FeverStory

Él regresó para demoler mi librería heredada; yo escondo las cartas que nunca le envié aquella temporada de lluvias.

Episodio 2

La noche no había traído respuestas. Solo insomnio.

Martina descolgó el teléfono del bar a las siete de la mañana. Rosalía atendió al segundo tono.

—Necesito los libros de contabilidad de mi abuela.

—¿Tan temprano, criatura? —la voz de Rosalía sonaba pastosa, sin café todavía—. Están en la trastienda, detrás de los de gran formato. Tu abuela los guardaba en una caja de madera.

—No la vi ayer.

Un silencio. Demasiado largo para ser casual.

—Pues busca mejor —dijo Rosalía—. Y desayuna algo.

Colgó.

Martina se quedó mirando el auricular. Rosalía no le había preguntado para qué quería los libros de contabilidad.

La trastienda olía a papel viejo y a humedad de octubre. Las cajas se apilaban contra la pared del fondo, etiquetadas con la letra redonda de su abuela. Encontró los libros de gran formato —atlas de botánica, láminas de arquitectura— y los fue apartando uno a uno. Pesaban.

Detrás, pegada a la pared, una caja de madera con el cierre de latón empañado.

No era de contabilidad.

La reconoció al instante. Había pertenecido a su abuela, pero Martina la recordaba cerrada con llave en el armario del pasillo, no en la trastienda. Alguien la había movido.

El cierre cedió con un quejido metálico.

Dentro no había facturas. Había cartas.

Fajos atados con cintas de raso, sobres sin matasellos, cuartillas dobladas en tres partes. Su propio nombre, repetido en el remite, escrito con la letra que tenía a los veinticuatro años.

—Dios.

La palabra salió sin aire.

Tomó el primer fajo. La cinta se deshizo al tirar. Las cuartillas se desparramaron sobre la mesa de embalaje y Martina vio fechas, tachaduras, márgenes llenos de anotaciones.

Octubre, 17. Llueve desde el martes y León no ha venido a la librería. Le he escrito tres cartas que nunca le daré.

Se llevó la mano a la boca sin darse cuenta.

Recordaba haber escrito esas palabras. Recordaba la mesa de la cocina, la taza de té frío, la luz gris de la ventana. Pero no recordaba haber guardado las cartas. Creía haberlas roto.

Octubre, 21. Hoy ha entrado a comprar un libro de planos. Me ha dicho «gracias, señorita Varela» delante de mi abuela y yo he estado a punto de reírme. Cuando se ha ido, mi abuela me ha mirado por encima de las gafas y no ha dicho nada. Mi abuela nunca decía nada y siempre lo decía todo.

Dejó la cuartilla y cogió otra. Las manos le temblaban sobre el papel.

*Octubre, 29. Esta tarde hemos cerrado juntos. Ha llovido todo el día y él se ha quedado a cubrir los ventanales.

Hemos hablado de libros, de ciudades donde nunca llueve, de si el pueblo cambiará cuando arreglen la calle Mayor. No me ha tocado. No me ha mirado como yo quería que me mirara.

Pero al marcharse se ha detenido en la puerta y ha dicho «Martina». Solo eso. Mi nombre. Como si se lo guardara.*

Martina bajó las cuartillas.

Conocía esa letra. Cada curva, cada tilde mal puesta por la prisa.

Pero conocía también otra letra.

Revisó los fajos más rápido, apartando cintas, haciendo a un lado sobres cerrados. Buscaba algo que no sabía que estaba buscando hasta que lo encontró.

Un sobre sin remite. Distinto.

Lo abrió con dos dedos, como si pesara más que los otros.

La caligrafía era suya. De ella. Pero el tono no.

No sé cómo decírtelo sin que parezca un informe pericial. No sé escribirte sin que parezca que estoy tasando un edificio en ruina. Así que te lo digo aquí, en una carta que nunca te daré: yo también vengo a esta librería a oírte respirar.

No había firma. No la necesitaba.

Martina dejó caer la carta sobre las demás. Se quedó mirando la pared de la trastienda, el desconchón con forma de pez que su abuela nunca quiso arreglar.

Él también escribió.

Él también guardó las cartas en esta caja.

O alguien lo hizo por ellos.

—Rosalía —dijo en voz alta, solo para oír cómo sonaba la certeza.

No era una pregunta.

Recogió los fajos en orden inverso, uno a uno, recolocando las cintas como si el desorden pudiera delatar lo que había leído. Cerró la caja. El cierre de latón sonó a cosa antigua, a secreto familiar.

La llevó al mostrador. La metió en el armario bajo la caja registradora, detrás de los rollos de papel térmico y del libro diario del año pasado.

Nadie abría ese armario.

Nadie, excepto ella, iba a saber lo que contenía.

