El viento empujó la puerta. Las bisagras gimieron. Martina se volvió y vio la calle Mayor convertida en un río de agua turbia que arrastraba hojas y ramas pequeñas hacia la alcantarilla del ayuntamiento.
No había nadie.
Volvió a la trastienda. Abrió el cajón con la llave y sacó las cartas de León. Las dispuso sobre la mesa en abanico, siete sobres amarillentos con la caligrafía apretada que había aprendido a reconocer en dos días.
Tomó la tercera. La que hablaba del cartel del escaparate.
«El cartel de tu presentación sigue ahí. No sé si lo has dejado a propósito o si simplemente no has vuelto a mirar el escaparate. Pero yo lo miro cada martes y cada jueves, cuando el tren se detiene y me bajo y pienso en pasar. Y nunca paso».
El viento sacudió la puerta otra vez, más fuerte.
Martina dejó la carta y fue hacia la entrada. La calle era un torrente. Las farolas parpadeaban.
Entonces lo vio.
Una silueta que avanzaba pegada a la pared, con el cuello de la cazadora subido y la carpeta envuelta en una bolsa de plástico que el viento le arrancó de las manos. León se agachó a recogerla. El agua le llegaba a los tobillos.
—¡Pase!
La voz le salió antes de pensarlo.
León levantó la cabeza. El pelo pegado a la frente. Dudó un segundo, pero otra ráfaga le empujó contra la puerta y la propia tormenta lo metió dentro, envuelto en olor a cuero mojado y lluvia fría.
La puerta se cerró de golpe. El pestillo, hinchado por la humedad, se atascó.
—Maldita sea. —León forcejeó con el tirador. La madera no cedió.
—Está igual que siempre. —Martina se cruzó de brazos—. Con la lluvia se hincha.
—Lo recuerdo.
Se miraron. El agua escurría de la cazadora de León al suelo de la librería, formando un charco que avanzaba hacia el borde de la alfombra de la entrada.
—Hay toallas en la trastienda.
—No hace falta.
—Va a encharcar los libros de la mesa de novedades.
León bajó la vista hacia la mesa, luego hacia ella. Asintió una sola vez.
Martina fue por la toalla. Al volver, él no se había movido. Seguía junto a la puerta, la carpeta apretada contra el pecho, la respiración entrecortada por la carrera.
—Tome.
Él cogió la toalla sin rozarle los dedos.
—Gracias.
Se secó el pelo con movimientos mecánicos, la mirada fija en el escaparate, donde el cartel de la presentación empezaba a despegarse por una esquina.
—El tren está cancelado —dijo León.
—Siempre se cancela en temporada de lluvias.
—Lo sé.
—Claro que lo sabe. Usted hizo la memoria técnica del apeadero.
León dejó la toalla sobre el mostrador. La dobló en tres partes iguales, alineando los bordes con precisión.
—Martina...
—Voy a preparar café.
Desapareció en la trastienda. El cajón seguía abierto. Las cartas, desplegadas sobre la mesa como una acusación.
Encendió la cafetera y se quedó mirando el agua subir por el tubo, las burbujas rompiendo en la parte de arriba como si nada hubiera pasado, como si no lo tuviera a tres metros, empapado y solo.
Volvió con dos tazas. León no se había movido del mostrador.
—¿Cuánto va a durar la tormenta?
—Toda la noche —dijo él—. Lo ponía en el parte del ayuntamiento.
—¿Usted lee los partes del ayuntamiento?
—Forma parte del trabajo.
Martina dejó la taza sobre el mostrador. La de él, sin azúcar. La suya, con una gota de algo, como le había enseñado Rosalía.
—¿Sigue tomándolo sin azúcar?
León miró la taza, luego a ella.
—Sigo.
Bebió un sorbo. La mandíbula apretada, ese gesto que contenía algo más que el calor del café.
Martina fue a la trastienda. Volvió con una carta.
La dejó sobre el mostrador, entre las dos tazas.
—«No sé si lo has dejado a propósito» —leyó en voz alta, despacio, la voz plana—. «Pero yo lo miro cada martes y cada jueves».
León se quedó quieto.
—«Nunca paso». —Martina levantó la vista de la carta—. Diez años, León. Diez años mirando el cartel desde fuera.
—No tienes derecho.
—¿A leer lo que escribiste?
—A leerlo delante de mí. —La voz se le quebró en la última palabra. Carraspeó—. Esas cartas... no eran para que las leyeras.
—Eran para mí. —Martina apoyó la palma sobre el papel—. La caligrafía es tuya. El sobre no tiene remitente, pero la letra es tuya.
León apartó la taza. El café se derramó un poco sobre el mostrador. No lo limpió.
—¿Cuántas has leído?
—Todas.
—¿Y las tuyas?
—También.
—No debí escribirlas.
—Pero las escribiste. —Martina le sostuvo la mirada—. Igual que yo.
El silencio pesó entre ellos. Fuera, la tormenta arreciaba. El agua golpeaba el escaparate con ráfagas que hacían vibrar los cristales.
—Aquella noche... —León se pasó la mano por la nuca—. La noche que me fui...
—Sé que te fuiste. No necesito que me lo recuerdes.
—Dejé una carta.
Martina parpadeó.
—¿Qué?
—Bajo la baldosa. —Señaló la entrada con un gesto de la cabeza—. La suelta. La que no arreglaste.
—No hay ninguna carta bajo la baldosa.
—Lo sé. —León apretó los puños sobre el mostrador—. La tormenta de aquella noche la arrastró.
Llovió más que hoy. La calle Mayor se inundó y el agua entró por debajo de la puerta. Yo estaba en la estación, con el tren a punto de salir. Volví corriendo.
