FeverStory

La librería de la lluvia

Episodio 11

El carrito de la compra de Clara tintineaba al chocar contra los adoquines. Cada bache arrancaba un ruido metálico que rebotaba en las fachadas vacías de la calle Mayor.

—No me mires así, Valerita —dijo sin volverse—. Que el té de tilo lo tengo en casa, no en la sacristía.

Valeria caminaba un paso detrás. El bolso le pesaba en el hombro. Dentro, las once cartas de Matías formaban un rectángulo rígido que se le clavaba en la cadera a cada zancada.

Clara dobló la esquina hacia la calle del Horno. Su casa olía a alcanfor y a bizcocho rancio incluso desde el soportal. Abrió la puerta con un empujón de cadera y dejó el carrito junto al paragüero.

—Pasa, pasa, que las corrientes son traicioneras —se quitó el pañuelo bordado y lo escurrió sobre el felpudo—. Voy a poner la tetera.

El pasillo estaba iluminado por una bombilla desnuda. Las paredes, empapeladas con flores amarillas, se combaban por la humedad de tres semanas de lluvia.

Valeria se detuvo en la entrada del saloncito.

—Clara. No he venido por el té.

Clara Villalba se quedó quieta junto a la cocina de gas. Las zapatillas ortopédicas chirriaron al girar sobre las baldosas.

—Ya lo sé, chiquilla —los dedos le temblaron al soltar la tetera—. Pero una necesita las manos ocupadas para decir según qué cosas.

Cruzó el pasillo arrastrando los pies. El vestido de flores le rozaba los tobillos hinchados. Se detuvo frente a la puerta del dormitorio y apoyó la frente en la madera.

—Llevo diez años despertándome con esta caja en la cómoda —empujó la puerta—. Diez años, Valeria. Diez años mirándola cada mañana y cada noche, como quien mira una lápida.

El dormitorio era pequeño. La cómoda de castaño ocupaba toda la pared del fondo. Sobre el mármol, una caja de lata de las galletas María Fontaneda. El metal estaba oxidado en las esquinas.

—Ábrela.

Valeria no se movió.

—¿Qué hay dentro?

—Tus palabras —Clara se dejó caer en la cama—. Las siete cartas que escribiste a Matías hace diez años. Las eché al buzón de su pensión, sí. Pero fui yo quien las recogió al día siguiente, antes que él.

El reloj de cuco del salón marcó las once.

Valeria dio tres pasos. La tapa de la lata chirrió al levantarla.

Los sobres estaban amarillentos. Reconoció su propia letra —una caligrafía redonda e insegura, la de una chica de veinte años que escribe a escondidas en la trastienda—. Fechados en octubre.

Noviembre. Diciembre. La tinta corrida en las esquinas, como si alguna vez les hubiera dado la humedad.

No necesitó abrir el primero para recordar lo que decía. Lo supo al tocar el papel.

«Te espero», decía. «Te espero aunque no vuelvas. Te espero aunque no escribas. Te espero aunque me olvides. Te espero.»

Nunca llegó a sus manos.

—¿Por qué? —la voz de Valeria sonó a cristal roto.

Clara se miró las manos. Eran manos de vieja: nudillos deformados por la artrosis, venas azules bajo la piel fina como papel de fumar.

—Porque me daba miedo que él te rompiera —los ojos se le llenaron de agua—. Tu abuela me dijo una vez que el amor de lejos era amor de tontos. Y yo fui más tonta todavía, porque pensé que si las cartas desaparecían, tú también olvidarías.

—Pero no olvidé.

—No. No olvidaste —Clara alzó la vista—. Y él tampoco.

Valeria apretó los sobres contra el pecho. Eran siete. Las once de Matías estaban en el bolso. Dieciocho cartas escritas en el mismo mes, en el mismo pueblo, con la misma lluvia golpeando las mismas ventanas. Dieciocho gritos de socorro que se cruzaron en el aire sin tocarse.

—Las suyas las escondió en el mostrador —dijo Valeria—. Hace diez años. La misma semana que yo eché las mías al buzón.

Clara se cubrió la boca con el pañuelo arrugado.

—Dios mío, Valerita. Dios mío.

El agua empezó a caer con más fuerza contra los cristales. Una cortina de barro y viento que emborronaba las farolas de la calle.

Valeria guardó sus cartas en el bolso, junto a las de Matías. El cierre metálico apenas pudo contenerlas. Alzó la vista y encontró a Clara encogida en la cama, pequeña como un gorrión mojado, toda la energía del chisme y los refranes desinflada en un sollozo.

Se acercó. Le puso una mano en la mejilla. El lunar del tamaño de un garbanzo temblaba junto al labio.

—No te las llevaste por miedo —dijo Valeria—. Te las llevaste por amor. Un amor torpe, pero amor.

