Él regresó para demoler mi librería heredada; yo escondo las cartas que nunca le envié aquella temporada de lluvias.
Episodio 1
La lluvia empezó cuando Don Emilio empujó la puerta. El primer golpe de agua contra el toldo sonó como un redoble de nudillos sobre lona tensa, y la luz de la calle Mayor se volvió de un gris plomizo que parecía colarse por las rendijas del escaparate. Martina levantó la vista del inventario.
El alcalde entró sacudiéndose el agua del gabán, con ese bastón que golpeaba la madera como un reloj al que se le acaba la cuerda. Detrás, una silueta ancha ocupó el marco. Las gafas de leer se le resbalaron por la nariz. El corazón le dio un vuelco sordo, como si el suelo de la librería hubiera cedido un centímetro bajo sus pies.
Él.
Más pesado. Más callado. La misma cazadora de cuero marrón, ahora con el cuero agrietado en los codos, y ese gesto de apretar la mandíbula que contenía la respiración. Traía una carpeta bajo el brazo y la mirada puesta en la pared del fondo, donde su abuela había colgado un grabado de la Alhambra, ese que siempre parecía vigilar la tienda desde su marco descolorido.
—Martina, hija —Don Emilio se apoyó en el bastón—. Le presento a León Altamira, el tasador que nos ha enviado el ayuntamiento. Habida cuenta de los plazos, viene a hacer la inspección técnica.
León inclinó la cabeza. Una sola vez. Seco. La lluvia había oscurecido las hombreras de la cazadora y las gotas resbalaban por el cuero sin permiso. —Señorita Varela.
La voz más grave de lo que recordaba. O puede que solo fuera el esfuerzo de sonar como un desconocido. Martina sintió la saliva espesa, pero se obligó a tragar. —Buenas tardes —dejó el bolígrafo sobre el inventario, justo encima del número que había estado contando—. ¿Quieren pasar?
Don Emilio ya había empezado a caminar hacia el mostrador, enumerando los males de la calle Mayor como quien recita una letanía, mientras el bastón marcaba el paso entre las estanterías. Martina no lo escuchaba. Observaba los nudillos de León, enrojecidos alrededor de la carpeta, como si llevara horas apretándola contra el pecho.
—En virtud del plan de reformas, el ayuntamiento necesita un dictamen preliminar —Don Emilio se detuvo junto a la escalera que subía al altillo—. El señor Altamira revisará cimientos, bajantes, vigas maestras... Lo habitual en estos casos.
—¿Ruina económica? —preguntó Martina, y la palabra ruina le supo a polvo de libro viejo.
León abrió la carpeta. Un plano de la librería, fechado hacía dos semanas, con las líneas de las estancias trazadas a mano alzada. —Hay que determinar si el coste de rehabilitación supera el valor del inmueble.
Su tono era el de quien lee las condiciones de una póliza.
—La abuela de Martina fundó esta librería —Don Emilio se quitó el puro apagado de la boca—. La Hoja Eterna es patrimonio sentimental del pueblo. Pero las grietas no preguntan por el sentimiento, ¿verdad, Altamira?
—No preguntan.
Martina cruzó los brazos. La lluvia arreciaba contra el escaparate y las gotas dibujaban un mapa de nervaduras sobre el cristal. —La estructura es sólida. Mi abuela la mandó revisar tres veces.
—Los informes caducan —León señaló una columna, esa columna llena de postales antiguas pinchadas con chinchetas—. Necesito ver los bajantes.
—Están al fondo.
—Lo sé.
Silencio. El tictac del reloj de pared se hizo audible, un compás que Martina conocía desde niña. Don Emilio carraspeó.
—Quiere decir que lo supone. Por el plano.
—Por el plano —repitió León, y la palabra rebotó contra las baldosas.
Martina lo miró a los ojos. Gris oscuro. Muy juntos. La cicatriz fina en la ceja derecha seguía ahí, casi invisible si no mirabas de cerca, un trazo pálido que ella había besado alguna vez. Él sostuvo la mirada dos segundos y volvió al plano.
El viento empujó la puerta.
Se trabó abierta con un golpe seco. La lluvia entró en ráfagas, salpicando los libros de la mesa de novedades y llenando el aire de olor a tinta mojada y papel. Martina corrió a cerrarla, pero el pestillo no cedía. La madera hinchada por la humedad no encajaba en el marco. Forcejeó con las dos manos, sintiendo cómo el agua le corría por las muñecas.
—Déjeme.
León se acercó sin hacer ruido. Olía a tabaco frío y a algo metálico, como el hierro mojado de las obras, y un resto de lluvia vieja en la ropa. —No se preocupe —dijo Martina sin soltar la puerta.
—No se preocupe usted.
