La librería de la lluvia
Episodio 1
El olor a papel viejo y a café recalentado llenaba la librería. Fuera, las primeras gotas golpeaban el escaparate con un repiqueteo perezoso. Valeria pasaba un paño por el mostrador de madera gastada cuando Clara Villalba levantó la vista del libro que hojeaba junto a la ventana.
—Ay, Valita, que se me olvidaba contarte.
Clara cerró el volumen con un golpe seco. Tenía el ceño fruncido bajo el pañuelo de flores que siempre le cubría el pelo.
—He visto movimiento en el ayuntamiento. De ese que no me gusta nada.
—Movimiento siempre hay, Clara.
—Dos inspectores, Valita. Con sus maletines negros y sus trajes de ciudad.
Valeria dejó la bayeta en el mostrador. El repiqueteo en el escaparate se hizo más denso.
—¿Inspectores?
—De esos que miran planos y toman notas en libretas pequeñas. Yo los vi salir del edificio de Fermín.
Luna apareció desde el fondo con una pila de libros en los brazos. Se detuvo a medio camino entre la sección de poesía y el mostrador.
—¿Fermín Cruz? —preguntó, alzando una ceja—. Ese tío es en plan villano de peli de sobremesa.
Clara asintió con energía.
—Pues uno de ellos preguntó por «la librería vieja» en la panadería de Asunción. Que si todavía estaba abierta, que si la dueña vivía en el piso de arriba.
La taza de café se enfrió entre las manos de Valeria. Notó el cambio de temperatura en las palmas, un contraste incómodo que le recorrió las muñecas.
—Cosas de la reforma de la calle mayor —dijo, dejando la taza a un lado—. Llevan años con lo mismo.
—Cuidado con lo que se mueve en el ayuntamiento, Valita. Que en este pueblo los papeles viajan más rápido que las personas, pero nunca llegan enteros.
Clara se ajustó el pañuelo y miró por la ventana. La lluvia arreciaba.
—Me voy antes de que esto se ponga peor. Mañana vuelvo a por el libro.
Salió con un tintineo de campanilla. El paraguas se le quedó apoyado en el paragüero, junto a la puerta. Valeria no se dio cuenta.
—
Luna subió al altillo por la escalera de mano. El hueco olía a cartón envejecido y a polvo acumulado en los cantos de los libros. Apartó una caja que la abuela de Valeria había etiquetado con letra temblorosa: «Albaranes 2018».
—Vale, esto pesa más que mi mochila del instituto —masculló.
Bajó la caja con esfuerzo y la depositó en el suelo de madera. Al abrirla, un sobre amarillento asomó entre facturas de distribuidoras desaparecidas hacía años.
—Valeria.
El tono de Luna había cambiado. Valeria se acercó y vio el sobre.
Reconoció la letra al instante.
El trazo inclinado, la eme mayúscula con el bucle apretado, la tilde sobre la a colocada con precisión de arquitecto. Matías.
Los dedos se le cerraron alrededor del sobre antes de que pudiera pensar. El papel estaba seco y áspero contra la yema del pulgar. No lo abrió. Lo guardó en el bolsillo del delantal con un gesto brusco.
—¿Qué era eso? —Luna entrecerró los ojos.
—Cosas viejas.
—Valeria, he visto tu cara.
La campanilla de la puerta sonó antes de que Luna pudiera insistir. Fermín Cruz entró sacudiéndose las gotas de lluvia del traje de poliéster marrón. Llevaba un portafolios negro bajo el brazo y un sobre oficial del ayuntamiento en la mano derecha.
Su bigote espeso ocultaba cualquier expresión.
—Señorita Castro, un placer encontrarla en funciones de atención al público.
Luna se retiró hacia la sección de poesía sin dejar de mirar.
—Buenas tardes, señor Cruz —dijo Valeria, pasándose la mano por el delantal para alisarlo sobre el bulto de la carta.