La besó en la frente.

—Guárdame el té para mañana.

Salió al pasillo. Oyó el tictac del cuco.

—¿Adónde vas con esta tormenta? —la voz de Clara sonó quebrada desde el dormitorio.

Valeria abrió la puerta de la calle. El viento le azotó la cara.

—Al andén. El tren de medianoche sale en veinte minutos.

Y echó a correr bajo la lluvia.

El reloj de la estación marcaba las once y cuarenta y siete. Las agujas no se movían desde hacía diez años, atascadas por el óxido y la humedad, igual que el reloj de bolsillo que Matías sostenía en la mano izquierda.

Lo guardó en el chaleco. El billete, en cambio, lo sostuvo entre el índice y el corazón. Cartulina azul desvaída. Una sola palabra impresa: MEDIANOCHE.

Las vías brillaban bajo los faroles. La tormenta no cedía. El agua corría por el borde del andén y se llevaba hojas secas, colillas, un boleto de lotería caducado. Matías seguía los restos con la mirada hasta que desaparecían en la boca del túnel.

No quedaba nadie. La marquesina goteaba sobre los bancos de madera. El quiosco de billetes estaba cerrado. El panel de salidas, apagado.

—¡Matías!

La voz llegó antes que el cuerpo. Un grito atravesado por la lluvia, roto en la última sílaba.

Giró la cabeza.

Valeria corría por el extremo del andén. Sin paraguas. El cárdigan empapado y el pelo suelto pegado a las mejillas. En las manos, una caja de lata que brillaba bajo los faroles como si estuviera ardiendo.

Se detuvo a tres metros. Respiraba con la boca abierta. Las gafas empañadas no le dejaban ver, pero no se las quitó.

—No te subas.

Matías parpadeó. El billete seguía entre sus dedos.

—Valeria.

—No te subas —repitió ella—. Tengo algo que enseñarte.

Abrió la caja.

Los sobres se veían amarillos, con el borde mordido por la humedad. La letra del remitente era la suya. Siete cartas atadas con un cordón de zapato.

—Son mías —dijo Valeria—. Las escribí hace diez años. Para ti.

El trueno estalló sobre el tejado de la estación. A Matías se le cayó el billete. Quedó flotando en un charco junto a su zapato derecho. No se agachó a recogerlo.

—Clara las interceptó —siguió ella—. Nunca te llegaron. Como las tuyas nunca me llegaron a mí.

Le tendió la caja. Los sobres temblaban bajo la lluvia.

—Once —dijo Matías.

—¿Qué?

—Escribí once.

Se llevó la mano al pecho. No al corazón. Al bolsillo interior del abrigo, donde guardaba un fajo envuelto en papel de estraza.

—Las escondí en el mostrador. Antes de irme. En el doble fondo de la esquina junto a la pared.

Sacó el fajo. Once sobres idénticos, sin remitente, con el mismo papel de cuaderno que ella acababa de reconocer.

—Nunca creí que fueras a leerlas.

Valeria bajó la caja. Se acercó un paso.

—¿Por qué las escondiste?

—No podía dártelas.

—Eso no es una respuesta.

Él apretó los sobres contra el abrigo. Las gotas le resbalaban por la cicatriz de la mandíbula. La boca se le abrió dos veces antes de que saliera algo.

—Me fui porque no era nadie.

—Eras Matías.

—No tenía nada. Ni oficio, ni estudios, ni un apellido que valiera la pena pronunciar en este pueblo. Tu abuela me pidió que no te buscara hasta poder ofrecerte algo.

Valeria apretó los labios. La lluvia le corría por el cuello, se le metía dentro del cárdigan, le helaba los dedos. No se movió.

—Mi abuela no tenía derecho a pedirte eso.

—Tenía razón.

—No la tenía.

Levantó la caja de lata hasta la altura del pecho de Matías.

—Yo te esperé. Cada noche. Durante meses. Mira las fechas.

Él no las miró. Miraba los ojos de Valeria detrás de las gafas empañadas, dos manchas verdes borrosas que no parpadeaban.

—No lo sabía —dijo—. Lo juro.

—Ahora lo sabes.

El silbido del tren llegó desde la curva del túnel. Primero un pitido lejano, luego el traqueteo de los vagones sobre los raíles mojados. El haz del faro delantero barrió el andén y los dejó a los dos bañados en luz amarilla.

Matías no giró la cabeza.

Valeria alargó la mano y le quitó el billete del charco. Lo sostuvo entre los dos, empapado, ilegible ya.

—Se va en tres minutos —dijo ella.

—Lo sé.

—¿Vas a subir?

