FeverStory

La librería de la lluvia

Episodio 4

La lluvia seguía golpeando el escaparate. No me moví del mostrador hasta que los pasos de Matías se alejaron sobre el empedrado mojado. Conté hasta veinte. Luego treinta.

Cerré con llave la puerta.

Bajé la persiana del escaparate. El toldo exterior goteaba un repiqueteo sordo contra la lona. En el interior, solo quedaba el zumbido del frigorífico de la trastienda y mi propia respiración.

Volví al mostrador.

El abrecartas de bronce seguía donde lo había dejado, apoyado en el ángulo. La junta rectangular se distinguía ahora con claridad: mis dedos habían limpiado el polvo del contorno sin darme cuenta.

Introduje la punta de nuevo. Esta vez empujé con más decisión.

La madera cedió con un chasquido seco.

Dentro, un rectángulo de oscuridad. Metí la mano con cuidado. Las yemas rozaron algo áspero.

Cartón. Una caja pequeña, del tamaño de un libro de bolsillo. La saqué.

Era una caja de galletas de lata, de esas que mi abuela guardaba en la trastienda. La tapa estaba ligeramente oxidada en los bordes. La abrí.

Dentro, once sobres doblados.

Los reconocí al instante. El mismo papel amarillento. La misma caligrafía compacta y precisa que vi en la carta de despedida y en la que Luna encontró en el poemario.

Matías.

Me senté en el suelo, con la espalda apoyada en el mostrador. Las baldosas estaban frías. Abrí el primer sobre.

No sé por qué te escribo si no voy a enviarla. Quizás porque necesito que exista en algún sitio la prueba de que te quise. De que todavía te quiero.

La letra temblaba en algunas palabras. En todavía la tinta se había corrido un poco.

Leí otra. Y otra.

Cada carta era distinta. Algunas tenían fecha. Otras solo un garabato en la esquina. La más antigua era de seis meses después de que se fuera. La más reciente, de apenas un año atrás.

Hoy vi tu foto en el periódico del pueblo. La librería sigue abierta. No me sorprende. Eras más fuerte que yo antes de que yo supiera lo que era la fuerza.

Tu abuela me dijo una vez que no volviera si no era para quedarme. Tenía razón. Pero no puedo quedarme. Y no puedo no volver a verte.

El nudo en la garganta me impedía tragar. Me sequé la cara con la manga del cárdigan. No servía de nada. Las lágrimas seguían cayendo sobre el papel.

No me fui porque no te quisiera. Me fui porque no tenía nada que ofrecerte. Un carpintero con las manos llenas de astillas y una deuda que no era mía. Tú merecías a alguien que no te arrastrara al fondo.

La séptima carta apenas tenía tres líneas.

Estoy en la estación. El tren sale en dos horas. Si corro, puedo llegar a la librería y decírtelo todo. Pero no corro. No sé si eso me hace cobarde o simplemente lúcido.

Recordé aquella noche de hacía tres años. Una madrugada de diciembre en que me desperté sin motivo y miré por la ventana. Había una figura bajo la farola de la plaza.

Un hombre alto, quieto bajo la lluvia. Parpadeé y ya no estaba. Creí que lo había soñado.

Ahora sabía que no.

Doblé las cartas con cuidado. Las devolví a la caja de lata. La tapa encajó con un roce metálico.

La lluvia arreció contra el tejado.

Me levanté. Las rodillas me dolían. Guardé la caja en el bolso de tela que usaba para ir al mercado. Lo coloqué junto a la entrada de la trastienda, donde nadie miraría dos veces.

Me lavé la cara en el baño de la planta baja. El espejo me devolvió unos ojos hinchados y rojos. Me recogí el pelo de nuevo, apretando el lápiz más de lo necesario.

No se lo diría a nadie.

A la mañana siguiente, Luna llegó a las ocho en punto. La lluvia había amainado un poco, pero seguía cayendo una cortina fina y persistente. Abrí la persiana y el toldo goteó un chorro sobre la acera.

Luna entró sacudiendo el paraguas.

—Tía, qué noche. No he pegado ojo con el ruido de la tormenta.

