La librería de la lluvia
Episodio 10
El salón de actos del ayuntamiento olía a paraguas mojados y a cera para madera. Las sillas plegables estaban ocupadas casi en su totalidad. La lluvia repiqueteaba en los ventanales como si alguien lanzara puñados de grava.
Fermín ocupaba la mesa de la presidencia. El informe de tasación, encuadernado en canutillo negro, reposaba junto a su mano derecha. El bigote le tapaba la boca, pero el cuello enrojecido lo traicionaba.
Luna me apretó el brazo desde la tercera fila.
—Ahora.
Me levanté. Las suelas de mis zapatos sonaron contra las baldosas. Algunos vecinos dejaron de abanicarse con la agenda. Fermín alzó la vista.
—La propietaria del inmueble en cuestión solicita el uso de la palabra en el punto séptimo del orden del día. Queda concedido.
Los papeles que llevaba crujieron al apoyarlos sobre el atril. No eran apuntes. Eran las once cartas de Matías, atadas con una cinta de tela que olía a mostrador viejo.
Me aclaré la garganta.
—Mi abuela lo fundó hace cincuenta y tres años.
Alguien tosió en el fondo.
—En sus estanterías aprendí a leer. Y a esperar.
Los dedos me temblaban sobre la cinta. No la desaté.
—Aquí tenemos una tradición. Las cartas sin enviar son palabras atrapadas. Hay que entregarlas cuando la lluvia cesa.
El carpintero del pueblo, un hombre de hombros cuadrados que se sentaba junto a la ventana, cambió de postura. Su mujer dejó de mirar el móvil.
—Yo encontré once. Escritas hace diez años. Escondidas en el doble fondo del mostrador.
Un murmullo recorrió la sala.
Fermín golpeó la mesa con los nudillos.
—Ruego a los presentes que se ciñan a los criterios de valoración estructural recogidos en la memoria técnica.
No le miré.
—Esas cartas hablan de un chico que se fue porque se creía poco. De una abuela que le pidió que no buscara a su nieta. De un pueblo donde los secretos corren rápido pero siempre a medias.
La señora del estanco, que llevaba veinte años comprando novelas románticas en la librería, se llevó la mano al pecho.
—No son números —seguí—. Son noches de tormenta y lomos desgastados. Son madres que aprendieron a leer con nuestros libros. Son abuelos que trajeron a sus nietos a tocar las páginas como quien toca un animal manso.
La voz se me quebró en esa última palabra. Respiré hondo.
Fermín se ajustó el pin del escudo municipal. El gesto era mínimo, pero las puntas de los dedos se le habían puesto blancas sobre el informe.
—El ayuntamiento —dijo— agradece la intervención cargada de sentimentalismo, pero debe recordar que este procedimiento se rige por el artículo veintisiete del reglamento de ordenación urbana en materia de adecuación estructural del entorno comercial.
—Fermín.
Una sola palabra. Su nombre, sin cargo. Él parpadeó.
—Usted sabe lo que hay en ese informe.
—Naturalmente. Los datos técnicos y periciales que obran en el expediente.
—Y lo que falta.
El rumor creció. La panadera se inclinó hacia el herrero.
—¿Qué está pasando? —preguntó en un susurro.
El herrero se encogió de hombros.
—Ni idea.
Fermín se puso de pie.
—Esta presidencia no va a tolerar insinuaciones que pongan en tela de juicio la ecuanimidad de un procedimiento administrativo tramitado conforme a derecho y con todas las garantías.
Desde el fondo del salón, una voz que reconocí antes de girarme:
—Entonces explíquelo.
Matías estaba de pie junto a la puerta. El abrigo aún goteaba. En la mano llevaba una carpeta de cartón marrón, manchada de lluvia. Los ojos azules no miraban a Fermín sino a mí, y en ese segundo supe que no se había subido al tren.
Avanzó por el pasillo central. Las sillas crujían a su paso.
—Exponga usted —dijo, con un tono que no le había oído nunca: formal, helado— por qué omitió la cláusula de reversión del taller en el informe de tasación.
Fermín abrió la boca. El bigote se le movió como un animal asustado.
—Esta asamblea no tiene por qué someterse a las acusaciones de un tasador externo carente de vinculación contractual vigente con este consistorio.
