La librería de la lluvia
Episodio 7
La llovizna golpeaba el escaparate con un repiqueteo suave cuando sonó la campanilla de la puerta.
Valeria levantó la vista del mostrador. El libro que acababa de apartar, una novela con las tapas tan gastadas que el título apenas se leía, resbaló del atril y cayó cerrado. El aroma de las hojas viejas se mezcló con el olor a tierra mojada que entraba por la rendija de la puerta.
Clara entró con un paquete envuelto en tela de cuadros. Lo apretaba contra el cuerpo como si pesara más que el carrito de la compra que había dejado fuera, bajo el alero. Fuera, el carrito metálico se mojaba, y el agua formaba un pequeño charco que serpenteaba hacia el bordillo. Traía el pañuelo de flores torcido y las zapatillas ortopédicas salpicadas de barro.
No dijo nada al principio. El silencio que traía se parecía al del local antes de abrir, cuando las palabras aún dormían entre las páginas. Avanzó hasta el mostrador con pasos cortos y dejó el paquete sobre la madera gastada.
Valeria lo miró sin tocarlo. La tela de cuadros estaba mojada, y las manchas de humedad formaban mapas minúsculos sobre la superficie.
—¿Qué es esto, Clara?
—Lo que tendrías que haber recibido diez años atrás.
Valeria sintió un vuelco en el estómago, como si todas las mañanas perdidas de repente pesaran sobre el mostrador. La voz de Clara sonaba distinta. Sin refranes, sin diminutivos.
—Son siete —siguió—. Las escribiste tú. Las metiste en libros que nunca volviste a abrir y yo... yo las fui encontrando.
Valeria posó la mano sobre el paquete. La tela estaba húmeda. La mano le tembló ligeramente al contacto con el tejido áspero y frío. Debajo, algo crujía, como hojas secas.
—¿Las guardaste?
Valeria notó cómo la pregunta se le quebraba en la garganta.
—Una por una. Cada vez que venías a la librería con los ojos hinchados, yo ya sabía que habías escondido otra.
El recuerdo de aquellas tardes se le encendió en la memoria: el timbre de la puerta, las visitas breves que Clara fingía para colocar un libro y mirar de reojo.
—¿Y por qué no me las devolviste?
Clara carraspeó, y el sonido resonó demasiado fuerte en el vacío de la librería. Luego se llevó el pañuelo a la comisura del ojo.
—Porque entonces aún llovía, Valita. Y las palabras atrapadas no se entregan mientras llueve.
Valeria cerró los puños sobre el mostrador. Conocía esa leyenda campesina, la de los secretos que se mojan y se pudren si se sacan a la luz bajo el agua.
—No me mientas con tradiciones.
El tono de Valeria se volvió frío. Formal. Como si leyera un contrato. Las palabras se le clavaban en el paladar, pero no quiso retirarlas.
—Tú no crees en eso. Creíste que escondiéndolas evitabas que sufriera.
Clara apretó los labios, y las arrugas alrededor de la boca se le marcaron como surcos en la tierra seca. Bajó la cabeza.
—Pensé que si no las mandabas, el tiempo las borraba solas. Como las hojas secas. Pero no se borran. —Señaló el paquete con un dedo tembloroso—. Ahí dentro sigues tú, la de entonces, queriendo a ese muchacho que se fue sin avisar.
El dedo de Clara, artrítico y nudoso, dejó una leve huella de vapor sobre la tela.
Valeria deshizo el nudo de la tela.
Dentro había siete sobres amarillentos. Sin sellos, sin direcciones. Solo fechas con su propia letra: octubre, noviembre, diciembre de hace diez años. El papel desprendía un olor a cerrado, a madera de armario antiguo. Cada sobre parecía conservar la forma de las manos que los habían escondido.
—No supe que Matías también había escrito —dijo Clara—. Eso lo descubriste tú solita. Yo solo tenía las tuyas.
Valeria sintió una punzada. Las suyas le quemaban en el cajón de arriba.
—¿Las leíste?
—Nunca. —Clara levantó la barbilla—. Una alcahueta no lee las cartas, Valita. Las guarda. Que no es lo mismo.
La dignidad de esa afirmación, brotando de aquella mujer empapada y temblorosa, desarmó algo en Valeria. Acarició el sobre superior. La tinta de la fecha se había corrido con la humedad de los años, convirtiendo octubre en una mancha azul que parecía una lágrima seca.
—¿Elena lo supo?
Al nombrar a su abuela, el aire se espesó. Era como abrir una ventana al pasado.
—Tu abuela fue quien me dijo dónde buscarlas. «En los libros que ella no toca», decía. Pero no me pidió que te las quitara. Me pidió que te las guardara hasta que dejaras de llorar.
