La librería de la lluvia
Episodio 2
La lluvia no había cedido durante toda la noche. Al amanecer arreció con más fuerza, como si el pueblo entero se hubiera sumergido en un lago oscuro.
Bajé las escaleras del piso superior a las ocho. El paraguas de Clara seguía al lado de la puerta, todavía goteando. La carta de Matías —la que Luna encontró en el altillo— seguía en el bolsillo de mi delantal.
Sin abrir. No iba a abrirla. No ahora.
Encendí las luces de la librería. El olor a papel húmedo lo envolvía todo. Me até el delantal limpio y pasé un paño por el mostrador, aunque no había polvo. Necesitaba ocupar las manos.
El golpe en la puerta llegó a las ocho y veinte.
Tres toques secos. Profesionales.
Matías esperaba bajo el alero, con el mismo maletín de cuero gastado de la noche anterior. El abrigo oscuro parecía seco —debía de haberse cambiado en algún sitio—, pero el pelo conservaba la humedad en las puntas. Las canas de las sienes brillaban con la luz plomiza que entraba por el escaparate.
Abrí.
—Buenos días —dije.
—Señorita Castro.
Su voz no había cambiado. El mismo tono grave, la misma economía de palabras. Me tendió una tarjeta plastificada con el membrete del ayuntamiento. La sostuve sin mirarla.
—Pase.
Me aparté del umbral. Entró con pasos medidos y se detuvo al lado de la primera estantería. Sus ojos azules recorrieron el local —la sección de poesía, el rincón de lectura, la escalera al piso superior— con la frialdad de quien inspecciona una estructura y no un recuerdo.
—El procedimiento requiere examinar tres zonas —dijo, sin mirarme—. Planta baja, altillo y fachada interior.
—Adelante.
No añadí nada más. Él tampoco. Sacó del maletín una cinta métrica, un bloc de notas y un dispositivo láser pequeño. Lo apoyó todo sobre la mesa de lectura con movimientos precisos, como si cada objeto tuviera un lugar asignado de antemano.
El silencio se instaló entre nosotros más denso que el repiqueteo de la lluvia contra los cristales. Las palabras que no pronunciamos ocupaban más espacio que los libros.
Me senté tras el mostrador, abrí el libro de registro de ventas —una semana entera en blanco— y fingí revisar las columnas. De reojo, lo veía medir la primera estantería, el lateral del mostrador principal, la distancia hasta la ventana.
Consultaba el reloj de bolsillo después de cada anotación.
A las nueve menos diez, la puerta se abrió con un golpe de viento y un chapoteo de zapatillas empapadas.
—¡Tía, menudo diluvio! He tenido que esprintar desde la parada del bus y estoy en plan sirena varada.
Luna sacudió el paraguas en la entrada, salpicando el felpudo. Traía el pañuelo estampado chorreando y el pelo rosa aplastado contra la frente. Un charco empezó a formarse bajo sus tenis de colores.
Se detuvo en seco al ver a Matías.
Él estaba inclinado sobre la balaustrada de la escalera, midiendo el pasamanos centímetro a centímetro. La cinta metálica brillaba bajo sus dedos.
—Ah —Luna me miró con los ojos muy abiertos—. Es el tasador.
—Sí —dije, sin levantar la vista del libro de registro.
Luna colgó el paraguas en el perchero y se acercó al mostrador. Su ropa goteaba sobre las baldosas, pero no parecía importarle. Miraba a Matías como si acabara de aparecer un personaje de otra película.
—Hola —dijo, avanzando hacia él con la mano extendida—. Luna Restrepo, trabajo aquí de media jornada. Bueno, y de jornada completa cuando Valeria se atasca con las novedades, que es casi siempre.
Matías se incorporó. Le estrechó la mano apenas un segundo.
—Matías Elizondo.
—¿Entonces eres el que va a decidir si esto sigue en pie? —Luna señaló las estanterías con un gesto amplio—. Porque, en plan, sin presión ni nada, pero esta librería es como la abuela de todo el barrio.
—Solo elaboro un informe técnico —dijo Matías—. Las decisiones son del ayuntamiento.
Volvió a su bloc de notas. Luna se quedó con la mano en el aire un instante, parpadeando.
Se giró hacia mí y alzó las cejas en una pregunta muda. Bajé la vista al libro de registro.
Ella no se dio por vencida. Se quitó la sudadera empapada —debajo llevaba una camiseta con un dinosaurio que decía «extinguido de paciencia»— y se puso a ordenar la sección de poesía, a dos metros de Matías.
El silencio se volvió insoportable.
—Oye, ¿esto siempre es tan silencioso o es que hoy tengo el audífono estropeado? —solté una risita, mirándonos a los dos.
No obtuve respuesta. Matías midió la altura del escalón. Yo pasé una página del registro aunque seguía en blanco.
—Porque yo he visto funerarias con más marcha —insistió, colocando un poemario en su sitio—. ¿Seguro que no os conocíais de antes?
La pregunta flotó en el aire como una bocanada de humo.
Matías apoyó la cinta métrica sobre la mesa.
