El eco del río
Episodio 1
El olor a papel viejo lo llena todo. Es lo primero que percibo cada mañana al abrir la puerta. Hoy, sin embargo, se mezcla con el aroma del café que Clara ya ha preparado en la trastienda.
—Llegas tarde —me dice sin levantar la vista del libro que hojea.
—Llegas demasiado temprano.
—A mi edad, dormir es un lujo que se paga caro.
Cojo la taza que me ofrece. El vapor me golpea la cara. Afuera, el cielo tiene ese color plomizo que anuncia tormenta. El río se escucha lejano, pero más bravo de lo normal para esta hora.
Coloco los libros nuevos en la mesa de novedades. Los alineo con el borde. Los separo un dedo entre sí. Movimientos mecánicos que me anclan.
—Hoy viene el del banco —suelto.
Clara cierra su libro. Las gafas de cadena dorada tintinean sobre su pecho.
—Lo sé.
—¿Y?
—Y nada. Que tú vales más que todas las tasaciones del mundo.
Sonrío a medias. La taza me quema los dedos. No me muevo.
—Mi abuela decía que esta librería era un barco —digo—. Que mientras flotara, todo estaría bien.
—Tu abuela era más lista que el hambre.
—El barco hace aguas, Clara.
Ahora sí me mira. Sus ojos azules, rodeados de arrugas finas, se clavan en los míos.
—Los barcos se reparan.
El teléfono suena. Lo ignoro.
—¿Y si no tengo con qué?
—Pues te mojas y achicas agua. Como ha hecho esta familia desde 1962.
Guardo silencio. El café sabe amargo. Demasiado cargado. Clara siempre le pone más café del necesario a la cafetera.
Recorro la librería con la mirada. Las estanterías de madera oscura, gastadas por décadas de manos que acariciaron lomos. La escalera de caracol que conduce al piso superior. La caja registradora antigua, más decorativa que funcional, junto a un datáfono que apenas uso.
Todo está en su sitio.
Todo menos yo.
—¿Cuánto nos queda? —pregunta Clara.
—Treinta días.
—Mes justo.
—Menos. Hoy ya cuenta.
Un trueno retumba a lo lejos. Clara se santigua por costumbre.
—Avisa tu abuelo —murmura—. Tormenta el día de la tasación.
—Mi abuelo murió hace quince años.
—Por eso digo.
Me encojo de hombros. Cojo un paño y limpio el mostrador. No hay polvo. Es un gesto vacío.
—¿Cómo se llamaba el perito? —pregunta Clara.
—No lo sé. El banco solo dijo que enviarían a alguien de la oficina central.
—Pues esperemos que sea joven y guapo.
—Clara.
—¿Qué? Una puede soñar.
Sacudo la cabeza. El paño dibuja círculos sobre la madera.
—No necesito un hombre. Necesito un milagro.
—A veces son la misma cosa.
—No en mi experiencia.
Clara no responde. Sabe cuándo callar. Es una de las pocas personas que entienden mis silencios.
Me acerco a la ventana. La calle está vacía. Las nubes han devorado el sol. El viento agita las copas de los árboles. Algunas hojas vuelan y se pegan al cristal.
Nadie camina por la acera.
En Ríoclaro, cuando amenaza tormenta, todos se resguardan. Cierran ventanas. Recogen la ropa tendida. Preparan linternas.
Aquí la lluvia no es un inconveniente. Es un anuncio.
—Está creciendo —digo.
—¿El qué?
—El río. Se escucha.
Clara aguza el oído. Niega con la cabeza.
—Yo no oigo nada.
—Yo sí.
Es un rumor constante. Como un motor lejano. Lo conozco desde niña. Cada otoño, el río se enfada y nos recuerda que el pueblo existe porque él lo permite.
Me aparto de la ventana.
—Voy a revisar el sótano.
—¿Ahora? —Antes de que llegue el perito. Si se inunda, perderemos los ejemplares antiguos. —No va a inundarse. Apenas ha llovido.
—Por ahora.