Sus dedos rozaron el marco por encima de la bisagra. Buscó el punto exacto sin mirar. Lo encontró. Levantó la puerta medio centímetro con un gesto seco y la encajó.
El pestillo entró solo.
Martina conocía ese gesto. Lo había visto docenas de veces, un octubre de hacía diez años, cuando la puerta se atascaba cada tarde de tormenta y él lo arreglaba sin que nadie se lo pidiera. El corazón le palpitaba en la garganta, pero ella se quedó callada.
La puerta se cerró. El viento dejó de empujar. Y algo cayó al suelo.
Una fotografía.
Boca abajo sobre la madera, junto al felpudo. León se agachó antes que ella. La recogió, le dio la vuelta y se quedó quieto. La imagen debió de desprenderse del interior de la carpeta, de entre los planos, guardada quién sabe por qué.
Martina vio sus propios veinticuatro años en papel mate. Estaba sentada en el mostrador, riéndose de algo, con un jersey de ochos que ya no tenía. León aparecía a su lado, apoyado en la misma esquina, mirándola a ella y no a la cámara. Los dos tenían las mangas mojadas y las caras demasiado jóvenes.
Él le tendió la foto sin decir nada. Los dedos le temblaron un instante, casi imperceptible, al rozar el borde.
—Gracias.
Martina la guardó en el bolsillo del delantal. La dobló sin querer, pero daba igual. La foto ya tenía una doblez antigua, justo entre los dos, como una cicatriz de papel.
Don Emilio, que no se había movido del pie de la escalera, suspiró. —Habida cuenta de la tormenta y de que ya hemos visto lo principal... ¿le importa si salgo un momento? Tengo una llamada del secretario.
—Adelante —dijo Martina.
El alcalde se fue apoyándose en el bastón. La puerta se abrió y se cerró con un quejido de bisagras. El silencio que dejó era más pesado que su presencia, un silencio cargado de goteras y recuerdos no dichos.
León se apartó de la entrada. Sacó un flexómetro del bolsillo de la cazadora y empezó a medir el marco de la puerta. La cinta metálica se desenrolló con un chasquido seco. —¿Va a tirar la pared? —preguntó Martina, pero su tono no tenía la ironía que pretendía.
—Mido el asentamiento.
—El suelo está nivelado.
—Lo estuvo.
Martina volvió al mostrador. Buscó algo que hacer con las manos. Los dedos le temblaban ligeramente. Revisó el inventario sin leer una sola línea, pasando las páginas como quien pasa los días.
La lluvia tamborileaba en el toldo de lona. Un ritmo lento, pausado, como un reloj al que le costara avanzar. Las gotas resbalaban por el escaparate y deformaban la calle Mayor, las fachadas desconchadas y el bar de Rosalía al otro lado.
En el bar se encendió una luz.
Luego se apagó. Luego otra. Y otra.
Martina conocía esa coreografía. Rosalía estaba mirando hacia la librería y tomaba decisiones.
—Mierda —murmuró.
León levantó la vista del flexómetro. —¿Qué?
—Nada.
La puerta del bar se abrió. Una figura pequeña cruzó la calle corriendo bajo la lluvia con una bandeja envuelta en papel de aluminio. Las sandalias chapoteaban en los charcos y el agua le salpicaba las perneras de los vaqueros arremangados.
Iria.
Entró como un torbellino. —¡Tía Rosalía dice que con esta tormenta seguro que no habéis comido y que las empanadas se enfrían y que no le discutas, Martina, que te conoce!
Se sacudió el flequillo pelirrojo, dejando un reguero de agua sobre el suelo, y dejó la bandeja en el mostrador. Luego vio a León, agachado junto a la puerta con el flexómetro en la mano, y abrió mucho los ojos.
—Ah. El tasador.
—Buenas tardes —dijo León sin levantarse.
—Buenas... Espera.
Iria entrecerró los ojos. Miró a León. Miró a Martina. Volvió a mirar a León.
—Pero si eres el de la foto del bar.
León detuvo el flexómetro. La cinta metálica se recogió de golpe con un zumbido fino que se cortó antes de lo previsto. —No sé a qué se refiere.
Se puso de pie. Guardó la herramienta en el bolsillo. El gesto era mecánico, pero las aletas de la nariz se le dilataron un segundo.
—Sí, hombre, la foto esa que tiene tía Rosalía en el espejo de la barra —Iria señaló hacia el bar como si la foto se viera desde allí—. Con Martina y... bueno, y tú. Más joven, pero eres tú.
—Iria —dijo Martina.
—¿Qué? Si no es nada malo. Es una foto bonita. Parecía una portada de novela, de esas de reencuentros después de...
—Tengo que revisar las vigas del altillo —León se dirigió a Martina sin mirar a Iria—. Si me permite el acceso, señorita Varela.
