Mi prometido me mató, regresé y me casé con su hermano
Episodio 12
Todo parecía resuelto en la Sala de Audiencias Reales, pero el silencio de Rodrigo pesaba más que los cuchicheos. Liria permaneció junto a Nessa, con la carta del barón aún contra el pecho. El aire del mediodía entraba por los ventanales altos, frío y húmedo.
Un guardia se acercó al estrado. El rey alzó la mano.
—Conduzcan al canciller.
Rodrigo giró el cuello hacia el monarca. Sonreía.
—Majestad, una última cuestión. La nulidad no ha sido firmada.
El rey lo miró con calma.
—Se firmará hoy.
—Hoy, dice. Hoy pesan sobre esta sala una carta, un pliego y una cicatriz. Mañana, ¿qué pesará? Las pruebas cambian de dueño; la corona no puede gobernar a golpe de casualidades.
Liria no lo interrumpió. Miró su muñeca vendada.
—Déjelo hablar —dijo al guardia.
Rodrigo dio un paso. El guardia lo sujetó del brazo.
—La duquesa ha convertido un recurso civil en un teatro de traición. ¿Dónde está la dispensa? Sin la firma real, Valmonte sigue sin duquesa legítima.
Damián se movió desde el costado de Liria. Dos pasos. El puño cerrado.
—Basta.
Rodrigo alzó la mano libre. El anillo ya no estaba, pero el gesto sonó a amenaza.
—Capitán Aranda. ¿Defiende a la duquesa o la acusa? Porque un consorte sin dispensa también es un consorte sin apellido.
Damián avanzó. El guardia de Rodrigo intentó cerrarle el paso. Damián esquivó la lanza, giró el cuerpo y desarmó al canciller de un empujón seco. Rodrigo trastabilló contra el estrado.
La sala se abrió en un grito ahogado. El rey se puso de pie.
—Capitán.
Damián retrocedió. Levantó las manos abiertas, sin arma.
—El canciller no toca a la duquesa.
—No la he tocado —dijo Rodrigo, arreglándose el cuello.
—Ha alzado la mano.
El rey bajó del estrado. Se detuvo ante el pliego con microabrasiones. Luego miró el anillo de Rodrigo, sellado en la bandeja real.
—Ya no hay dudas. El veneno, la quemadura, la carta. Todo apunta a un solo hombre.
Rodrigo se enderezó.
—Majestad, fue un empujón.
—No fue un empujón. Fue una orden velada. Y no la tolero.
El rey tomó el anillo.
—Este metal será analizado por el perito. La quemadura del capitán y el pliego con olor a almendras coinciden con la acusación. La copia real confirma la cláusula de dispensa.
Liria se adelantó. El corazón le golpeaba detrás de la herida.
—La cláusula existe.
—Existe —repitió el rey—. Y hoy se firma.
Rodrigo palideció.
—Majestad, no puede...
—Sí puedo. La nulidad queda firmada. La dispensa también.
El rey tomó la pluma. Liria subió al estrado y firmó primero. Luego Damián, con trazo firme. El rey estampó su sello y firmó al final.
—Duquesa Valmonte, queda confirmada. Capitán Aranda, consorte confirmado.
Rodrigo miró el documento. Su labio tembló.
—¡Ratas! ¡Esto lo teníais preparado!
El grito resonó en la sala. Los guardias lo tomaron de los brazos.
El rey lo contempló sin asco.
—Queda arrestado por traición y tentativa. Llévenselo.
Rodrigo forcejeó.
—¡Tres lunas! ¡La espina no corona nada! ¡Liria miente! ¡Miente!
Liria se mantuvo quieta. Nessa le apretó el codo.
—No miente —dijo Nessa en voz baja.
Los guardias arrastraron a Rodrigo hacia una puerta lateral. Su grito quedó flotando, seco y vulgar. Las puertas se cerraron.
El rey entregó la dispensa a Liria.
—Valmonte es vuestro. Cuidadlo.
Liria asintió.
—Lo cuidaré.
El carruaje se detuvo en el palacio ducal al atardecer. La lluvia brillaba todavía en los escalones de piedra. Liria entró sin soltar la dispensa. Damián caminaba cerca. Nessa cerraba la comitiva.
En la sala familiar, los criados encendieron las velas. El olor a alcanfor y hierro se mezclaba con el del barro húmedo. Liria se quitó la capa.
Nessa se hincó delante de ella.
—Señora, mi carta.
Liria la ayudó a levantarse.
—No te arrodilles.
—Pero sin la carta no soy nadie.
—Eres mi familia.
Nessa parpadeó. La cinta verde se le aflojó.
—¿Familia?
—Familia elegida. Lo demás es tinta.
Liria entregó la carta a un escribano.
—Registre esta carta. Que conste el apellido de Nessa como hija reconocida del barón de Loa.
El escribano dudó.
—¿Y el sello?
—Trae lacre.
El escribano selló el documento. La carta quedó en el archivo familiar. Nessa respiró hondo, como si soltara un peso de la infancia.
—Señora...
—No digas nada. Ya estás aquí.
Por la noche, Soraya apareció en la sala sin ruido. Se detuvo junto a la ventana. La luna crecía, alta y pálida.
—Tres lunas se cumplen.
Liria la miró.
—¿Cómo lo sabes?
—El hechizo cierra. El precio se levanta.
Liria se quedó muy quieta.
—¿Hechizo?
—El que te trajo de vuelta. La espina se vuelve corona.
Damián se acercó por detrás.
—¿Qué dice?
Liria no respondió. Algo subió por su garganta, caliente y desconocido. Se llevó la mano vendada al rostro.
Los ojos empezaron a arder.
No los cerró. Quería saber si era cierto.
La primera lágrima rodó lenta por su pómulo. Caliente. Viva.
Damián dio un paso.
—Liria.
Más lágrimas. Sin ruido, sin llanto roto, solo agua entrando al mundo. Liria se dobló un poco. Se tocó la cara como si acabara de recuperar un idioma olvidado.
—Puedo llorar.
La voz salió rota y pequeña.
Damián se arrodilló delante de ella.
—Sí. Puedes.
Le enjugó una lágrima con el pulgar desnudo. Ella apoyó la mejilla en su palma.
—Te elegí por amor.
Habló quedo, mirando sus ojos dorados. Damián no se movió. Luego besó su frente.
—Lo sé. Y yo a ti.
Nessa sonreía desde la puerta, con la carta sellada contra el pecho. Soraya retrocedió hacia la ventana.
—La espina ya es corona. Puede doler. Es suyo.
Afuera, la noche estaba quieta. La casa olía a cera y a hierro húmedo. Liria lloró en silencio, con la mano de Damián en su nuca.
Las tres lunas se cerraron. La espina coronó. Y por primera vez, Liria no quiso volver atrás.