FeverStory

La librería de la lluvia

Episodio 8

El olor a papel húmedo se había vuelto parte de la respiración. Valeria alisó la carta contra el mostrador —la cuarta de las once, la que hablaba de trenes perdidos y de un andén donde Matías esperó tres horas sin que ella llegara— y la dobló en tres partes.

El bolsillo del cárdigan pesó distinto cuando la guardó.

Luna, subida a la escalerilla del fondo, fingía ordenar la sección de botánica. No miraba, pero sus manos iban más despacio de lo normal.

El picaporte de la puerta giró con un chasquido que se comió el repiqueteo de la lluvia.

Clara entró envuelta en un impermeable amarillo que goteaba sobre el felpudo. Traía el paraguas plegado bajo el brazo y los ojos hinchados, como si no hubiera dormido desde la tarde anterior.

—Valita, no lo hagas.

Valeria se quedó quieta junto al mostrador. Su voz salió sin calor.

—No sé a qué se refiere.

—Sí lo sabes. —Clara avanzó dos pasos y se detuvo ante el paraguas que Valeria había dejado abierto junto a la puerta—. La carta, Valita. La que vas a leer delante de todos. Matías no lo soportará.

—Matías es adulto.

—Tú no lo viste ayer.

—Lo vi. —La palabra cayó como una tapa cerrándose—. También vi lo que usted no me contó en diez años.

Clara apretó el puño sobre el impermeable. Las gotas escurrían hasta sus zapatos y formaban un charco diminuto en la madera.

—Creí que te protegía.

—Creí que me quería. —Valeria mantenía las manos sobre el mostrador. La izquierda rozó el borde del compartimento ya vacío—.

Usted guardó mis cartas. Él guardó las suyas. Y los dos se fueron.

—Yo no me fui. —La voz de Clara se quebró en un hilo—. Me quedé a esperar que escampase.

El silencio que siguió tenía el peso del agua acumulada en los canalones.

Luna bajó de la escalerilla sin hacer ruido. Se quedó junto a la caja registradora, con un libro de plantas acuáticas en la mano que no necesitaba.

—¿Qué quiere de mí? —preguntó Valeria con una calma que no se parecía a la suya.

—Que no lo humilles. No delante del pueblo. No con sus propias palabras.

—Son mis palabras. Las que él dejó aquí. Las que nadie me entregó. —Dobló la esquina de un albarán que asomaba bajo el mostrador, un gesto sin prisa, casi administrativo—. La librería está en juego.

—Si lees eso, él no podrá quedarse.

—Eso no es decisión mía.

—Pero sí es tu responsabilidad.

Valeria alzó la vista por primera vez. Sus ojos verdes, tras los cristales empañados, tenían la nitidez de quien ha llorado toda la noche y ya no le queda nada.

—La responsabilidad era decirme la verdad. Usted no lo hizo. Él tampoco. No voy a pedir permiso ahora.

Clara dio un paso más, hasta el borde del mostrador. Buscó la mano de Valeria, pero no la alcanzó. La otra se había retirado ya.

—¿Qué va a pasar contigo cuando esto acabe?

—No lo sé. —La respuesta llegó sin titubeos, casi aliviada de no tener que fingir certeza—. Pero la librería se queda.

Tomó el bolso del gancho tras el mostrador. El cárdigan le colgaba de los hombros como una prenda prestada.

Luna dejó el libro sobre la caja.

—¿Vuelves para la hora del té?

Valeria se abrochó el botón superior del cárdigan. El bulto de la carta se marcaba apenas contra la tela.

—No sé a qué hora volveré.

—Te guardo las hierbas. Las de la mezcla que te gusta.

La lluvia arreció contra los cristales cuando Valeria abrió la puerta. Clara se quedó junto al mostrador, con las manos colgando a los costados y el impermeable chorreando sobre las baldosas.

Luna la miró desde la caja y no dijo nada. Pero anotó mentalmente, con la precisión de quien cataloga libros, que Valeria había usado «se refiere» y «quiero» en lugar de sus formas habituales.

