FeverStory

El eco del río

Episodio 2

El agua apenas me cubre los tobillos. El diario de la abuela descansa sobre una caja de libros rescatados, todavía cerrado. La llave late contra mi pecho como si tuviera pulso propio.

Clara ha subido a preparar más café. Alejandro sigue a mi lado, el maletín en una mano y la manta todavía sobre los hombros. No se ha ido.

—Pensé que ya te marchabas.

—La tasación puede esperar.

Me giro. Sus ojos grises me sostienen.

—Ese diario —dice—. ¿Lo vas a abrir ahora?

—Eso parece.

Me llevo la mano al cuello. La cadena se desliza fría. La llave antigua brilla bajo la luz débil del sótano.

No tiemblo. Ya no.

Introduzco la llave en la cerradura del diario. El metal gira con un clic seco. Las tapas de cuero ceden.

La primera página tiene la letra de mi abuela. Tinta azul desvaída. La fecha: octubre de 1964.

Leo en voz alta.

—«Hoy he escondido lo que más vale de esta casa. Quien lo encuentre, que lo cuide. No es para vender. Es para resistir.»

—¿Resistir?

—Eso dice.

Paso las páginas. Recetas, anotaciones sobre el tiempo, quejas sobre proveedores. Y luego, una hoja doblada que no es papel de diario.

Es más grueso. Amarillento.

Lo despliego.

Un mapa. Dibujado a mano. Trazos temblorosos de tinta negra.

Reconozco la planta de la librería. El mostrador. Las estanterías principales. El sótano.

Y una equis.

Señala la pared del fondo. Donde estaban las cajas que la inundación arrastró.

—Esto es un escondite —digo.

Alejandro se acerca. Su brazo roza el mío.

—¿Detrás de la pared?

—Eso parece.

—¿Qué habría escondido tu abuela?

—No lo sé.

Mis dedos recorren la equis. La tinta ha dejado un surco en el papel. Como si mi abuela hubiera repasado la marca muchas veces.

—¿Primeras ediciones? —pregunta Alejandro.

—¿Por qué dices eso?

—Tu abuela era librera. Sabía lo que valían los libros.

Me quedo callada.

—Si son primeras ediciones en buen estado —continúa—, el valor de tasación cambia. Podrían ser la garantía que el banco necesita.

—No es para vender.

—Valeria.

—Dice «no es para vender». Aquí mismo.

Señalo la primera página. Alejandro la lee en silencio.

—Eso fue hace sesenta años —dice despacio—. Las circunstancias cambian.

—La abuela no pensaba así.

—Pero tú sí puedes pensar distinto.

Levanto la vista. Su expresión es la del tasador. Meticulosa. Contenida. Pero hay algo más en la comisura de sus labios.

—¿Me estás diciendo que salve la librería vendiendo lo que ella quería proteger?

—Te estoy diciendo que las primeras ediciones tienen un valor objetivo. Si existen, el banco lo tendrá en cuenta. No tienes que venderlas. Puedes usarlas como aval.

El mapa me quema en las manos.

—¿Y cuánto valdrían?

—Depende. Títulos, estado de conservación, tirada. Si hay algo firmado…

—Mi abuela conoció a autores. Venía gente de la capital a comprarle.

Alejandro asiente.

—Entonces vale la pena mirar.

Camino hacia la pared del fondo. El agua ha dejado una marca oscura en el yeso. Golpeo con los nudillos.

Suena hueco.

—Hay algo detrás —digo.

—¿Herramientas?

—Arriba. En el cajón del mostrador.

Alejandro sube las escaleras. Sus pasos resuenan en la madera vieja. Oigo el cajón al abrirse. Metales que se entrechocan.

Regresa con una palanca pequeña.

—Con esto debería bastar.

—Dámela.

—Valeria…

—Es mi librería. Mi abuela. Mi mapa.

Agarro la palanca. Él no la suelta.

—Si hay libros dentro —dice—, no puedes abrir a golpes. Se dañan.