Colgó el abrigo en el perchero del fondo y se calzó los auriculares. Empezó a tararear mientras revisaba las cajas de reposición que habían llegado el viernes.

Yo atendía a los primeros clientes. Una señora que buscaba la última novedad de una autora islandesa. Un jubilado que devolvía un atlas porque le faltaba la página de Islandia precisamente.

La mañana transcurrió con normalidad. O con la normalidad que podía tener un día en que guardaba once cartas sin enviar en el bolso, a menos de tres metros de cualquiera que entrara en la librería.

Hacia las once, Luna se fue a la zona de poesía con una pila de libros nuevos. La oí moverse entre las estanterías, deslizando volúmenes en los huecos. Su voz llegaba apagada, canturreando algo de una serie que yo no conocía.

De repente, se calló.

—Vale, esto no estaba aquí.

Su tono era de desconcierto más que de alarma. Asomé la cabeza por el pasillo.

Luna sostenía un sobre. Papel amarillento. Letra compacta y precisa.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Qué es? —pregunté, y mi voz sonó más aguda de lo que pretendía.

—Una carta. Estaba dentro de este libro de Benedetti. —Luna giró el sobre entre los dedos—. Tiene nombre pero no dirección. Solo pone Valeria.

Dio la vuelta al sobre para abrirlo.

La campanilla de la puerta tintineó con violencia.

Clara Villalba irrumpió en la librería como un proyectil de flores y plástico mojado. Llevaba el carrito de la compra en una mano y el paraguas cerrado en la otra. Se detuvo un segundo en la entrada. Sus ojos recorrieron la sala hasta que nos encontraron.

Luna levantó la carta.

—Clara, mira lo que he encontra—

Clara avanzó hacia ella con una rapidez impropia de sus setenta años. Le arrebató el sobre de las manos con un gesto seco.

—Esto no es para tus ojos, Lunita.

—Pero si ni siquiera sé lo que es.

—Una palabra atrapada. —Clara se guardó la carta en el bolsillo del delantal con un ademán que no admitía réplica—. Y las reglas son las reglas.

Luna parpadeó.

—¿Una qué?

—Palabra atrapada. —Clara me miró entonces. Sus ojos negros se entrecerraron, brillantes—. ¿O es que tu abuela no te enseñó la tradición?

Tragué saliva.

—Me habló de ella.

—Pues entonces sabrás que las cartas sin enviar no se leen. Se entregan. Y solo cuando deje de llover.

Luna nos miraba alternativamente, con la mandíbula ligeramente desencajada.

—Espera, espera. ¿Alguien me explica en plan qué está pasando? ¿Por qué hay cartas escondidas en los libros de poesía? ¿Y por qué esa es para Valeria?

Clara se alisó el delantal.

—Porque alguien lleva años dejándolas. Y alguien lleva años sin encontrarlas.

Me miraba fijamente. No a la cara. Al bolsillo del delantal donde había guardado la carta.

—No es la primera, ¿verdad, Valita?

El nudo de la noche anterior volvió a apretárseme en la garganta.

—No —dije en voz baja—. No es la primera.

Luna se llevó una mano a la boca.

Clara asintió despacio. Luego giró sobre sus zapatillas ortopédicas y se dirigió a la puerta.

—Cuando escampe —dijo sin volverse—, esa carta llegará a su dueña. Mientras tanto...

Empujó la puerta con el carrito. La campanilla tintineó.

—... los secretos mojados no se cuentan.

La puerta se cerró tras ella.

Luna se quedó mirando el hueco por donde había desaparecido. Luego me miró a mí.

—Vale, tía. Hay algo muy raro pasando en esta librería.

Me sequé las palmas de las manos en los vaqueros.

—Lo sé.

—Y Clara lo sabe.

—Clara siempre sabe.

Luna frunció el ceño. Señaló el pasillo de poesía con el pulgar.

—¿Quién escribe cartas a mano en pleno siglo XXI y las esconde entre libros de Benedetti?

No respondí. No podía.

Porque ahora lo sabía. No eran solo las once que había encontrado anoche. Había más. Dispersas por toda la librería. Esperando a que dejara de llover.

Esperando a que yo las encontrara.

O a que alguien como Clara las guardara hasta que llegara el momento.