La había tratado de usted.

La sala de plenos olía a cera de abeja y a lluvia estancada en los marcos de las ventanas.

Los bancos de madera estaban dispuestos en tres filas frente al estrado. Había ocupados seis asientos: doña Mercedes, la del estanco, con su bolso de rejilla sobre las rodillas; el señor Gregorio, que roncaba ligeramente en la tercera fila; dos vecinos del ensanche que Valeria no reconoció; una funcionaria con carpeta verde que tomaba notas en un rincón; y Luna, que había cerrado la librería y se había colado en la última fila sin hacer ruido.

Fermín presidía la mesa del estrado, flanqueado por los planos enrollados de la reforma y un tintero que parecía no haberse usado nunca. Se ajustó las gafas y repasó los folios mecanografiados.

—Procedemos con el ensayo del orden del día, conforme al artículo diecisiete del reglamento de participación vecinal. Punto primero: lectura del informe pericial de la finca número doce, «El Faro de Tinta», a cargo del tasador designado por la Dirección General de Catastro.

Valeria estaba de pie junto a la puerta.

La carta seguía en el bolsillo del cárdigan. Notaba el borde doblado contra la cadera cada vez que respiraba.

Matías ocupaba un asiento en la primera fila, junto al pasillo. Tenía la carpeta del expediente sobre las rodillas y el reloj de bolsillo —aún parado— en la palma de la mano. No miraba a nadie.

—Señor Elizondo, si es tan amable.

Matías se puso en pie. La carpeta permaneció cerrada sobre el banco.

—No hay informe.

Fermín levantó la vista de los folios.

—Disculpe, ¿cómo que no hay informe?

—Lo retiro. —La voz de Matías llegó seca, sin modular—. La tasación tiene vicios de procedimiento. Carece de validez.

Un murmullo recorrió los bancos. Doña Mercedes se llevó la mano al pecho. El señor Gregorio se despabiló de golpe.

—Eso es absurdo. —Fermín se incorporó a medias—. Usted mismo presentó los resultados preliminares hace dos días.

—Los resultados estaban falseados. —Matías giró la cabeza lo justo para mirar a Fermín—. Usted suprimió la cláusula de reversión del expediente.

—¡Eso es una calumnia!

—Es un hecho. —Matías hablaba como si dictara una sentencia, con los verbos completos y las pausas medidas—. La parcela del taller de los Cruz revierte al ayuntamiento si la librería cierra.

Usted es el heredero. Usted se beneficia. Usted lo ocultó.

La funcionaria dejó de escribir.

Luna, desde el fondo, agarró el respaldo del banco con las dos manos.

Valeria metió la mano en el bolsillo y tocó el papel.

—Yo no he ocultado nada —tronó Fermín—. ¡Esta es una maniobra para desacreditar el procedimiento!

—No hay procedimiento. —Matías dio un paso hacia el estrado—. Un informe viciado es nulo. Una tasación nula no habilita la demolición. Si insiste, presentaré el plano de 1962 con la anotación original ante la dirección provincial.

Fermín se quitó las gafas. Le temblaban los dedos.

—Usted está arruinando su carrera.

—Lo sé.

Media docena de respiraciones contenidas llenaron la sala.

Valeria sacó la mano del bolsillo. Vacía.

Matías tomó la carpeta del banco, se la puso bajo el brazo y se giró hacia la puerta. Al pasar junto a ella, se detuvo lo justo para que sus hombros quedaran a un palmo.

No la miró.

—No la lea. No les pertenece.

Atravesó la sala con el eco de sus pasos sobre la tarima y desapareció por el pasillo.

Fermín se puso en pie de un golpe, con el tintero tambaleándose junto a los planos.

—¡La votación sigue en pie! —anunció, con la voz más aguda de lo que pretendía—. ¡Esto no cambia el orden del día! ¡Punto segundo: deliberación sobre la recalificación de la calle Mayor!

Nadie contestó.