—¿Y qué sugieres?

—Explorar el borde. Encontrar la junta. Hacer palanca con cuidado.

Su tono es profesional, pero sus dedos siguen rozando los míos sobre el metal frío.

Respiro hondo.

—De acuerdo.

Empiezo por la esquina inferior derecha. La palanca se desliza entre el yeso y el ladrillo. Una línea de polvo cae al suelo mojado.

—Despacio —murmura Alejandro.

—Ya voy despacio.

—Más.

Le ignoro.

La palanca encuentra un hueco. Empujo con suavidad.

Una placa de yeso se desprende entera. Como una puerta que llevara sesenta años esperando.

Detrás, la oscuridad.

Y olor a papel viejo. A tinta seca. A tiempo detenido.

—Necesito una linterna —digo.

Alejandro saca el móvil. Enciende la luz.

El haz ilumina un espacio estrecho. Estanterías de madera empotradas en el ladrillo. Y en ellas, libros.

Docenas de libros.

Con las cubiertas intactas. Los lomos dorados.

—Dios mío —susurro.

La luz tiembla. Alejandro ha desviado el teléfono.

—Perdona —dice.

—No es nada.

Pero sé por qué ha temblado. Su mano contra la mía. El mismo gesto de hace años, cuando leíamos juntos en el río.

—¿Puedes alumbrar aquí? —pido.

El haz se estabiliza.

Saco el primer libro. El peso es distinto al de un libro normal. Más denso. Las páginas, más gruesas.

La portada reza: Cien años de soledad. Editorial Sudamericana. 1967.

—Es una primera edición —digo.

—Déjame ver.

Se lo paso. Sus dedos lo hojean con un cuidado casi reverencial. Revisa la página de créditos. El colofón.

—No tiene la sobrecubierta —dice—, pero el estado es excelente. Esto vale dinero.

—¿Cuánto?

—No me atrevo a dar una cifra sin investigar. Pero lo suficiente para que el banco se lo piense dos veces.

Saco otro libro. La casa de los espíritus. Plaza & Janés. 1982.

Otro más. Rayuela. Sudamericana. 1963. Con una dedicatoria manuscrita.

—¿Está firmado? —pregunta Alejandro.

—Por el autor. Y por mi abuela.

—Eso multiplica el valor.

Vuelvo a mirar el mapa. La equis. El escondite.

Mi abuela no escondió libros para venderlos. Los escondió para que resistieran.

Para que resistiéramos.

—Voy a llamar al banco —dice Alejandro—. Con esto, podemos pedir una prórroga.

—No.

—Valeria.

—Primero quiero saber qué más hay.

—El banco tiene plazos.

—El banco tendrá que esperar.

Sostengo el diario contra mi pecho. La llave me roza la clavícula.

—Esto es mío —digo—. Y voy a decidir yo.

El té de Clara se ha enfriado sobre el mostrador. Lo sé porque lo sostengo entre las manos desde hace diez minutos y el calor ya no me llega a los dedos.

El diario de la abuela está abierto sobre la mesa del rincón, junto al mapa. Alejandro lo examina con la frente arrugada, apoyado en los codos. La manta resbala de sus hombros y no se da cuenta.

—Las marcas no son coordenadas —dice—. Son referencias.

—¿Referencias a qué?

—A lugares del pueblo. Este símbolo… —señala un trazo diminuto a lápiz—. Es el viejo molino. Y este otro, la ermita.

Me inclino sobre el mapa. La manga de mi camiseta gotea aún sobre la madera.

—Mi abuela escondió libros en media docena de sitios de Ríoclaro.

—Primeras ediciones —Alejandro se pasa la mano por el pelo mojado—. Si están en buen estado, pueden valer más que los del sótano.

—¿Suficiente para el banco?

—No lo sé. Pero es un comienzo.

La puerta se abre. El tintineo de la campanilla nos sobresalta a los dos.

Clara entra con un paraguas cerrado y un termo bajo el brazo. Lleva el vestido de flores más oscuro, el que se pone los días feos, y al vernos así deja el termo en el mostrador sin hacer ruido.

