FeverStory

Él regresó para demoler mi librería heredada; yo escondo las cartas que nunca le envié aquella temporada de lluvias.

Episodio 3

La mañana entró por la claraboya del altillo con una luz lechosa, tamizada por la lluvia fina que no había cesado en toda la noche. Martina no había dormido. Tenía los ojos secos y las manos quietas sobre el escritorio, rodeada de cuartillas.

Las cartas de León estaban allí, separadas en un montón aparte. Las suyas, en otro. Y en el centro, la caja vacía que había rescatado del desván antes del amanecer, porque necesitaba verla mientras leía.

Tomó la primera hoja con la caligrafía de él. La reconoció por los márgenes estrechos y la tinta azul que siempre usaba, la misma de los informes del ayuntamiento. «No sé si volverás a mirarme después de esto. Pero necesito escribirlo.»

Sus dedos recorrieron el borde de la cuartilla. No era rabia lo que sentía. Era algo más hondo, una punzada sorda que le ocupaba el pecho y no la dejaba respirar hondo.

Leyó otro fragmento, varias páginas después. «Hoy te vi colocar libros en el escaparate y tuve que apartar la vista porque me pareciste insoportablemente real.»

Él también había estado allí, queriéndola en silencio. También había convertido las palabras en papel mojado.

Martina soltó la hoja sobre la mesa. Se quedó mirando los dos montones de cartas, el suyo y el de él, separados por diez años de ausencia y una caja de madera que alguien —su abuela, Rosalía, la lluvia— había decidido esconder.

Rebuscó entre las cuartillas de León hasta encontrar una que le cupiera en el bolsillo. Era breve, apenas unas líneas. La dobló en cuatro y se la guardó en el delantal, junto a la foto que ya llevaba desde el mediodía anterior.

No sabía qué iba a decirle. Pero iba a tener que mirarla.

La lluvia arreció a media mañana. Martina oyó el tableteo contra el toldo mientras colocaba las cartas sobrantes en el cajón inferior del escritorio, bajo los libros de contabilidad. Cerró con llave.

El timbre de la puerta sonó antes de que terminara de guardar la llave en el bolsillo.

León entró con el plano del ayuntamiento bajo el brazo y el pelo goteándole sobre la cazadora. Se detuvo en el umbral, sacudiéndose las gotas con un gesto breve.

—Buenos días —dijo.

Martina no contestó. Se quedó tras el mostrador, con las manos apoyadas en la madera, y lo miró de una forma que no había usado el día anterior.

León levantó la vista del plano.

—¿Pasa algo?

—Tenemos que hablar.

—Tengo que terminar la inspección de los bajantes.

—Después.

Él frunció el ceño. Dejó el plano enrollado sobre el mostrador y observó a Martina con esa expresión de tasador que tanto le molestaba, como si estuviera calculando el peso de algo.

—¿Hablar de qué?

—En la trastienda.

—Martina.

—En la trastienda —repitió ella.

No alzó la voz. Pero León enarcó una ceja y la siguió sin añadir nada.

En el bar de Rosalía, al otro lado de la calle, la puerta acababa de abrirse. Rosalía barrió el umbral con la escoba y vio pasar a León tras Martina por el interior de la librería, hacia el fondo. Dejó la escoba apoyada en la pared y se quedó mirando, con el ceño fruncido y la boca entreabierta.

—Ay, madre —murmuró.

La trastienda olía a humedad y a papel viejo. Martina cerró la puerta y se volvió hacia León, que aguardaba de pie junto a la mesa de trabajo.

—¿Qué ocurre? —preguntó él.

Martina metió la mano en el bolsillo del delantal. Sacó la cuartilla doblada y la desplegó con cuidado, alisando los pliegues sobre la mesa. Luego la empujó hacia él.

León bajó la vista. Tardó un instante en reaccionar. Cuando reconoció su propia letra, se quedó rígido.

—¿De dónde...?

—La encontré.

Él no la tocó. Se limitó a leer las primeras líneas y apretó la mandíbula.