—El taller de su padre —continuó Matías— está en la manzana que se demuele si cierra la librería. La cláusula de reversión dice que, si el Faro de Tinta pierde su uso comercial, la parcela del taller vuelve al ayuntamiento.
Dejó la carpeta sobre la mesa, junto al informe de Fermín.
—Actas notariales. Planos de 1962. Firmas de Emilio Cruz en todas las páginas.
La sala estalló. El carpintero se puso de pie. La del estanco gritó algo que no entendí. Luna me buscó la mano y la apretó.
Fermín agarró el informe. Los nudillos, blancos del todo.
—Esto es un complot orquestado por intereses particulares que pretenden desprestigiar a esta institución municipal de probada trayectoria.
—Sometamos a votación —dijo Matías sin alzar la voz.
Fermín vaciló. La mirada le fue del informe a la carpeta, de la carpeta a la sala revuelta, y supo que no tenía escapatoria.
—Procedamos a la votación —anunció, con el cuello empapado de sudor.
Las papeletas circulaban en una cesta de mimbre. El reloj de la parroquia dio las doce. La lluvia no aflojaba.
Luna me soltó la mano para votar.
—No puedo creerlo —murmuró.
Le temblaban un poco los dedos al depositar el papel.
Esperamos en silencio. Alguien tosía cada pocos segundos. Matías permanecía junto a la mesa, sin mirarme, con los brazos cruzados sobre el pecho mojado.
Fermín vació la cesta en la mesa y empezó a contar con gestos bruscos. Las papeletas formaban dos montones. Uno más alto que el otro al principio, pero pronto se igualaron.
El recuento terminó.
Fermín se quedó inmóvil. La mandíbula se le tensó bajo el bigote.
—Cuarenta y siete votos a favor de la demolición. Cuarenta y siete en contra.
Nadie aplaudió. Nadie protestó. La lluvia llenó el silencio.
Fermín tragó saliva.
—Esta asamblea se suspende hasta mañana a las diez, cuando tendrá lugar la segunda y definitiva votación conforme al reglamento de régimen local.
Empezó a guardar los papeles. El informe se le resbaló una vez. Lo recogió con torpeza y desapareció por la puerta lateral.
Luna me abrazó.
—Empate —susurró contra mi hombro—. Has empatado, Valeria.
La puerta del fondo seguía abierta. Matías ya se había ido.
Después de la asamblea, la lluvia arreció durante horas mientras los vecinos se dispersaban en corrillos por la plaza. Luna y yo nos quedamos en el salón de actos, repasando cada argumento, sin saber aún que Matías no había tomado el tren.
El murmullo que había dejado mi discurso se quebró con el estruendo de la puerta al abrirse de golpe.
Matías entró como si la tormenta lo hubiera empujado desde la calle.
El abrigo le chorreaba sobre las baldosas. El pelo oscuro, pegado a la frente. En la mano derecha llevaba el maletín de cuero gastado, y en la otra, una carpeta que goteaba agua al piso. Los vecinos se giraron en sus sillas. Alguien ahogó una exclamación.
Fermín alzó la vista del informe. Su bigote se tensó.
—Señor Elizondo, esta asamblea sigue un orden del día previamente notificado conforme al artículo cuarenta y siete del reglamento de participación ciudadana, y su irrupción extemporánea no está contemplada en el apartado de intervenciones...
—Retiro la tasación.
La voz de Matías cortó el aire como un cristal roto. Cuatro palabras. Sin preámbulos.
Fermín parpadeó. Sus dedos se cerraron sobre el borde de la mesa presidencial.
—Eso no es posible. El informe obra en el expediente administrativo bajo el número de registro...
—Está viciado.
Matías avanzó dos pasos. El agua que escurría de su ropa marcaba un reguero oscuro por el pavimento. Los vecinos más cercanos retrocedieron las sillas.
—Usted manipuló las puntuaciones.
—¡Eso es una acusación gravísima! —El puño de Fermín cayó sobre la mesa, pero la voz le salió más aguda de lo que pretendía—. Le exijo que presente pruebas fehacientes ante esta asamblea o me veré obligado a solicitar...