Clara esbozó una sonrisa triste. Aquella frase la había repetido como quien conoce cada rincón del corazón ajeno.
—Y no he dejado.
La frase salió sin rabia. Solo constatando un hecho. La lluvia pareció arreciar en ese instante, como si el cielo quisiera subrayar sus palabras.
Clara extendió la mano hacia ella, pero la retiró antes de rozarle el brazo. El gesto se quedó a medio camino, suspendido en el aire cargado de lastaduras.
—Ayer me echaste de tu casa con razón. He pasado la noche cosiendo sin parar. Y esta mañana he pensado: Clara, has guardado secretos que no eran tuyos. Devuélvelos.
La voz se le quebró en la última sílaba.
—¿Cree que esto arregla algo?
—No. —Clara sacudió el pañuelo—. Pero te devuelve lo que es tuyo. Y a mí me quita un peso que ya no puedo cargar.
El pañuelo goteó sobre el mostrador, y las gotas resbalaron hasta el borde como lágrimas prestadas. Valeria las miró caer sin decir nada.
Valeria alzó el paquete. Lo sostuvo con las dos manos, como si fuera un animal herido. Aquel peso, el de los secretos ajenos, debía de ser como un abrigo mojado que no deja moverse.
—Necesito estar sola.
Sus propias palabras le sonaron ajenas, prestadas de algún manual de despedidas.
—Lo entiendo.
Clara asintió, y el movimiento hizo que una horquilla se le soltara del moño, dejando escapar un mechón gris que se le pegó a la mejilla.
—Gracias por guardarlas. —La voz le tembló apenas—. Pero ahora vete.
El «gracias» le quemó en la lengua, pero era verdad.
Clara dio media vuelta y se fue. Las zapatillas resonaron en el suelo de madera hasta que la campanilla volvió a sonar. El sonido se mezcló con el repiqueteo de la lluvia en el toldo, creando una melodía triste de despedida.
Valeria se quedó inmóvil junto al mostrador.
Miró el sobre de octubre.
Lo abrió. El papel crujió como si despertara de un sueño de diez años.
«Matías: Hoy no ha venido nadie a la librería. La lluvia no para y yo no sé cómo decirte que te necesito sin que suene a chantaje.»
Cerró los ojos. El olor a tinta rancia le trajo la imagen de aquella noche con una nitidez casi hiriente.
Recordó la noche en que escribió esas líneas. La ventana que no cerraba bien. El viento que apagaba las velas. Y la certeza, ya entonces, de que no enviaría nunca esa carta. Pudo ver su reflejo de entonces, más joven, sentado ante la misma mesa del piso de arriba, mordiendo el extremo de la pluma mientras la cera se derramaba sobre el platillo.
Subió al piso de arriba con el paquete apretado contra el pecho.
En su habitación, junto a la ventana empañada por la llovizna, abrió el cajón donde guardaba las cartas de Matías. La madera protestó con un quejido seco. Dentro, estaban atadas con un cordón de cuero, ordenadas por fechas. Sacó la última. La que había leído al amanecer con el corazón encogido.
«Sé que tarde o temprano querrán tirarla. No soy quién para impedirlo. Ojalá tú sí puedas.»
Lo leyó tres veces. Las palabras bailaban ante sus ojos, pero cada relectura le asentaba una verdad que aún no quería aceptar.
Luego cogió el sobre de octubre de su propia mano. Releyó la línea: «No sé cómo decirte que te necesito.»
Eran la misma carta.
Escritas por dos personas distintas con diez años de diferencia. Las dos diciendo lo mismo sin atreverse a enviarlo. Las dos escondidas en el mismo mostrador, en los mismos libros, bajo la misma lluvia. Una coincidencia tan cruel que parecía un chiste del destino, o quizás la prueba de que el amor torpe sobrevive en papel mojado.
Se llevó la mano al pecho. La comprensión le golpeó con la fuerza de un tren que no se ve venir. Respiró hondo, tragando el aire denso de la habitación.
Él no se fue porque no la amara.
Se fue porque creyó que estorbaba.
Creyó que sin él, ella podría luchar mejor por la librería. Creyó que su ausencia era un regalo.
—Idiota —murmuró.
Pero el insulto no sonó a insulto. Sonó a nudo en la garganta.
Guardó las cartas de Matías en el cajón. Dejó las suyas sobre la colcha. Bajó a la planta baja con pasos lentos, descalza, notando la frialdad de cada peldaño en las plantas de los pies.
Al abrir la puerta de la calle para recoger el carrito de Clara, que seguía bajo el alero, vio a la anciana de pie junto a la farola.
Clara no se había ido.