—Esto es viejo.

—Diez años.

León respiró hondo. Desvió la mirada hacia la estantería del fondo, hacia los lomos de los libros de contabilidad.

—No sé qué esperas que te diga.

—Por qué las escribiste.

—Eran cosas que pensé.

—¿Cosas?

—Reflexiones. No iban dirigidas a nadie.

Martina apoyó la punta del dedo sobre la primera línea de la carta. La leyó en voz alta, pausadamente:

—«No sé si volverás a mirarme después de esto. Pero necesito escribirlo.»

León palideció. Su respiración se volvió más lenta, más medida.

—Eso no implica...

—Son mis palabras —lo interrumpió Martina—. Las mismas que yo escribí en las mías.

Él desvió los ojos hacia la carta, hacia su propia caligrafía, como si pudiera borrarla con la mirada.

—No deberías haber leído eso.

—Demasiado tarde.

—No sé qué pretende con esto, Martina.

Ella percibió el cambio. El «usted» acababa de aparecer, seco y formal, como una puerta que se cerraba.

—Pretendo que me mires y me digas por qué desapareciste.

—Eso no forma parte del informe.

—El informe me da igual.

León retrocedió medio paso. Se pasó la mano por el flequillo mojado y apartó la vista hacia la claraboya, donde la lluvia repicaba con insistencia.

—Hay asuntos profesionales que debo terminar. Si quiere discutir cuestiones personales, no es el momento.

—No hay otro momento. Solo este.

—Usted no lo entiende.

Martina alzó la carta y la sostuvo en el aire, entre los dos.

—Lo que entiendo es que escribiste esto. Con tu letra. Con tus palabras. Y luego te fuiste sin abrir la boca.

León no respondió. Miraba la cuartilla como si fuera un objeto extraño, algo que no le perteneciera.

—No puedo explicarlo —dijo al fin.

—¿No puedes o no quieres?

—No debo.

La palabra quedó suspendida en el aire de la trastienda. Martina dobló la carta despacio y se la guardó otra vez en el bolsillo del delantal.

—Esa carta es mía —dijo León.

—Ahora no.

Se sostuvieron la mirada. León tenía los puños apretados a los lados del cuerpo y los nudillos enrojecidos, más de lo habitual. Martina no apartó la vista. No había rabia en su gesto, ni lágrimas. Solo una determinación fría, nueva, que no conocía antes de esta mañana.

—Escribí cartas —dijo él—. Es todo lo que puedo decirle.

No era una confesión. Era una rendición sin explicaciones, una admisión a medias que dolía más que un silencio.

Martina asintió. Se ajustó el delantal con un gesto mecánico y dio un paso hacia la puerta.

—Sigue sin decirme nada.

León se quedó quieto junto a la mesa. No intentó detenerla. Pero cuando ella pasó a su lado, susurró:

—No sé cómo hacerlo.

Martina se detuvo. No se volvió.

—Pues aprende.

Martina permaneció junto a la puerta de la trastienda con los dedos aún crispados sobre la tela del delantal.

El toldo goteaba con un ritmo cansino cuando la puerta de la calle se abrió de golpe.

Don Emilio entró sacudiéndose el agua del bastón. Traía una carpeta marrón bajo el brazo y el puro apagado le colgaba del labio con una urgencia que no era la suya.

—Habida cuenta de la hora y de que esto no admite más dilación... —Se detuvo a medio pasillo, al verlos a los dos junto al mostrador—. ¿Interrumpo?

León no respondió. Seguía de pie donde lo había dejado el enfrentamiento, con las manos en los bolsillos de la cazadora y los hombros encogidos como si esperara un golpe.

—Pase, don Emilio —dijo Martina.

No se movió del mostrador. El corazón le batía despacio, con un compás grueso que le ocupaba la garganta.

El alcalde avanzó hasta el centro de la librería y depositó la carpeta sobre la mesa de novedades. La abrió con dos dedos, apartando las solapas como quien desenvuelve algo que puede morderle.