Luna se cruzó de brazos.

—No sé qué está pasando. Pero me debes una explicación.

—Te la daré —dije—. Cuando pueda.

—¿Y cuándo va a ser eso?

Miré la lluvia golpeando el escaparate.

—Cuando deje de llover.

Luna resopló. Pero en sus ojos había menos enfado y más curiosidad. Y un brillo de preocupación que no supe cómo desactivar.

Se quitó los auriculares y los enrolló con movimientos lentos.

—Mira, voy a seguir reponiendo. Pero esto no se queda así.

—No —admití—. No se queda así.

El sobre que le había entregado el conserje de la posada pesaba más de lo razonable para un simple expediente de tasación. Matías lo dejó sobre la mesa de la habitación y se quitó la chaqueta empapada. El agua escurría por las solapas y formaba un charco sobre las baldosas.

Se sentó.

Abrió el sobre con el abrecartas que siempre llevaba en el maletín. Dentro, además del legajo que él mismo había preparado con las mediciones preliminares, había una carpeta auxiliar con el sello del ayuntamiento.

La abrió.

Planos antiguos. Escrituras. Una fotocopia del testamento de la abuela de Valeria. Y un anexo que no recordaba haber visto antes: «Propuesta de recalificación urbanística del perímetro de la calle Mayor».

Pasó las hojas con el pulgar húmedo.

El documento era farragoso, lleno de referencias a ordenanzas municipales que no venían al caso. Pero en el margen de la página catorce alguien había garabateado algo con bolígrafo azul.

«Solar contiguo a El Faro de Tinta — antigua carpintería Cruz. Contactar con Fermín antes de la asamblea para coordinar el desalojo administrativo.»

Matías se quedó quieto.

Carpintería Cruz.

Conocía ese taller. De niño había ido con su abuelo a comprar una estantería de pino. Recordaba el olor a serrín, las virutas en el suelo, la mano callosa del carpintero apretándole el hombro.

¿Fermín Cruz era hijo del carpintero?

Sacó el bloc de notas. Apuntó dos líneas: «Verificar parentesco Fermín / carpintero» y «Archivo municipal — licencias de obra del taller».

No iba a firmar una tasación definitiva sin entender por qué el alcalde había añadido esa nota a mano. No en el expediente oficial.

Cerró la carpeta.

El aguacero arreciaba contra la ventana. Consultó el reloj de bolsillo: las siete y cuarto. El archivo municipal cerraba a las ocho, pero el conserje de la posada le había dicho que la archivera solía quedarse hasta tarde los jueves.

Se puso la chaqueta mojada. Metió el documento con la anotación en el maletín y salió al pasillo.

El archivo estaba en el sótano del ayuntamiento. Olía a papel viejo y a tinta de imprenta. La archivera, una mujer menuda con gafas de cadena, lo recibió sin levantar la vista del inventario que estaba sellando.

—Buenas tardes —dijo Matías.

—Va a cerrar.

—Cinco minutos. Solo necesito las licencias de obra de la carpintería Cruz. Calle Mayor, número diecisiete.

La mujer levantó la cabeza. Lo examinó sin disimulo.

—Usted es el tasador.

—Sí.

—Espere aquí.

Desapareció entre dos estanterías. Regresó con una caja de archivo azul celeste.

—Esto es todo. Puede consultarlo en la mesa del fondo. Le dejo diez minutos.

Matías abrió la caja.

Las licencias estaban ordenadas por año. La primera, de 1958: «Construcción de taller de carpintería con vivienda anexa». La última, de 2010: «Renovación de cubierta y refuerzo de cimentación».

Pero en 2015 alguien había solicitado una licencia de demolición completa.

La solicitante era Fermín Cruz.

Y el informe técnico adjunto desaconsejaba la demolición porque el taller compartía muro de carga con la librería El Faro de Tinta.

«La demolición del inmueble número diecisiete comprometería la estabilidad estructural del número quince — rezaba el dictamen —. Se recomienda la rehabilitación conjunta de ambos edificios o, en su defecto, la adquisición del número quince para proceder a un derribo seguro.»

Adquirir. O derribar los dos.