Bajo la escalera que conduce al sótano. La luz es escasa. Una bombilla desnuda oscila ligeramente. Huele a humedad y a papel envejecido. Es un olor que me recuerda a los veranos de mi infancia, cuando mi abuela me dejaba ayudarla a catalogar donaciones.
Enciendo la luz. Las cajas están apiladas contra la pared del fondo, lejos del desagüe. Las reviso una a una. Cartón seco. Bien.
El desagüe tiene hojas acumuladas. Las retiro con la mano. Está obstruido, pero no del todo. El agua de la última lluvia no terminó de irse. Queda un charco oscuro en una esquina.
Tendré que llamar a alguien.
Ocuparme yo misma.
No hay presupuesto para fontaneros.
Oigo pasos arriba. La puerta de la librería se abre. La campanilla tintinea.
—¡Valeria! —la voz de Clara baja por las escaleras, amortiguada—. Ya llegó.
Se me encoge el estómago.
—Ahora subo.
Respiro hondo.
Me limpio las manos en el pantalón vaquero. Manchas de óxido y polvo. No importa. El perito viene a tasar el local, no a mí.
Subo los peldaños de dos en dos.
Abro la puerta.
Y me detengo en seco.
Al otro lado del mostrador, de espaldas, un hombre revisa los títulos de la sección de poesía. Traje azul marino impecable. Espalda ancha. Manos grandes que sostienen un libro con excesivo cuidado.
Conozco esa postura.
Conozco esas manos.
El hombre se gira.
Los ojos grises me golpean como un puñetazo en el pecho.
—Valeria.
Alejandro.
La palabra no me sale. Se atasca en la garganta. La rabia me sube por el cuello. Me quema las mejillas.
Ocho años.
Ocho años sin verlo. Sin saber de él.
Y aparece ahora.
Con su traje de corte perfecto. Su reloj de bolsillo que asoma del chaleco. Su mandíbula marcada y ese aire de hombre al que la vida le ha ido bien.
Demasiado bien.
—¿Qué haces aquí? —pregunto. Cada sílaba corta como un cristal roto.
—El banco me envía.
—No.
—Sí.
Clara nos mira alternativamente. Sus dedos hacen girar el anillo de esmeralda. Miente cuando está nerviosa. Ahora está nerviosa.
—¿Se conocen? —pregunta.
—No —digo.
—Sí —dice él al mismo tiempo.
Silencio.
Clara carraspea.
—Voy a preparar más café —anuncia, y desaparece hacia la trastienda. El tintineo de sus gafas se aleja.
No la culpo.
Me cruzo de brazos.
—Eres tasador.
—Sí.
—Desde hace cuánto.
—Seis años.
Seis años tasando propiedades ajenas. Tasando sueños ajenos. Poniéndoles precio a las ruinas de otros.
—¿Sabías que era mi librería?
Alejandro duda. Sus dedos juguetean con el borde de un libro. Lo reconozco. Es su manera de ganar tiempo.
—Lo supe al ver el expediente.
—¿Y aun así viniste?
—Era mi trabajo.
—Tu trabajo.
—Sí.
Me río. Una risa seca, sin alegría.
—Claro. El trabajo. Siempre el trabajo.
—Valeria...
—No. Empieza. Haz tu tasación. Mide las paredes. Calcula el precio del derrumbe.
—No he venido a eso.
—¿Ah, no? ¿A qué has venido entonces? ¿A tomar café? ¿A ponerte al día? ¿A recordar viejos tiempos?
Él no responde. Sus ojos recorren la librería. Las estanterías. La escalera de caracol. La caja registradora antigua.
Y algo se quiebra en su expresión.
Algo que no alcanzo a descifrar.
—Está igual —murmura.
—No. No está igual.
—Quiero decir...
—Sé lo que quieres decir. Y no. Nada está igual.
Un trueno estalla sobre nuestras cabezas. La lluvia empieza a caer con fuerza. Las gotas repiquetean contra el tejado y las ventanas. Un sonido denso, envolvente.
El río ruge a lo lejos.
Más cerca que antes.
—Deberíamos empezar la inspección —dice Alejandro. Su tono ha cambiado. Profesional.
