La librería de la lluvia
Episodio 5
El pasillo del ayuntamiento olía a cera vieja y a papel mojado. Las baldosas ajedrezadas reflejaban la luz gris que entraba por la ventana del fondo, donde la lluvia repiqueteaba sin pausa desde antes del amanecer. Eran las diez de la mañana y el edificio estaba en calma. Demasiada calma.
Apreté el bolso de tela contra el costado. Dentro, las once cartas pesaban más que cualquier expediente. Había subido los escalones de la entrada con la respiración entrecortada, decidida a solicitar el expediente de protección patrimonial antes de que Fermín pudiera esconderlo. Lo que no esperaba era encontrármelo a él.
Matías salía del despacho del catastro en ese mismo momento. Llevaba el maletín de cuero gastado en una mano y un tubo de cartón en la otra. El plano. Alzó la vista y se detuvo en seco. Las canas prematuras en sus sienes brillaban bajo el fluorescente.
—Señorita Castro.
—Señor Elizondo.
Su tono fue tan rígido como el mío. Intercambiamos un leve movimiento de cabeza, lo justo para que un testigo lo considerara educado. La cicatriz bajo su oreja izquierda se tensó cuando apretó la mandíbula. Yo no aparté la mirada. Él tampoco.
La puerta del fondo se abrió con un crujido. Fermín Cruz apareció con su traje de poliéster marrón y el bigote espeso que le tapaba la boca. Llevaba una carpeta de gomas bajo el brazo y el pin del escudo municipal torcido en la solapa.
—¡Vaya, vaya! —exclamó, acercándose con pasos cortos—. El tasador y la propietaria coincidiendo en el pasillo de la casa consistorial. Esto es lo que yo llamo una confluencia de intereses administrativos.
Nadie le había preguntado.
—Buenos días, señor Cruz —dije.
—Señor alcalde —añadió Matías, sin moverse.
Fermín se plantó entre los dos. Miró a Matías, luego a mí, y su bigote se curvó en lo que podía ser una sonrisa o una mueca de satisfacción. Resultaba imposible saberlo.
—Venía a solicitar el expediente de protección patrimonial —expliqué.
—Y yo a cotejar unos datos en el archivo —dijo Matías.
—Pues qué bien, qué bien —Fermín asintió varias veces, como si acabáramos de anunciarle una subvención—. Porque miren, esta librería… ¿saben ustedes quién la levantó?
Negué con la cabeza. Ya lo sabía, pero no iba a decirlo.
—Mi padre —dijo Fermín, y su voz perdió por un instante el tono burocrático—. Con sus propias manos. Él y el abuelo de la señorita Castro. Las manos que la levantaron no eran manos cualquiera, ¿eh? Eran manos de artesanos, de carpinteros de verdad.
Matías apretó los dedos alrededor del tubo de cartón. El nudillo se le puso blanco.
—Lo tendré en cuenta —dijo.
Dos palabras. Nada más.
—El expediente está en el despacho dos, señorita Castro —continuó Fermín, girándose hacia mí—. Pídaselo a la funcionaria de turno, que ella se lo facilitará previa cumplimentación del formulario de solicitud de acceso a documentación municipal.
—Gracias.
Pasé junto a ellos. Sentí la mirada de Matías clavada en mi nuca mientras avanzaba por el pasillo. No me volví. El bolso me pesaba en el hombro como si las cartas quisieran salir.
Detrás de mí, Fermín seguía hablando:
—Y usted, señor Elizondo, no deje de consultarme cualquier duda sobre la estructura. Mi padre supervisó cada viga, cada columna. Hay cosas que no constan en los planos.
—Lo imagino.
La puerta del despacho dos se cerró a mi espalda. Apoyé la frente contra la madera y solté el aire que había estado conteniendo. Las manos me temblaban.
Fermín había mencionado a su padre y a mi abuelo como quien saca un as de la manga, pero Matías había reaccionado como si ya lo supiera todo. Porque lo sabía. El plano.
La fotografía. Las pesquisas en el catastro.
Salí del despacho veinte minutos después con el expediente bajo el brazo. El pasillo estaba vacío. El olor a cera seguía flotando en el aire, mezclado ahora con un rastro de colonia que reconocí sin querer. Matías se había ido.
