La librería de la lluvia
Episodio 3
No dormí.
Me quedé sentada en el tercer escalón de la escalera, con la linterna apagada y la carta doblada sobre las rodillas. El haz de luz había muerto en algún momento de la madrugada. No recuerdo cuándo.
La lluvia seguía golpeando el tejado con ese repiqueteo constante que convierte las noches del pueblo en un tambor. Cuando la claridad gris del amanecer empezó a filtrarse por la ventana del fondo, me levanté. Las articulaciones me crujieron como si hubiera envejecido diez años en una noche.
Guardé la carta en el bolsillo del cárdigan. La linterna, sobre el mostrador.
Abrí la librería a las ocho. El olor a lluvia y a tierra mojada entró de golpe, mezclándose con el del papel viejo. La calle mayor estaba desierta, con los adoquines brillando bajo el agua. Los soportales de enfrente goteaban sin tregua.
Subí al piso de arriba, me lavé la cara y me até el pelo con el lápiz de siempre. En el espejo del baño, mis ojos parecían dos moretones verdes. No me molesté en disimularlos.
Cuando bajé, Luna ya estaba en la entrada. Sacudía un paraguas rosa con dibujos de flamencos y canturreaba algo que no reconocí.
—Buenos días, jefa —dijo, cerrando el paraguas de un golpe seco—. Menuda noche, ¿eh? Parecía el fin del mundo.
—Buenos días.
—Tía, tienes una cara... —Se detuvo a medio camino del mostrador y me miró con los ojos entrecerrados—. ¿Has dormido algo?
—No mucho.
—¿Por lo del apagón?
—Algo así.
Luna colgó el paraguas en el perchero de la entrada y se sacudió las gotas de la sudadera. Hoy llevaba una con la frase «Menos dramas y más croquetas» estampada en amarillo. Se reía sola mientras se frotaba las manos.
—Bueno, en plan, al menos no se nos inundó la trastienda como la vez pasada. Que me acuerdo y todavía me sale un sarpullido.
Empecé a encender las luces de las lámparas de lectura. La eléctricidad había vuelto durante la noche, pero las bombillas parpadeaban débilmente, como si la tormenta les hubiera robado la fuerza.
—¿Tú crees que hoy viene el del maletín? —preguntó Luna desde el fondo, mientras revisaba una pila de libros devueltos.
La mano se me tensó sobre el interruptor.
—Supongo.
—Pues ayer lo dejasteis en plan tenso. Así como...
—Luna.
—Vale, vale. No digo nada.
Suspiré y me dirigí a la sección de poesía. Había que reponer los ejemplares que el viento había tirado la noche anterior. Me agaché frente a la estantería baja y empecé a recoger los libros del suelo.
Fue entonces cuando lo vi.
Un poemario de tapas color vino, con el lomo agrietado y las páginas amarillas. Distinto al que recogí anoche. Este estaba junto a la pata de la estantería, casi escondido detrás de un ejemplar de Bécquer.
Lo alcé.
Y al abrirlo, una hoja doblada en tres cayó al suelo.
Me quedé sin aire.
—¿Encontraste algo? —La voz de Luna llegó desde muy cerca. Me giré. Estaba justo detrás, con un montón de libros en los brazos y la cabeza ladeada—. ¿Es otro de los que se cayeron?
—Sí —dije, cerrando el poemario con demasiada rapidez—. Solo eso.
Pero Luna ya se había agachado. Recogió la hoja del suelo antes de que pudiera detenerla.
—Es una carta —dijo, dándole la vuelta—. Tía, está escrita a mano. Qué bonito, ¿a que ya nadie escribe así?
El papel tembló en sus dedos. Yo no podía moverme.
—A ver, no la voy a leer ni nada —Luna me la tendió con una sonrisa—. Pero la letra es muy chula. Parece antigua.
La cogí. Mis dedos rozaron los suyos y noté que estaban fríos, a pesar del calor húmedo de la mañana.
—Gracias —musité.
—¿De quién es?
—No lo sé. —Era verdad. No la había leído. Pero algo en el grosor del papel, en el tono amarillento, en la forma de la letra que asomaba entre los pliegues, me decía lo que iba a encontrar.