Valeria apretó la carta contra el bolsillo, por debajo de la tela, donde nadie podía verla.

La lluvia seguía golpeando los cristales del ayuntamiento.

Dos horas después, Valeria cerró la librería al público y se quedó ordenando ejemplares sin necesidad, solo para no volver todavía al piso vacío. Fue entonces cuando oyó los golpes.

El escándalo en el ayuntamiento aún le resonaba en los oídos cuando Valeria oyó los golpes en la puerta de la librería. Tres golpes secos, espaciados. Conocía ese ritmo.

Abrió.

Matías estaba bajo el alero, el agua escurriéndole por las sienes. No llevaba paraguas. El maletín de cuero colgaba de su mano izquierda, empapado.

—Pasa —dijo ella.

No se movió.

—Está todo cerrado —dijo él, sin apartar la vista del empedrado—. La votación sigue en pie. Fermín dijo que mi declaración no invalida nada.

—Pasa, Matías.

Lo condujo a la trastienda. La luz era amarilla, de una bombilla que colgaba del techo sin pantalla. Fuera, la lluvia arreciaba contra los cristales como si alguien lanzara puñados de grava. Él se quedó de pie junto a la mesa donde su abuela preparaba los pedidos. Valeria cerró la puerta que daba a la tienda.

Se miraron.

—¿Por qué has venido?

—No lo sé.

—Eso no es una respuesta.

Matías alzó la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos, pero la voz no le tembló.

—He perdido el tren. Otra vez.

Valeria sintió que algo se rompía dentro de ella. Una compuerta.

—Lo perdiste hace diez años —dijo, y el tono se le volvió formal, distante, como si leyera un contrato—. Yo estaba en la ventana. Te vi.

Él dio un paso atrás.

—¿Qué?

—Estaba en la ventana del piso de arriba. Te vi cruzar la plaza con la maleta. Te vi esperar en el andén hasta que llegó el tren de medianoche. No bajé.

—¿Por qué no bajaste?

—Porque ya habías decidido irte.

—No era una decisión —la voz de Matías se quebró en la última sílaba—. Era la única salida.

—No me lo dijiste.

—No podía.

—No quisiste.

—¡Usted no lo entiende!

El cambio de registro golpeó a Valeria como una bofetada. Usted. Ahí estaba. La coraza.

—Pues explícamelo —dijo ella, sin alzar la voz—. Han pasado diez años. Explícamelo ahora.

Matías apoyó el maletín en el suelo. El cuero empapado dejó una mancha oscura sobre la madera.

—Su abuela me dijo que me fuera.

Valeria entrecerró los ojos.

—Mi abuela te adoraba.

—Por eso mismo. Dijo que usted necesitaba luchar por la librería sin lastres. Que yo era un chico sin estudios, sin oficio. Que si de verdad la quería, me largara.

—Eso no te lo crees ni tú.

—Me lo creí durante diez años.

—Y no preguntaste. No escribiste. No llamaste.

—Escribí once cartas.

Silencio.

La lluvia llenó el hueco. Valeria se llevó la mano al pecho, donde el colgante con la llave le rozaba la piel.

—Las encontré —dijo—. En el doble fondo del mostrador.

Matías levantó la vista. Algo se desmoronó en su expresión. No era alivio. Era vértigo.

—¿Las leyó?

—Tres. Y las mías. Clara me devolvió las siete que nunca envié.

—¿Clara?

—Las interceptó. Hace diez años. Dijo que quería protegernos.

Él negó con la cabeza, muy despacio. Se pasó la mano por la mandíbula, justo sobre la cicatriz difuminada.

—Protegernos —repitió, y la palabra sonó a burla amarga—. Nos condenó.

—Nosotros nos condenamos.

—Usted no bajó.

—Tú no preguntaste.

—¡Porque me dijeron que estorbaba!

La voz de Matías retumbó contra las paredes de la trastienda. Valeria sintió el grito en el esternón. Alzó la cabeza para responder y el cuello de la blusa se le entreabrió un palmo.