—Aquí están.
Abrió la carpeta. Las hojas, protegidas por una funda de plástico, quedaron a la vista de todos: un plano catastral fechado en 1962, dos actas notariales con sellos rojos y una copia del informe de tasación original con anotaciones en los márgenes.
—El señor Cruz modificó tres apartados. Rebajó la puntuación de cimentación, eliminó la referencia a la cláusula de reversión y ocultó que la parcela del taller de carpintería —su herencia— revierte al ayuntamiento si la librería cierra.
El silencio duró un segundo.
Después estallaron las voces.
Don Emilio, el panadero, se puso en pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás. Las hermanas Garmendia se miraron con los ojos muy abiertos.
—¿Has oído eso? —dijo una.
—Claro que lo he oído —respondió la otra.
Un grupo de vecinos de la calle mayor empezó a cuchichear señalando a Fermín.
Clara se llevó una mano a la boca.
Luna aplaudió desde el fondo.
—¡Eso lo cambia todo! —gritó alguien.
Fermín palideció. Dio un paso atrás, luego otro. La carpeta del informe se le resbaló de las manos. Las hojas se desparramaron por el suelo, pero nadie se agachó a recogerlas.
—Usted no tiene autoridad para...
Matías ni siquiera parpadeó.
—La tengo. El informe es mío.
Se giró hacia los vecinos. Dejó un segundo de silencio. Luego habló con la misma cadencia seca:
—El tasador que firma el documento soy yo. Lo retiro. Ya no existe.
—¡Esto es un boicot! —La voz de Fermín sonó a lata vacía—. ¡Un tecnicismo para dilatar el procedimiento!
—El padre de usted construyó las estanterías de la librería.
Fermín se quedó inmóvil.
—Emilio Cruz. Carpintero. —Matías señaló el plano de 1962—. Trabajó con el abuelo de la señorita Castro. Y usted lo sabía cuando encargó esta tasación.
Los vecinos enmudecieron de nuevo. El nombre de Emilio Cruz flotó en el aire como el polvo que se levanta después de una obra. Algunos miraron a Fermín con una expresión distinta.
—Por eso —dijo Matías— rebajó la puntuación de la carpintería interior. Esas estanterías las hizo su padre. Y usted las calificó de inservibles.
La lluvia arreció contra los cristales. El reloj de la parroquia empezó a dar las horas, pero nadie las contó.
—Propongo —añadió Matías— que esta asamblea vote sin una tasación viciada sobre la mesa.
—¡Apoyo la moción! —La voz de Luna se alzó desde el fondo.
—¡Yo también! —coreó don Emilio.
Fermín retrocedió hasta chocar con la pared. Tenía los puños apretados, la frente perlada de sudor. Su bigote ya no ocultaba nada.
—Usted se ha excedido en sus funciones, señor Elizondo —dijo con un hilo de voz—. Esto tendrá consecuencias administrativas y posiblemente judiciales...
—Que las tenga.
Matías recogió la carpeta de la mesa. El agua seguía goteando de su abrigo, pero sus manos no temblaban.
Se volvió hacia mí. Nuestras miradas se encontraron un instante. Tenía los ojos más azules que nunca, como si la tormenta se los hubiera lavado.
—Señorita Castro —dijo—, lamento haber tardado diez años en hacer esto.
Luego dio media vuelta y caminó hacia la puerta.
Yo me quedé de pie junto al estrado, con las once cartas en el bolso y el corazón golpeándome la garganta.
Fermín permaneció junto a la pared, rodeado por sus propios papeles desparramados. Nadie se acercó a él.
El presidente de la asamblea, un hombre delgado con gafas de concha que llevaba cuarenta años moderando discusiones sobre alcantarillas y festejos patronales, se puso en pie. La tormenta golpeaba los ventanales como si alguien lanzara puñados de grava.
—Se procede a la votación.
Fermín no se movió de su asiento. Tenía las manos apoyadas sobre la mesa, los nudillos blancos. El bigote le temblaba. Dos concejales repartieron papeletas en blanco por las filas. El rasgado del papel se mezclaba con los truenos.
Valeria permanecía junto a la puerta.
—No me he sentado en toda la noche —le susurró a Luna.
