La librería de la lluvia
Episodio 6
La noche se había ido sin que Valeria la notara. El reloj de la pared marcaba las siete y media de la mañana, pero ella seguía en el mismo sitio: las piernas encogidas sobre el sillón, las cartas de Matías esparcidas en la mesa baja como un juego de naipes que nadie se atrevía a barajar.
Había leído tres.
Las otras ocho seguían allí, con los bordes amarillentos rozándole la punta de los dedos. La cuarta estaba a medio abrir. El papel tenía una mancha de humedad en la esquina, justo donde Matías había apoyado el pulgar diez años atrás.
Valeria se quitó las gafas. Las limpió con el borde del cárdigan. Las gafas volvieron a empañarse con el vaho de la lluvia que golpeaba el tragaluz.
Cogió la cuarta carta.
La desdobló.
La letra de Matías era pequeña y apretada, como si hubiera escrito contra el tiempo. Las frases no ocupaban todo el renglón. Quedaban huecos, silencios blancos entre palabras que decían más de lo que callaban.
*He escuchado cosas. En el barracón del archivo hablan de la calle mayor. Dicen que quieren ensanchar la vía, que las casas viejas estorban.
Yo pregunto y Fermín me mira como si sobrara. Dice que la tasación es solo un trámite. Que no me meta.*
Pero me he metido.
*He visto los planos antiguos, Valeria. Los que guardaba tu abuela en la trastienda. La librería está en medio de todo.
Y yo soy el que viene a medirla para decir cuánto vale. ¿Cómo se mide lo que no es mío? ¿Cómo se pone precio a lo que te quieren quitar?*
No soy quién para defenderla. Soy un tasador recién titulado, con las manos vacías y el apellido de un padre que nadie respeta. Si me quedo, te estorbo. Si hablo, me callan. Si me callo...
La frase se interrumpía.
El resto del renglón era un borrón de tinta corrida por el agua. Valeria tocó la mancha con la yema del dedo. No era agua de lluvia. Era demasiado redonda, demasiado precisa. Una lágrima seca sobre el papel de carta.
Se quedó mirando el techo.
Diez años creyendo que Matías se había ido porque no quería quedarse. Diez años repitiéndose que el amor era un préstamo que siempre vencía, que la gente se marchaba y no volvía y no había más que decir.
Y resulta que él se fue porque creyó estorbar.
Porque pensó que su presencia ponía en peligro la defensa de la librería. Porque alguien —Fermín, el ayuntamiento, las miradas en el barracón— le había hecho sentir que su voz no valía nada.
Valeria apretó el papel. Lo alisó contra la mesa.
Leyó la última línea.
Ojalá tú sí puedas.
Se puso de pie. Las piernas le temblaban. Cogió la carta y la dobló con cuidado, como si el papel fuera de cristal. Se la guardó en el bolsillo del cárdigan.
Necesitaba hablar con alguien que supiera.
Alguien que hubiera estado allí.
La casa de Clara olía a café requemado y a ropa tendida dentro de casa. Las paredes del pasillo estaban forradas de estampitas y calendarios viejos, y en cada rincón había un mueble que no servía para lo que fue comprado.
Valeria empujó la puerta. No había llamado. Clara estaba en la cocina, de espaldas, removiendo algo en una cazuela con una cuchara de palo.
—Ay, Valita —dijo sin girarse—. Te he sentido llegar. Tienes unos pasos que no se confunden.
—Lo sabías.
Clara dejó la cuchara sobre la encimera. Se limpió las manos en el delantal.
—¿Que sabía qué?
—El plan de demolición. —Valeria sacó la carta del bolsillo. La extendió sobre la mesa de formica—.
Matías lo supo hace diez años. Lo escribió aquí. Y tú estabas en todas partes, Clara. Siempre lo estás.
El silencio se llenó con el borboteo de la cazuela.
Clara se volvió despacio. Tenía los ojos húmedos, pero no lloraba. Sus manos se aferraban al respaldo de una silla como si fuera un bastón.
—Sí —dijo—. Lo supe.
—¿Cuándo?
—Antes que él. Antes que nadie. Fermín lleva veinte años con esa cantinela.
“La calle mayor necesita ensancharse, las casas viejas son un peligro”. —Clara resopló—. Lo que no dice es que el taller de su padre está en medio del solar.
—Eso ya lo sé.
—¿Ah, sí?
—Matías lo descubrió ayer. —Valeria se quitó las gafas. El vaho había vuelto a empañarlas—. Lo que quiero saber es por qué no me lo dijiste tú.
Clara se dejó caer en la silla. El delantal le quedaba grande y los hombros se le hundieron bajo la tela de flores.
—Porque no habrías aguantado, Valita. —La voz le salió más baja, sin el atropello de costumbre—. Acababas de perder a tu abuela.
Matías se había ido sin decir adiós. Tenías veintitrés años y una librería que se te caía encima. ¿De verdad querías que yo llegara y te soltara: “Ay, mija, que además la quieren demoler”?