La lluvia arreciaba cuando crucé la calle Mayor. Las gotas me golpeaban la cara mientras buscaba las llaves en el bolsillo del cárdigan. Entré en la librería sin encender las luces. Subí las escaleras hacia el apartamento con el expediente en una mano y el bolso en la otra.
El piso de arriba estaba en penumbra. La ventana del dormitorio empañaba el cristal con el vaho de la calefacción. Dejé el expediente sobre la mesa de la cocina sin abrirlo. Ahora no.
Me senté en el borde de la cama. Abrí el bolso y saqué la caja de madera. Las once cartas seguían allí, atadas con el cordel descolorido.
Las había leído todas la noche anterior, pero algunas las había devorado tan rápido que los detalles se me escapaban. Necesitaba releerlas. Despacio. Luna no volvería hasta dentro de dos horas.
Desaté el cordel. Saqué la primera carta al azar. El sobre tenía mi nombre escrito con una letra que temblaba en los extremos, como si la mano que la había trazado no estuviera segura de nada. Dentro, el papel amarillento crujía.
«Valeria:
No sé si algún día leerás esto. Ojalá que no. Ojalá que nunca necesites rebuscar en este mostrador y encontrar las palabras que no supe decirte en voz alta. Pero si estás leyendo, es porque ya no estoy. O porque nunca volví.
Me fui porque no podía darte lo que merecías. Suena a excusa barata, lo sé. Pero era verdad entonces y sigue siéndolo ahora.
Tu abuela me miró una vez, la última noche, y no me dijo nada. No hacía falta. Su silencio valía más que cualquier discurso.
Yo era un chaval sin oficio, sin futuro, sin nada que ofrecerte. Y tú eras todo lo que este pueblo tenía de bueno.
No me fui por ti. Me fui por mí. Porque no quería verte despertar un día a mi lado y preguntarte por qué te habías conformado con tan poco.»
La carta seguía. Decía cosas que no podía leer sin que se me partiera la voz. Cosas sobre el tren de medianoche. Sobre su padre. Sobre una promesa que se hizo a sí mismo en el andén: «No volver hasta ser alguien que merezca la pena».
Apreté el papel contra el pecho. Las lágrimas me rodaban por las mejillas y no me molesté en secarlas. Matías se había marchado por sentirse indigno.
No por falta de amor. Por exceso. Por un amor tan grande que le daba miedo no estar a la altura.
Saqué la segunda carta. Era más corta. Apenas cuatro líneas.
«He vuelto esta noche. Me he quedado bajo la farola de la calle Mayor, donde nos besamos la primera vez. Estabas cerrando la librería. Llevabas el pelo recogido con un lápiz, como siempre. No me has visto.
Ha sido mejor así.
Mañana cojo el primer tren.»
La farola. Hacía tres años. Aquella noche yo había cerrado tarde y había sentido una presencia en la calle, una sombra que se desvanecía cuando me giraba.
Creí que era imaginación. El cansancio. No era.
Matías había vuelto. Y se había marchado otra vez.
La tercera carta estaba fechada apenas unos meses después de su partida.
«Trabajo en una obra. Diez horas al día. Me duelen las manos y la espalda, pero he empezado a ahorrar.
Quiero estudiar. Quiero ser tasador. Quiero volver a verte con algo en las manos que no sea barro y vergüenza.
Tu abuela me escribió una vez. Una sola. Me decía que estabas bien. Que no te buscara. Que si de verdad te quería, te dejara volar.
La obedecí. Cada día me arrepiento un poco más.
Pero una promesa es una promesa.»
Guardé las tres cartas en la caja. Las manos me temblaban tanto que el cordel se me resbaló dos veces antes de conseguir atarlo. No podía leer más. No ahora. Tres eran suficientes para entenderlo todo y para que el pecho me doliera como si me hubieran arrancado algo.
Apoyé la caja sobre la colcha. Las lágrimas seguían cayendo, silenciosas, mientras la lluvia repiqueteaba sin tregua en la ventana. Matías se había ido por miedo a no ser suficiente.
Había pasado diez años sintiéndose indigno. Había vuelto y se había escondido bajo una farola. Había escrito once cartas y las había ocultado en mi mostrador como quien entierra un tesoro que no se atreve a reclamar.
