Heredé la librería de mi abuela y el tasador es el hombre que se fue sin despedirse
Episodio 5
El salón de plenos olía a madera encerada y a paraguas mojados. Las ventanas altas dejaban pasar una luz gris de llovizna que se posaba sobre los escaños de roble. Los vecinos ocupaban hasta el último banco: Ramón en primera fila con las botas manchadas de barro, la panadera con el delantal aún atado, media docena de jubilados que no solían faltar a ningún pleno.
Alba entró con la carpeta contra el pecho. Daniel iba medio paso por detrás.
Ernesto presidía la mesa del secretario, los dedos entrelazados sobre el maletín sin informe. Carraspeó.
—Se abre la sesión. Punto único: propuesta de protección patrimonial para el inmueble de calle Mayor número doce, conocido como El Refugio.
Alba se puso en pie.
—Solicito intervenir.
—Adelante.
Subió al estrado con la carpeta abierta. Depositó el pliego de firmas sobre la mesa.
—Ciento treinta y siete vecinos respaldan la propuesta. Más de un tercio del censo.
Ernesto estiró el brazo sin levantarse. Hojeó las páginas con la yema del índice.
—El tercio es requisito para convocar, no para aprobar. Ya lo sabe.
—Lo sé. Pero demuestra que este pueblo quiere decidir.
—Este pueblo ya decidió hace ocho años —Ernesto dejó caer el pliego— cuando aprobó la reforma de la calle Mayor.
—No hubo votación sobre protección patrimonial.
—Porque nadie la solicitó.
—Ahora sí.
Rosa se incorporó desde el tercer banco. Vestía una chaqueta de lana oscura y llevaba las gafas colgadas al cuello.
—Señor secretario, ¿me permite?
Ernesto la miró por encima de las gafas.
—Doña Rosa. Usted ya no trabaja para el archivo.
—Pero sigo siendo vecina de esta localidad. Y lo que voy a decir no lo dice una historiadora jubilada. Lo dicen los documentos.
Extrajo una carpeta fina del bolso.
—El Refugio es el último edificio con entramado de madera original de la comarca. Data de 1872. El catastro lo registra como antiguo taller de encuadernación. Hay tres generaciones de libreros enterrados en el cementerio municipal con ese mismo apellido.
—Todo eso es muy interesante, pero la catalogación patrimonial requiere un dictamen de la consejería —Ernesto se ajustó la corbata—. No basta con la nostalgia de una vecina.
—No es nostalgia —Rosa alzó la voz—. Es un informe preliminar de la Dirección General de Patrimonio. Lo solicité hace tres días. Llegó esta mañana.
Se hizo un silencio espeso. La lluvia repicó contra los cristales.
Ernesto parpadeó.
—Eso no consta en el orden del día.
—Consta desde que usted convocó el pleno —dijo Alba—. El informe entró por registro a las ocho y cuarenta y siete minutos.
—Yo no he visto...
—Porque no lo ha buscado.
Alba sacó el informe del maletín de Ernesto. Lo depositó sobre la mesa junto al pliego de firmas.
—Hablando de buscar. Esto estaba en su maletín, señor secretario. Lo olvidó en la librería hace dos días.
Ernesto enrojeció.
—Eso es una propiedad privada.
—Es un documento que relaciona la estafa del padre de mi tasador con la licitación de la reforma. Con membrete de su despacho.
—Eso no prueba nada.
—Prueba que usted sabía quién era Daniel Martín antes de contratarlo.
El silencio se partió en murmullos. Ramón se puso en pie.
—¡Eso es una vergüenza!
—¡Silencio! —Ernesto golpeó la mesa con la palma abierta—. ¡Esto es un pleno municipal, no un mercado!
Daniel avanzó hasta el estrado. No pidió permiso. Se colocó junto a Alba.
—Señor secretario —su voz sonó formal, fría, cada palabra cortada con precisión—, usted me contrató porque mi tarifa era la más baja. Y porque sabía que mi apellido me inhabilitaba para negarme.
—No sé de qué habla.
—Sí lo sabe. Leyó el expediente de mi padre. Supo que yo no podría rechazar un encargo suyo sin despertar sospechas.
