La librería de la lluvia
Episodio 9
La mañana olía a lejía y a café rancio. Valeria empujó la puerta de la calle del Horno sin llamar. Clara estaba sentada junto a la ventana. Sostenía el costurero abierto en el regazo y un recipiente de hojalata con dibujos gastados.
No pareció sorprenderse.
—Ya me figuraba que hoy vendrías pronto, Valita.
Valeria se detuvo a dos pasos del umbral. El pañuelo de flores de Clara estaba húmedo en las sienes. Llevaba horas sin moverse de aquella silla, seguramente.
—Anoche no pegué ojo.
—Yo tampoco. —Clara pasó el pulgar sobre la tapa de la caja metálica—. Cuando una se pasa la noche hablando con la tormenta, la almohada amanece rara.
—¿Qué es eso?
Clara la alzó. Le costó el gesto. Pesaba más de lo que sus brazos podían sostener.
—Tuyo.
Valeria no se movió.
—Ábrela.
Dentro había siete sobres amarillentos atados con un cordón de algodón. La letra del primero era la suya. Tinta azul desvaída y aquella inclinación de mayúsculas heredada de su abuela.
—Son mis cartas.
—Las escribiste hace diez años. Una por cada semana desde que Mati se marchó.
Clara pronunció el diminutivo con una dulzura que Valeria no le conocía.
—Las encontré en el buzón, una a una, y las guardé para que nunca llegaran.
Valeria apretó el estuche contra el pecho.
—¿Las interceptó?
—Sí.
—No tenía derecho.
—Ninguno. —Clara se secó la frente con el pañuelo—. Pero me pudo el miedo. Y el miedo hace que una haga cosas feas, Valita. Cosas que se enredan con los años y ya no sabes deshacer.
El borde de la tapa se le clavó en las costillas. Quería gritar. Salir de aquella casa y no volver. Pero el temblor en las manos de Clara la retuvo.
—¿Por qué?
—Porque eras una cría. Porque él se fue y tú te quedaste sola con tu abuela y la librería. Leer una carta de rechazo te habría roto.
—Clara alzó la vista. Tenía los ojos enrojecidos—. No sabía lo que ponían.
Las guardé sin abrirlas. Hasta anoche.
—¿Las leyó anoche?
—Solo la primera. —La voz de Clara se quebró—. Y supe que me había equivocado. Por eso te las entrego ahora, sin esperar a que escampe. Algunas palabras no pueden seguir atrapadas.
Fuera, la lluvia arreciaba contra los canalones. Valeria miró los sobres y luego a Clara. Seguía sentada con el costurero abierto y las manos vacías.
—No sé si puedo perdonarla.
—No te pido eso, Valita. Te pido que las leas. Lo demás vendrá solo, o no vendrá.
Valeria retrocedió un paso. Luego otro. Clara no la detuvo.
—
La trastienda estaba en penumbra cuando entró. Depositó la vieja lata sobre la mesa de trabajo y encendió la lámpara de escritorio. El resplandor amarillo barrió las margaritas descoloridas.
Se sentó despacio. El cordón de algodón cedió a un solo tirón.
El primer sobre le temblaba entre los dedos. Diez años encerrada en aquel cofre en miniatura mientras creía que Matías se había ido sin mirar atrás.
Abrió la carta.
«Matías: Ha pasado una semana y todavía espero verte en el soportal. Anoche soñé que volvías y me decías que todo resultó un error, pero el andén seguía vacío…»
Su propia letra le devolvió el olor de aquel octubre. Visualizó la cama deshecha. El café enfriándose en la taza. La sensación de llevar el pecho lleno de agujas.
La segunda carta era más corta. Tres líneas apenas.
«Hoy cumplo veintitrés. Mi abuela dice que deje de mirar por la ventana. No sé explicarle que no miro: espero.»
Valeria apoyó la frente en el borde de la mesa. La madera estaba fría. Cerró los ojos y dejó que el repiqueteo de la lluvia llenara el silencio.
Leyó la tercera. La cuarta. Cada sobre abría una herida distinta.
Las palabras que había escrito a los veintitrés poseían más valentía que ella ahora. Hablaban de amor sin pedir disculpas. De abandono sin rabia. De una esperanza que se negaba a morir aunque el tren de medianoche se la llevara cada noche.
En la quinta carta halló lo que no buscaba.
«Clara me ha visto echarla al buzón. No ha dicho nada, pero me ha traído tarta de manzana. Dice que las penas compartidas saben menos amargas. Ojalá supiera que mis penas van todas dirigidas a ti.»
Lo supo desde el principio. Vio cada carta salir de sus manos y deslizarse por la ranura, y decidió interceptarlas no por malicia. Lo hizo por un amor torpe y equivocado. Un amor que se desmoronaba ahora bajo el peso de los años.