Distante. El tasador ha vuelto—. Cuanto antes terminemos, antes me iré.
—Perfecto. Por dónde empiezas.
—La planta principal. Luego el sótano y el piso superior.
—El acceso está en las escaleras.
Asiente. Saca una libreta del maletín. Anota algo. No sé qué.
La lluvia arrecia. El viento sacude la puerta.
—¿Siempre se inunda cuando llueve? —pregunta.
Alzo la barbilla.
—¿Cómo sabes que se inunda?
Se tensa.
Parpadea dos veces.
—Es... habitual en construcciones antiguas cerca de un río.
—Nadie te ha dicho que esta se inunde.
—He visto el desagüe. Tienes las manos manchadas.
Levanto las manos. Tengo barro seco en los dedos.
—Eso no prueba nada.
—El sótano huele a humedad. Las cajas están alejadas de la pared. Las juntas del suelo tienen marcas de agua.
Lo miro. Mis ojos se estrechan.
—Hablas como si conocieras este sitio.
—Soy tasador. Es mi trabajo observar.
—Observar. Claro.
No me lo creo. Pero no insisto. No ahora.
—El sótano se inunda cada otoño —admito—. El río crece y el desagüe no da abasto.
—¿Cada otoño?
—Sin excepción.
Alejandro toma nota. Su letra es pequeña y precisa. Recuerdo esa letra.
Cartas. Notas en los márgenes de los libros. Dedicatorias.
Las aparto de mi mente.
—¿Cuántos libros hay en la colección antigua?
—¿Cómo sabes que tenemos un fondo antiguo?
—Lo pone en el expediente del banco.
—El expediente no especifica el número de ejemplares.
—Lo sé. Por eso pregunto.
Miente. El expediente no menciona la colección antigua. Se lo dijo mi abuela hace años, cuando él todavía venía a la librería.
Cuando todavía era uno más.
Cuando todavía.
—Doscientos cuarenta y tres —respondo.
—¿Primeras ediciones?
—Algunas. Sobre todo poesía. Narrativa española de posguerra. Y una sección de libros de viajes del siglo XIX.
—¿Valorados?
—Por mi abuela. No oficialmente.
—Eso es un problema.
—Lo sé.
La lluvia arrecía. El viento golpea la puerta con más fuerza. Un crujido nos interrumpe.
—Eso no es normal —digo.
Me acerco a la ventana. La calle está anegada. El agua baja por la pendiente como un torrente. Arrastra hojas, ramas, basura.
El río suena ensordecedor.
—Está desbordándose —murmuro.
—¿Qué?
—El río. Está más alto que de costumbre.
Otro trueno. Más cercano. El suelo tiembla ligeramente.
—El sótano —dice Alejandro.
—Ya lo sé.
Corro hacia la puerta del sótano. La abro. Bajo las escaleras a trompicones.
El agua me llega a los tobillos.
Y está subiendo.
—¡Los libros! —grito.
Alejandro baja detrás de mí. Se quita la chaqueta del traje. La deja caer en un peldaño. Se arremanga.
—Dame las cajas.
—No pienso dártelas. Son mías.
—No es momento de orgullo, Valeria.
—No es orgullo. Es mi librería.
—Pues mueve el culo y sálvala.
Le lanzo una mirada asesina. Pero cojo la primera caja.
Pesa más de lo que recordaba. Los libros acumulan historia. Literalmente.
Se la paso.
Alejandro sube las escaleras. Sus pasos resuenan arriba. Baja de nuevo. Jadea.
—Otra.
Le doy la segunda.
El agua nos llega a las rodillas. Está helada. Me cala los vaqueros. Me entume las piernas.
—Más rápido —dice él.
—No puedo.
—Puedes.
Cojo la tercera caja. La cuarta. La quinta.
Los dedos me resbalan. Una caja se me cae. Los libros flotan en el agua oscura.
—¡No! —grito.
Me lanzo a por ellos.
El agua me llega a la cintura. Tropiezo con algo. Una baldosa suelta, quizás. O un desnivel.
Pierdo el equilibrio.
Caigo hacia delante.
Un brazo me sujeta.
Fuerte. Seguro.