—No me esperaban —dice, no pregunta.

—Clara…

—No te disculpes, niña. Vine por si estaban vivos.

Su mirada recorre la tienda. Las sillas fuera de sitio. Las dos mantas. El charco que dejó la escorrentía junto a la escalera del sótano.

Y de pronto se detiene.

Sus dedos encuentran la cadena dorada de las gafas.

—¿De dónde sacaron eso?

Mira el diario. La letra pequeña y apretada de la abuela.

Avanzó dos pasos. Sus zapatos de tacón bajo suenan como un corazón lento en la madera.

—El baúl —digo—. Estaba en el sótano. La inundación lo dejó al descubierto.

Clara no responde. Sus dedos giran el anillo de esmeralda.

—Siéntate —le ofrezco mi silla.

Ella niega. Se queda de pie, con las manos apoyadas en el mostrador.

Alejandro la observa en silencio.

—¿Usted sabía? —le pregunto.

—Que había un mapa, no. Pero que tu abuela guardaba algo… sí.

—¿Algo como qué?

Clara toma aire. Lo suelta despacio.

—Hace cuarenta y dos años me enamoré de un hombre que ya no podía ser mío.

Sus palabras caen sobre la mesa como una moneda que gira y tarda en pararse.

—Se llamaba Rafael. El abuelo de Valeria —dice, mirando a Alejandro, que no ha pestañeado.

—No necesito que me cuentes esto —empiezo.

Pero Clara alza una mano.

—Tu abuela lo sabía. Y aún así me dejó quedarme.

El silencio que sigue no tiene réplica.

Solo el goteo intermitente del desagüe en el sótano.

—Esta librería —continúa, bajando la voz— fue lo único que me quedó de él. Los libros, el olor a papel viejo, el río en otoño. Por eso no me he ido nunca.

Alejandro se incorpora. Su mano aprieta la esquina del mapa como si necesitara sostener algo.

—¿Y el baúl? —pregunta.

—Eso era de ella. De sus secretos. Yo no tenía derecho a tocarlo.

Clara se vuelve hacia mí.

—Lamento no habérselo dicho antes, mija. Pero era su historia. No la mía.

No sé qué decir. No sé qué sentir.

Así que respiro.

—Gracias.

Es lo único que me sale.

Clara asiente. Su mano arrugada acaricia la tapa del diario, apenas un roce, antes de apartarse.

Alejandro dobla el mapa con cuidado.

—Mañana podemos empezar por el molino —dice—. Aún se mantiene en pie.

—A las ocho —contesto.

—A las ocho.

Clara nos mira. Uno, luego al otro.

—Los viejos —murmura, tomando el termo— decíamos que el río solo une lo que ya estaba atado.

Se va a la trastienda sin esperar respuesta.

Guardo el mapa en la caja registradora.

Al abrirla, veo el libro que Alejandro me regaló hace nueve otoños. Lomo gastado. Las mismas páginas amarillentas que leí una y otra vez el año en que él se fue.

Lo pongo encima.

Alejandro lo ve.

Sus labios se separan. Pero no dice nada.

Cierro la caja.

El sol del atardecer tiñe de naranja los lomos de los libros en el escaparate. Paso la llave por la cerradura de la puerta principal. El cartel de «Cerrado» oscila contra el cristal.

Alejandro está en la trastienda, revisando las notas de la tasación. Le he dicho que no salga. No quiero que nadie en Ríoclaro lo vea aquí a estas horas y empiece a hablar.

El mapa de las primeras ediciones duerme en la caja registradora. Mañana temprano empezaremos a buscar. Ahora solo quiero silencio.

Pero no hay silencio.

Un coche frena en la calle. Demasiado cerca. La puerta se abre con un golpe seco y los mocasines de piel cruzan el umbral antes de que pueda reaccionar.

Lucas Ferrer.