Luna me miró un segundo de más. Luego se encogió de hombros.
—Bueno, voy a preparar el café. Que tú hoy necesitas cafeína en plan intravenoso.
Se fue hacia la trastienda canturreando otra vez. Sus pasos resonaron en la madera vieja.
Desdoblé la carta allí mismo, de pie junto a la estantería de poesía.
La letra era inconfundible. Esa caligrafía apretada, como si cada palabra pesara demasiado.
«Valeria:
No sé escribir esto sin parecer un cobarde, y tal vez lo sea. Te escribo porque hablarte se ha vuelto imposible. Cuando me miras, siento que ves algo en mí que yo no encuentro.
Un hombre mejor. Alguien que merece quedarse. Y me aterra el día en que descubras que te equivocas.
No es miedo a ti. Es miedo a fallarte. A ser la sombra que apague lo que más brilla en este pueblo. A que un día despiertes y te arrepientas de haberme elegido.
Por eso no te lo digo. Por eso me callo cuando más ganas tengo de hablarte. Porque pronunciarlo en voz alta sería condenarte a esperar algo que quizá nunca pueda darte.
Y tú mereces un hogar, Valeria. Uno de verdad. De los que no se deshacen con la primera lluvia.
Pero necesito que sepas una cosa, aunque nunca leas esto: eres la única razón por la que este pueblo no se me ha caído encima. Verte entre estas estanterías, con las manos manchadas de tinta, discutiendo con doña Clara sobre si vender o no el último premio Planeta... Verte reír cuando crees que nadie te mira. Eso es lo único que me ha hecho pensar que quizá sí, que quizá exista algo parecido a quedarse.
No te enviaré esta carta. Sería injusto.
Pero si algún día la encuentras, por favor, no me busques. No merezco que vengas a preguntar.
Con todo lo que no puedo decirte,
M.»
El papel me pesaba en las manos como si estuviera empapado.
Lo doblé otra vez. Despacio, siguiendo las marcas de los pliegues antiguos. Cada doblez crujía apenas, un sonido seco que se mezclaba con la lluvia en el tejado.
En la trastienda, Luna había puesto la cafetera. El olor a café recién hecho llegó hasta mí, denso y familiar.
Entré al baño de la planta baja. Cerré el pestillo. Me apoyé en el lavabo y respiré hondo tres veces, las manos apretadas contra la porcelana fría.
No lloré. No podía.
Cuando salí, Luna estaba en el mostrador con dos tazas humeantes. Me tendió una sin hacer preguntas. Por una vez, su silencio fue más elocuente que cualquier frase.
—Tengo que pedirte algo —dije, bebiendo un sorbo demasiado caliente—. Hoy prefiero estar sola. ¿Puedes tomarte el día?
Luna abrió la boca, luego la cerró. Asintió una vez, con los ojos puestos en mi cara como intentando leer algo que no estaba escrito.
—Claro. En plan, si necesitas...
—Estoy bien. Solo necesito ordenar unas cosas.
—Vale. —Agarró el paraguas rosa y me dedicó una sonrisa pequeña, sin chistes ni aspavientos—. Pues si cambias de opinión, ya sabes.
—Gracias, Luna.
—De nada, jefa. Cuídate, ¿eh?
La puerta se cerró tras ella con un golpe suave. La campanilla tintineó una vez y se quedó en silencio.
Fui al mostrador. Busqué el poemario de tapas color vino y coloqué la carta dentro, entre dos páginas que hablaban de amores imposibles y noches sin luna. Luego saqué un bolígrafo del cajón.
Arranqué una hoja del bloc de notas que uso para los pedidos.
Escribí solo una línea: «Nunca te busqué, pero siempre te encontré.»
Doblé mi respuesta y la metí en el mismo libro, junto a la carta de Matías.
El poemario volvió a la estantería de poesía, en el hueco exacto donde lo había encontrado. Lo coloqué con el lomo hacia fuera, como si nada hubiera pasado.
Me quedé mirando la lluvia un rato, con la taza de café enfriándose entre las manos.
A las diez en punto, la campanilla de la puerta tintineó de nuevo.