—Era mi decisión. No la tuya.
—Y yo soy una vieja metomentodo que no sabe callarse. —Clara se golpeó el pecho con la palma abierta—. Pero esto me lo callé.
Porque te vi llorar durante seis meses seguidos. Porque cada vez que Fermín sacaba el tema en la asamblea, yo me levantaba y le decía que no. “La librería no se toca”. Y punto.
Valeria se quedó de pie. La carta seguía sobre la mesa de formica, junto a un salero con forma de gallina y un bote de pimentón sin tapa.
—Hay más —dijo—. Hay algo que no me estás contando.
Clara desvió la mirada hacia la ventana. La lluvia resbalaba por el cristal en regueros gruesos.
—Yo...
—No me mientas, Clara. Ahora no.
—No te miento. —La anciana se frotó las manos—. Hay cosas que no son mías para contarlas. Palabras que no me pertenecen.
—¿Qué palabras?
—Las que guardo. —Clara alzó la barbilla—. La tradición dice que las palabras atrapadas se entregan cuando la lluvia pare. Y esta lluvia no va a parar hoy.
Valeria sintió un nudo en la garganta. No era rabia. Era algo peor: la certeza de que Clara sabía más de lo que decía, y que ese más tenía que ver con Matías, con las cartas, con los diez años de silencio que las separaban como un muro de agua.
—¿Cuánto más me has escondido?
—Lo que hice falta para que no te rompieras del todo.
—No te pedí que me protegieras.
—Por eso lo hice. —Clara se levantó con dificultad, apoyándose en la mesa—. Porque los que piden protección suelen ser los que menos la necesitan.
Valeria cogió la carta de la mesa. La dobló otra vez. Se la guardó en el bolsillo.
—Me has decepcionado —dijo.
Y su tono era formal, distante, como si leyera un contrato.
Salió sin cerrar la puerta.
El archivo municipal olía a papel húmedo y a tinta de impresora barata. Las estanterías metálicas se alineaban en pasillos estrechos, y la única luz era un fluorescente que parpadeaba cada pocos segundos.
Luna apartó una caja de legajos con la cadera.
—Tía, esto está peor que mi cuarto en época de exámenes.
Matías no respondió. Estaba inclinado sobre una mesa auxiliar, con los dedos manchados de polvo de archivo. Había desplegado tres carpetas, y las comparaba en silencio, pasando las páginas con la yema del pulgar.
—Oye —Luna se acercó—. ¿Por qué no le pides a Valeria que te ayude? Ella conoce esto mejor que nadie.
—No.
—Pero...
—No la mezcle en esto.
Luna levantó las cejas. Se apoyó en la estantería y cruzó los brazos.
—Mira, tío Maletín, yo no sé qué historia tenéis vosotros dos. Pero llevas tres días con cara de perro apaleado y ella no duerme desde que llegaste. En plan, algo tendréis que hablar, ¿no?
Matías alzó la vista. Sus ojos azules se clavaron en Luna sin pestañear.
—No.
—Vale, vale. —Luna levantó las manos—. Tema tabú. Lo pillo.
Se dio la vuelta y siguió hurgando en las cajas. Al cabo de un minuto, silbó.
—Aquí está. “Expediente de tasación n.º 47/2023”. Con un post-it que pone “criterios técnicos originales”. ¿Esto te sirve?
Matías cogió la carpeta. La abrió sobre la mesa. Los dedos le temblaban ligeramente mientras pasaba las hojas —no de emoción, sino de esa contención tensa que llevaba arrastrando desde el día anterior.
La primera página era un listado de parámetros: antigüedad del inmueble, estado de conservación, valor patrimonial, adecuación a normativa. Debajo, una tabla con puntuaciones del uno al diez.
Y en la copia que él había recibido del ayuntamiento, tres de esas puntuaciones eran distintas.
—Lo han alterado —murmuró.
—¿Cómo?
—Las cifras. El valor patrimonial baja dos puntos. La adecuación a normativa, otros tres. —Señaló la tabla con el dedo—. Aquí pone siete, y aquí...
—Un cuatro —completó Luna—. Tía, eso es tongo.
Matías cerró la carpeta. Se quedó quieto, con las manos apoyadas en el borde de la mesa. Luego, por costumbre, buscó el reloj de bolsillo en el chaleco.
Lo abrió.
Las manecillas estaban quietas. Marcaban las once y cuarenta y siete de la noche. La hora exacta en la que, diez años atrás, había subido al tren de medianoche sin mirar atrás.
Cerró la tapa con un chasquido.
—Gracias —dijo.
—¿Y ahora qué?
—Ahora sé quién miente.
Fermín Cruz salió del ayuntamiento con un martillo en una mano y un papel plastificado en la otra. La lluvia le resbalaba por el bigote y le empapaba la corbata de poliéster, pero él caminaba erguido, con la satisfacción del que va a cumplir un trámite que lleva años esperando.
