Regreso al pueblo por la librería de mi abuela, y el tasador es el hombre que se marchó sin despedirse.
Episodio 5
La luz del amanecer se filtraba por la claraboya, gris y húmeda. El tictac del reloj de Mateo seguía sobre el mostrador, constante, como si nunca hubiera estado parado.
Desplegué el testamento con cuidado. Las manos me temblaban menos que la noche anterior.
—Necesitamos el informe antes del pleno —dije.
Mateo asintió. Sacó una libreta del bolsillo interior de la chaqueta y la abrió junto al documento de mi abuela. Su letra era pequeña, precisa, sin adornos.
—Cláusula de protección cultural —leyó en voz baja—. Requiere demostrar valor histórico, arquitectónico o documental.
—Tenemos las cartas de J.M. —dije—. Y el doble fondo.
—Eso no basta para el ayuntamiento.
Levanté la vista. Mateo ya estaba escribiendo. El rasguño del bolígrafo sobre el papel era el único sonido además del reloj.
—El edificio data de 1892 —anotó sin levantar la cabeza—. Conserva la estructura original de madera. La claraboya es de fundición catalana.
—¿Cómo sabes lo de la claraboya?
Calló. La mano derecha se detuvo un instante. La cicatriz recta sobre el dorso brilló bajo la luz gris.
—Tu abuela me lo contó.
No pregunté cuándo. No pregunté por qué lo recordaba ocho años después. Seguí organizando las cartas sobre el mostrador mientras él redactaba.
Las de J.M. a un lado. Las de mi abuela para mí, al otro. El lazo rojo seguía intacto sobre las que aún no había leído.
—Incluye lo de la vitrina —dije—. Es de 1920.
—Ya está.
—¿Y el suelo de tarima?
—También.
Me quedé mirando el montón de sobres. Había diecisiete cartas de mi abuela dirigidas a mí. Diecisiete sobres cerrados que nunca llegaron a abrirse.
—Valeria.
Alcé la cabeza. Mateo me tendía el borrador del informe. Lo cogí sin rozarle los dedos.
El texto era sobrio, técnico, impecable. Valoración patrimonial. Relevancia cultural. Estado de conservación. En el último párrafo citaba el testamento ológrafo de Aurora García y la cláusula que declaraba El Susurro bien cultural del pueblo.
—Falta tu firma —dije.
—No. Falta la tuya.
Dejó el bolígrafo sobre el mostrador, junto a la llave y el reloj. Los tres objetos formaban una línea recta: latón, plata, tinta azul.
Firmé. El rasguño de la pluma sonó más fuerte de lo que esperaba.
—Listo —dije.
Pero no me moví. El silencio se instaló entre nosotros como un tercer cuerpo en la trastienda. La lluvia había cesado fuera, pero el olor a papel mojado seguía flotando en el aire.
Tomé aire. No era sobre el recurso.
—Mateo.
Me miró. Sus ojos grises estaban quietos, sin parpadear, como el cielo antes de la tormenta.
—No te vuelvas a marchar sin despedirte.
No lo dije con rabia. No lo dije con miedo. Lo dije con la voz firme y rota de quien ya no tiene nada que perder.
Mateo calló. Bajó la vista hacia el reloj de bolsillo. Las agujas avanzaban. Once y veintidós. Once y veintitrés.
—¿Por qué ahora? —preguntó.
—Porque antes del pleno necesito saber si voy a luchar sola o contigo.
Alargó la mano hacia el mostrador. No cogió el reloj. No cogió la llave. Apoyó los dedos sobre la madera, a un centímetro del testamento.
—No pienso irme a ningún lado.
No añadió nada más. No lo necesitaba.
Le sostuve la mirada. Ocho años de silencio se deshicieron en el tictac de un reloj al que alguien le había vuelto a dar cuerda.
Cogí el informe. Él tomó el testamento y se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. La llave y el reloj quedaron sobre el mostrador un instante más. Luego Mateo los recogió, los metió en el bolsillo del pantalón y me tendió el paraguas que habíamos dejado secando junto a la puerta.
—Vamos —dijo.
Abrí la puerta de la librería. La calle mayor estaba desierta, mojada, envuelta en una niebla baja que olía a tierra y a promesas. El Susurro quedó a nuestra espalda, con las cartas ordenadas sobre el mostrador y el lazo rojo esperando a que yo volviera para desatarlo.
Mateo caminaba a mi lado. Sus pasos resonaban sobre los adoquines mojados.
El ayuntamiento nos esperaba al final de la calle.
La sala de plenos olía a cera para suelos y a tabaco frío. Las ventanas altas dejaban pasar una luz acuosa que no acababa de decidirse entre la lluvia y la tregua. Ocupábamos la última fila de sillas plegables, con el testamento y el informe dentro de una carpeta que Mateo no había soltado en todo el trayecto.