Matías entró con el paraguas negro chorreando y el maletín de cuero gastado pegado al costado. Llevaba el mismo pantalón de vestir oscuro, la misma camisa blanca remangada. El pelo mojado se le aplastaba contra la frente.
Cerró el paraguas con tres movimientos precisos.
—Buenos días —dije desde el mostrador. No me acerqué.
—Buenos días. —Dejó el paraguas junto a la puerta y avanzó dos pasos. Se detuvo al verme—. ¿Todo en orden?
—Sí. Puede continuar con su trabajo.
No le devolví la mirada. Me puse a ordenar los libros del expositor junto a la ventana, pasando el lomo de cada uno con la yema de los dedos. El polvo se me pegaba a la piel.
Matías no se movió del centro de la sala.
—Tiene mala cara.
—No dormí bien.
—¿Por la tormenta?
—Por muchas cosas.
Dejé un ejemplar de Cortázar en su sitio y cogí otro. Mis manos iban de un libro a otro con una calma que no sentía.
El silencio entre nosotros pesaba como una tercera persona en la habitación. Matías seguía junto a la mesa de lectura, con el maletín a medio abrir. No sacó los instrumentos.
—¿Seguro que está bien?
—Seguro. —Y ahora sí lo miré. Apenas un segundo—. ¿Necesita algo para la inspección?
Él parpadeó una vez. Su mandíbula se tensó bajo la cicatriz difuminada.
—No.
—Entonces le dejo trabajar.
Me volví hacia el expositor antes de que pudiera decir nada más.
Oí cómo abría el maletín. El chasquido de los cierres metálicos. El roce del distanciómetro al sacarlo. Sus pasos midiendo la distancia desde la puerta hasta la primera estantería.
Trabajó en silencio durante veinte minutos. Yo seguí en el expositor, moviendo libros que no necesitaban moverse, ordenando lo que ya estaba ordenado.
Él medía. Anotaba. Volvía a medir.
En un momento dado, su voz me llegó desde el fondo de la librería.
—Disculpe.
Me giré. Estaba junto al mostrador, con el bloc de notas en una mano y el dispositivo láser en la otra.
—Necesito acceder a los estantes superiores de esta zona. ¿Tiene una escalera?
—Junto a la trastienda. Se la traigo.
Crucé la sala sin mirarlo. La escalera de madera estaba apoyada contra la pared del fondo, junto a la puerta de la trastienda. La arrastré hasta el mostrador. Pesaba más de lo que recordaba.
—Gracias.
—De nada.
Subió los tres escalones con el bloc entre los dientes y el láser en la mano derecha. Apuntó a la moldura superior de la estantería. El punto rojo bailó sobre la madera oscura.
—Estos estantes tienen más desgaste del que figura en el catálogo —dijo, más para sí mismo que para mí—. La humedad ha hecho mella.
—Aquí siempre ha habido humedad.
—Lo sé.
Se me escapó una arruga en la frente. Matías bajó un escalón. Se quitó el bloc de la boca.
—El pueblo es húmedo —añadió, corrigiéndose—. Eso consta en los informes.
Me encogí de hombros y volví al mostrador. Abrí el libro de registro y fingí revisar las últimas anotaciones. Las letras bailaban frente a mis ojos. No leía nada.
Él siguió midiendo en silencio.
El reloj de la pared marcó las once y cuarto. Matías cerró el bloc con un gesto seco y guardó el distanciómetro en el maletín.
—Voy a necesitar revisar el altillo mañana —dijo, sin levantar la vista de los cierres del maletín.
—De acuerdo.
—Y la fachada interior. Si la lluvia da tregua.
—Aquí nunca da tregua en octubre.
Se quedó callado, con las manos quietas sobre la correa del maletín. Luego alzó la cabeza.
—Valeria...
La campanilla de la puerta tintineó con violencia.
Clara Villalba irrumpió en la librería como un vendaval de flores y plástico mojado. Cerró el paraguas de un solo movimiento brusco y se sacudió las gotas con energía, salpicando los libros del expositor.
—¡Ay, Valita, que vengo volada! —dijo, atravesando la sala con su carrito de la compra renqueante—. Menos mal que te encuentro, que si no llego a pillar al Matías me da algo.
Se detuvo en seco frente al mostrador. Su mirada fue de mí a Matías, luego al poemario de tapas color vino que asomaba en la estantería de poesía, y luego otra vez a mí.