Camisa blanca impecable. Sonrisa de vendedor. Me recorre de arriba abajo con esa mirada rápida que evalúa todo lo que toca.

—Valeria. Estás igual.

—La librería está cerrada.

—Para mí no. ¿Podemos hablar?

Su tono es empalagoso. El mismo de siempre. El que usaba cuando quería convencerme de algo.

—No tengo nada que hablar contigo.

—Claro que sí. —Se ajusta la correa del bolso bandolera—. ¿No me invitas a pasar?

—No.

La sonrisa se le tensa. Da un paso más. El olor a colonia cara llena el espacio entre nosotros.

—He venido desde la ciudad, Valeria. Dos horas de coche. —Inclina la cabeza—. ¿Ni siquiera un café?

—Dos horas de coche para nada.

—Eso lo decido yo.

Pasa a mi lado. Se detiene en la zona de lectura. Sus dedos rozan el respaldo del sillón de orejas sin sentarse.

—Bonito sitio. Acogedor. —Su tono cambia, se vuelve práctico—. Y con un buen precio de venta.

Me cruzo de brazos.

—No está en venta.

—Todo está en venta. —Gira hacia mí—. Y tú necesitas vender.

—Lo que necesito no es asunto tuyo.

—Claro que lo es. —Su sonrisa se desvanece—. Tengo deudas, Valeria. Muchas.

Lo dice sin rodeos. Sin el envoltorio habitual. Algo me aprieta el pecho.

—Eso no es mi problema.

—Si vendes la librería, el banco me da una comisión. —Sus ojos marrones se clavan en los míos—. Me salva el cuello.

—¿Por eso viniste?

—En parte.

—¿Y la otra parte?

Se acerca. Sus pasos son medidos.

—Porque esto es lo mejor para ti. Este sitio te está tragando. Mírate.

Bajo la vista. El pantalón vaquero desgastado, la camiseta con la frase de Borges, las manos manchadas de polvo de archivo.

—Estoy bien.

—No lo estás. —Su voz se endurece—. Tu abuela murió, la librería se hunde y el banco te va a quitar hasta los cimientos. Vender ahora es la única salida.

—Fuera.

—Valeria...

—Fuera de mi librería.

La palabra retumba entre las estanterías. Lucas parpadea. La sorpresa le dura un segundo. Luego su expresión se cierra.

—¿Sabes cuánto debo? —Su tono es cortante—. Cincuenta mil euros a un prestamista que no acepta excusas.

No respondo.

—Si no cobro esta comisión en treinta días... —Deja la frase en el aire—. Tú decides.

Me sostiene la mirada. La suya ya no evalúa. Pesa.

—No voy a vender.

—Piénsalo.

—Ya lo he pensado.

Lucas suelta una risa seca. Se pasa la mano por el pelo perfectamente peinado.

—Siempre igual. Testaruda hasta la estupidez.

Avanza hacia la puerta. Se detiene en el umbral. El sol del atardecer le da en la espalda. Su silueta proyecta una sombra alargada sobre el suelo de madera.

—Esto no acaba aquí. —No se gira—. Encontraré la manera.

—Buena suerte.

—No necesito suerte. —Su mano se cierra sobre el marco—. Necesito que entres en razón.

Y se va.

El coche arranca. El motor se aleja calle abajo.

Me quedo inmóvil. Los dedos me tiemblan. No sé si de rabia o de miedo. Los aprieto contra las palmas hasta que duelen.

El silencio vuelve a llenar la librería.

Pero ahora es distinto.

Detrás de mí, la puerta de la trastienda cruje.

—¿Estás bien?

La voz de Alejandro es baja. Contenida. No me giro.

—Lo has oído.

—Sí.

—No digas nada.

—No iba a decirlo.

Me envuelvo en la chaqueta verde oliva. La de mi abuela. El olor a papel viejo y a café me ancla.

—Mañana buscaremos los libros —digo.

—Valeria...

—Mañana.

Respiro hondo. Me giro. Su mirada está fija en mí.