El brazo de Alejandro.
—Tranquila —dice. Su voz ha cambiado. Más grave. Más cercana—. Te tengo.
Levanto la vista. Estamos demasiado cerca. Su cara está a un palmo de la mía. Las gotas de agua le resbalan por la frente. Le caen por la mandíbula.
Sus ojos grises ya no son fríos.
Son transparentes.
Como aquella noche de agosto, hace ocho años. Cuando me dijo que se iba a la ciudad. Que su carrera era lo primero. Que volvería.
No volvió.
—Suéltame —digo.
—Todavía no.
—Suéltame.
—Valeria.
—Que me sueltes.
Me aparto de un tirón. Recojo los libros del agua. Están empapados. Arruinados. Las páginas se deshacen en mis manos.
Primeras ediciones.
Décadas de historia.
Perdidas.
El agua sigue subiendo. Supera la cintura. Llega al pecho.
—Tenemos que salir —dice Alejandro.
—Aún quedan cajas.
—No hay tiempo.
—No pienso dejar que...
—¡Valeria!
Su grito me sobresalta. Me giro.
La puerta del sótano se ha cerrado.
Sube las escaleras de dos en dos. Empuja.
No se abre.
—Está atascada —anuncia.
—¿Atascada?
—La lluvia ha hinchado la madera. O algo la bloquea.
Subo yo también. Empujo. Alejandro empuja conmigo.
Nada.
El agua nos llega ya al pecho. Sigue creciendo.
—¿Hay otra salida? —pregunta.
—La ventana. Pero da al callejón trasero. Está a dos metros de altura.
—Vamos.
Nos movemos hacia la ventana. El agua nos frena. Cuesta caminar. Cuesta respirar.
El frío me cala los huesos.
Alejandro entrelaza las manos para hacerme un apoyo.
—Sube.
—¿Y tú?
—Sube tú primero.
—No.
—Valeria, por una vez en tu vida...
—He dicho que no.
Le sostengo la mirada.
No sé por qué. No es momento para esto. El agua está helada. Los libros se hunden a nuestro alrededor. La puerta no abre.
Pero no pienso ceder.
No a él.
No así.
—Testaruda —murmura. Y hay algo en su tono. Algo que no es enfado.
Algo que conozco.
—Lo aprendí de ti —replico.
Se queda callado.
El agua nos rodea. Nos envuelve. Nos empuja uno contra el otro. Su pecho contra mi espalda. Sus manos buscando apoyo en mis hombros.
No puedo mirarlo. No quiero.
El río ruge afuera. Dentro, solo el gorgoteo del agua que entra. El crujido de las cajas que se deshacen. Nuestra respiración agitada.
—¿Te acuerdas de aquella tormenta? —pregunta de repente.
Sí. Me acuerdo.
Otoño de hacía diez años. Yo tenía veintitrés. Él veinticinco. Nos quedamos atrapados en la librería con mi abuela. Pasamos la noche contando historias de miedo a la luz de las velas.
Pero no voy a decírselo.
—No —miento.
—Mentirosa.
—Apenas me acuerdo.
—Apenas.
—Sí. Apenas.
Su mano roza mi brazo. Un contacto ligero. Involuntario, quizás.
O no.
—Para —digo.
—No he hecho nada.
—Estás demasiado cerca.
—Es el agua.
—Es tu excusa.
Se aparta.
Un centímetro. Dos.
Sigue demasiado cerca.
El agua nos llega al cuello. Ya no puedo tocar el suelo con los pies. Floto. Me agarro a una tubería.
—Agárrate —le digo.
—Estoy bien.
—Agárrate, Alejandro.
Obedece. Busca apoyo en la pared. Sus nudillos están blancos.
—¿Y ahora qué? —pregunta.
—Esperar.
—¿A qué?
—A que baje.
—¿Y si no baja?
—Siempre baja.
—¿Y si esta vez no?
No respondo.
Porque no lo sé.
El agua no deja de entrar. El río está furioso. La tormenta golpea el pueblo. Y nosotros aquí.
Atrapados.
Como hace ocho años en mi corazón.
Como siempre.