Alineó los siete sobres sobre la mesa. Las margaritas del costurero sonreían, ajenas.
La pregunta seguía intacta. Una astilla bajo la piel.
Si Clara interceptó sus cartas, Matías nunca supo que ella lo esperaba.
Y si nunca lo supo…
¿Por qué demonios se fue?
La mañana siguiente amaneció sin sol. El cielo encapotado aplastaba los tejados del pueblo como una losa gris. Matías caminó hacia el taller con el expediente bajo el brazo. Las calles vacías. El agua corría por los adoquines formando riachuelos turbios.
El candado estaba puesto. Lo sostuvo entre los dedos y lo giró. Suelto. Alguien lo había abierto antes.
Empujó la puerta. El olor a serrín golpeó antes que la luz. Madera vieja, barniz rancio, polvo acumulado en las vigas.
Las estanterías seguían en las paredes, vacías. Herramientas colgadas de ganchos oxidados. El torno, cubierto con una lona, ocupaba el centro como un animal dormido.
Fermín estaba de espaldas junto al banco de trabajo.
—Sabía que vendría —dijo sin girarse—. Un tasador que se precie no se resiste a examinar la zona de demolición en persona.
Matías dejó el expediente sobre el banco. El polvo se elevó un palmo.
—Hablemos de su padre.
Fermín se giró. Los bigotes le tapaban la boca, pero la tensión se le notaba en las aletas de la nariz.
—Mi padre no es asunto suyo.
—Construyó esas estanterías. —Matías apoyó un dedo sobre el expediente—. La cláusula que omitió las menciona literalmente.
—No sé de qué me habla.
—Cláusula de reversión. La parcela de este taller vuelve al ayuntamiento si la librería cierra. Usted es el heredero.
Fermín apoyó las manos en el banco. Los nudillos se le pusieron blancos.
—Mi padre levantó esa librería con sus propias manos. Con las manos que la levantaron. —La voz le tembló—.
Y el abuelo de la Castro se llevó todo el mérito. Mi padre murió sin que nadie recordara su nombre. Ni una placa, ni una mención en la inauguración.
—Por eso adulteró la tasación.
—Usted hizo la tasación. Usted vino a demoler el legado de su familia y a quedarse con la mujer que dejó tirada hace diez años.
El silencio cayó entre los dos. Fuera, un trueno retumbó contra las montañas. La lluvia arreciaba sobre el tejado de chapa.
Matías abrió el expediente. Contenía las fotocopias, el plano catastral y la carta de solicitud de demolición de 2015. Los márgenes venían llenos de anotaciones con la letra de Fermín.
—Bajó la puntuación de cimentación. Cambió el coeficiente de antigüedad. Falsificó el sellado del aparejador.
Fermín calló. Miraba el expediente como si fuera una víbora.
—La cláusula sigue vigente. Si la librería deja de ser librería, esta parcela también es del ayuntamiento. Usted lo sabía. Por eso necesitaba la demolición.
El alcalde se llevó una mano al pin del escudo. Lo acarició con el pulgar.
—No entiende nada. Este pueblo se muere. La calle mayor es un sumidero de nostalgia.
La asamblea votará el ensanche. Requiere mayoría simple y ya tengo los votos. Con o sin su tasación.
—Sin tasación, no hay desalojo. Y sin desalojo…
—Sin desalojo, la lluvia seguirá cayendo sobre cuatro casas centenarias mientras los jóvenes emigran a la ciudad. —Fermín alzó la voz—. ¿Eso quiere?
¿Pudrirse aquí? Su tren sale a medianoche. Súbase y no mire atrás. Es lo que mejor sabe hacer.
Matías cerró el expediente. Lo recogió con calma.
—Mi tren no es asunto suyo.
Fermín dio un paso al frente. Se detuvo al ver la mano de Matías en el picaporte.
—¿Qué va a hacer con eso?
—Entregarlo a la asamblea.
—No puede. Es material administrativo en trámite.
—El trámite es falso.
—Es mi palabra contra la suya.
Matías giró la llave desde fuera. El cerrojo encajó con un chasquido seco.
—Tengo las actas notariales.
—¿Qué actas?
Pero Matías ya había cerrado. El eco retumbó en el taller vacío. Fermín golpeó la madera con el puño. Una vez. Dos veces.
—¡Abra! ¡No puede dejarme aquí!
Guardó la llave en el bolsillo del chaleco. La lluvia le azotó la cara al salir a la calle. No se volvió.
El taller quedó en silencio. Fermín se dejó caer contra la puerta. El pin del escudo municipal le colgaba torcido de la solapa. Sobre el banco de trabajo, las virutas de hacía quince años seguían pegadas a las rendijas.