—El informe preliminar de ruina económica. —La voz le tembló en la erre—. En virtud del artículo quince del reglamento de edificación municipal...

—Al grano, don Emilio —lo cortó León, sin alzar la voz.

Don Emilio parpadeó. Extrajo un folio con el membrete del ayuntamiento y lo puso encima de los demás papeles.

—La librería no supera el coeficiente de rehabilitación. El coste de las obras excede el valor catastral. —Tragó saliva—. Procede la declaración de ruina.

El silencio que siguió tenía el peso de una losa mojada.

Martina miró el folio sin leerlo. No necesitaba leerlo. Lo había estado esperando desde la primera tormenta que agrietó la pared del desván.

—¿Y bien? —preguntó.

No se lo preguntaba a don Emilio.

León se adelantó dos pasos. Tomó el informe y lo sostuvo sin doblarlo, con la misma rigidez con que sostenía todo lo que no quería tocar.

—Falta una comprobación —dijo.

—¿Cómo que falta? —Don Emilio se llevó el pañuelo a la frente—. El perito de cimientos lo firma, el aparejador lo firma, el tasador... —Se interrumpió y lo miró—. Usted lo firma.

—El desagüe del patio interior no está inspeccionado.

—Eso es un detalle menor, habida cuenta de...

—No es menor. —León devolvió el folio a la carpeta—. Si el agua filtra hacia la calle, la obra afecta a la red general. Eso cambia el dictamen.

Don Emilio soltó un suspiro que le descolgó los hombros tres centímetros.

—¿Y cuánto necesita para esa... comprobación?

—Veinticuatro horas.

Martina sintió la cifra en el pecho. Un día. Una noche. Otro amanecer con la lluvia repicando en el toldo y la decisión todavía flotando encima de los dos.

El alcalde paseó la mirada de uno a otro. Algo debió de ver en la manera en que León no soltaba la carpeta y en la inmovilidad de Martina junto al mostrador, porque guardó el pañuelo con un gesto cansado.

—Veinticuatro horas. —Se apoyó en el bastón—. Ni una más. Se lo digo en virtud de mi responsabilidad para con este pueblo... y para con la memoria de su abuela.

La última palabra le salió sin circunloquios. Fue lo único sincero que había dicho desde que entró.

León asintió una vez.

Don Emilio se marchó con la carpeta vacía. El informe se quedó sobre la mesa de novedades, al lado de un ejemplar de Cien años de soledad que alguien había hojeado esa mañana y no había vuelto a colocar.

La puerta se cerró con un chasquido húmedo.

León no se movió. Miraba el cajón del escritorio. El cajón inferior, el que ahora guardaba las cartas.

Martina lo supo. No porque él dijera nada —no decía nada—, sino porque sus dedos rozaron el borde de la carpeta con una vacilación que no era de tasador. Era de alguien que sabe lo que hay dentro de una cerradura que nunca ha abierto.

—Haré mi trabajo —dijo él.

La frase le salió formal. Seca. Con ustedes implícitos y verbos en futuro que no prometían nada.

Martina asintió sin mirarlo.

Él tardó en irse. Dos segundos de más. Tres. Los necesarios para que el silencio se volviera frágil y compartido, como un cristal que ambos sostenían por los bordes.

Luego la puerta volvió a abrirse y la lluvia entró de refilón hasta el felpudo.

Las botas de León chapotearon calle abajo. El toldo siguió goteando.

Martina se quedó quieta hasta que los pasos se perdieron. Entonces abrió el cajón y metió dentro el resto de las cartas de León —las que aún estaban en la mesa, las que él no había visto— y apoyó la frente en la madera.

La madera estaba fría. Olía a papel viejo y a la colonia de su abuela, un aroma floral que ya no se fabricaba.

No lloró.

Pero las manos le temblaron al pasar el cerrojo del cajón.

El toldo de la trastienda goteaba más despacio que el de la calle. La lluvia amainaba por fin, como si la tormenta también necesitara un respiro.