Él miró los once sobres en su mano. Miró la caja de lata en la de Valeria. Dieciocho cartas entre los dos. Dieciocho palabras atrapadas que habían sobrevivido diez años de polvo, mentiras y tablones de madera.

Rasgó el billete por la mitad.

El papel mojado se partió sin ruido. Los dos trozos cayeron al suelo y la lluvia los arrastró hacia el borde del andén, hacia las vías, hacia el túnel de donde venía el tren.

Valeria soltó la caja.

Se abrazó a él con las dos manos extendidas sobre su espalda, las cartas de Matías aplastadas entre los dos pechos, el agua escurriendo desde el pelo de ella hasta el cuello de él. Él tardó dos segundos en reaccionar. Luego la rodeó con los brazos. La caja de lata quedó a sus pies, abierta, los siete sobres de Valeria recogiendo la lluvia.

—No te subas —dijo ella contra su hombro.

—Ya lo rompí.

—Rómpelo otra vez.

—No tengo otro.

Ella rio. Un sonido corto, húmedo, casi un hipo.

El tren entró en la estación. Las ruedas chirriaron sobre los raíles mojados. Las puertas se abrieron con un siseo hidráulico. El revisor asomó la cabeza, miró a derecha e izquierda, vio a dos figuras abrazadas en el centro del andén y volvió a meterse dentro.

Las puertas se cerraron.

El tren reanudó la marcha. Los vagones fueron pasando uno a uno, cada vez más despacio, hasta que el último desapareció en la curva y solo quedó el sonido del agua.

La lluvia empezó a amainar.

Primero fue un cambio en el ritmo. Las gotas dejaron de repicar contra la marquesina y pasaron a un golpeteo manso, espaciado. El charco donde flotaban los trozos del billete dejó de agrandarse.

Valeria levantó la cabeza. Las gafas seguían empañadas. Se las quitó con una mano, sin soltarse del todo de Matías.

—Está escampando.

—Sí.

—No del todo.

—Aún no.

Él miró hacia el cielo. Las nubes seguían cerradas, pero el borde del este se veía un poco más claro, como si alguien hubiera diluido la tinta.

—Tengo que enseñarte una cosa —dijo Matías.

—¿Más cartas?

—El motivo de verdad. Por lo que volví.

Se separó lo justo para guardar las once cartas dentro de la caja de lata, junto a las siete de ella. Dieciocho sobres mojados, ilegibles algunos, legibles otros. Cerró la tapa.

—Mañana —dijo Valeria—. Sea lo que sea, mañana. Ahora no.

—¿Por qué?

—Porque mañana tenemos que ganar una votación. Y yo quiero llegar a esa asamblea sabiendo que esta noche no me has dicho adiós.

Matías asintió.

—No te lo he dicho.

—Pues no me lo digas nunca.

Él no respondió. Le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia la salida de la estación. La caja de lata iba en la mano de Valeria, apretada contra su costado. Los trozos del billete se los llevó el agua de la tormenta, que ya apenas era tormenta, hacia las vías, hacia el túnel, hacia ningún sitio.

El salón de actos del ayuntamiento olía a ropa húmeda y a café recalentado. Las diez de la mañana entraban por los ventanales con una luz gris de tormenta que no se decidía a parar.

Valeria entró con la mano de Matías todavía entrelazada a la suya. El cárdigan le pesaba por el agua de la noche anterior. Las gafas, empañadas por el contraste de temperatura, le nublaban media cara. No las limpió. Los vecinos dejaron de hablar.

Clara estaba en primera fila, la caja de lata sobre las rodillas. El rodete le goteaba sobre los hombros. Al verlos, apretó la caja contra el pecho y se levantó a medias. Volvió a sentarse. No dijo nada.

—¿Se puede saber qué significa esto? —la voz de Fermín Cruz atravesó el salón desde la mesa de la presidencia.

El alcalde lo miraba sin pestañear, las gafas de concha en la mano.

—Significa que han llegado, Fermín.

—Llegan tarde. El reglamento de ordenación urbana, en su artículo veintisiete, apartado cuarto...

—Los veo perfectamente —el alcalde se caló las gafas—. Siéntense.

Fermín se puso de pie. El portafolios negro resbaló de la mesa y cayó al suelo con un golpe seco. Nadie lo recogió.

—Protesto. La sesión de ayer fue un espectáculo impropio de una institución municipal. Exijo que se anule el resultado y se proceda conforme al artículo doce del reglamento de régimen interno.

—El artículo doce regula las dietas por desplazamiento —dijo Matías sin soltar la mano de Valeria.

Un funcionario municipal tosió.

Fermín enrojeció. El bigote le temblaba.

—No voy a tolerar que un tasador que ha reconocido públicamente haber falseado...

—Mi informe —lo interrumpió Matías—. Yo lo retiré. Eso no es falsear.