—Volviste.
—Llegué hasta la puerta. —La voz se le volvió más ronca—. Me arrodillé para meter el sobre bajo la baldosa, pero el agua ya lo había empapado todo. La carta se deshizo.
Martina lo miraba fijamente.
—¿Qué ponía?
—No puedo.
—¿Qué ponía, León?
Él levantó la mano derecha y se quitó el reloj. Lo dejó sobre el mostrador, junto a la carta. La esfera estaba rayada, el cristal lleno de arañazos profundos que recorrían la superficie en todas direcciones.
—¿Ves esto?
Martina cogió el reloj. Lo giró despacio entre los dedos. Las marcas eran profundas, antiguas.
—La grava del jardín —dijo León—. Me arrodillé sobre la grava para meter la carta. El agua me llegaba a los codos.
El viento me arrancó el sobre de las manos tres veces. Lo rescaté tres veces. A la cuarta...
solo quedaba barro. Y el reloj rayado.
—Intentaste arreglarlo.
—Intenté...
Se interrumpió. Las mandíbulas le temblaban ligeramente, ese temblor que solo se nota de cerca, a la distancia justa para ver cómo alguien se está rompiendo por dentro sin hacer ruido.
—Se me dan mal los intentos —dijo al fin.
Martina dejó el reloj junto a la carta. La tormenta los envolvía. No había tren. No había ayuntamiento. Solo la librería y lo que quedaba de diez años de silencio.
—¿Por qué te fuiste?
—Porque mi padre murió esa misma tarde.
La respuesta llegó como un golpe seco.
—Yo estaba aquí —continuó León—. Contigo. En la trastienda. Me llamaron al fijo de la pensión y cuando llegué ya no estaba. El enterrador de Lluviana me dijo que no había podido esperar.
—No me lo dijiste.
—Tenía veintiséis años y había perdido a la única persona que me quedaba. —Levantó la cabeza. Los ojos grises, enrojecidos por la lluvia y el viento—. ¿Qué querías que te dijera? ¿Que lo dejaba todo para volver a un pueblo donde ya no tenía nada?
—Tenías la librería.
—La librería era tuya.
—Tenías... —Martina tragó saliva—. Me tenías a mí.
León apartó la mirada. Los nudillos, enrojecidos, se apretaron contra la madera del mostrador hasta que los dedos se pusieron blancos.
—Sí —dijo muy bajo—. Por eso me fui.
El reloj de pared marcó las ocho con un tictac desparejo. Martina sintió el peso de la llave en el bolsillo del delantal y el tacto de la carta bajo los dedos, y supo que había estado a punto de cruzar una línea.
León respiró hondo. Se irguió.
Sacó la carpeta de la bolsa de plástico. La abrió sobre el mostrador y extrajo el informe de ruina económica. Lo alisó con la palma de la mano.
—¿Qué haces?
—Mi trabajo.
—León...
Él ya tenía el bolígrafo en la mano. Lo destapó con un gesto seco.
—El coste de rehabilitación supera el valor del inmueble —dijo—. La estructura del altillo está comprometida, los bajantes del patio interior no cumplen la normativa y el forjado de la planta baja tiene un índice de carga que no admite la calificación de uso público. —La voz se le iba volviendo formal, pausada, precisa—. No hay margen.
—Has dicho que tenías veinticuatro horas.
—Las he gastado.
Firmó. El trazo fue rápido, una firma de trazo corto y ángulos rectos que Martina no le conocía.
—No tienes derecho.
—Usted me concedió la inspección, señorita Varela. —León cerró la carpeta—. Las cifras están sobre la mesa.
—No me hables de usted. —La voz de Martina se quebró—. No después de lo que acabas de contarme.
—Lo que acabo de contarle es una anécdota de hace diez años. —Guardó el bolígrafo en el bolsillo interior de la cazadora—. Esto es un dictamen técnico. Las dos cosas no se mezclan.
—Claro que se mezclan. —Martina señaló la carta, el reloj—. Todo se mezcla.
Tú estás mezclado. Esta librería está mezclada. Y firmas igual que mirabas el escaparate: desde fuera, sin pasar.
León recogió el reloj. Los dedos le temblaban al abrocharlo.
—El informe está firmado —dijo—. Mañana lo presento en el ayuntamiento.
—¿Y luego?
—Luego me voy.
—Como siempre.
León fue hacia la puerta. El pestillo seguía atascado. Tiró con las dos manos. La madera gimió y cedió por fin, abriéndose de golpe contra la pared.
La tormenta entró en la librería. El agua salpicó las pilas de libros y el borde del mostrador.
—León.
Se volvió, recortado contra la noche y la lluvia.
Martina cogió el informe firmado. Lo sostuvo en las manos, el papel ya húmedo por el agua que entraba.
—No vas a arreglarlo.
—No puedo.
—No quieres.
—No debo. —La voz le salió ronca, ya sin el escudo del usted—. Si existiera un resquicio, lo buscaría. Pero no existe.
—No sabes buscar.
León la miró un segundo más. Luego salió. La puerta quedó abierta, golpeando contra la pared con cada ráfaga de viento.
Martina se quedó junto al mostrador. La tormenta entraba a rachas y el agua corría por la tarima hacia la alfombra de la entrada, pero no se movió a cerrar.
Solo apretó el informe contra el pecho y sintió cómo el papel se reblandecía bajo sus dedos.
Las luces parpadearon. El reloj de pared se detuvo.
Fuera, los pasos de León se apagaban calle Mayor abajo, tragados por el rugido de la tormenta que no iba a parar en toda la noche.