Él enmudeció.

No miraba sus ojos. Miraba su clavícula.

—¿Qué pasa?

Matías no respondió. Alargó la mano, pero no llegó a tocarla. Se quedó a medio camino, con los dedos suspendidos en el aire.

—Esa mancha —dijo—. Esa forma.

Valeria bajó la vista. La pequeña mancha de nacimiento en su muñeca izquierda, con forma de hoja, asomaba también bajo la clavícula. Una hoja de roble, asimétrica, del color del café con leche.

—Nací con ella.

Él retrocedió un paso. Se llevó las manos a las sienes.

—La he dibujado cientos de veces —dijo—. En los márgenes de los libros. En los blocs de notas. Durante años. Sin saber por qué.

—Matías…

—Es suya. Siempre lo fue, y yo no lo sabía.

Se quedaron en silencio.

Agotados.

Él seguía con las manos en las sienes. Ella no se cubrió la blusa. La mancha quedó al descubierto bajo la luz amarilla de la bombilla, idéntica a aquellos garabatos que él había trazado en la trastienda diez años atrás, cuando todavía creía que el amor se podía dibujar y no se podía decir.

La bombilla seguía encendida tras ellos cuando oyeron el tintineo. Tardaron un segundo en reaccionar, como si volvieran de muy lejos. Valeria se ajustó la blusa con un gesto mecánico, sin mirarse, y caminó hacia la puerta de la trastienda con la carta sin abrir aún entre los dedos. Matías se pasó una mano por la nuca, respiró hondo y la siguió en silencio, el chaleco todavía empapado.

La campanilla tintineó contra la puerta.

Valeria salió de la trastienda con la carta aún entre los dedos. Matías la seguía a un paso, la espalda tensa bajo el chaleco mojado.

Clara Villalba estaba junto al mostrador. Sostenía una caja de cartón atada con cinta de tela descolorida. El pañuelo de flores le goteaba sobre los hombros y los geranios del vestido se le pegaban a las rodillas.

—Ay, Valita —dijo, y la voz le salió más baja que otras veces.

Dejó la caja sobre la madera.

El golpe fue seco, un ruido de papeles viejos asentándose.

—Son tuyos. Los guardé para protegerte, pero ya no sé si hice bien.

Valeria miró la caja. Miró a Clara. El lápiz se le resbaló del moño y rodó hasta el borde del mostrador.

—¿Qué has guardado?

—Lo que nunca mandaste.

Clara aflojó la cinta. El nudo cedió con un tirón mínimo de sus dedos regordetes. La tela se deslizó por los lados de la caja como una venda que se desprende.

Valeria levantó la tapa.

Dentro había sobres. Siete. Amarillentos, con los bordes rozados, apilados sin orden. Su nombre y el de Matías escritos con su propia letra de hacía diez años.

El aire se le fue del pecho.

Reconoció la tinta azul que compraba en la papelería de la plaza. Las mayúsculas demasiado rectas con las que escribía los sobres cuando quería parecer mayor. La fecha del primero: octubre, diez años atrás.

—¿Las… guardaste tú?

—No podía dejar que se perdieran —Clara se secó la frente con el pañuelo—. Ni que llegaran a destiempo. Aquí las palabras atrapadas tienen su ley, Valita. Ya lo sabes.

Matías no se movía. Sus ojos iban de la caja al rostro de Valeria, del rostro de Valeria a los sobres. La mandíbula le apretaba la cicatriz.

—¿Usted las interceptó?

La pregunta sonó a informe dictado. Seco, frío, sin una palabra de más.

Clara le sostuvo la mirada.

—Hice lo que creí correcto, Mati. Y lo sabes.

—No lo sé.

—Pues ya lo sabrás.

Valeria sacó el primer sobre con las manos temblorosas. La letra le bailaba delante de los ojos. «Para Matías.

No enviada.» La misma frase en cada uno. Siete veces. Siete cartas que escribió de madrugada, con la lluvia golpeando la ventana y las palabras atascadas en la garganta.