—Le traigo una comunicación de carácter preceptivo conforme al artículo veintisiete del reglamento de ordenación urbana en su redacción vigente.
Dejó el sobre sobre el mostrador. Era grueso y llevaba el sello del ayuntamiento en tinta azul.
—La junta de gobierno local, en sesión ordinaria de la semana pasada, acordó la tramitación del expediente de tasación para la totalidad de los inmuebles ubicados en el tramo afectado por el proyecto de reforma de la calle mayor.
Valeria tomó el sobre. Pesaba más de lo que parecía.
—¿Tasación?
—Una medida de carácter técnico y absolutamente imparcial, se lo garantizo. El tasador externo llegará en el tren de medianoche para iniciar los trabajos periciales a primera hora de mañana.
La lluvia se convirtió en tormenta. Un trueno cercano hizo temblar los cristales del escaparate.
—¿Mañana? —La voz de Valeria sonó más baja de lo que pretendía.
—Así es. El procedimiento administrativo no admite dilaciones una vez incoado el expediente. Le sugiero que colabore en aras de la fluidez burocrática.
Fermín se ajustó la corbata desgastada y sostuvo el portafolios con ambas manos. Su pin del escudo municipal brillaba bajo la luz amarillenta de las lámparas.
—Le deseo una tarde provechosa, señorita Castro. El progreso no espera.
Salió sin esperar respuesta. La campanilla tintineó una vez más y la puerta se cerró con un golpe amortiguado.
Valeria rompió el sello del sobre. Leyó el documento en silencio, de pie junto al mostrador. Sus ojos recorrían las líneas escritas en lenguaje administrativo, los párrafos numerados, las referencias a ordenanzas y plazos.
—¿Qué dice? —Luna se acercó.
Valeria no respondió. Dejó el papel sobre la madera y se apoyó en el mostrador con ambas manos. Los nudillos se le quedaron blancos.
—Valeria.
—La tasación empieza mañana.
El cristal del escaparate vibró con otro trueno. Luna se quedó quieta, con las manos colgando a los costados.
—El tasador llega en el tren de medianoche —añadió Valeria, la voz rota en la última sílaba.
Las piernas le fallaron. Luna la sujetó por los hombros antes de que cayera. Valeria se dejó sostener contra el mostrador, la carta de Matías pesándole en el bolsillo del delantal y el documento oficial arrugándose contra su cadera.
—Me quedo —dijo Luna—. Esta noche me quedo aquí contigo.
Fuera, la tormenta no daba tregua. El agua corría por el escaparate como un velo espeso. En el paragüero, junto a la puerta, el paraguas de Clara seguía esperando.
Subí las escaleras del piso de arriba con el delantal todavía húmedo en los hombros. Luna removía cajas abajo, el eco de sus pasos me llegaba amortiguado por la madera vieja. Dos horas teníamos hasta el tren de medianoche.
Dos horas de silencio prestado.
El armario del dormitorio crujió al abrirse. Aparté dos mantas dobladas y mis dedos rozaron el cartón áspero de la caja de zapatos. La misma donde mi abuela guardaba las facturas antiguas. Allí llevaba diez años mi propia mercancía: siete sobres blancos, sin sello, con el nombre de Matías escrito a mano.
Me senté en el borde de la cama. La lluvia contra el tejado era un redoble constante, como un reloj que no avanza.
Abrí la primera carta. Reconocí mi letra temblorosa, la tinta corrida en los bordes. Era del primer otoño. El que vino después de su silencio. La guardé en el sobre sin terminar de leerla; la última frase ya me la sabía de memoria.
La tercera olía a humedad. La quinta, a nada. Había perdido hasta el perfume del papel en todos esos años de estar enterrada entre mantas.
Un nudo me apretó la garganta al llegar a la séptima. La última. La escribí una madrugada de lluvia como esta, convencida de que sería la definitiva.