—Valeria —dice—. Tengo que decirte algo.
—No.
—Escúchame.
—No quiero escucharte.
—Por favor.
Su voz se ha roto. El tono profesional ha desaparecido. Solo queda él.
Alejandro. El chico que se fue. El hombre que ha vuelto.
—¿Qué? —pregunto sin mirarlo.
—No debería haber aceptado este caso.
—Pues no lo hagas.
—No puedo.
—Claro que puedes. Renuncia. Vete.
Vuelve a la ciudad. Desaparece otros ocho años. Se te da bien.
—Valeria...
—No me pidas que te entienda. No me pidas que te perdone. No tienes derecho.
Silencio.
El agua me lame la barbilla. Pronto me cubrirá la boca si no deja de subir.
Rezo para que deje de subir.
—Tienes razón —dice al fin—. No tengo derecho.
No esperaba esa respuesta.
—¿Perdón?
—He dicho que tienes razón.
Lo miro. Sus ojos grises están empañados. No sé si por el agua o por otra cosa.
—¿Por qué has vuelto? —pregunto.
—El banco me asignó...
—No. El banco pudo asignar a cualquier tasador. ¿Por qué tú?
Abre la boca.
La cierra.
Su reloj de bolsillo asoma del chaleco. La plata brilla en la penumbra. Las agujas están quietas.
Como siempre.
—El reloj de tu abuelo —digo—. Todavía lo llevas.
—Sí.
—Nunca marca la hora.
—Nunca.
—¿Por qué?
Se mira el chaleco. Toca el reloj con la punta de los dedos. Un gesto antiguo. Automático.
—Me recuerda que algunas cosas no se pueden medir —dice en voz baja.
—¿Como qué?
Su mirada se encuentra con la mía.
—Como el tiempo que uno tarda en arrepentirse.
El agua empieza a bajar.
Primero un centímetro. Luego dos. Luego un palmo.
El ruido del río se aleja. La lluvia amaina. El desagüe, por fin, funciona.
—Está bajando —digo.
—Sí.
No nos movemos.
Mis pies tocan el suelo. Los escalones emergen del agua. Los libros flotan a nuestro alrededor. Cientos de páginas empapadas.
Y nosotros dos.
Empapados.
Agotados.
En silencio.
—Tengo que sacar los libros que queden —digo.
—Te ayudo.
No protesto.
Trabajamos juntos. Recogemos los pocos ejemplares que se han salvado. Los ponemos a secar sobre los escalones. El agua sigue bajando. En una hora, solo queda barro en el suelo.
—Gracias —digo. La palabra me quema en los labios.
—No hace falta.
—Sí hace falta.
Alejandro asiente. Recoge su chaqueta del peldaño donde la dejó. Está empapada. Imposible de salvar.
—El banco tendrá que esperar —dice—. La tasación no puede continuar así.
—¿Vas a volver?
—Mañana.
—Bien.
Nos quedamos de pie, uno frente al otro. El sótano está en penumbra. La bombilla se ha fundido.
—Tienes que cambiarla —dice.
—Lo sé.
—Siempre se fundía con las tormentas.
—¿Cómo sabes...?
Se calla.
Y entonces lo entiendo.
—Conocías este sótano. Antes de hoy.
No es una pregunta.
—Valeria...
—Conocías la librería. Sabías que se inunda. Sabías lo de la bombilla.
—Yo...
—¿Por qué?
Alejandro sostiene mi mirada. Sus labios se mueven. pero no emite sonido.
—No puedo decírtelo —admite al fin—. Todavía no.
—¿Todavía no?
—Hay cosas que... No es el momento.
—Siempre hay un momento. Siempre hay una excusa contigo.
—No es una excusa.
—Claro que lo es.
Aparto la vista. Mis ojos se posan en el rincón del sótano. La pared desconchada. Las cajas caídas. Y algo más.
Algo que antes no había visto.
Un baúl.
De madera oscura. Con refuerzos de hierro forjado. Una cerradura oxidada. Estaba detrás de las cajas. La inundación lo ha dejado al descubierto.
Mi corazón se acelera.
