Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.
Episodio 12
Las escamas se apagaron.
Valdemar no respiraba.
Elena le apretó la mano. Los nudillos del duque seguían calientes. La sangre plateada le corría entre los dedos.
—Médico —dijo ella.
Su voz no tembló.
El médico volvió a arrodillarse. Apoyó el oído sobre el pecho herido. Alzó la mirada.
—La sangre del dragón consume el veneno. Pero pierde demasiada.
—Entonces que no pierda más.
Elena rasgó una tira de su enagua. La dobló. Presionó la herida con ambas manos.
La cicatriz de la muñeca le ardía.
No es el Pacto. Es otra cosa. Como si la marca reconociera la sangre que estoy tocando.
Valdemar abrió los ojos.
Un fulgor dorado le cruzó las pupilas. Las escamas del cuello resplandecieron una vez más. El pecho se le hinchó con una bocanada violenta.
—Aún no —dijo.
La voz le salió rota. Pero era una orden.
Elena aflojó la presión. La herida había dejado de manar. La carne se cerraba bajo la venda improvisada.
—¿Lo veis? —Alaric se retorció entre los guardias—. ¡Es un monstruo! ¡Una bestia de escamas que no merece...
El capitán de la guardia real le puso la punta de la espada en la garganta.
—Una palabra más, alteza, y os juro que el juicio será póstumo.
La corte contuvo el aliento.
Valdemar se incorporó. Apoyó una mano en el suelo y luego la otra. Se alzó con la lentitud de quien arrastra una montaña. Las escamas brillaban bajo la camisa desgarrada.
Está de pie. Está de pie y va a mirarlo.
El duque fijó los ojos en Alaric.
—Vuestro padre —dijo—. ¿Él también bebió de esa copa?
Alaric palideció.
—No sé de qué...
—¿La envenenasteis igual que intentasteis envenenarla a ella?
El silencio pesó como una losa.
Camila retrocedió entre los cortesanos. Un guardia la detuvo por el brazo. La mujer soltó un chillido.
—¡Yo no tengo nada que ver! ¡Fue él! ¡Todo fue idea del príncipe!
—¡Zorra mentirosa! —Alaric forcejeó contra las esposas—. ¡Fuiste tú quien vertió las Lágrimas en la copa de Lucía!
La corte estalló en murmullos.
El canciller real dio un paso al frente. Carraspeó.
—Que quede constancia. El príncipe Alaric de Velasco acaba de confesar el envenenamiento de Lucía Valtierra en presencia de doscientos testigos.
—¡No he confesado nada!
—La copa está aquí —dijo Elena.
Señaló la mesa de ceremonias. La copa envenenada brillaba bajo la luz de las antorchas. Junto a ella, el informe médico amarillento.
—Y el informe de esterilidad también.
Alaric enmudeció.
El capitán hizo un gesto. Cuatro guardias lo arrastraron hacia la puerta lateral.
—Las mazmorras del palacio —anunció—. Celda de alta seguridad. Sin visitas, sin correspondencia.
—¿Y ella? —preguntó uno de los guardias que sujetaba a Camila.
—La misma celda. Distinto pabellón.
Camila sollozó.
—Elena... por favor... somos de la misma sangre...
Elena la miró.
—Lucía también lo era.
Se volvió hacia Valdemar.
El duque se mantenía erguido. Pero los dedos le temblaban. Solo ella lo veía.
—Vamos —dijo Elena—. Puedes apoyarte.
—No necesito...
—No te lo estoy preguntando.
Valdemar entrecerró los ojos. Apoyó una mano en el hombro de ella. Pesaba como una armadura completa.
Salieron del Salón del Trono.
Dos horas después, los aposentos privados de Elena olían a alcanfor y a vendas limpias.
Lucía estaba sentada en el borde de la cama. Teresa le sostenía una taza de tisana humeante. Las dos alzaron la vista cuando Elena entró.
—¿Es cierto que el duque...?
—Está vivo.
Lucía soltó el aire.
Teresa se santiguó.
—Niña, pareces un fantasma.
Elena fue hasta el tocador. Allí estaba el relicario. La cadena de plata brillaba sobre la madera oscura.
Ha llegado el momento.
Se llevó la mano al cuello. El medallón se abrió con un clic seco. Dentro había una llave diminuta, más pequeña que un grano de arroz.
—¿Qué es eso? —preguntó Lucía.
—La llave del relicario.
Elena insertó la llave en la cerradura oculta de la base. Giró.
La tapa se abrió con un suspiro metálico.
Dentro había dos cosas: un fragmento de cristal curvado, del tamaño de una uña, teñido de un residuo violáceo. Y una carta doblada en tres.
Elena desplegó el papel.
La letra era firme. Reconoció los trazos antes de leer la firma.
Mi amada Elena:
Si lees esto es porque yo ya no estoy. Y porque has sobrevivido lo suficiente para llegar hasta aquí.
El fragmento de cristal pertenece a la copa donde vertieron las Lágrimas de la Luna. Lo recogí del suelo la noche que mataron a tu padre. No pude salvarlo. Pero guardé la prueba.
Escondí el antídoto. No en un frasco: en la sangre de un viejo aliado que me juró protegerte. Su nombre no importa. Lo reconocerás por las escamas.
El ciclo de sangre, hija mía, se hereda como un veneno y como una deuda. No luches para vengar. Lucha para romper.
Te quiero.
Tu madre.
Elena dejó la carta sobre la mesa.
Lucía se acercó. Leyó por encima de su hombro.
—Mamá sabía lo del dragón.
—Sabía mucho más que nosotras.
Teresa tomó el fragmento de cristal con un pañuelo limpio.
—Esto va directo al fiscal del reino.
—Llévalo.
La doncella asintió. Salió sin hacer ruido.
Lucía apoyó la cabeza en el hombro de Elena.
—Duele, ¿verdad?
Elena no respondió. Pero la cicatriz de la muñeca había dejado de arder.
Al atardecer, las antorchas del Salón del Trono ardían con llamas nuevas.
La corte se había reunido otra vez. Pero esta vez no había cetro ni corona sobre la mesa de ceremonias. Solo dos anillos de hierro forjado.
Elena avanzó hasta el centro del salón.
Valdemar la esperaba allí. Vestía una camisa limpia. El vendaje del pecho asomaba bajo el cuello abierto. Pero estaba de pie.
—Sin grabados —dijo él—. Sin blasones.
—Sin cadenas —respondió ella.
El canciller alzó la voz.
—El duque Valdemar de Valdés renuncia públicamente a todo título hereditario que lo vincule al trono. El Pacto de Sangre queda disuelto.
Un murmullo recorrió la sala.
—Y yo —dijo Elena— renuncio a todo nombre que me ate a una deuda ajena.
Tomó uno de los anillos. Lo sostuvo contra la luz de las antorchas.
—No hay linaje en este hierro. No hay pacto. Solo hay elección.
Valdemar tomó el otro anillo.
—Solo hay elección —repitió.
Se miraron.
Elena fue la primera en deslizar el anillo en el dedo de él. El hierro tintineó al rozar la piel.
Valdemar tomó la mano de ella. Le puso el anillo. Los dedos le temblaban apenas.
—Bésala, idiota —masculló alguien entre el público.
Risas contenidas.
Valdemar no sonrió. Pero algo se suavizó en sus ojos. Se inclinó.
El beso fue breve. Un roce de labios. Sin urgencia.
La multitud estalló en vítores.
Los anillos tintinearon bajo la luz de las antorchas cuando Elena entrelazó los dedos con los de Valdemar.