—Bueno, bueno —dijo, arreglándose el rodete blanco con una mano—. Si estáis los dos aquí, mejor. Que lo que vengo a decir es cosa de todos.
Matías se puso rígido junto a la mesa de lectura. No soltó el maletín.
—¿Qué ocurre, doña Clara?
—¡Que me ha llamado el Fermín! —Clara apoyó las dos manos en el mostrador y se inclinó hacia mí—. Dice que el sábado hay asamblea vecinal. Que van a debatir lo de la calle mayor. ¡Por fin, hija, que llevamos años con este toma y daca!
—¿Y eso qué tiene que ver con la librería? —pregunté.
—¡Pues que tú tienes que estar allí! ¡Y tú también, Matías, que eres el tasador! —dijo Clara, girándose hacia él con una energía que hizo temblar el carrito—. El Fermín quiere presentar el informe este que estás haciendo como argumento para la reforma.
—El informe no está terminado.
—¡Pues que no lo esté! Que eres la autoridad técnica o como se diga, y tu opinión pesa. Tú vas y dices lo que haga falta.
Matías desvió la mirada hacia la ventana.
—No me corresponde opinar.
—¡Ay, hijo, la boca la tienes para algo más que para tomar café!
Clara volvió a mirar el mostrador. Esta vez se detuvo en el borde, donde yo había dejado el bloc de notas con el que escribí la respuesta. Una esquina de la hoja arrancada seguía allí, con una sola palabra visible: «Nunca».
Retiré el bloc con disimulo y lo metí en el cajón.
Clara sonrió. Una sonrisa pequeña, astuta, que le arrugó el lunar de la mejilla.
—Hay cosas que es mejor dejar donde la lluvia no las alcance —dijo, sin apartar los ojos del cajón.
Sentí un escalofrío en la nuca.
—¿A qué se refiere? —pregunté.
—A nada, hija. A lo de siempre. Refranes de vieja.
—Se alisó el vestido de flores y agarró el asa del carrito—. Bueno, que me voy, que tengo que pasar por la panadería de Asunción antes de que cierre. Pero lo del sábado no os lo olvidéis, ¿eh? Que como no aparezcáis, voy yo misma a buscaros.
Y con la misma energía con la que había entrado, se marchó. La campanilla tintineó tres veces seguidas antes de quedarse quieta.
Matías seguía inmóvil junto a la mesa. Tenía los nudillos blancos alrededor del asa del maletín.
—Tengo que ir al ayuntamiento —dijo de pronto—. A entregar unos documentos.
—No le retengo.
—Valeria...
—Que tenga buen día, señor Elizondo.
Él agarró el paraguas negro. Abrió la puerta. El viento le azotó la cara con una ráfaga de lluvia. Por un instante, pareció que iba a decir algo más. Luego salió y cerró la puerta tras de sí.
Me quedé a solas en la librería. La lluvia repiqueteaba contra el escaparate con más fuerza que antes.
Miré el cajón donde había guardado el bloc. Las palabras de Clara me rebotaban dentro de la cabeza como un guijarro suelto.
Había visto algo. O intuía algo. Con Clara nunca se sabía del todo.
Me pasé las manos por el cárdigan, sintiendo el bulto de la carta de anoche en el bolsillo. La otra carta, la de esta mañana, seguía escondida en el poemario de tapas color vino, junto con mi respuesta.
Dos cartas en un solo día. Dos pedazos de un pasado que no terminaba de pasar.
El reloj de la pared marcó las doce menos cuarto.
Suspiré y empecé a bajar las persianas. Hoy cerraba antes. Necesitaba silencio. Necesitaba pensar.
Y sobre todo, necesitaba decidir qué demonios iba a hacer cuando Matías volviera mañana.
La luz dorada del atardecer me encontró todavía en la puerta de la librería, con los dedos manchados de polvo tras colocar el cartel de cerrado.
El pasillo del ayuntamiento olía a cera vieja y a tabaco rancio. Me detuve junto a la puerta entreabierta del salón de plenos. Las voces rebotaban contra los techos altos y llegaban deformadas, pero reconocibles.