—Está usted divagando.
—Estoy declarando. Si prefiere, lo hago ante el pleno de la diputación provincial.
Ernesto se llevó la mano al nudo de la corbata. La aflojó. Miró a los concejales, a los vecinos, a Rosa. El único sonido era el rasgueo del bolígrafo de la secretaria de actas.
—Esto es un linchamiento —dijo.
—Es una votación —corrigió Alba—. Y la propuesta está sobre la mesa.
El alcalde, un hombre calvo que no había abierto la boca en toda la sesión, carraspeó.
—Señor secretario, ¿hay alguna objeción legal a la propuesta?
Ernesto abrió la boca. La cerró. Sacudió la cabeza.
—Proceda a votación.
Los concejales se miraron. Uno tras otro alzaron la mano. Seis manos. Unanimidad.
El alcalde asintió.
—Queda aprobada la protección patrimonial del inmueble de calle Mayor número doce. Se levanta la sesión.
Los vecinos rompieron en aplausos. Ramón se secó los ojos con el dorso de la mano. Rosa abrazó a la panadera. Alguien abrió las ventanas y el olor a lluvia fresca barrió la madera encerada.
Alba se quedó quieta en el estrado, con las manos apoyadas sobre la carpeta. Daniel la miró.
—Lo hemos hecho —dijo ella, y la voz se le entrecortó al final.
—Lo has hecho.
Negó con la cabeza. No dijo más. Tampoco hacía falta.
Fuera, la llovizna había amainado. Un rayo de sol aguado se filtraba entre las nubes y dibujaba un rectángulo de luz sobre los adoquines mojados. Los vecinos salieron en grupos, comentando, riendo, palmearon la espalda de Ramón y se dispersaron hacia la plaza.
Alba y Daniel se quedaron los últimos. Cruzaron la puerta del ayuntamiento. Sobre la calle Mayor, la fachada de El Refugio brillaba con un resplandor húmedo.
La librería seguía en pie.
La campanilla de la puerta sonó con un timbre apagado. Afuera, la calle Mayor hervía aún con los ecos del pleno —vecinos que se abrazaban, pancartas que se recogían, el rumor orgulloso de una batalla ganada—, pero dentro de El Refugio el aire estaba quieto.
Alba dejó la carpeta sobre el mostrador. La misma carpeta que había sostenido durante todo el pleno, con los nudillos blancos y la espalda recta. Ahora las manos le temblaban ligeramente, sin el peso que las mantenía ocupadas.
Daniel cerró la puerta con suavidad. El pestillo encajó con un clic seco. Se quedó allí, de pie junto a la entrada, como si aún no supiera si le correspondía avanzar.
Sobre la mesa del salón principal seguía la caja de cartas. La luz del atardecer entraba oblicua por el escaparate y teñía los sobres amarillentos de un tono dorado, casi cálido.
—Hemos ganado —dijo Alba.
Era la primera vez que lo decía en voz alta. La frase le sonó extraña, como prestada.
—Sí.
—Y no sé qué hacer ahora.
Daniel avanzó un paso. Luego otro. Al llegar a la mesa extendió la mano hacia los sobres, pero no los tocó. Sus dedos quedaron suspendidos sobre ellos, a la altura del que habían leído la noche anterior. El que hablaba de nieve y despedidas.
—¿Leemos otra? —preguntó Alba.
Él asintió.
Se sentaron a la mesa, uno frente al otro. Alba tomó un sobre al azar. Lo abrió con cuidado, desdoblando el papel con esa delicadeza torpe de quien teme romper algo demasiado frágil.
Leyó las primeras líneas en silencio y soltó una risa corta, sin alegría.
—Esta es de cuando cumplí veintiséis años —dijo—. Le cuento a la abuela que me han ascendido en el despacho.
—¿Y?
—Y que hubiera preferido trabajar aquí.
Sus ojos recorrieron las líneas finales sin leerlas en voz alta. Dejó el papel sobre la mesa, boca arriba. Daniel lo miró sin pedir permiso.
—Aquí dice otra cosa —dijo.
—Lo sé.
—Dice que te acordabas de...