—
Cayó la tarde sin que la luz cambiara. El gris seguía espeso y el agua golpeaba las canaletas con un ritmo parejo. En la pensión, Matías subió la escalera con el expediente bajo el brazo.
La habitación olía a humedad y a café solo. La cama sin deshacer. Los papeles cubrían el escritorio como un mapa de campaña.
Abrió el maletín de cuero. Dentro estaban las once cartas que escribió hacía diez años. Y las siete de Valeria que Clara le entregó la noche anterior.
Las apiló juntas. Las suyas amarillentas. Las de ella más claras, atadas con la cinta de tela. No las leyó. Se las sabía de memoria.
Cerró el maletín. Metió el expediente junto a las cartas. También la camisa, el cepillo de dientes, el bloc de notas. El distanciómetro láser ocupaba demasiado espacio. Lo dejó en la mesilla.
Bajó a recepción. La posadera dormitaba tras el mostrador con la radio encendida. La música se cortaba por la tormenta.
—Necesito un billete para el tren de medianoche.
La mujer entreabrió un ojo.
—¿Seguro? Con esta tormenta, igual lo cancelan.
—Deme el billete.
Rebuscó en un cajón lleno de talonarios amarillos. Arrancó uno de un tirón. Se lo tendió junto al sello de la pensión.
—Son quince euros.
Matías pagó en monedas. Guardó el billete en el bolsillo del chaleco, junto al reloj. Las agujas seguían paradas en las once y cuarenta y siete.
—¿Le digo a alguien que se va?
—No.
Salió al soportal. La lluvia no cedía. El agua corría por el empedrado formando un espejo turbio donde las farolas temblaban.
Consultó el reloj. Marcaba la misma hora de siempre. Lo guardó.
Al final de la calle mayor quedaba la estación. Un andén solitario junto a la vía. El tren pasaba dos veces al día: al amanecer y a medianoche. Perderlo significaba quedarse.
Esta vez no lo perdería.
Empezó a caminar.
—
La noticia atravesó la lluvia. La posadera llamó a la carnicera, y la carnicera se lo dijo al panadero. A las nueve de la noche, Valeria estaba en la trastienda de El Faro de Tinta cuando Luna irrumpió empapada.
—Matías ha comprado billete para el tren de medianoche.
Valeria se quedó quieta. Las manos sobre el mostrador. Bajo los dedos notó el doble fondo disimulado donde hacía diez años él escondió once cartas.
—¿Cuándo?
—Hace una hora. La posadera me lo acaba de decir.
—¿Dejó algo?
—La habitación vacía. Se llevó el maletín.
Valeria asintió sin añadir nada. Luna se mordió el labio.
—Valeria, si no vas ahora…
—Voy.
Subió al piso de arriba. La caja de cartón que Clara le entregó la noche anterior seguía sobre la mesa. Siete cartas propias, nunca enviadas. Su letra, sus tachones, sus sellos sin pegar.
Las metió dentro. Añadió las once de Matías. Lo cubrió todo con el poemario que apareció en el mostrador.
Se puso el abrigo sin abrochárselo y bajó las escaleras. Luna la esperaba en la puerta con un paraguas roto.
—Está todo embarrado. Vas a llegar tarde.
—No voy a llegar tarde.
Salió a la calle. La lluvia la empapó en tres pasos. El abrigo se le pegó a los hombros. Las gotas le corrían por la nuca y se le metían entre la ropa y la piel. La caja de cartón empezó a reblandecerse.
Apretó el paso. El barro le succionaba los zapatos. Las farolas proyectaban círculos de luz donde la lluvia se veía caer como agujas.
En la estación, las luces estaban encendidas. El reloj de la torre marcaba las once y media. Quedaba media hora para la medianoche.
Corrió los últimos metros. El empedrado terminó. Sus pies pisaron el asfalto del andén. El tren aún no había llegado, pero ya se oía el rumor del motor acercándose por la vía.
Entonces lo vio.
Matías permanecía de espaldas junto al borde. Un maletín a sus pies. El abrigo oscuro chorreando agua. Los hombros rectos y la cabeza un poco inclinada hacia las vías, como si midiera la distancia que faltaba.
Valeria se detuvo. La caja se le resbalaba entre las manos mojadas. El poemario asomaba por una esquina.
La lluvia atronaba sobre la techumbre del andén. El tren ya se oía cerca.
Levantó la voz.
—¡Matías!
Él se giró. La lluvia le corría por la cara. Los ojos azules se le abrieron un instante. Sorpresa desnuda, antes de esconderla tras el gesto de costumbre.
El tren rompió la curva y su luz barrió el andén.