Martina no había oído la puerta del patio. Solo notó la presencia de Rosalía cuando su voz llenó el hueco de la escalera.

—Niña, que se me enfría el café esperando a que me cuentes.

Rosalía traía el mandil manchado de harina y el moño suelto. Se había cruzado con don Emilio en la calle y con León dos esquinas más arriba. Le había bastado verles la cara a los dos para plantarse en la trastienda sin llamar.

Entró y se quedó mirando la caja.

La caja de madera estaba sobre el escritorio, abierta, con el ribete de nácar brillando bajo la bombilla. Martina había empezado a guardar las cartas de León y se había detenido a medio hacer. Las de su propia letra quedaban a un lado, en un montón desordenado. Las de él, en otro.

—¿Eso es lo que escondí yo?

La pregunta no necesitaba respuesta. Rosalía la reconoció al instante: el cierre de latón, la tapa combada por la humedad de siete inviernos, la etiqueta de la confitería de la plaza que había cerrado cuando aún vivía la abuela.

—La encontré ayer —dijo Martina—. Detrás de los libros de contabilidad.

—Claro. Donde la puse.

Rosalía se acercó sin pedir permiso. Se sentó en la silla de visitas y apoyó los codos en las rodillas, con la barbilla entre las manos, como una niña que espera un cuento.

—¿Las leíste?

—Todas.

—¿Y?

Martina alzó la vista del escritorio. El gesto le bastó. Rosalía soltó el aire en un silbido bajo.

—Así que el tasador también escribía cartas.

—Diez años. —Martina pasó la yema del dedo por el borde de la caja—. Diez años y nunca me dijo nada.

—Peor: diez años y tú tampoco. —Rosalía se incorporó—. ¿Se lo has enseñado?

—No.

—¿Piensas hacerlo?

Martina no respondió. Tomó una de las cartas de León, la del papel con membrete del ayuntamiento que tan bien conocía ya, y la sostuvo bajo la luz.

—Escribió que volvería —dijo—. En otra carta. Una de las que no mandó.

Rosalía no preguntó cuál. No le hizo falta.

—¿Y ahora qué?

—Ahora tengo veinticuatro horas.

—Eso es lo del informe. —Rosalía se pasó una mano por el moño—. Te pregunto por lo otro.

Lo otro. La caja. Las cartas. El silencio que ya no era negación sino una deuda acumulada entre dos personas que se habían querido en secreto durante una década.

Martina guardó la carta de León dentro de la caja. Luego tomó las suyas, las que llevaba leyendo y releyendo desde la víspera, y las colocó encima. Cerró la tapa. El cierre de latón encajó con un clic diminuto.

—No lo sé —dijo.

Y era la verdad más completa que había pronunciado en todo el día.

Rosalía le tendió la mano. Martina se la apretó un instante, solo uno, antes de abrir el cajón del escritorio y meter la caja al fondo, junto a los libros de contabilidad viejos.

El cajón se cerró con la llave. La llave fue a parar al bolsillo del delantal, donde ya descansaba la foto doblada del mediodía.

—¿Te sirvo ese café o te preparo algo más fuerte? —preguntó Rosalía.

—Café.

—Con una gota de algo.

Rosalía se levantó y le dio un cachete suave en la mejilla. Luego salió por el patio hacia el bar, esquivando los charcos con la destreza de quien lleva media vida cruzando esa baldosa suelta que León no había querido reparar.

Martina se quedó sentada. Apoyó la frente en la madera, encima del cajón cerrado.

El toldo había dejado de gotear.

Ahora solo se oía el reloj de pared, un tictac desparejo que arrastraba los minutos. Veinticuatro horas cabían en ese sonido. Cabían en el peso de la caja bajo el escritorio y en el tacto de la llave contra la cadera.

Fuera, la calle Mayor seguía en silencio.

Él regresó para demoler mi librería heredada; yo escondo las cartas que nunca le envié aquella temporada de lluvias.Episodio 3