—No te pedí que las guardaras.

—No —dijo Clara—. No me lo pediste. Pero estabas rota, niña. Y el cartero no reparte lo que se le cae al suelo.

Se miraron. Valeria apretó el sobre contra el pecho.

—¿Por qué ahora?

—Porque ya has leído las de él. —Clara señaló con la barbilla hacia la trastienda, hacia el mostrador con su compartimento oculto—. Y porque la lluvia no va a parar hasta que todo esto se arregle. Una sabe cuándo hay que soltar.

Recogió la cinta de tela del mostrador y la dobló en cuatro pliegues exactos. El gesto era lento, como si con cada doblez cerrara una puerta.

—Me voy a casa. Esto es vuestro.

Y se marchó.

La campanilla volvió a sonar. La puerta se cerró con un suspiro de bisagras viejas.

El silencio ocupó la librería. Fuera, la lluvia redoblaba contra el escaparate con una furia nueva, como si cada gota exigiera algo.

Matías no se acercó. Se quedó junto a la estantería de narrativa extranjera, los brazos a los costados, las manos medio abiertas.

—No lo sabía —dijo.

Valeria no levantó la vista de los sobres.

—Yo tampoco.

—¿Las vas a leer?

Ella acarició el borde del primero. El papel estaba áspero, gastado en las esquinas por haber vivido diez años dentro de una caja.

—Mañana. Cuando amanezca. Quiero hacerlo con luz.

—Las escribiste hace diez años.

—Y tú escondiste las tuyas en mi mostrador. No me eches cuentas.

Matías enmudeció.

Valeria colocó la caja con cuidado junto a la caja registradora. Los siete sobres quedaron alineados, como una baraja dispuesta para una partida que ninguno sabía jugar.

Miró a Matías.

—¿Vas a subir a ese tren?

Él consultó el reloj de bolsillo. Las agujas seguían paradas en las once y cuarenta y siete. Lo golpeó con el pulgar. No arrancó.

—No.

—¿No?

—Me quedo.

Valeria esperó. La lluvia llenó el silencio.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta la votación definitiva.

—No te lo he pedido.

—No me lo ha pedido usted.

Ella se tensó. El usted le cayó como un portazo.

—De acuerdo —dijo, y la voz le salió formal y distante, como si leyera un contrato que no había firmado—. Haz lo que quieras.

Matías recogió el maletín de cuero gastado del suelo, donde lo había dejado al entrar. Los dedos le rozaron las hebillas.

—Necesito aire.

Salió al soportal.

La lluvia le azotó la cara en cuanto pisó el umbral. Se refugió bajo el alero, junto al escaparate iluminado. Desde allí veía el interior: Valeria de pie, inmóvil, una mano apoyada en la caja de cartas y la otra colgando, vacía.

El silbido del tren llegó desde la estación.

Primero un quejido lejano. Luego el traqueteo de los vagones sobre los raíles mojados. Las luces amarillas se reflejaron en los charcos de la plaza, en los adoquines, en el letrero de «El Faro de Tinta».

El tren de medianoche partía.

Matías se quedó quieto. El reloj de bolsillo le pesaba en el chaleco. Las agujas inmóviles. El andén vacío al otro lado del pueblo, barrido por la tormenta.

No subió.

Vio las luces desaparecer tragadas por la cortina de agua. Vio cómo el último vagón se difuminaba en la noche. El traqueteo se apagó hasta ser solo lluvia, otra vez.

Dentro de la librería, Valeria cerró la puerta con llave.

El pestillo corrió con un chasquido metálico. Apoyó la frente contra la madera fría un instante. Luego volvió al mostrador.

La caja seguía allí. Siete sobres amarillos alineados. Su letra de hacía diez años. Las cartas de Matías en el cajón, atadas con el cordón de cuero. Dos silencios frente a frente.

En la casa de la calle del Horno, Clara Villalba encendió el quinqué del costurero.