Ahora estaba de vuelta, con su maletín de tasador y su cicatriz en la mandíbula. Ahora sabía lo de Fermín y lo de la cláusula de reversión. Ahora investigaba en silencio, como siempre, cargando con todo él solo.
Metí la caja bajo la almohada. Me sequé la cara con la manga del cárdigan.
No sabía si usar aquellas cartas para salvarlo o para salvarme. No sabía si algún día podría leerlas en voz alta sin romperme. Pero algo había cambiado. Algo pequeño y frágil, como una grieta en un muro muy antiguo.
Por primera vez en diez años, entendí que Matías no me había abandonado. Se había abandonado a sí mismo.
Y eso, aunque doliera, lo cambiaba todo.
Luna salió de la librería con la capucha calada hasta las cejas. El agua rebotaba en los adoquines y le salpicaba los tobillos. Cruzó la plaza sorteando los charcos con la bolsa de infusión apretada contra el pecho.
Clara vivía en la tercera casa de la calle del Horno, una fachada estrecha con geranios mustios en el balcón. La puerta estaba entreabierta. Luna empujó con el hombro y entró sin llamar.
—¡Doña Clara! Le traigo tilo.
Un grillo de cocina sonaba desde el fondo. Clara apareció secándose las manos en el delantal, el moño blanco bailándole en la coronilla.
—Ay, Lunita, pasa, que te vas a calar hasta los huesos. —Le quitó la bolsa y la guió hasta la mesa—. Siéntate, que saco las tazas.
Luna se dejó caer en una silla de enea. El vapor de la tetera empañaba los azulejos. Se quitó la capucha y se alborotó el pelo rosa con los dedos.
—Hoy está la cosa rara en la librería.
Clara colocó dos tazas sin decir nada. Vertió el agua caliente con un colador de rejilla.
—Valeria lleva toda la mañana en plan misterio —siguió Luna—. No me cuenta nada, pero se le nota.
—¿Notar el qué?
—No sé. Como si hubiera visto un fantasma. Y esta mañana la pillé de rodillas junto al mostrador antiguo, el que nadie mueve.
Dijo que estaba limpiando. ¿Limpiar a las ocho de la mañana? En fin.
La cucharilla de Clara tintineó contra el borde de la taza.
—¿Y qué más?
—Nada. Que lleva dos días con los ojos hinchados. Y cuando le pregunté si había dormido bien, me dijo que sí y se fue a la trastienda.
—Luna sopló la infusión—. Pero vamos, que tampoco es para tanto. Ya sabe cómo es Valeria.
Clara no respondió. Miraba el vapor que subía de su taza. Las manos le temblaban un poco al apoyarlas en la mesa. Luna se dio cuenta y dejó de soplar.
—¿Está usted bien?
—Claro, hija, claro. —Clara se levantó con un movimiento brusco que hizo tintinear las tazas—. Tonterías de vieja, que me acuerdo de cosas.
—¿Cosas de qué?
—Del mostrador ese. —Clara fue hasta el aparador y sacó un azucarero que no necesitaba—. Lo hizo el padre de Fermín, ¿sabes? El carpintero Cruz. Lo montó para la abuela de Valeria cuando abrieron la librería.
—No me diga. ¿Y eso qué tiene que ver?
—Que ese mostrador tiene más secretos que un confesionario. —Clara volvió a sentarse. Le temblaba la voz—. Si Valeria ha estado hurgando ahí, igual ha encontrado algo que no debía.
Luna frunció el ceño.
—¿Como qué?
—Yo qué sé, criatura. Papeles viejos. Recuerdos. —Clara se llevó la taza a los labios sin beber—. Cosas que una guarda y luego se arrepiente de haber guardado.
El grillo de la cocina pitó. Clara se levantó a apagarlo y se quedó de espaldas, apoyada en la encimera. Luna la observaba sin entender del todo.
—¿Quiere que me quede un rato más?
—No, no, vete tranquila. Luego tengo que hacer una cosa.
—¿Con esta lluvia?