El alcalde Álvaro Durán nos vio desde el estrado y se atusó el bigote. Dos veces. Su corbata roja colgaba desanudada sobre el respaldo del asiento.
—Señoría, solicito intervenir antes de la votación —dijo Mateo.
El presidente de la mesa, un hombre calvo que se abanicaba con el orden del día, consultó el reloj de pared como si el tiempo pudiera negarnos el turno.
—Tiene la palabra el señor…
—Mateo Solís, tasador senior. Actúo en representación del legado de Aurora Garrido, propietaria de El Susurro.
El nombre de mi abuela me golpeó en el pecho. Mateo me rozó el brazo antes de levantarse. Un roce breve, casi un descuido. No lo era.
Álvaro Durán se incorporó a medias.
—Esto es irregular. La tasación debió presentarse hace días.
—La presentamos ahora —Mateo depositó la carpeta sobre la mesa de la presidencia—. Junto con un documento que los señores concejales deberían examinar.
El presidente abrió la carpeta. El silencio se estiró mientras sus ojos saltaban de una línea a otra.
—Es un testamento ológrafo.
—De puño y letra de Aurora Garrido —precisó Mateo—. Declara El Susurro bien cultural del pueblo. Incluye documentación histórica que acredita la antigüedad del inmueble y su valor patrimonial.
Álvaro se puso en pie. El maletín de piel gastada resbaló de sus rodillas y cayó al suelo con un golpe seco. De su carpeta asomaron dos sobres con el membrete del banco.
Los vi. Medio pleno los vio. Él los empujó hacia dentro con un manotazo.
—Eso habrá que verificarlo. Un testamento sin autenticar no es vinculante.
—De acuerdo —dije.
Mi voz sonó más firme de lo que esperaba. Álvaro me miró como si acabara de recordar que yo estaba allí.
—Solicitamos un receso de cuarenta y ocho horas para la verificación notarial —continué—. Eso retrasa la votación, pero no la invalida. Y si el testamento es auténtico, la cláusula de protección cultural convierte cualquier reforma en un delito contra el patrimonio.
—Eso no…
—Es lo que dice la ley —cortó Mateo.
Álvaro se pasó la mano por la calva incipiente. Miró al presidente. El presidente miraba el testamento como quien sostiene un animal herido y no sabe si morderá.
—Propongo votar ahora —dijo un concejal de la bancada del alcalde—. No tenemos por qué esperar.
—Si votan sin verificar el testamento y luego resulta auténtico, la decisión es nula de pleno derecho —Mateo hablaba con la misma economía de siempre, pero cada palabra caía como una ficha de dominó—. Y quien haya votado a favor de la reforma figurará en acta como responsable de un atentado al patrimonio cultural.
El concejal se hundió en su asiento.
Álvaro Durán se aflojó el nudo de la corbata. Ya estaba desanudada, así que sus dedos resbalaron sobre el cuello de la camisa sin encontrar nada que apretar o soltar.
—Someto a votación el receso —anunció el presidente.
Las manos se alzaron. Una tras otra. La del concejal que había protestado se levantó la última, con la lentitud de quien firma una derrota sin haber peleado.
—Aprobado por mayoría.
Mateo se giró hacia mí. Sus ojos grises tenían la quietud del cielo después de la lluvia. Me tendió la carpeta y la cogí sin apartar la vista de la suya.
—Volvemos a casa —dijo.
Álvaro Durán pasó a nuestro lado camino de la puerta. Se detuvo un instante, con el maletín apretado contra el pecho y la corbata asomando del bolsillo como una lengua roja y vencida.
—Han ganado tiempo —murmuró—. Pero el tiempo también se acaba.
—El nuestro no —respondí.
Y por primera vez en diez años, no estaba mintiendo.
Atardecía cuando empujamos la puerta de El Susurro. La lluvia había cesado y las últimas nubes se deshilachaban hacia el este. El olor a papel antiguo nos recibió como un abrazo.
Mateo dejó la carpeta sobre el mostrador y se quedó mirando los lomos de los libros. La vitrina, la caja de madera con las iniciales A.G. y J.M., el reloj de pared que nadie había vuelto a detener.
—¿Te has dado cuenta? —pregunté.
—¿De qué?
—No hemos vuelto a abrir la caja.
La caja seguía allí. Cerrada. Las cartas de J.M. a la abuela Aurora dentro, y el doble fondo ya vacío porque las cartas de Aurora a mí estaban sobre la mesa, atadas con el lazo rojo que todavía no había deshecho.
—Ya no hace falta —dijo Mateo.