La chimenea seguía apagada. El reloj de cuco marcaba la medianoche con doce campanadas que sonaban a disculpa. Abrió la tapa de madera y colocó en orden los retales, los botones, los hilos de colores.

Debajo de todo, junto al retal oscuro, descansaban más cartas. Las acarició con la yema del pulgar. Una a una. Despacio.

Luego cerró el costurero y miró por la ventana.

La tormenta no amainaba. El agua corría por los cristales como un velo. Clara se sentó en el sillón de orejas, el pañuelo bordado entre las manos, y esperó.

Esperó a que escampara.

Pasada la medianoche, Valeria destapó la caja.

Lo hizo a solas, en el silencio de la librería cerrada. Las lámparas del escaparate arrojaban un rectángulo de luz sobre el mostrador. Fuera, la silueta de Matías se recortaba contra el cristal empañado, la frente apoyada en el vidrio.

Valeria sabía que él la estaba mirando. No levantó la cabeza.

Sacó el primer sobre y lo acarició.

El papel, amarillento y áspero, olía a madera vieja y a la colonia de vainilla que Clara se ponía en el cuello los domingos. Las esquinas estaban rozadas por los bordes de la caja. La tinta azul había palidecido hasta volverse casi gris.

—Diez años… —murmuró.

Las palabras se perdieron entre el repiqueteo de la lluvia. Matías, desde el soportal, no las oyó. Pero vio sus labios moverse y supo lo que decía.

Valeria alineó los siete sobres uno junto a otro. Formaban un abanico de papel sobre la madera gastada. Su letra, sus fechas, sus silencios. Todo lo que no se atrevió a enviar estaba allí, intacto, como si el tiempo dentro de aquella caja hubiera transcurrido a otra velocidad.

No abrió ninguno.

Los acarició y los dejó donde estaban.

Mañana leería el primero. Con la luz de la mañana, aunque la lluvia siguiera cayendo. Aunque el cielo no escampara nunca.

En el soportal, Matías no se movía.

El frío le trepaba por las suelas de los zapatos. La lluvia salpicaba los escalones de piedra y le mojaba los bajos del pantalón. Había dejado el maletín en el suelo, junto a la puerta.

Vio a Valeria inclinarse sobre la caja. Vio cómo sus dedos recorrían los sobres con una lentitud que dolía. La mancha con forma de hoja en su muñeca izquierda asomaba bajo la manga del cárdigan.

Recordó el garabato en el margen del cuaderno. Las manos de Valeria sosteniendo el papel. La ventana que no cerraba bien.

No llamó.

Se quedó allí, la frente contra el cristal frío, mirando lo que no podía tener y no sabía soltar.

En su apartamento, Luna Restrepo dormía.

Las luces estaban apagadas. Un audífono colgaba de la mesilla, la lucecita azul parpadeando en la oscuridad. La sudadera con la frase «No es procrastinación, es investigación» estaba tirada en el suelo.

No oyó la lluvia. No oyó el tren.

Soñó con una biblioteca donde todos los libros tenían cartas escondidas entre las páginas y alguien, al fondo, estaba a punto de encontrarlas.

En la sala de plenos del ayuntamiento, Fermín Cruz apagó las luces.

El interruptor de bakelita crujió bajo sus dedos. Las sillas vacías quedaron a oscuras. La mesa de la presidencia, con sus micrófonos apagados y sus carpetas de expedientes, parecía un barco encallado en una tormenta de papel.

Fermín se retiró a su despacho.

Encendió la lámpara de escritorio. El círculo de luz cayó sobre el plano de la calle mayor, extendido sobre el secante. La parcela del taller de su padre, rodeada con un trazo rojo. La librería, subrayada en azul.

Se quitó el pin del escudo municipal y lo dejó sobre la mesa.

Fuera, la tormenta seguía. Fermín se sentó en su sillón, la espalda recta, los bigotes ocultando cualquier gesto que pudiera parecerse a una duda.

No apagó la lámpara.

Se quedó mirando el plano, esperando el amanecer que traería la asamblea.

La librería de la lluviaEpisodio 8