—Debo continuar con la fachada interior —dijo.
—Hay una ventana que no cierra bien —respondí, sin levantar la cabeza—. En la zona de atrás.
—La revisaré.
Luna nos observaba con los ojos entrecerrados. Dejó el poemario a medio colocar y se cruzó de brazos.
—Vale —dijo—. O sea que de aquí no saco nada.
No respondí.
Ella volvió a su tarea, pero ahora lo hacía en silencio. Un silencio distinto. El de quien ha empezado a atar cabos y no le gusta el nudo que se le forma en el estómago.
Pasó el mediodía. La lluvia arreciaba contra los cristales del escaparate, y el viento empezó a silbar entre las juntas de las ventanas.
Matías trabajaba junto a la mesa de lectura, con los planos extendidos bajo una lámpara de pie. Luna había subido al altillo —dijo que iba a bajar la caja de las reediciones—, pero yo sabía que estaba escuchando. Sus pasos sobre las tablas del piso superior eran demasiado lentos, demasiado medidos.
Yo atendía el mostrador. Nadie había entrado en toda la mañana.
Un trueno retumbó sobre el tejado. Las lámparas titilaron.
Y entonces el viento golpeó con fuerza la ventana del fondo.
El pestillo cedió. Los postigos se abrieron de golpe y una ráfaga de agua y hojas secas irrumpió en la librería. Los planos de Matías volaron de la mesa como pájaros asustados, y uno de ellos —el del alzado lateral, un pliego grande con anotaciones en rojo— se elevó directo hacia un charco que se había formado junto a la puerta.
Me lancé sin pensar.
Atrapé el plano a medio metro del suelo y, al incorporarme, su mano ya estaba allí, sobre la misma hoja, rozando mis dedos.
Solo un instante. Las yemas calientes sobre mis nudillos fríos.
El contacto duró lo que un parpadeo. Matías retiró la mano como si la madera del mostrador se hubiera vuelto hierro candente. Su mandíbula se tensó y los nudillos se le quedaron blancos alrededor del bloc de notas que acababa de recoger del suelo.
Me puse de pie. Alisé el plano húmedo sobre la mesa y lo sujeté con un pisapapeles.
—Gracias —dije, sin mirarlo.
—De nada.
Mi tono sonaba como si leyera una cláusula de contrato.
—Le agradezco su rápida intervención. No volverá a ocurrir. Cerraré la ventana correctamente.
—No es necesario.
—Sí lo es. Este local debe cumplir las condiciones de inspección. Discúlpeme.
Me dirigí hacia la ventana. Mis pasos eran firmes, pero las manos me temblaban al girar el pestillo. Apreté hasta oír el clic metálico que sellaba el marco contra la tormenta.
Cuando me di la vuelta, Luna estaba en el primer peldaño de la escalera.
No sé cuánto tiempo llevaba allí. Tenía las mejillas húmedas —debía de haberse mojado al cerrar algo en el altillo— y el pañuelo estampado le goteaba sobre el hombro. Pero no estaba mirando la ventana ni el charco.
Miraba mis manos.
Y luego miró las de Matías, que seguía inmóvil junto a la mesa, con los planos desordenados y el bloc apretado contra el pecho.
Luna no dijo nada. Solo asintió, despacio, como quien acaba de entender algo que preferiría no haber visto.
Volvió a subir la escalera sin hacer ruido.
Matías recogió sus instrumentos en silencio. La cinta métrica, el láser, el bloc de notas. Todo volvió a su lugar preciso en el maletín de cuero gastado. Sus movimientos eran todavía más lentos que antes, como si cada gesto costara el doble de energía.
—Continuaré mañana —anunció, con la voz más formal que en toda la mañana—. La inspección de la fachada interior requiere luz natural.
—Como usted considere —respondí, sin apartarme de la ventana.
No se despidió. La campanilla de la puerta sonó al abrirse, y un instante después la lluvia se lo tragó con la misma violencia con que lo había traído la noche anterior.
Me apoyé en el marco de la ventana. El cristal empañado reflejaba una mujer delgada con los hombros caídos y un lápiz clavado en el moño. Mis gafas estaban cubiertas de vaho.
Respiré hondo.
Arriba, Luna dejó caer un libro. El golpe seco retumbó en las tablas y luego el silencio volvió a tragarlo todo, excepto la tormenta, que seguía rugiendo sobre el tejado sin la menor intención de parar.
El picaporte de la puerta principal giró con un chasquido metálico. La campanilla tintineó cuando Matías salió al exterior. A través del escaparate empañado, vi su silueta bajo el paraguas negro, midiendo la fachada con un distanciómetro láser. La lluvia repiqueteaba contra el toldo con un ritmo cada vez más denso.
Luna apareció en la entrada de la trastienda. No llevaba libros. Tampoco su sonrisa de costumbre.
—Tía, tenemos que hablar.
La seguí al interior. Las cajas de la abuela seguían apiladas junto a la escalera del altillo. El olor a cartón húmedo lo envolvía todo.