Estaba empapada hasta los tobillos, con el pañuelo chorreando, esperando sin atreverse a entrar. El pañuelo, ahora un trapo oscuro y pesado, le escurría por la frente. La farola proyectaba su sombra alargada sobre el adoquín mojado, una figura diminuta y obstinada.
Valeria cruzó la acera. La abrazó.
—Gracias por guardarlas —repitió.
Y esta vez no pidió que se fuera.
Clara se aferró a ella con las manos húmedas y frías.
—Perdóname, Valita. Perdóname por todo.
Las dos permanecieron bajo la lluvia, meciéndose apenas, mientras el agua borraba las fronteras entre el llanto y las gotas del cielo.
—
Matías dobló la esquina de la calle Mayor cuando la lluvia arreciaba. El ruido de sus pasos en los charcos marcaba un ritmo que intentaba calmar sus pensamientos. Había pasado la noche en vela revisando los documentos en la mesa de la pensión, bebiendo café amargo y escuchando el ronquido del viento en las rendijas.
Traía la carpeta del expediente bajo el brazo y una decisión tomada tras tres horas de insomnio: iba a decirle a Valeria que se quedaba. Hasta la votación. Hasta que Fermín diera explicaciones por la tasación alterada. Hasta que ella no necesitara nada más.
Levantó la vista hacia la librería.
Y las vio. A través de la cortina de lluvia, las siluetas se fundían en un abrazo que le quemó las retinas.
Valeria y Clara abrazadas bajo la lluvia. Clara sollozando sobre el hombro de Valeria, y Valeria sosteniéndola con una ternura que Matías apenas recordaba haber recibido.
Solo distinguió un fragmento: «...gracias por guardarlas». Las palabras llegaron amortiguadas por el estruendo del agua, pero suficientemente claras para clavársele en el pecho.
Matías se detuvo en seco.
El agua le resbalaba por el cuello de la camisa. Sintió el frío líquido deslizarse por la columna, un escalofrío que no tenía que ver con el clima.
Entendió mal. Entendió que Valeria había perdonado a Clara. Que la anciana que había ocultado el plan de demolición durante diez años recibía ahora un abrazo sincero. La imagen lo dejó vacío, como si acabaran de arrancarle la última página de un libro que creía conocer de memoria.
Y él, que solo había pretendido protegerla —aunque lo hiciera mal, aunque se fuera sin explicarse—, seguía sin poder cruzar esa puerta. La culpa y la incomprensión formaron un nudo en su garganta. Apretó la carpeta contra el pecho y sintió los latidos desbocados.
Clara alzó la vista y lo vio.
Él negó con la cabeza.
Giró sobre sus talones y regresó por donde había venido. La carpeta, empapada, goteaba contra el muslo. Cada paso le costaba más que el anterior, como si las suelas se le pegaran al asfalto mojado.
—
La pensión olía a sopa hervida y a madera húmeda. El aroma a caldo de verduras flotaba en el pasillo, mezclado con el ligero tufo a lejía de las sábanas recién lavadas.
Valeria entró a media tarde, con el pelo chorreando y los dedos manchados de tinta. Luna, desde el mostrador, le indicó la sala común con un gesto silencioso. La miró y supo que algo se había roto y algo había vuelto a unirse; por eso no dijo nada y solo señaló con la barbilla hacia el fondo.
Matías estaba junto a la ventana empañada. Repasaba los planos alterados con la misma concentración que diez años atrás, cuando calculaba si podía pagarse los estudios sin ayuda de nadie. El vaho de la lluvia cubría el cristal como una cortina lechosa. Los números y cotas de los planos se le difuminaban bajo las yemas de los dedos.
Levantó la vista. No sonrió.
—¿Necesita algo?
El usted cayó como una losa. Valeria parpadeó. La formalidad le arañó los oídos. Respiró hondo para que la voz no le temblara.
—Quería hablar con usted. —Devolvió el formalismo sin pestañear—. Sobre la tasación.
—He decidido posponer mi marcha. Hay vicios de procedimiento en el expediente.
—Eso ya lo sé.
Matías enarcó una ceja.
—También sé que usted los encontró —siguió Valeria—. Luna me lo contó.
—Bien.
—No he venido a hablar de la tasación.
Silencio. El tictac de un reloj de pie en el rincón de la sala común se coló en el silencio, marcando los segundos como un tambor funerario.
—No tengo nada más que decir.
—Yo sí —dijo Valeria—. Usted se fue creyendo que estorbaba.
La palabra «estorbaba» resonó en la sala vacía, y Matías sintió que se le hundía el estómago. Apretó la mandíbula.
—Eso fue hace diez años.
—Y no era verdad. Nunca fue verdad.
—Ahora lo sé.
—Entonces, ¿por qué me trata como a una desconocida?