Sacó el reloj de bolsillo y le dio cuerda. El tic-tac llenó el silencio como una respiración nueva. Luego se quitó la cadena del cuello —mi llave, la que había guardado durante ocho años— y la colocó junto a la caja.
—Es tuya —dijo—. Siempre lo fue.
No la cogí. En lugar de eso, tomé su mano derecha y pasé el pulgar sobre la cicatriz que le cruzaba el dorso. Mateo contuvo el aliento. No dijo nada. No hacía falta.
—Te vas a quedar —dije.
No era una pregunta.
—Me quedo.
La lluvia, fuera, volvió a caer. Suave esta vez. Casi amable. Como si el pueblo entero exhalara después de contener la respiración durante demasiado tiempo.
Mateo apoyó la frente en la mía. El tic-tac del reloj marcaba el tiempo que ya no se detenía. La llave seguía sobre el mostrador, entre la caja de madera y las cartas sin enviar, y por primera vez en diez años supe que nadie volvería a guardarla en silencio.
Subí las escaleras con el eco de la votación aún en los oídos. El pasamanos de madera crujió bajo mis dedos. Mateo me seguía, a dos escalones de distancia. La lluvia golpeaba el tragaluz del rellano con una furia nueva, como si el cielo también hubiera contenido el aliento hasta el último voto del pleno.
—Protección cultural —dije sin volverme—. Mi abuela lo sabía.
—Lo sabía —repitió Mateo.
Abrí la puerta del altillo. El cuarto olía a cedro y a la menta que Aurora aplicaba a las vigas. Una cama estrecha junto a la ventana, el edredón con flores desvaídas, la lámpara de pie que nunca funcionó del todo. Llovía tanto que la luz de la farola entraba temblorosa, como vista desde el fondo de un río.
Me giré para buscar una toalla y choqué con su pecho. No lo había oído acercarse. Sus ojos grises recorrían mi cara con la misma precisión con que tasaba un libro antiguo: deteniéndose en cada detalle, sin prisa.
—Valeria.
Solo mi nombre. Pero lo dijo como quien apoya una mano sobre una mesa para comprobar que aguanta.
Alargué los dedos hacia la cadena de su cuello. Ahí seguía la llave de latón —mi llave—, tibia contra su pecho. La sujeté sin tirar, sintiendo el latido bajo los nudillos.
—No te la voy a quitar —murmuré.
Mateo cubrió mi mano con la suya. La cicatriz del dorso rozó mis dedos, rugosa y cálida.
—No te la voy a devolver —dijo.
La lluvia arreció. Un trueno sacudió la claraboya y él me atrajo contra su pecho. Su jersey olía a lana mojada y debajo, apenas, a cedro. El mismo olor que recordaba de diez años atrás, en esta misma habitación.
—Aquella noche —empecé.
—No —me cortó. Su voz sonó más baja, recogida—. Esta noche no.
Sus labios rozaron mi sien. Me quedé quieta. Luego eché la cabeza atrás y busqué sus ojos.
—¿Qué noche, entonces?
Mateo calló. Pero esta vez su silencio era distinto: no se escondía. Me miraba desde dentro, con el mismo abandono con que había puesto el reloj y la llave sobre el mostrador.
Me besó.
Fue un beso sin urgencia, como si tuviéramos todo el tiempo que nos habíamos negado. Supe que él también lo sentía: la lluvia nos encerraba ahora por voluntad propia. No había plazo del alcalde, ni tasación, ni cartas sin enviar. Solo el calor de su boca y el sabor a café de la espera en el ayuntamiento.
Le quité el abrigo mojado. Las manos me temblaban, no de frío. Mateo dejó que la prenda cayera al suelo y esperó, inmóvil, a que yo decidiera.
—Eres tú —dije—. Esta vez eres tú quien se queda.
Asintió. Solo eso. Pero el movimiento de su cabeza tuvo el peso de un juramento.
Me senté en el borde de la cama. El edredón crujió bajo mi peso, igual que cuando era niña y me escabullía al altillo para leer a escondidas. Mateo se arrodilló frente a mí, sus manos grandes sobre mis rodillas, y apoyó la frente en mi regazo.
—Ocho años —murmuró contra la tela de mis vaqueros—. Doscientas cartas.
—Las leeremos juntas —dije—. Mañana.
Alcé su cara. Las canas de las sienes brillaban con la luz de la tormenta. Le besé la cicatriz de la mano derecha, despacio, trago a trago de aquella historia que aún no me había contado.
—No me lo expliques —añadí—. Todavía no.
El alivio ablandó sus facciones. Me tumbó sobre el edredón con el cuidado de quien desenvuelve un manuscrito frágil. La lámpara de la calle dibujaba rayos de lluvia en el techo. Su respiración se acompasó a la mía.
No dijimos nada más.