—La lluvia no para, Lunita. Si esperamos a que escampe, nos morimos esperando. —Clara se giró. Tenía el ceño fruncido y los ojos brillantes—. Tú vete a casa, que se te enfría el tilo.
Luna se levantó a regañadientes. Recogió la bolsa y se despidió desde la puerta. Clara no la acompañó. Se quedó en la cocina, con las manos apoyadas en la mesa y la mirada fija en la pared.
El reloj de cuco marcó las cinco y media. Clara no lo oyó. Pensaba en las cartas. En las once cartas que hacía diez años había visto guardar a Matías en el doble fondo del mostrador, una noche de tormenta en la que él creyó que nadie lo veía.
Se quitó el delantal. Buscó el paraguas en el paragüero. Lo abrió y lo cerró dos veces.
La lluvia arreciaba contra los cristales. Clara soltó el paraguas y murmuró algo que se perdió en el ruido del agua.
—Esta noche.
La sala de archivo municipal estaba en el sótano del ayuntamiento. Olía a papel húmedo y a tinta vieja. Matías llevaba una hora inclinado sobre la mesa de lectura, con el plano de 1962 extendido junto a los catastrales actuales.
La luz del flexo parpadeaba cada vez que un trueno sacudía el edificio. Matías no se inmutaba. Tenía las mangas de la camisa remangadas hasta el codo y el chaleco desabrochado. El reloj de bolsillo descansaba sobre la carpeta abierta.
—¿Necesita algo más, señor Elizondo?
El archivero asomó por la puerta con un legajo polvoriento. Matías negó con la cabeza sin levantar la vista. El hombre se retiró arrastrando los pies.
Tres líneas le bastaron para detectar la primera anomalía. En el catastro de 1998, la parcela contigua a la librería figuraba como «taller de carpintería — titular: Cruz Pérez, Emilio». En el de 2010, la misma parcela aparecía como «anexo municipal — expediente de reversión condicionada».
Condicionada.
Matías repasó la nota al margen. Letra diminuta, casi borrada por el tiempo: «Reversión efectiva solo si el inmueble colindante (Calle Mayor, 4) pierde su uso comercial actual».
El inmueble colindante era la librería.
Buscó en el expediente actual. La cláusula de reversión que había fotografiado la noche anterior coincidía con esa nota, pero en los documentos que Fermín había adjuntado a la tasación no aparecía ninguna referencia al vínculo entre la librería y la parcela del taller.
Alguien había suprimido esa información.
Matías extendió el plano antiguo sobre el catastro moderno. Siguió con el dedo la línea del taller. La parcela de los Cruz quedaba justo en el centro de la manzana que el plan de reforma pretendía demoler. Si la librería cerraba, el terreno del taller revertía al ayuntamiento. Si el ayuntamiento era el propietario, la reforma se aprobaba sin indemnizar a nadie.
El padre de Fermín había construido la librería. Fermín ocultaba la cláusula que vinculaba la demolición con el beneficio directo de su propia familia.
Anotó las tres discrepancias en su bloc:
«1. Catastro 1998: taller Cruz — Catastro 2010: anexo municipal (reversión condicionada).»
«2. Condición: cierre de Calle Mayor, 4. Omitida en expediente de tasación actual.»
«3. Beneficiario indirecto de la demolición: Fermín Cruz, como heredero.»
El flexo zumbó. Matías guardó el bloc en el maletín. Fotografió los catastros con el teléfono y devolvió los legajos al archivero sin hacer preguntas.
Salió al pasillo. Las baldosas reflejaban la luz amarillenta de los apliques. El reloj de pared marcaba las siete menos cuarto.
No iría todavía a por Fermín. Primero necesitaba el informe oficial que acreditara la omisión. Luego, un notario. Luego, la asamblea.
Subió la escalera de dos en dos. El ruido de la lluvia se hizo más fuerte a medida que se acercaba a la puerta principal. Antes de salir, se detuvo bajo el soportal del ayuntamiento y miró hacia la librería.
La luz del escaparate brillaba detrás de la cortina de agua.
No cruzó la calle. Apretó el maletín contra el costado y caminó en dirección contraria, hacia la pensión, con el cuello del gabán levantado y el plano de 1962 doblado en el bolsillo interior.