Clavó el anuncio en el tablón de la plaza. Cuatro chinchetas, una en cada esquina. El plástico brilló bajo el aguacero.
—Queda convocada la asamblea vecinal —proclamó, aunque solo lo oían los soportales vacíos— para el día veintidós del presente mes, a las diecinueve horas en el salón de plenos, con carácter extraordinario y un único punto en el orden del día.
Hizo una pausa. Se ajustó el pin del escudo municipal.
—Dicho punto será la aprobación del proyecto de reforma y ensanche de la calle mayor, conforme a los informes técnicos preceptivos emitidos por la oficina de urbanismo y la tasación externa en curso.
Valeria dobló la esquina en ese momento. Traía el cárdigan calado hasta los huesos y la carta de Matías pegada al muslo, dentro del bolsillo mojado.
Se detuvo.
Matías salió del archivo por la puerta lateral, justo al otro extremo de la plaza. Llevaba la carpeta bajo el brazo y el reloj de bolsillo apretado en el puño. La vio.
Ninguno de los dos se movió.
Fermín se giró hacia la librería. La señaló con el martillo.
—Las manos que la levantaron no pueden detener el progreso —dijo, y su voz resonó contra la fachada de piedra—. Mi padre construyó ese edificio junto con el viejo Castro. Pero los tiempos cambian. El progreso no entiende de sentimentalismos.
Clavó la última chincheta.
Valeria sintió las palabras como un golpe seco. No por la amenaza —eso ya lo sabía—, sino por la revelación: el padre de Fermín había levantado las paredes que ahora su hijo quería demoler.
Fermín se metió en el ayuntamiento sin mirar atrás.
La plaza quedó en silencio. Solo la lluvia.
Valeria caminó hacia el tablón. Leyó la fecha. Dos semanas.
Alzó la vista.
Matías seguía al otro lado de la plaza, bajo el soportal de la fuente. El agua le corría por las sienes. Sus ojos azules la miraban fijos, sin pestañear.
No se acercaron.
No hablaron.
Pero los dos estaban allí, bajo la misma tormenta, separados por treinta metros de adoquines mojados y diez años de cartas que ninguno se atrevía a entregar.
La librería estaba a oscuras cuando Valeria entró. No encendió la luz. Se quedó de pie junto al mostrador, con el anuncio plastificado en la mano —Fermín se lo había dado al verla mirar el tablón, con una reverencia burocrática que olía a triunfo.
Apoyó el papel sobre la madera. La tinta se estaba corriendo en los bordes.
Dos semanas.
Catorce días de lluvia para convencer a un pueblo de que una librería vieja valía más que una calle nueva.
Las cartas de Matías seguían arriba, sobre la mesa del apartamento. Ocho sin leer. Una en el bolsillo, manchada de lágrimas. Y la respuesta que ella había escrito —«Nunca te busqué, pero siempre te encontré»— escondida junto a la original, en el doble fondo del mostrador.
Valeria apoyó las palmas en la madera. La madera estaba fría. La notaba viva bajo las manos, como si absorbiera el peso de todo lo que había pasado sobre ella.
La lluvia repiqueteaba contra los cristales del escaparate. No amainaba. No iba a amainar.
Afuera, la plaza seguía vacía.
Y en algún lugar del pueblo, Clara guardaba un secreto en su costurero.
La tarde cayó sin que se notara. El cielo era el mismo manto gris de la mañana, y la única diferencia era que las farolas de la plaza se habían encendido, reflejando su luz amarilla en los charcos.
Clara estaba sentada en su habitación. La carta que Luna había encontrado en el libro de Benedetti seguía en el bolsillo del delantal, y el delantal colgaba del respaldo de la silla.
Abrió el costurero.
Era una caja de madera con incrustaciones de nácar, heredada de su propia abuela. Dentro había carretes de hilo, agujas clavadas en un alfiletero de terciopelo, tijeras pequeñas y un retal de tela oscura que no había usado nunca.
Debajo del retal, un sobre.
Lo sacó con cuidado. El papel tenía el color del té, y en el anverso, con letra temblorosa de veintitrés años, ponía: «Para Matías».
Era la letra de Valeria.
Clara nunca la había leído. No hacía falta. Sabía lo que decían las cartas que no se envían: pedazos de uno mismo que se arrancan y se esconden para no tener que cargar con ellos.
La tradición mandaba entregarla cuando la lluvia cesara. Y Clara creía en las tradiciones —en todas, incluso en las que ella misma se inventaba para protegerse de la verdad.
Guardó la carta en el costurero.
Cerró la tapa.
—Cuando pare de llover —murmuró—. Cuando pare.
Pero la lluvia siguió cayendo, y el costurero guardó en silencio las palabras atrapadas de una muchacha que, diez años atrás, tampoco se había atrevido a enviar lo que sentía.