Matías comprendió de golpe. La tasación externa era el pretexto. Si su informe dictaminaba que la librería no era viable estructuralmente, Fermín podría justificar la demolición conjunta. El taller llevaba cerrado desde 2012. Nadie iba a oponerse si caían los dos.

Pero la librería no tenía problemas de cimentación.

Él mismo lo había comprobado dos días antes con el distanciómetro láser. Los muros de carga estaban sólidos. La humedad era superficial.

Cerró la caja.

—¿Algo útil? —preguntó la archivera desde el mostrador.

—Sí. Gracias.

—El alcalde también estuvo consultando esa misma caja la semana pasada.

Matías se volvió.

La mujer ajustó las gafas de cadena, sin inmutarse.

—Por si le sirve.

Salió del archivo a las ocho menos cuarto. La lluvia seguía golpeando el asfalto con una furia minuciosa, como si cada gota tuviera algo que reclamar.

Necesitaba volver a la librería.

Las farolas de la calle Mayor parpadeaban bajo el aguacero. Matías caminaba con la cabeza gacha y el maletín apretado contra el pecho para proteger los documentos.

Se detuvo frente al escaparate de El Faro de Tinta.

La luz del piso de arriba estaba encendida.

No había pensado en llamar a la puerta. Había planeado esperar a la mañana siguiente, pedir permiso para una última revisión técnica y, de paso, observar los muros medianeros con más atención.

Pero la puerta se abrió antes de que pudiera decidirse.

Valeria apareció bajo el soportal, con un cárdigan de lana gruesa sobre los hombros y un paraguas cerrado en la mano. El viento le soltó un mechón del moño y lo empujó contra la mejilla.

Se miraron.

—Buenas noches —dijo él.

—Se te hace tarde para las mediciones.

—Necesitaba revisar la medianera con el número diecisiete. ¿Puedo pasar mañana temprano?

—A las ocho.

—De acuerdo.

Valeria no se movió. Ni él. La lluvia rebotaba contra los adoquines y les salpicaba los tobillos.

—He estado en el archivo municipal —dijo Matías.

—¿Investigando?

—Confirmando datos.

—Siempre hiciste eso. Confirmar datos antes de hablar.

Él apretó el mango del maletín.

—Las cosas no eran tan sencillas entonces.

—No. No lo eran.

Un coche pasó calle abajo. La luz de los faros barrió el soportal y desapareció.

—Buenas noches, Valeria.

—Buenas noches.

Ella giró sobre sus talones. El cárdigan se le resbaló un poco del hombro, pero no lo ajustó. Abrió la puerta. Entró.

No miró atrás.

Matías se quedó bajo la lluvia hasta que la luz del piso de arriba se apagó. Luego echó a andar hacia la posada, con la decisión tomada: mañana, después de la revisión, pediría una reunión con el consejo municipal. Sin Fermín delante.

El portazo de la librería todavía le resonaba en el pecho cuando dobló la esquina.

Matías caminaba con la cabeza gacha, el cuello del abrigo empapado. La carpeta de tasación apretada contra el costado. Las calles del pueblo eran un espejo negro donde la lluvia dibujaba círculos concéntricos. Pasó frente a la panadería de Asunción, con las persianas echadas. Frente a la fuente de la plaza, que borboteaba bajo el aguacero.

Y entonces lo vio.

Un rectángulo de luz amarilla en el número 14 de la calle del Horno. El taller de carpintería de los Cruz. La puerta de chapa entreabierta, con un candado colgando del pasador sin cerrar.

Se detuvo.

Sacó el reloj de bolsillo. Las once y veinte. Nadie trabajaba a esas horas en un pueblo donde todos cerraban al toque de queda de la lluvia.

Recordó la anotación. La frase que había leído en el expediente municipal: «Inmueble construido por la carpintería Cruz e Hijos en 1962, con contraprestación de cesión de uso del local anexo». La había subrayado aquella misma tarde sin saber por qué.

Ahora lo sabía.

Empujó la puerta con dos dedos. La chapa chirrió.

Dentro olía a serrín viejo y a barniz rancio. Las herramientas colgaban ordenadas en paneles perforados. Sierras de mano, formones, garlopas.