Valeria dio un paso adelante, y el agua de su ropa goteó sobre las tablas del suelo, dejando un reguero oscuro.
Matías se puso de pie. Cerró la carpeta. La dejó sobre la mesa con un golpe seco.
—Porque debo terminar esto e irme. La asamblea es en dos semanas. Después, el ayuntamiento resolverá.
—¿Y luego?
—Luego tomaré el tren.
—Miente.
—No tengo por costumbre mentir.
—Tiene por costumbre callar. Lo que le da miedo, lo entierra en silencio.
Las palabras de Valeria eran como agujas frías. Matías sintió cómo la humedad del ambiente le empapaba el alma. Recogió los planos. Los metió en la carpeta con movimientos precisos.
—Cuando termine la lluvia —dijo, sin mirarla—, todo será más fácil.
—No va a terminar en dos semanas. Lleva semanas sin parar. ¿Se ha fijado?
—He contado los días.
—¿Y?
—Y nada.
Valeria podía oír la frustración en cada sílaba escueta. Dio un paso hacia él.
—¿Qué vio esta mañana?
Matías se quedó inmóvil.
—Vi lo que tenía que ver.
—No. Vio un abrazo y sacó conclusiones.
—Yo no saco conclusiones.
—Entonces dígame qué vio.
—La vi a usted con Clara.
—¿Y?
—La perdonó. —La voz le salió más baja—. Hizo bien.
—¿Usted también va a pedir perdón algún día?
La pregunta flotó entre ellos como una mariposa ciega, chocando contra las paredes invisibles que ambos habían levantado.
Matías alzó la carpeta hasta la altura del pecho, como un escudo.
—Mi tren sale a medianoche. —Mintió—. Debo preparar el equipaje.
Valeria lo miró a los ojos. Sostuvo la mirada sin pestañear.
—No va a tomar ese tren.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque nunca tomó el que de verdad importaba.
Salió de la sala común sin esperar respuesta. Las puertas se cerraron con un golpe suave, como un suspiro de resignación. El eco de sus pasos se perdió en el pasillo, y luego el rugido de la tormenta lo envolvió todo.
Matías se quedó de pie junto a la ventana. Empañó el cristal con el aliento. Escribió algo con el dedo y lo borró antes de que pudiera leerse. La letra invisible decía «perdón», pero él mismo no estaba seguro.
—
Esa noche, en su casa, Clara abrió el costurero.
Sacó el retal oscuro que cubría el fondo. Debajo estaba la carta de Valeria a Matías, la que nunca había leído, la que nadie había visto.
«Para Matías», decía el sobre, con letra temblorosa de veintitrés años.
La acarició con el pulgar. Sintió la textura rugosa del papel barato, el mismo que vendía en la librería en los tiempos de bonanza. El sobre desprendía un aroma a hierbas secas, a los saquitos de lavanda que guardaba en el costurero para espantar la polilla.
Luego la guardó otra vez, bajo la tela, en el mismo rincón.
Cerró la tapa.
—Cuando pare de llover —murmuró—. Cuando pare de una vez.
Apagó la vela. El resplandor anaranjado se apagó y la habitación quedó sumida en una penumbra azulada. La tormenta seguía rugiendo fuera, y el aullido del viento se colaba por la chimenea haciendo bailar los flecos de la alfombra.
—
En su habitación de la pensión, Matías oyó el silbido del tren de medianoche.
Se alejaba.
Puntual, como siempre. Como cada noche desde que llegó al pueblo.
Debía estar en ese tren. Lo había dicho en voz alta. Lo había repetido delante de Valeria como quien recita una sentencia.
Y no lo había tomado.
Se quedó sentado en el borde de la cama.
El reloj de bolsillo marcaba las once y cuarenta y siete. Seguía parado. Golpeó la esfera con el dedo, pero las agujas no se movían.
Se preguntó cuánto tiempo llevaba detenido. Quizás años, quizás solo las horas que necesitaba para decidir quedarse. Dejó el reloj sobre la mesita y se frotó las sienes, donde un dolor sordo empezaba a martillear.
—
En el piso superior de la librería, Valeria apagó la luz.
Se tendió en la cama con los ojos abiertos.
Esperó las lágrimas.
Pero no llegaron.
Solo el repiqueteo de la lluvia contra los cristales, la humedad filtrándose por la ventana que nunca cerraba del todo, y las siete cartas desplegadas sobre la colcha como un mapa de todas las cosas que no supo decir. Alargó la mano y rozó el borde de una de las cartas. El papel estaba frío, pero la tinta parecía guardar el calor de aquel amor antiguo. Supo que mañana las leería todas, una por una, y que después, cuando escampara, tomaría una decisión.