—¿Qué es eso? —pregunto.
Alejandro se gira hacia donde señalo.
—Un baúl.
—Ya veo que es un baúl.
Me acerco. El agua ha arrastrado el polvo que lo cubría. La madera está hinchada, pero entera. La cerradura, intacta.
Nunca había visto este baúl.
O quizás sí.
Quizás mi abuela me habló de él.
—Hay que abrirlo —digo.
—Ahora no. Está todo mojado. Podrías dañar lo que haya dentro.
—No voy a esperar.
—Valeria, sé razonable.
—No me pidas que sea razonable. Hoy no.
Me arrodillo junto al baúl. Paso la mano por la cerradura. Tiene la forma de una llave antigua. Una llave grande. Pesada.
Como la que llevo al cuello.
Me llevo la mano al pecho. El colgante está ahí. La llave antigua de mi abuela. La que abre su diario.
La saco.
La inserto en la cerradura.
Encaja.
Mis dedos tiemblan.
—¿Qué haces? —pregunta Alejandro.
—Abrirlo.
—¿Con esa llave?
—Era de mi abuela.
—Pero...
—Encaja.
Giro la llave.
La cerradura no cede.
Está atascada por el óxido. O por los años. O por el agua.
Vuelvo a girar.
Nada.
—Está bloqueada —dice Alejandro.
—Lo sé.
—Espera a mañana. Hay que secarlo. Usar aceite. Tener cuidado.
Tiene razón.
Pero no quiero esperar.
Quiero abrirlo ahora. Descubrir qué guardaba mi abuela. Por qué me dio esta llave antes de morir, con la promesa de que algún día sabría para qué servía.
Ese día es hoy.
Y sin embargo, aflojo la mano.
—Mañana —digo, y mi voz suena extraña—. Lo abriré mañana.
—Yo puedo...
—No. Lo abriré yo. Sola.
Alejandro asiente. Se guarda las manos en los bolsillos. Su traje de corte impecable está arruinado para siempre.
—Deberíamos subir. Clara estará preocupada.
—Sí.
Me incorporo. Guardo la llave bajo la camiseta. Noto el metal frío contra la piel.
Una última mirada al baúl.
Mañana.
Subimos las escaleras. La librería está en penumbra. La tormenta ha cortado la luz. Clara ha encendido velas. Está sentada junto al mostrador, con una taza de café en las manos.
—Vaya par de mochuelos —dice al vernos—. Vais a pillar una pulmonía.
—Estamos bien —respondo.
—Bien, dice. Tiritando como un flan.
Me echo una manta por los hombros. Clara le pasa otra a Alejandro.
—¿Muchos daños abajo?
—Parte de la colección antigua.
—Ay, criatura.
—El baúl está bien.
Clara parpadea.
—¿Qué baúl?
—El del rincón. Detrás de las cajas.
Se queda pálida. Sus dedos hacen girar el anillo de esmeralda.
—¿Lo has abierto?
—No. La cerradura está atascada.
—Menos mal.
—¿Por qué?
Clara suspira. Baja la voz.
—Tu abuela siempre dijo que ese baúl no se tocaba hasta que llegara el momento justo.
—¿Y cuándo es el momento justo?
—Eso no lo sé. Pero creo que está cerca.
Alejandro nos observa en silencio. El agua gotea de su pelo. Sus hombros, bajo la manta, están tensos.
—Debería irme —dice—. Volveré mañana con la tasación.
—Buena idea —digo.
Recoge su maletín. Se detiene en la puerta. Me mira.
—Valeria.
—¿Qué?
—Me alegro de que estés bien.
No respondo.
La campanilla tintinea. La puerta se cierra tras él.
Y yo me quedo de pie, envuelta en una manta, con el sabor amargo del reencuentro en la boca y el peso de la llave antigua sobre el pecho.
Afuera, la tormenta se aleja.
El río vuelve a su cauce.
Pero algo ha cambiado.
Algo que todavía no sé nombrar.
—Mañana —digo en voz baja.
—¿Mañana qué? —pregunta Clara.
—Lo abriré.
Y mi mano se cierra sobre la llave.