El pasillo del archivo municipal olía a papel húmedo y a cera de abeja. Matías guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta. Las fotografías del plano de 1962 pesaban en el forro como una acusación aplazada.
Cruzó el vestíbulo con el maletín en la mano izquierda. Las baldosas ajedrezadas reflejaban la luz macilenta de una lámpara de pie junto al mostrador de información. Un funcionario de ventanilla recogía sus cosas para irse.
La lluvia repicaba contra la claraboya con un ritmo de tambor desafinado.
Matías se detuvo a medio camino de la puerta principal.
Valeria estaba junto al tablón de anuncios. Sostenía un folio doblado que no parecía oficial —una esquina de papel reciclado, con el membrete de alguna asociación vecial. Vestía el mismo cárdigan de punto amplio de otras veces, los vaqueros gastados, el colgante con la llave asomando sobre la camiseta.
El lápiz que le recogía el pelo estaba torcido.
—Señorita Castro —dijo él.
La voz le salió más seca de lo que pretendía.
Valeria giró la cabeza. Las gafas de pasta gruesa le resbalaron un milímetro por el puente de la nariz. El vaporcillo de la calefacción empañaba los cristales desde dentro.
—Señor Elizondo.
Tardó un segundo de más en responder. Un segundo que llenó con un pliegue minucioso del folio —doblez, presión con la uña del pulgar, alisado contra el costado del bolso de tela.
—No esperaba encontrarla en dependencias municipales —dijo Matías.
—He venido a consultar el acta de la última asamblea. —La voz le sonó neutra, casi administrativa—. Quería comprobar los plazos del procedimiento de exposición pública.
—¿Y ha encontrado lo que buscaba?
—El funcionario dice que ese expediente está en régimen de consulta restringida hasta que se convoque la votación.
—Eso no es correcto.
Una arruga de desconcierto le cruzó la frente. Se aflojó apenas, y enseguida se recompuso.
—Usted sabrá mejor que yo cómo funciona el procedimiento, supongo.
—El reglamento municipal obliga a facilitar el acceso a cualquier documento no declarado secreto por el pleno. —Matías hablaba con las frases completas, sin pausas, como si leyera un informe—. La votación no está convocada. El acta es pública.
Valeria lo miró.
Lo miró como se mira un libro que una vez se leyó entero y ahora está en un estante ajeno.
—Gracias por la información. La tendré en cuenta.
—No hay de qué.
El viento sacudió la puerta principal. El cristal vibraba en el marco y las gotas de lluvia estallaban contra el hierro forjado del porche exterior.
Ella dio un paso hacia la salida.
Él no se movió del centro del vestíbulo.
—Hace frío para andar sin paraguas —dijo Matías.
—No he traído.
—Yo también he estado en el archivo.
La frase cayó como una piedra en el silencio de las baldosas.
Valeria se giró. El bolso de tela osciló y golpeó su cadera con un ruido sordo —el peso de los libros, quizá el de las cartas que llevaba dentro.
—Ajá.
—Consultando unos planos de la calle Mayor. Cuestiones técnicas.
—Entiendo.
—La estructura de algunos edificios es más antigua de lo que figura en catastro.
Valeria se ajustó las gafas con el dedo índice, justo en el puente.
—Mi abuela siempre decía que este pueblo se construyó sobre cimientos que nadie recuerda.
—¿Su abuela?
—La fundadora de la librería. —El tono se le volvió formal, distante, como si leyera un contrato—. Elena Castro. Usted quizá no la conoció.
Matías apretó el asa del maletín hasta que el cuero crujió.
La había conocido.
Se había sentado en la trastienda con ella, diez años atrás, a escuchar historias sobre los libros que nadie buscaba y los lectores que llegaban sin avisar. Elena Castro le había servido café con leche en una taza descascarillada y le había dicho: mi nieta no habla mucho, pero mira como si lo entendiera todo.
—No tuve ocasión —mintió.
El funcionario de la ventanilla cerró el mostrador con un golpe metálico.
—Señores, vamos a cerrar dentro de cinco minutos.
Valeria asintió hacia el funcionario. Luego volvió la cara hacia Matías sin enfocarlo del todo —los ojos verdes fijos en un punto a la altura de su corbata, como si mirarlo a la cara costara demasiado.