Se incorporó despacio. La rodilla izquierda le crujió. Fuera, la calle Mayor empezaba a llenarse de vecinos que abrían persianas, que barrían aceras, que miraban al cielo por si volvía la lluvia.

Desde el otro lado de los ventanales, el toldo goteaba.

Martina se limpió las manos en el jersey, aunque no se las había manchado, y esperó a que el pulso volviera a un ritmo que no doliera.

A media mañana, el toldo de La Hoja Eterna seguía goteando. Martina había metido la caja en el cajón del escritorio, bajo el libro de facturas. La llave la guardó en el bolsillo del delantal.

No iba a mirar las cartas. No todavía. Pero tampoco iba a dejar que nadie las encontrara antes que ella.

La puerta se abrió sin que llamaran.

León entró con un plano enrollado bajo el brazo y una linterna de obra en la mano. Vestía la misma cazadora de cuero, pero la camisa era distinta: azul oscuro, sin una arruga.

—Buenos días —dijo él.

—Buenos días.

—Traigo el plano. Los cimientos y los bajantes llevan su tiempo.

—Adelante.

Martina no se movió del mostrador. Observó cómo León desenrollaba el plano sobre la mesa de novedades. Sus dedos recorrían las líneas azules con la seguridad de quien lee un idioma propio. Algo en ese gesto le resultó familiar: él siempre había mirado los mapas como si pudiera caminarlos.

León cogió la linterna. Se dirigió hacia el fondo del local, donde el pasillo estrecho llevaba al patio interior. Al pisar la tercera baldosa desde la entrada, se detuvo.

El pie izquierdo quedó suspendido un instante. Luego apoyó la puntera. La baldosa cabeceó bajo su peso con un chasquido seco. Él no la miró. Siguió caminando hacia la puerta trasera como si el suelo no se hubiera movido.

Martina sintió un pinchazo en el pecho. Era lo mismo de ayer: la pausa, el silencio, la negativa a reconocer que aquella baldosa significaba algo. Apretó los dientes.

—¿Piensas revisar esa también?

León se giró a medias.

—¿Cuál?

—La que acabas de pisar.

—Está suelta. No es parte de la inspección estructural.

—Claro —Martina se cruzó de brazos—. Solo es una baldosa.

Él sostuvo la mirada. Sus ojos grises estaban más juntos de lo que recordaba, como si entrecerrarlos se hubiera vuelto un hábito profesional. No dijo nada. Se dio la vuelta y abrió la puerta del patio.

El aire húmedo entró en la librería. Olía a tierra mojada y a hojarasca acumulada en los canalones. Martina vio cómo León inspeccionaba los bajantes, la linterna apuntando a las juntas oxidadas, el plano apoyado contra la pared de ladrillo. Trabajaba con movimientos precisos, tomando notas en un cuaderno pequeño.

Ella aprovechó para revisar el cajón del escritorio. La caja seguía allí. La madera estaba fría.

Pasó la yema de los dedos por la tapa y sintió las iniciales grabadas: M. V. Su abuela le había regalado esa caja a los quince años.

«Para que guardes tus tesoros», le había dicho. Nunca imaginó que acabaría escondiendo los suyos propios detrás de facturas.

León regresó al interior. Se sacudió las gotas de lluvia de los hombros.

—Los bajantes están obstruidos. El agua se filtra por la junta del patio. Si no se desatascan antes del invierno, la humedad subirá por el muro de carga.

—¿Y eso qué significa para el informe?

—Que hay que calcular el coste de la reparación. Y compararlo con el valor del inmueble.

—O sea, que todavía no lo sabes.

—No —León enrolló el plano con cuidado—. Hasta que no termine la inspección, no puedo emitir un dictamen.

—¿Cuánto te falta?

—El altillo y el sótano. Volveré mañana.

Guardó la linterna en el bolsillo de la cazadora. Se quedó un momento frente al mostrador, con el plano bajo el brazo. Martina vio cómo sus nudillos enrojecidos apretaban el cartón. Parecía a punto de añadir algo.

—Señorita Varela.

Ella levantó la barbilla. El usted le cayó como un portazo.

—Dígame.

—La baldosa... —León apartó la vista hacia la puerta—. Avisaré al ayuntamiento para que manden a alguien. Es un riesgo de tropiezo.

—Lleva suelta diez años. No creo que sea urgente.

Él no respondió. Asintió una vez, la cabeza apenas inclinada, y salió a la calle. La puerta se cerró con el mismo quejido de siempre. Martina lo observó a través del escaparate: caminaba bajo la llovizna sin prisa, la espalda recta, el plano enrollado protegiéndolo del agua como si fuera un paraguas inservible.

Se quedó quieta hasta que su figura desapareció frente al bar de Rosalía. Luego metió la mano en el bolsillo del delantal. La llave del cajón estaba caliente del contacto con su cuerpo.