Una capa de polvo cubría los bancos de trabajo, salvo uno. El del fondo. Tenía manchas de café recientes junto a una lámpara de pinza.

Sobre el tablero, un plano extendido.

Matías se acercó. La lámpara zumbaba. Dejó la carpeta en un taburete y se inclinó sobre el papel.

Era un plano arquitectónico a lápiz, firmado en la esquina inferior derecha: «Domingo Cruz, maestro carpintero. Octubre de 1962».

Trazaba la planta baja de la librería El Faro de Tinta.

Pero no era un plano cualquiera.

En el margen izquierdo, una anotación en tinta sepia: «Construido sobre terreno cedido por el Ayuntamiento a la familia Castro, con cláusula de reversión. Si el inmueble deja de ser librería, el terreno volverá al patrimonio municipal sin indemnización».

Debajo, otra letra. Más reciente. La reconoció por los trazos cuadrados: era la caligrafía de Fermín Cruz, que había visto en decenas de formularios oficiales.

«Papá, ¿por qué construiste esto?»

Matías soltó el aire despacio.

Contó hasta cinco.

Luego sacó el teléfono y fotografió el plano entero. El detalle de la firma. El margen con las anotaciones.

La lluvia arreciaba contra el tejado de chapa, un tamborileo que se colaba por las rendijas. Rebuscó en su carpeta hasta encontrar un folio en blanco. Anotó a lápiz: «Reversión — sin indemnización — oculto en expediente actual». Metió la nota junto al plano fotografiado.

Tres minutos después, la puerta del taller volvía a estar cerrada.

El candado en su sitio.

Matías caminaba hacia la posada con el paso más firme, el empedrado resbaladizo bajo los zapatos de vestir. Mañana iría al ayuntamiento. No a confrontar a Fermín. A pedir el expediente completo. Con las fotografías como seguro.

Fermín Cruz se aflojó la corbata con dos dedos y la dejó sobre el respaldo del sofá.

Su casa olía a cera para muebles y a sopa de sobre. Era una vivienda de soltero funcional: tres habitaciones, muebles de formica, una colección de maquetas de barcos en vitrinas que nunca abría. Sobre la mesa del comedor, los papeles de la asamblea vecinal formaban un abanico ordenado.

Sirvió dos dedos de whisky en un vaso bajo.

El teléfono sonó. Un tono anticuado, de los que vibraban hasta en los dientes.

—¿Cruz? Soy Valverde.

El concejal de Urbanismo. Fermín se llevó el vaso a la boca sin beber.

—Valverde, a estas horas la llamada será de índole urgente, supongo.

—He revisado lo de la calle Mayor. Lo que me mandaste.

—El expediente de adecuación estructural del entorno comercial, sí.

—Fermín. —Una pausa. Carraspeo al otro lado—. ¿La tasación esa la ha pedido alguien más?

—La solicita este ayuntamiento en virtud del reglamento de ordenación urbana, artículo veintisiete.

—Ya, pero ¿el tasador tiene acceso al archivo histórico?

Fermín parpadeó. Dejó el vaso sobre la mesa.

—El tasador no ha solicitado acceso al archivo histórico.

—Pues igual deberías preguntarle.

—¿Por qué?

Silencio. Luego un suspiro.

—Porque ha preguntado en el catastro por el historial completo del número 4 de la calle Mayor. Y el catastro me ha llamado a mí.

Fermín miró la ventana. El agua resbalaba por el cristal en láminas, ondulando la luz del farol de la calle.

—Será una cuestión rutinaria. Estos muchachos de la capital tienen sus métodos.

—Tú sabrás.

Colgó.

Fermín apuró el whisky. Recogió los papeles en una carpeta de gomas que guardó en el cajón del aparador. Apagó la lámpara del comedor. El pasillo a oscuras. Su sombra flaca y encorvada se arrastró hasta el dormitorio.

Antes de acostarse, repitió en voz baja:

—Rutinaria.

Se durmió con el runrún de la lluvia en los canalones.

No imaginó el taller de su padre con la puerta entreabierta. Ni el plano. Ni la fotografía que ya descansaba —ampliada, recortada, guardada— en el teléfono de un hombre que mañana tendría preguntas.

La librería de la lluviaEpisodio 4