Luna se apoyó en una columna de volúmenes sin catalogar. Se mordió el labio inferior. Su expansor de la oreja derecha brilló bajo la bombilla desnuda.
—Es él, ¿verdad? El del maletín. El que te dejó.
No respondí de inmediato. Cogí un libro de la caja más cercana. Las páginas estaban onduladas por la humedad. Lo dejé en otra pila.
—No voy a hablar de eso ahora.
—Valeria, en plan… se te quedó la cara blanca en el andén. Como si hubieras visto un fantasma. Y no de los de las pelis malas.
—No es asunto tuyo.
—Claro que lo es. Eres mi jefa. Y mi amiga. O eso creía.
Su voz se quebró un poco al final. No la miré. Seguí moviendo libros de una caja a otra sin orden ni sentido.
—Lo que haya pasado entre él y yo pertenece al pasado. No quiero oír su nombre dentro de esta librería. ¿Está claro?
—Pero…
—¿Está claro, Luna?
Mi tono era tan formal que ni yo me reconocí. Como si leyera una cláusula de un contrato que ninguna de las dos había firmado. Luna parpadeó. Abrió la boca. La cerró.
—Está claro —dijo al fin.
No añadió nada más. Cogió una bayeta del estante y se fue hacia la sección de poesía. Sus tenis de colores chapotearon en un charco que se había formado junto al escaparate. No volvió a mirarme.
Me quedé un minuto más en la trastienda. La carta de Matías seguía en el bolsillo del delantal. No la había abierto en toda la noche. Tampoco ahora. Apoyé las manos en una caja de albaranes y respiré hondo.
Fuera, el distanciómetro de Matías emitía un pitido intermitente.
La tarde se consumió en silencio. Matías entró y salió varias veces, siempre con el maletín en la mano. Anotaba cifras en una tableta.
Media la altura de las estanterías, la profundidad de la trastienda, la inclinación del suelo de madera. No me dirigió la palabra. Yo tampoco a él.
Luna se marchó a las seis. Al pasar junto al mostrador, me rozó el brazo con los nudillos. Fue un gesto rápido. Apenas un segundo.
—Hasta mañana, jefa.
—Hasta mañana.
No le devolví el roce.
El atardecer cayó como un telón de plomo. La tormenta arreció. El viento silbaba entre las rendijas del marco del escaparate y las gotas golpeaban el cristal como perdigones. Cada pocos minutos un relámpago iluminaba la calle mayor vacía.
Matías guardó el distanciómetro en el maletín. Cerró las hebillas con movimientos precisos, como quien desmonta un equipo quirúrgico. El parte meteorológico sonaba en mi teléfono, sobre el mostrador: una alerta por tormenta eléctrica severa. Posible cancelación del servicio ferroviario.
Lo miré desde el umbral de la escalera del piso de arriba. Me había quitado el delantal. El colgante con la llave de la librería se balanceaba sobre mi pecho.
—El tren de medianoche podría cancelarse —dije.
Mi voz sonaba plana. Cortés. Distante.
—Si se queda varado, el ayuntamiento tiene un protocolo de alojamiento para funcionarios desplazados. En la posada de la plaza.
Matías levantó la cabeza. Sus ojos azules se encontraron con los míos. Por un instante, la tormenta pareció alejarse.
—Gracias —dijo.
Fue apenas un susurro. Las dos sílabas se quedaron flotando en el aire cargado de la librería, como un eco de algo que no debía haber escuchado.
Abrió la boca otra vez.
Un trueno estalló justo encima del tejado. La bombilla del mostrador parpadeó y se apagó. Luego la de la escalera. Luego todas.
La oscuridad nos tragó.
No supe si Matías llegó a decir lo que iba a decir. El ruido se lo llevó todo. Solo oí sus pasos hacia la puerta. La campanilla. El golpe del paraguas al abrirse bajo el aguacero.
Tanteé la pared hasta encontrar la llave. La giré en la cerradura. Dos vueltas.
Silencio.
Me quedé de pie junto a la puerta, en la oscuridad más absoluta. La tormenta rugía fuera, pero dentro no había nada. Solo el olor a papel mojado y a tinta de décadas pasadas.
Busqué a tientas el cajón del mostrador. Dentro guardaba una linterna de emergencia, de las que usaba mi abuela en los apagones de octubre. La encendí con el pulgar.
El haz de luz barrió el suelo de madera.
Un libro estaba caído junto al pie de la escalera. Un poemario antiguo, con las tapas de piel desgastada y el lomo partido. El viento lo había tirado desde alguna repisa alta. La lluvia entraba en diagonal por una rendija y mojaba el marco de la ventana, pero no el libro. Aún no.
Me agaché para recogerlo.
Al alzarlo, una hoja suelta se deslizó de entre sus páginas. Planeó un segundo en el haz de la linterna y aterrizó boca arriba sobre las baldosas. Era una carta manuscrita. La letra, inconfundible.
«Valeria, no sé cómo decirte que me voy porque no soy suficiente».
El pulso me golpeó en la garganta. La fecha, en la esquina superior derecha, marcaba diez años atrás.
La linterna tembló en mi mano.