No la usó. Todavía no.

Cerró la librería a las siete. La lluvia había vuelto a arreciar con la caída de la tarde, y la calle Mayor estaba vacía salvo por el rectángulo iluminado del bar. Cruzó con la caja apretada contra el pecho, protegiéndola con el borde del jersey.

Rosalía estaba detrás de la barra, secando vasos con un paño. El local olía a guiso y a café recién hecho. Las luces eran bajas y amarillas.

—Cielo, tienes cara de no haber dormido —dijo Rosalía sin levantar la vista del vaso.

Martina dejó la caja sobre la barra. La madera sonó hueca contra el metal.

—¿Qué es esto?

Rosalía miró la caja. Sus manos se detuvieron. El paño quedó inmóvil dentro del vaso.

—Una caja —dijo al cabo de un instante.

—La encontré detrás de los libros de contabilidad de la abuela. ¿Sabes algo?

—¿Yo?

—Rosalía.

La mujer soltó el vaso y el paño. Se apoyó en la barra con los dos antebrazos y suspiró. Las patas de gallo se le marcaron más hondo.

—Pensé que nunca ibas a dar con ella.

—¿La escondiste tú?

—Hace diez años. Cuando tu abuela enfermó y me pidió que ordenara la trastienda. Encontré esta caja detrás de los archivadores.

La abrí lo justo para ver qué era. Vi las cartas. Vi tu letra. Y supe que aquello no era para que lo leyera cualquiera.

—Pero tampoco me la diste.

—Tenías veinticuatro años y él acababa de irse. Estabas hecha un cristal roto, Martina. Si te doy esa caja entonces, te hundes del todo.

—No era tu decisión.

—No —Rosalía se enderezó—. No lo era. Pero era mi responsabilidad quererte un poquito más de lo que tú te querías en aquel momento.

Martina bajó la mirada. Sus dedos rozaron la tapa de la caja. Las iniciales M. V. estaban más desgastadas de lo que recordaba, como si los años las hubieran lijado.

—¿Leíste las cartas?

—Alguna. No todas. Lo bastante para entender que las escribiste y nunca las enviaste. Y que él también había escrito alguna.

—¿Lo sabías? —Martina alzó la cabeza—. ¿Sabías que él también...?

—Vi su letra. La reconocí. Es la misma de los informes esos que trae ahora.

En la cocina, un ruido. Algo metálico cayó al suelo y rodó. Rosalía giró la cabeza.

—Iria, sal de ahí.

La cortina de la cocina se movió. Iria asomó con las mejillas encendidas y un cucharón en la mano.

—Yo no estaba escuchando —tartamudeó—. Bueno, sí, pero sin querer. O sea, estaba friendo croquetas y la puerta estaba abierta y entonces oí lo de las cartas y se me cayó el cucharón y...

—Respira —dijo Rosalía.

Iria respiró. Miró la caja y luego a Martina.

—Hay cartas. De los dos. Cartas de amor, ¿verdad?

Como en Persuasión, pero con final feliz. O eso espero. Porque si no, va a ser un dramón y yo no tengo estómago para otro final triste como el de...

—Iria.

—Cállate, ya.

Se tapó la boca con la mano libre. Rosalía le quitó el cucharón y señaló la barra.

—Siéntate. Y no abras la boca hasta que yo te diga.

Iria obedeció. Se sentó en un taburete y apoyó los codos en la barra, con los ojos muy abiertos.

Martina se pasó una mano por la frente. Sentía un cansancio antiguo, de esos que no se curan con una noche de sueño.

—No sé qué hacer con esto.

—Leerlas —dijo Rosalía—. Eso es lo primero. Luego decides.

—¿Y si no quiero saber lo que dicen?

—Mientes.

Martina levantó la vista. Rosalía la miraba con la misma expresión que ponía cuando alguien pedía un café descafeinado: una mezcla de compasión y de reproche.

—Has venido hasta aquí con la caja bajo la lluvia —continuó—. Has esperado diez años para encontrarla. Y ahora me dices que no quieres saber.

—Dije «¿y si?».

—Pues no me hagas caso.

Martina soltó una risa corta. La primera en todo el día.

—Vale —dijo—. Las leeré. Pero no esta noche.

—Mañana. Sin falta.

—Mañana.

Cogió la caja. Pesaba más que cuando había cruzado la calle, como si las palabras de Rosalía se hubieran colado dentro.

Iria levantó la mano como en clase.

—¿Puedo hablar ya?

—No —dijeron las dos a la vez.

Martina se guardó la caja bajo el brazo y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se giró.

—Gracias por guardarla.

—Gracias a tu abuela. Ella la escondió primero. Yo solo la cambié de sitio.