—Ya lo sé.
Alba se levantó con brusquedad. Fue hacia la estantería de historia local y se quedó de espaldas, fingiendo recolocar un libro que no estaba torcido.
—Hay una en la que hablo de aquel día —dijo.
—¿Qué día?
—El día que te caíste aquí dentro.
La silla de Daniel crujió al girarse. Alba no lo vio, pero sintió su mirada en la nuca.
—Tendrías siete años —dijo él.
—Seis.
Alba regresó a la mesa. Revolvió los sobres con las dos manos hasta encontrar uno más pequeño que los demás, con el borde mordido por la humedad. Se lo tendió.
—Ábrelo tú.
Daniel lo hizo. Sus dedos, que ella recordaba más torpes, se movían con precisión sobre el papel. Leyó un párrafo. Luego otro. Al llegar al tercero cerró los ojos y dejó escapar el aire despacio, como si hubiera estado conteniéndolo desde mucho antes de sentarse.
—«El niño nuevo se cayó del taburete» —leyó en voz baja—. «La abuela le puso hielo en la ceja».
—Te sangraba mucho.
—Tenía seis años. Me acuerdo del hielo.
—Yo me acuerdo de que no lloraste.
Daniel alzó la vista del papel.
—Lloré después —dijo—. Cuando llegué a casa.
Se produjo un silencio distinto. No era el silencio tenso de otras veces, el que había que llenar con monosílabos o con excusas. Era un silencio que pesaba menos.
Alba rodeó la mesa. Se detuvo a un palmo de él. Con un movimiento lento, casi ceremonial, se quitó la bufanda de la abuela y la dejó sobre el respaldo de una silla.
Daniel se levantó. La luz del atardecer le daba en la frente y dibujaba con nitidez la línea blanquecina que le cruzaba la ceja izquierda. Alba alargó la mano. Con la yema del índice, siguió el trazo de la cicatriz.
—Aquí —dijo ella.
—Aquí.
La mano de Daniel se posó sobre la suya. No la apartó. La sostuvo contra su rostro unos segundos, con los ojos cerrados, y después la bajó con cuidado. Sus dedos se entrelazaron sobre la mesa, entre los sobres esparcidos y las palabras de todos aquellos años.
Fuera, las últimas voces de la calle Mayor se apagaban. Alguien silbaba una canción antigua. Dentro de El Refugio, el péndulo seguía parado en las doce y diez.
Se miraron.
Fue Daniel quien acortó la distancia. O tal vez fue Alba. Cuando sus labios se encontraron, la bufanda resbaló de la silla y cayó al suelo sin que ninguno de los dos la recogiera.
Él apoyó la frente contra la de ella. Tenía los ojos húmedos.
—Alba.
Ella sonrió, con los labios todavía entreabiertos.
—Daniel.
No hizo falta decir más. Las cartas quedaron esparcidas sobre la mesa, iluminadas por el último sol de la tarde, y el reloj siguió parado mientras la lluvia empezaba a caer otra vez, suave, sobre los tejados de Villaluz.
El roce de la puerta al abrirse fue apenas un susurro, pero bastó.
Alba se separó de Daniel y vio a Celia en el umbral de la sala. Traía un sobre amarillento entre las manos, apretado contra el pecho como quien sostiene un pájaro. Las mejillas le ardían.
—Ay, perdonad, perdonad —dijo Celia, sin dar un paso atrás—. No quería interrumpir, pero es que no podía esperar más. El corazón me iba a reventar.
Daniel se puso de pie. Carraspeó.
Celia avanzó hasta la mesa. Depositó el sobre junto a la caja de las cartas. Sus dedos temblaban, manchados de tinta como siempre.
—Esa carta —dijo, y señaló el armario del fondo—. También es mía. También la guardé en ese escondite.
Alba frunció el ceño.
—¿Tuya?
—De cuando tenía veinte años. Tu abuela me dejó esconderla allí. Dijo que los amores que no se dicen necesitan un lugar donde respirar, y que ese armario era su pulmón.
Celia deslizó el sobre hacia Alba.
—Léela. En voz alta. Que se airee.