La tormenta fue amainando mientras nos reconocíamos a oscuras. Sus dedos aprendieron de nuevo la curva de mi hombro, el hueco de la cadera, la cicatriz de la ceja que ya estaba allí cuando me conoció. Yo redescubrí el peso de su brazo sobre mi cintura, el ritmo de su corazón contra mi espalda. Todo era conocido y nuevo a la vez, como si la librería hubiera conservado también aquella memoria.
El tic-tac del reloj de bolsillo sonaba desde el abrigo caído. Constante. Inconfundible.
—Funciona —dije.
Mateo apartó un mechón de mi frente.
—Desde esta tarde.
La lluvia cesó poco antes del amanecer. El silencio nos despertó: aquella quietud sin agua era casi un sonido distinto, un zumbido leve de pájaros mojados y canalones que goteaban. La primera luz gris entró por la claraboya.
Me incorporé. Mateo dormía con el brazo extendido hacia mi lado de la cama, la mano abierta sobre la almohada vacía. La cicatriz le surcaba el dorso como una firma antigua.
Me vestí sin hacer ruido. Bajé descalza a la librería, recogí el abrigo de Mateo y lo colgué del perchero para que se secara. El testamento seguía en el bolsillo interior; lo palpé sin sacarlo.
Las cartas de mi abuela estaban sobre el mostrador, atadas aún con la cinta roja. Las recogí y las guardé en la caja de madera. Cerré la tapa con un clic suave.
Cuando subí, Mateo estaba despierto. Sentado en el borde de la cama, con los codos en las rodillas y la mirada perdida en el tragaluz.
—El tren de las siete —dijo.
—No.
Se volvió hacia mí. Su expresión era cautelosa, como si la noche pudiera deshacerse con una palabra mal puesta.
—Vamos al andén —dije—. No a despedirnos.
Mateo parpadeó. Recogió el reloj del suelo y se lo guardó en el bolsillo del pantalón. Se puso el abrigo húmedo sin preguntar adónde íbamos ni por qué.
Bajamos juntos. Crucé la librería en penumbra, esquivando las pilas de libros que habíamos clasificado durante la semana. En el perchero de la entrada colgaba mi chaqueta vaquera. La descolgué, metí la mano en el bolsillo y saqué la llave del cuello —la mía, la que había heredado de Aurora, la que Mateo llevó durante ocho años sin que yo lo supiera.
La sostuve en la palma.
—Ya no me hace falta —dije—. La librería está abierta.
Mateo miró la llave, luego a mí. Las arrugas junto a sus ojos se marcaron más, pero no dijo nada. Cogió la llave y la guardó en el bolsillo izquierdo del pantalón, junto al reloj que ahora latía.
Salimos a la calle Mayor. El asfalto relucía con los charcos del amanecer. Las aceras estaban desiertas; ni rastro del alcalde, ni de los folletos electorales que habían empapelado el ayuntamiento la víspera. El pueblo dormía su primera mañana con El Susurro a salvo.
La estación quedaba al otro lado de la plaza. Anduvimos en silencio, esquivando los reflejos de los tejados mojados. El olor a tierra empapada lo envolvía todo.
El andén estaba casi a oscuras. La marquesina goteaba sobre el banco de madera desconchada donde Mateo se había sentado tres días atrás. Las vías brillaban bajo la niebla.
Se oyó un pitido lejano. El tren de las siete.
Mateo se detuvo junto al borde del andén. Sus hombros, bajo el abrigo mojado, formaban una línea rígida. Metió la mano en el bolsillo y sacó el reloj.
—Cinco para las siete —dijo.
—Dale cuerda.
Lo hizo. El mecanismo emitió aquel chasquido minúsculo que yo conocía de las noches en la trastienda.
—Cada mañana —dijo sin mirarme—. Todos los días.
—Todos los días —repetí.
El tren entró en la estación con un chirrido de hierro y vapor. Las ruedas levantaron una llovizna de agua estancada. Las puertas se abrieron. El revisor bajó al andén, nos miró con la misma indiferencia con que miraba a los pocos pasajeros de aquella línea casi abandonada.
Nadie subió. Nadie bajó.
Las puertas volvieron a cerrarse. El tren silbó y se alejó, tragado por la niebla.
Mateo seguía con el reloj en la mano. El segundero avanzaba en círculos limpios y regulares.
—Se ha ido —dijo.
—Nosotros no.
Guardó el reloj. Volvió a tocar el bulto de la llave en su bolsillo.
—Valeria.
Solo mi nombre. Otra vez.
—Dime —respondí.
—No voy a irme sin despedirme.
Le sostuve la mirada. El gris de sus ojos era exactamente el color del cielo sobre la vía: quieto, lavado por la tormenta, esperando la primera luz.
—Yo tampoco —dije.