Nunca la envié. Nunca envié ninguna. Las palabras atrapadas, diría mi abuela, pero la tradición no obliga a quien las escribe. Obliga a quien las encuentra.
Y nadie las encontró.
Cerré la caja. La devolví al fondo del armario con cuidado, como si contuviera algo que todavía pudiera romperse. El nudo en la garganta no se aflojó.
Traegué dos veces y me até el pelo en una coleta baja, mirando mi reflejo en el cristal empañado de la ventana. La mujer que me devolvió la mirada tenía los ojos secos. Bien. Eso era todo lo que necesitaba.
Bajé las escaleras con las suelas aún húmedas por el agua de la tarde. Luna alzó la vista desde la sección de poesía.
—¿Vamos ya, jefa? Que esto no escampa y nos calamos hasta las pestañas.
Cogí el paraguas de Clara del perchero. Rojo, gastado en las varillas. No había llamado para recogerlo, lo que significaba que volvería por la mañana con cualquier excusa. Clara nunca dejaba nada a medias.
Salimos. La calle Mayor era un río de barro iluminado por farolas amarillas. Luna caminaba pegada a mi hombro, sorteando los charcos con una parsimonia que no le conocía. No preguntó por qué había tardado. De algo le servían veintidós años de ver culebrones con su abuela.
El andén estaba desierto. La tormenta arreciaba y el altavoz de la estación anunció el tren con un pitido agudo que se perdió entre los truenos. Luna se encogió bajo el alero del quiosco cerrado.
—¿Tú crees que el tasador se va a presentar con este tiempo? —gritó por encima del ruido del agua.
No respondí. Porque en ese instante las luces del tren de medianoche perforaron la cortina de lluvia.
Los vagones se detuvieron con un chirrido metálico. Las puertas se abrieron. Y de ellas bajó una sola figura.
Alto. Espalda ancha. Un maletín de cuero gastado en la mano derecha y el mismo abrigo oscuro que recordaba de hacía una década.
El aire se me fue del pecho.
Matías Elizondo levantó la vista y me encontró. El maletín resbaló un centímetro en su mano. Se quedó donde estaba, con la lluvia aplastándole el pelo contra la frente, la mandíbula rígida bajo la cicatriz difuminada. Los años no le habían ensanchado el cuerpo sino la gravedad del porte.
Ninguno de los dos habló.
La tormenta llenó el silencio. Luna miraba de mí a él, con el ceño fruncido y la boca entreabierta. No hacía falta decirle nada. Hasta ella, que creció viendo comedias románticas de sobremesa, entendió que aquello no era un encuentro casual.
Matías dio un paso adelante. El agua le chorreaba por las sienes y le oscurecía las hombreras del abrigo. Su voz fue apenas un susurro, pero la escuché como si me la hubiera gritado al oído.
—Valeria.
Una sola palabra. Mi nombre. Dicho como quien pronuncia una condena o un rezo.
Retrocedí un paso. Las suelas resbalaron en el borde de un charco. Luna alargó la mano para sujetarme el codo, pero no la necesité. Me mantuve erguida y en silencio mientras las puertas del tren se cerraban con un golpe seco.
El tren reanudó la marcha. Las ventanillas vacías se deslizaron tras la cortina de agua, y el último vagón desapareció en la curva del túnel dejando solo el andén, la noche y la tormenta.
Matías seguía inmóvil. El maletín apretado contra el costado. Los ojos azules fijos en mí, sin pestañear.
Me giré. Mi mano izquierda apretaba el paraguas de Clara y en el bolsillo del delantal pesaba la carta de Matías que Luna encontró esa tarde. No la había abierto. Tampoco ahora.
—Vámonos —dije, sin volverme.
Luna me siguió. Su paraguas chocó con el mío al darse la vuelta, y el golpe seco sonó como un portazo en medio del aguacero. Matías se quedó solo en el andén, empapado hasta los huesos, con el pueblo abriéndose ante él como una herida que nunca había terminado de cerrar.