Alba tomó el papel. La caligrafía era redonda, apretada, con las íes sin punto. Carraspeó.
—«Manuel: hoy te vi pasar por la plaza. Llevabas la chaqueta gris, la del codo gastado. No me miraste. Nunca me miras. Pero yo te miro siempre, y eso me alcanza».
La voz se le quebró al final. Celia sonreía, pero tenía los ojos brillantes.
—Manuel era el panadero —explicó Celia—. El de la plaza. Se casó con otra, claro. Tuvo tres hijos y se quedó calvo. Pero cada vez que entraba aquí a comprar el periódico, yo le ponía el cambio en la mano y pensaba: «Manuel, esta mañana llevabas la chaqueta gris».
Se hizo un silencio hondo. Fuera, la lluvia había cesado y solo quedaba el goteo de los canalones.
Daniel habló sin alzar la vista de la mesa.
—Ocho años en un armario.
—Dieciocho la mía —dijo Celia—. Y mírame. No me he muerto de amor.
He vivido. He sido feliz. Pero no quería que se perdiera.
Alba dejó la carta sobre la caja. Miró a Celia, luego a Daniel, luego al reloj de péndulo parado a las doce y diez.
—Vamos a reabrirla —dijo.
Celia parpadeó.
—¿La librería?
—Como proyecto comunitario. Que los vecinos traigan libros. Que Rosa dé charlas. Que los niños vengan los sábados.
Daniel la miró. La mandíbula le tembló apenas.
—Es mucha gente —dijo.
—Eso espero —respondió Alba.
Celia se llevó las manos a la boca. Luego las bajó y las plantó sobre la mesa con un golpe seco.
—Pues habrá que hacer un roscón. No, mejor: un bizcocho de limón. Y limpiar los estantes. Y avisar a Rosa, a Ramón, al panadero calvo ese que no me miraba.
Rió. Era una risa cascada y limpia, que retumbó en la sala como si los libros despertaran.
Daniel seguía inmóvil. Alba alargó la mano y rozó la manga de su camisa.
—No hace falta que digas nada.
—Lo haré.
—¿El qué?
—Quedarme.
Lo dijo bajo, pero sin apartar la mirada. Celia se volvió discretamente hacia la trastienda y fingió ordenar unas tazas.
Alba sintió que el pecho se le ensanchaba. No respondió. Salió de detrás de la mesa y caminó hacia la puerta.
—Voy a ver la noche —dijo.
Daniel la siguió sin preguntar.
La calle Mayor olía a tierra mojada y a madera vieja. Las pancartas de los vecinos colgaban flácidas por la humedad, pero ninguna se había caído. El escaparate azul de El Refugio proyectaba un rectángulo de luz cálida sobre el adoquinado.
El cielo estaba limpio. Las estrellas, lavadas por la tormenta, brillaban como si acabaran de encenderse.
Alba se detuvo frente al escaparate. Miró el letrero despintado, las cortinas de encaje que su abuela había cosido, el cartel de «Cerrado» que ya no tenía sentido.
Daniel se colocó a su lado. Las manos de ambos colgaban a pocos centímetros, sin tocarse.
—Prométeme algo —dijo Alba, sin volverse.
—Lo que sea.
—No vuelvas a desaparecer.
Daniel tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era apenas un hilo.
—No voy a desaparecer.
—Dímelo mirando la librería.
Él obedeció. Alzó la vista hacia la fachada azul, hacia las ventanas donde la luz de la lámpara titilaba suave.
—No voy a desaparecer —repitió—. Nosotros la reabrimos.
Los dedos de Alba rozaron los suyos. Daniel abrió la mano y ella deslizó la palma dentro, despacio, como quien entra en un recinto que creía prohibido.
Se quedaron así. Las estrellas arriba. La librería delante. Las manos entrelazadas.
Desde la puerta, Celia los observaba. La tenue luz del interior le iluminaba el rostro. Sonreía con los labios apretados y las mejillas aún húmedas.
No dijo nada. Se llevó una mano al bolsito cruzado y sacó un pañuelo. Luego dio media vuelta y volvió a entrar, dejando la puerta entreabierta para que la luz siguiera saliendo.