Las siete cartas le pesaban en el bolso como si fueran de plomo. Observó a los vecinos escribir en las papeletas apoyándose en los respaldos de las sillas delanteras.
Matías seguía al fondo, contra la pared. No había vuelto a hablar desde su declaración. El reloj de bolsillo seguía parado en su mano izquierda. La derecha la mantenía dentro del bolsillo del abrigo.
La urna era una caja de madera con una ranura estrecha, la misma que se usaba para las elecciones municipales desde 1978. Los vecinos formaron una fila irregular.
Clara pasó delante de Valeria. Tenía los ojos enrojecidos.
—¿Estás bien? —le preguntó Valeria.
Clara depositó su papeleta sin mirar a Fermín.
Luna dejó caer la suya con una sonrisa radiante. Le guiñó un ojo a Valeria desde la otra punta de la fila.
—Valeria Castro.
El presidente la llamó por su nombre. Valeria se acercó a la urna. La papeleta le temblaba entre los dedos.
La dobló una vez. La deslizó por la ranura. El papel cayó con un roce seco.
Levantó la vista. Matías la miraba desde el fondo. No sonrió. No apartó los ojos. Sostuvo la mirada tres segundos exactos, los mismos que tardó el presidente en llamar al siguiente votante.
—Matías Elizondo.
Él cruzó el salón con pasos medidos. Depositó su papeleta. Al girarse, Valeria seguía junto a la puerta. Se miraron otra vez. Esta vez fue ella quien no apartó los ojos.
El presidente levantó la urna.
—Procedemos al recuento.
Dos funcionarios municipales volcaron las papeletas sobre la mesa presidencial. El montón de papel era pequeño. Apenas noventa y cuatro votos. Los fueron separando en dos pilas: una para la reforma, otra para la protección de la librería.
—Cuarenta y cinco en contra —murmuró Valeria.
—Cuarenta y cinco a favor —respondió Luna.
—Cuarenta y seis. Cuarenta y seis. Cuarenta y siete.
El funcionario levantó la última papeleta.
—Cuarenta y siete votos a favor de la reforma.
El presidente asintió.
—Cuarenta y siete votos a favor de la protección de la librería.
Un murmullo recorrió la sala. Luna ahogó una exclamación. Clara se cubrió la boca con las dos manos.
—Empate —anunció el presidente con voz neutra—. Según el reglamento de la asamblea vecinal, artículo doce, se convoca una segunda votación para mañana a las diez en punto.
Fermín se levantó de golpe. La silla chirrió contra el suelo.
—Esto es ridículo —farfulló.
Pero no esperó respuesta. Recogió los documentos de reforma con manos temblorosas y se dirigió hacia la puerta lateral sin despedirse. Varios vecinos apartaron la mirada a su paso. Otros ni siquiera se movieron para dejarle sitio. Fermín empujó la puerta con el hombro y desapareció en el pasillo oscuro.
Los vecinos comenzaron a dispersarse. Paraguas entrechocando en el vestíbulo. Cuchicheos que no terminaban de formularse. La tormenta no daba tregua: el agua corría por los canalones con un rugido constante.
Luna intentó abrirse paso hacia Valeria, pero un grupo de vecinos la detuvo.
—¿Qué va a pasar ahora? —le preguntó la panadera.
—¿Crees que ganaremos mañana? —añadió el herrero.
Clara permanecía sentada, los ojos fijos en la mesa del recuento, como si esperara que las papeletas cambiaran de montón por sí solas.
Valeria no se movió de la puerta.
Matías seguía al fondo, apoyado contra la pared. El abrigo le chorreaba agua que ya no era de la lluvia de afuera, sino del calor que empezaba a secarle la ropa. Guardó el reloj de bolsillo en el chaleco.
El salón se vaciaba. Las sillas desordenadas. Las papeletas esparcidas sobre la mesa. El presidente apagó los micrófonos y recogió sus gafas de concha.
Valeria miró a Matías.
Matías la miró a ella.
Entre los dos, cuarenta y siete sillas vacías y un montón de papeles que decidirían mañana si el Faro de Tinta seguía en pie o se hundía en el barro de la calle Mayor.
Ninguno se atrevió a cruzar la distancia.