—Que tenga buena noche, señor Elizondo.
—Igualmente, señorita Castro.
Ella empujó la puerta.
La lluvia la engulló de inmediato —el cárdigan se le pegó a los hombros en tres zancadas, el moño se deshizo parcialmente y el lápiz cayó al suelo con un tintineo que nadie oyó.
Matías se quedó quieto.
El funcionario apagó la lámpara de pie y el vestíbulo quedó a oscuras salvo por la claraboya, donde el agua seguía repicando sin tregua.
No la siguió.
Pero los nudillos le dolieron de apretar el maletín durante un minuto entero antes de salir él también.
Clara Villalba apartó la cortina de ganchillo con dos dedos.
Desde la ventana de su saloncito se veía el soportal de la librería. Y más arriba, la luz amarillenta del apartamento donde Valeria se había refugiado hacía una hora, con el pelo mojado y la espalda encorvada.
—Esa chica no va a cenar —murmuró.
Dejó caer la cortina.
El reloj de cuco marcaba las nueve y cuarto. La tormenta llevaba desde el anochecer repicando en los canalones con una furia que Clara no recordaba desde el otoño del noventa y siete.
Se plantó frente al perchero del recibidor.
No iba a dormir.
Lo sabía desde que Luna había salido de su casa con los ojos muy abiertos y una pregunta que Clara no había querido contestar: ¿usted sabía lo de las cartas, verdad?
—Claro que lo sabía, chiquilla —dijo en voz alta, mientras se ponía el abrigo de paño—. Pero no es lo mismo saberlo que contarlo.
El paraguas viejo estaba apoyado junto a la puerta. Un paraguas de varillas verdes que había sido de su marido, con el bastón de madera agrietado y la tela descolorida en los bordes.
Lo abrió en el umbral.
La primera ráfaga de viento lo dobló hacia atrás como una flor al revés.
—Válgame Dios.
Dos varillas partidas. La tela rasgada de un lado a otro con un desgarrón que silbaba al paso del aire.
Clara lo cerró de golpe. El agua le corría ya por la frente y le pegaba el rodete apretado contra la nuca.
Miró la calle Mayor.
La librería estaba a cien metros escasos. Cien metros de adoquines convertidos en un río de barro, con el alcantarillado rebosando junto a la fuente de la plaza. La cortina de lluvia era tan densa que no se veía el soportal de la panadería, apenas a la mitad del camino.
—Clara Villalba, que tienes setenta años y las rodillas de una santa —se dijo—. No vas a cruzar eso.
Se refugió bajo el soportal de su propia casa.
El alero de teja árabe canalizaba el agua en un chorro continuo que salpicaba el dobladillo del vestido de flores. Las zapatillas ortopédicas empapadas. El pañuelo bordado, inservible, chorreaba sobre el escote.
Alzó la vista.
Allí estaba.
La luz del apartamento sobre la librería. Cálida, quieta, recortada contra el cielo negro de tormenta. Valeria estaría sentada en el sofá de la abuela, con las cartas extendidas sobre la mesa baja. O quizá solo con una, releyendo una frase una y otra vez hasta sabérsela de memoria.
—Ay, Valita —susurró—. Si supieras lo que yo sé.
La tormenta no cedía.
Clara se apoyó en la pared de cal desconchada. Tenía la carta arrebatada a Luna en el bolsillo del delantal. La notaba allí, caliente contra la cadera, como si el papel tuviera memoria de las manos que lo escribieron.
Palabras atrapadas, decía la tradición.
Y la tradición mandaba no entregarlas hasta que dejara de llover.
Clara miró el cielo. El cielo era una bóveda cerrada, uniforme, sin una sola grieta de claridad entre las nubes.
Apretó la carta contra el delantal.
—Pues va a ser que no va a dejar de llover en cuarenta días —masculló—. Y yo no puedo esperar cuarenta días.
Pero no se movió.
El viento le arrancó el paraguas roto de las manos y lo arrastró calle abajo, rebotando contra los adoquines con un ruido de alambre y tela mojada.
Clara ni siquiera lo miró.
Seguía con los ojos fijos en la ventana iluminada del apartamento sobre la librería.
Y la tormenta continuó.