La lluvia arreciaba de nuevo. Martina cruzó la calle protegida por el toldo de la librería. Abrió la puerta, entró y dejó la caja sobre el mostrador. No la guardó en el cajón esta vez.

La dejó donde pudiera verla.

La llave giró dos veces. Martina dejó la caja sobre el escritorio de la trastienda y se quedó de pie, con las manos apoyadas en los bordes, sin abrirla.

La librería estaba en silencio. Solo se oía el goteo de los canalones y, de vez en cuando, el chasquido de la madera al enfriarse. La tormenta había pasado, pero el pueblo seguía envuelto en esa humedad densa que no se iba hasta marzo.

Encendió la lámpara de brazo. La luz cayó sobre la tapa de cartón, descolorida en los bordes, con una mancha de café en una esquina que ella recordaba haber hecho. Diez años. Rosalía la había guardado todo este tiempo en el altillo del bar, detrás de las cajas de botellines vacíos.

—No las leí todas —le había dicho Rosalía, con las manos envueltas en el delantal—. Solo las primeras, para saber de quién eran. Luego ya no pude seguir.

Martina levantó la tapa.

Dentro había dos bloques de cartas, separados por una goma elástica reseca que se rompió al tocarla. Las suyas, en sobres blancos sin franquear. Y debajo, un fajo más fino, doblado en cuartillas sueltas, sin sobre. Reconoció la caligrafía antes de leer una sola palabra.

Era la misma de los informes del ayuntamiento. La misma de las anotaciones a lápiz en los planos que él había dejado sobre el mostrador por la mañana.

Se sentó. Las piernas le pesaban de golpe.

Leyó la primera cuartilla. Estaba fechada un martes de noviembre, con la tinta corrida en una esquina, como si hubiera recibido una salpicadura de agua. Cuatro líneas.

«Hoy he pasado por delante y no me he atrevido a entrar. Llevo tres martes igual. El jueves tengo tren.

He pensado en romper el billete. No sé si serviría de algo.»

No iba dirigida a nadie. O iba dirigida a ella.

Martina la dejó sobre la mesa. Cogió otra, de una semana después. «He visto que has cambiado el escaparate. El cartel de la presentación sigue puesto. Me he quedado mirándolo hasta que ha empezado a llover otra vez.»

No usaba su nombre. No usaba el suyo propio. Eran apuntes, casi partes meteorológicos. Pero los martes volvía a pasar por la calle Mayor, y los jueves volvía a tener tren, y en ninguna cuartilla decía que se alegrara de irse.

La tercera estaba escrita en el reverso de un justificante del ayuntamiento. «Me han pedido que redacte el informe para la reforma. No sé si voy a poder. Si lo declaran en ruina económica, la derriban. Y yo tendré que firmarlo.»

Bajo esa cuartilla, sujeta con un clip oxidado, había otra hoja. La tinta era más oscura, la letra más temblorosa. Solo una frase. «No he sabido decírtelo nunca.»

Martina soltó el papel.

Se llevó las manos al regazo y se quedó mirando el fajo. Diez años creyendo que él se había marchado sin mirar atrás. Que octubre había sido un accidente del que él se había sacudido el polvo de los zapatos al subir al tren.

Y en cambio los martes pasaba por delante. Los jueves pensaba en romper el billete. Había escrito cartas que nunca envió, en la misma letra con la que ahora redactaba dictámenes de ruina.

Se quitó las gafas. Se frotó los ojos con el dorso de la mano, despacio.

Luego volvió a reunir las cuartillas. Las suyas y las de él. Las ordenó por fecha, diez octubres, diez noviembres, un amor escrito en dos caligrafías que nunca se habían cruzado en el mismo buzón. Separó las de León y las metió en un sobre nuevo, sin cerrar. Las suyas las dejó en la caja.

Se levantó. Abrió el cajón inferior del escritorio, el que había pertenecido a su abuela, y guardó el sobre con las cartas de León al fondo, bajo los libros de contabilidad viejos. Luego tomó la caja vacía, subió la escalerilla del desván y la empujó detrás de las cajas de saldos, contra la pared de ladrillo visto.

Cuando bajó, las rodillas le flaqueaban.

Se sirvió un vaso de agua y se quedó de pie junto al escritorio. Fuera, volvía a gotear. Una lluvia fina, insistente, que repicaba en el toldo con un ritmo nuevo.

Tomó una de las cuartillas de León, la del justificante del ayuntamiento, y la releyó. «Si lo declaran en ruina económica, la derriban. Y yo tendré que firmarlo.»

Dobló la hoja y se la guardó en el bolsillo, junto a la foto que todavía llevaba del mediodía.

No iba a decirle nada. Todavía no. Pero él iba a tener que mirarla a los ojos mientras firmaba.

Él regresó para demoler mi librería heredada; yo escondo las cartas que nunca le envié aquella temporada de lluvias.Episodio 2