No dice nada. No hace falta. Algo ha cambiado en su expresión. Algo que no sé nombrar.

Fuera, el río baja crecido. Las farolas empiezan a encenderse.

Y yo aprieto la llave antigua contra el pecho hasta que el frío del metal me recuerda que aún estoy aquí. Que aún estoy de pie.

El sol todavía no calienta las piedras de la plaza cuando empujo la puerta del banco.

Alejandro va un paso detrás. Lleva su maletín y una carpeta con la tasación preliminar. No ha dormido. Yo tampoco.

El vestíbulo huele a cera para muebles y a papel timbrado. Detrás del mostrador, un empleado nos mira con la expresión del que ya sabe quiénes somos y por qué venimos.

—Señorita Campos. El director les espera.

Suspiro. En Ríoclaro nunca hacen falta las presentaciones.

El despacho es pequeño. Demasiado para la mesa de caoba que lo ocupa casi entero. El director, don Ernesto, es un hombre de sesenta y pocos con el bigote recortado y la calva brillante. Nos señala dos sillas con un gesto vago.

—Siéntense.

Alejandro deja la carpeta sobre la mesa.

—Traemos una propuesta —dice—. Junto con una tasación actualizada.

Don Ernesto abre la carpeta. Pasa las hojas despacio. Sus dedos se detienen en el mapa.

—¿Esto qué es?

—Primeras ediciones —respondo—. Ocultas en el sótano. Mi abuela las guardó.

—¿Y cuánto valen?

Alejandro carraspea.

—Hemos documentado siete títulos con valor de mercado. La estimación preliminar oscila entre quince y veinte mil euros.

—No es suficiente —don Ernesto cierra la carpeta—. La deuda supera los cuarenta.

—Pero demuestra solvencia —insisto—. La librería tiene activos. Activos que no aparecían en la tasación inicial.

El director me mira por encima de las gafas.

—¿Y cómo sé que no son falsificaciones? ¿Que este mapa no es un invento para ganar tiempo?

—Porque yo lo firmo —Alejandro apoya la mano sobre la carpeta—. Como perito del banco, certifico que las ediciones son auténticas.

Silencio.

Don Ernesto tamborilea sobre la mesa. Sus dedos regordetes marcan un ritmo nervioso.

—Puedo darles cuarenta y ocho horas.

—¿Para qué? —pregunto.

—Para que presenten una propuesta formal. Con un plan de pagos realista. Sin eso, el banco no refinancia.

—¿Y la ejecución?

—Sigue en pie.

Me muerdo el labio. Cuarenta y ocho horas. Eso es todo lo que nos da.

Alejandro asiente.

—Lo tendrá.

—Bien. Ahora, si me disculpan…

Don Ernesto se pone de pie. La reunión ha terminado.

Salimos al vestíbulo. El empleado del mostrador nos observa mientras cuchichea con una mujer de traje gris. Las miradas se me clavan como alfileres.

—Han debido de oír lo de Lucas —murmuro.

—¿Lo de Lucas qué?

Me giro hacia él.

—No lo sé. Pero si están murmurando…

La mujer de traje gris se acerca. Trae un papel en la mano.

—Señorita Campos. Ha llegado esto hace diez minutos.

Lo cojo.

Es una solicitud de tasación independiente. A nombre de Lucas Ferrer.

El membrete dice que la pide para el inmueble de El Puente de Papel.

Para forzar la venta.

En cuarenta y ocho horas.

Alejandro lee por encima de mi hombro. Su mandíbula se tensa.

—Ese hombre no pierde el tiempo.

No respondo.

La solicitud me tiembla en la mano. El papel es fino. Casi transparente. Pero el peso es el de una losa.

El sol de la mañana entra por los ventanales del banco. Demasiado brillante. Demasiado limpio.

Y yo me quedo allí, de pie, con el sabor del café agrio en la garganta y el plazo latiendo en mis sienes.

Cuarenta y ocho horas.

Lucas ya ha movido ficha.

El eco del ríoEpisodio 2