El usted. Helado. Técnico. La cicatriz de la ceja se le marcó más, como si apretara la mandíbula contra una verdad antigua.
—Le acompaño —dijo Martina.
—No será necesario. Sé dónde está.
—Las escaleras están en peor estado que la puerta.
—Las recuerdo perfectamente.
Silencio. Iria se tapó la boca con las dos manos. —Ay. Dije algo que no debía, ¿verdad?
Martina le tendió la bandeja de empanadas. —Llévatelas otra vez.
—Pero Rosalía me mata.
—Dile que nos las hemos comido y que estaban buenísimas. Ahora vete.
Iria recogió la bandeja. Retrocedió hacia la puerta. Antes de salir, miró a León de reojo y tartamudeó: —Lo s-siento. Soy un desastre. Como en las comedias de enredo, pero al revés.
Salió bajo la lluvia sin cubrirse la cabeza.
La puerta se cerró.
Martina se quedó junto al mostrador. León no se había movido. La lluvia golpeaba más fuerte ahora, repiqueteando contra el cristal como si quisiera entrar.
—¿Cuándo ha dicho que redactará el informe? —preguntó Martina. Su propia voz le sonó más tranquila de lo que esperaba.
—Mañana. Una vez terminada la inspección.
—Entonces termine.
—Eso pretendo.
León dio dos pasos hacia la escalera. Uno. Dos. Al tercero, se detuvo.
Estaba parado justo encima de la baldosa suelta.
Martina la conocía bien. Había aprendido a esquivarla sin pensar. Estaba delante del mostrador, a la izquierda, donde los clientes esperaban para pagar. Era una baldosa hidráulica con una esquina rota, y desde niña, ella y luego su abuela la habían rodeado como quien evita una trampa doméstica.
León bajó la mirada.
Se arrodilló.
Apoyó la carpeta en el suelo. Tocó la baldosa con la punta de los dedos y la hundió ligeramente. Un cabeceo mínimo, casi imperceptible. El sonido de la baldosa al bailar sobre el cemento le recordó a Martina aquel verano en que él había estado a punto de repararla.
Su semblante cambió.
No dijo nada. Pero los hombros se le tensaron bajo la cazadora de cuero. Los nudillos enrojecidos se le pusieron blancos al apoyar la mano en el suelo.
Martina se quedó quieta. Tenía la foto doblada en el bolsillo del delantal. Sentía el papel áspero contra el muslo.
—No la arreglaste —dijo León.
No era una pregunta.
—No.
—Podría haberse roto.
—Sabía esquivarla.
León retiró la mano de la baldosa. Se levantó despacio. Recogió la carpeta. —Necesito los datos catastrales del altillo.
—Están en el archivo.
—¿Dónde?
—Usted ya sabe dónde está el archivo, señor Altamira.
Él la miró por primera vez desde que Iria se había ido. Los ojos grises ya no evaluaban nada. Estaban quietos. Como si hubiera dejado de medir y estuviera solo aguantando. Martina creyó ver una sombra de humedad en ellos, pero quizá fuera el reflejo de la lluvia en el escaparate.
—Mañana redactaré el informe. A primera hora.
—De acuerdo.
—Buenas tardes, señorita Varela.
—Buenas tardes.
León caminó hacia la puerta. La abrió sin esfuerzo. La lluvia le dio en la cara. Salió. No volvió a mirar.
Martina esperó oír sus pasos sobre el empedrado, pero la tormenta se los tragó. Se quedó apoyada en el mostrador. El inventario seguía abierto por la misma página. Los números bailaban sin decirle nada.
Se llevó la mano al bolsillo.
Sacó la fotografía.
La alisó sobre la madera. La doblez antigua cruzaba justo entre los dos, como un río pequeño. Ella tenía veinticuatro años y se reía. Él la miraba. Las mangas mojadas, las caras jóvenes, la lluvia de octubre contra el toldo.
Ninguno de los dos había dicho una palabra sobre la foto.
Ella la había guardado.
Él la había entregado como quien devuelve un expediente ajeno. Sin embargo, la llevaba en la carpeta de trabajo. Eso no era devolver un expediente.
Afuera, la tormenta empezó a remitir. El toldo dejó de tamborilear. La calle Mayor quedó en silencio, salpicada de charcos que reflejaban las farolas como monedas de agua. Desde el bar de Rosalía llegaba un murmullo de tazas y de conversaciones cortadas.
Martina apretó la foto en el puño.
Luego miró la baldosa suelta.
Ahí estaba. En el sitio de siempre. Con el cabeceo mínimo que solo notaba quien la había pisado antes.
Él la había tocado como si doliera.
Y no había dicho nada.
Martina se guardó la foto en el bolsillo. Se quedó detrás del mostrador, en penumbra, con las manos quietas sobre la madera y una pregunta que no se atrevía a formular.