—El punto tercero del orden del día, relativo a la recalificación urbanística de la calle Mayor —la voz de Fermín era inconfundible, engolada como un locutor de radio antigua—, queda supeditado a la conclusión del informe pericial de la finca número doce, «El Faro de Tinta», conforme a la disposición transitoria segunda del plan de ordenación.
Un carraspeo. El roce de papeles.
—Eso puede llevar semanas.
—La tasación sigue su curso —la voz de Matías me atravesó el pecho. Seca. Contenida—. Mientras no termine, no hay decisión.
—Pues que termine pronto —Fermín apoyó algo pesado sobre la mesa. El golpe seco retumbó en el pasillo—. Esa librería la levantaron manos que ya no están. Mejor que todo termine de una vez.
El silencio se espesó.
Mis dedos se cerraron sobre el marco de la puerta. «Manos que ya no están». Fermín nunca hablaba de mi abuela. Jamás pronunciaba su nombre, como si al omitirlo pudiera borrarla del inventario de cosas que merecían ser recordadas.
—Usted tiene un interés personal —dijo Matías.
No era una pregunta.
—Ejercicio legítimo de sus competencias municipales —Fermín alzó la voz—. Y los intereses personales de un servidor público coinciden con el bien común cuando se trata de modernizar este pueblo.
—No es modernizar. Es demoler.
—Es progreso, señor Elizondo. Pero a ciertas sensibilidades nostálgicas les cuesta asimilarlo.
Un teléfono sonó al fondo de la sala. Alguien lo atendió en susurros. Aproveché el ruido para dar un paso atrás. La suela de mis botas chirrió contra el mármol.
Me quedé inmóvil.
—¿Hay alguien ahí fuera? —la voz de Fermín se acercó.
Retrocedí hasta la puerta de la calle. Salí sin hacer ruido. La lluvia me recibió con una ráfaga que me empapó las gafas al instante. Caminé tres calles sin rumbo, con las manos en los bolsillos del cárdigan, sintiendo el bulto de la carta contra el pecho.
«Mejor que todo termine».
Las palabras de Fermín se mezclaban con la letra de Matías que había leído la noche anterior. Una decía «terminemos». La otra decía «no soy suficiente». Y las dos llevaban diez años pudriéndose en el mismo pueblo, entre las mismas paredes.
El escaparate de la librería brillaba apagado al atardecer. La lluvia resbalaba por el cristal y deformaba los lomos de los libros expuestos. Metí la llave en la cerradura y entré en la penumbra.
Luna se había marchado. La nota sobre el mostrador lo confirmaba: «Cerrado todo. Hasta mañana. Tía, respira un poco, que te vas a romper. ❤»
Arranqué la hoja y la dejé a un lado.
El poemario seguía donde lo había dejado, junto a la linterna de emergencia. Lo abrí por la página que guardaba la carta doblada. La letra de Matías seguía allí, igual que anoche, igual que hace diez años.
Y mi respuesta, escrita y nunca enviada, se deslizó de entre las guardas. Las dos hojas juntas. Las dos palabras atrapadas.
Apoyé las palmas sobre la madera del mostrador. Tenía que guardarlas antes de que alguien llegara. Palpé la superficie buscando un escondite provisional. Bajo el borde, en la esquina más próxima a la pared del fondo.
Mis dedos encontraron una junta irregular.
Recorrí el borde con la yema del índice. La hendidura describía un rectángulo perfecto, disimulado por el barniz oscuro y los años de cera acumulada. Empujé la esquina con la uña. No cedió. Probé en el lado opuesto.
Algo se movió dentro.
Un hueco. Un compartimento que no figuraba en ningún inventario que yo recordara. Mi abuela nunca me habló de él.
Busqué algo fino con qué hacer palanca. El abrecartas de bronce que siempre descansaba junto al libro de visitas. Lo deslicé por la ranura.
La punta chocó contra algo blando. Cartón, quizás. O papel envejecido.
Tres golpes secos en la puerta.
Me giré.
A través del cristal del escaparate, la silueta de Matías se recortaba contra la lluvia. Llevaba la carpeta de tasación bajo el brazo. El pelo aplastado. La mandíbula rígida.
No se movía.
Esperaba a que abriera.