—¡Retirarlo después de presentarlo vicia el procedimiento!

El alcalde levantó una mano. La palma, manchada de nicotina, temblaba ligeramente.

—Fermín, la votación de ayer fue válida. El empate está en acta. La segunda votación se celebra ahora. Si no le gusta, puede presentar un recurso por escrito.

—Lo presentaré.

—Que lo presente.

Fermín se quedó de pie un instante más. Recogió el portafolios del suelo. Se alisó la corbata con dos golpes secos. Se sentó.

El alcalde abrió una carpeta nueva.

—Señores vecinos, procedemos a la segunda y definitiva votación sobre la protección del inmueble número cuatro de la calle Mayor, conocido como El Faro de Tinta.

Valeria buscó a Luna con la mirada. Estaba tres filas atrás, junto a la panadera. Luna le guiñó un ojo y luego miró a Clara.

—¿Trajo las cartas? —susurró Luna.

Clara asintió sin levantar la cabeza.

El alcalde llamó al orden.

—Recuerden que el voto es nominal. Cada vecino dirá en voz alta su nombre y su decisión. Empezamos por la izquierda.

La herrera se levantó primero.

—Adela Mínguez. Voto por la librería.

El carnicero, a su lado, carraspeó.

—Voto por la librería. Lo que hizo el padre de Fermín merece quedarse en pie.

Fermín apretó los puños sobre la mesa.

Uno a uno, los vecinos se fueron levantando. Las manos temblaban al apoyarse en los respaldos de las sillas. La lluvia repiqueteaba en los cristales con una cadencia monótona.

—Voto por la librería.

—Por la reforma.

—Por la librería.

—Reforma.

A la mitad del recuento, Valeria dejó de contar. Las palmas le sudaban. Matías le apretó los dedos una vez. Corto. Seco.

Clara se levantó cuando le llegó el turno. Sostenía la caja de lata con las dos manos.

—Clara Villalba —la voz le salió más firme de lo que esperaba—. Voto por la librería.

Al sentarse, abrió la caja. Las cartas de Valeria estaban encima, atadas con una cinta de raso azul. Debajo, las once de Matías.

Clara pasó un dedo por el borde de la cinta. La apartó. Sacó un sobre.

Fermín la vio.

—¿Qué es eso?

—Cartas —dijo Clara—. Palabras atrapadas.

—Esto no es un mercadillo.

—No —dijo ella—. Es una asamblea. Y estas cartas son la razón por la que esta librería no se puede tocar.

El alcalde carraspeó.

—Señora Villalba, continúe el turno, por favor.

Los votos siguieron. El herrero. La panadera.

El boticario. El viejo de la ferretería. Todos decían su nombre como quien firma un contrato.

Llegó el último vecino. Un hombre joven, con el mono de trabajo manchado de grasa. El aprendiz del taller de Fermín.

—Raúl Domínguez —dijo, y Fermín alzó la cabeza—. Voto por la librería.

Fermín se levantó tan rápido que la silla volcó.

—¡Tú trabajas para mí!

—Trabajo en su taller —dijo Raúl sin mirarlo—. Pero voto en la asamblea.

El alcalde anotó el último voto. Un funcionario le acercó el acta. El silencio llenó el salón como si la lluvia se hubiera detenido de golpe.

—El resultado es el siguiente: cuarenta y ocho votos a favor de conservar la librería. Cuarenta y siete a favor de la reforma.

Valeria no respiró.

—La moción de reforma queda desestimada. El Faro de Tinta permanecerá como establecimiento protegido.

Luna gritó. Un grito corto, animal, que se ahogó en un sollozo. Se abalanzó sobre Clara y la abrazó sin pedir permiso. La caja de lata tembló entre las dos. Las cartas se deslizaron.

Una cayó al suelo.

Fermín Cruz salió del salón sin hablar. El portafolios golpeaba contra su muslo derecho. La puerta no llegó a cerrarse. La corriente de aire movió el sobre caído hasta el pie de Matías.

Los vecinos aplaudían. Algunos lloraban. La herrera le tendió la mano a Valeria y se la estrechó con fuerza de fragua.

Matías se arrodilló. Recogió la carta del suelo. Era uno de los sobres que Clara había atado con la cinta azul. La letra de Valeria, pequeña y apretada, ocupaba el centro.

Lo abrió. Leyó en voz baja, para sí mismo, y luego alzó la cabeza.

El pueblo guardó silencio.

—«Nunca supe esperar a nadie hasta que te fuiste» —leyó Matías.

Valeria lo miraba. Las gafas seguían empañadas, pero no necesitaba verlo para saber que estaba llorando.

—Nunca más un tren —dijo él.

—Nunca más —respondió ella.

La librería de la lluviaEpisodio 11