FeverStory

Heredé la librería de mi abuela y el tasador es el hombre que se fue sin despedirse

Episodio 1

El tren se detuvo con un silbido agónico, ese lamento metálico que parecía arrastrar consigo todas las lloviznas de octubre. Alba bajó al andén con la bolsa de viaje al hombro y la bufanda de su abuela enrollada al cuello: una prenda gruesa, de lana áspera, que todavía guardaba un lejano perfume a espliego. El cielo era una losa gris, bajo y cargado, de esos que anuncian lluvia para todo el día y pesan sobre los hombros como un augurio. Las nubes se amontonaban sobre la torre de la iglesia, borrando su perfil, y el aire quieto olía a promesas que nunca terminaban de cumplirse.

Villaluz olía a tierra mojada y a leña quemada. También a las hojas húmedas de los plátanos que bordeaban la plaza, a esa mezcla amarga del musgo en las juntas de los adoquines. Alba aspiró despacio, dejando que ese aroma le llenara los pulmones, y por un instante volvió a tener diez años y a correr detrás de los gatos del estanco.

Nadie más descendió en la parada. El jefe de estación ni siquiera asomó la cabeza; apenas se adivinaba su sombra tras el ventanuco, encorvado sobre una radio que escupía interferencias. Alba se quedó unos segundos quieta, la bolsa colgándole en la cadera, la bufanda enredándose en el cuello con un calor bueno.

Ajustó el reloj de pulsera que le había dejado Adela, un gesto automático que repetía siempre que necesitaba tomar una decisión, y echó a andar calle Mayor arriba. Las losas estaban húmedas y brillaban con un fulgor pizarroso. Las persianas de la antigua tahona, echadas, temblaban levemente con el viento que empezaba a arremolinarse en los soportales. Pasó por delante del bar de siempre —el letrero de neón parpadeaba aunque fuera de día, un parpadeo errático que dejaba en el aire la mitad de la palabra «Bar»— y cruzó al otro lado sintiendo en la nuca el peso de una ausencia que nunca había dejado de acompañarla.

La fachada de El Refugio estaba igual que en sus recuerdos. El toldo raído con las letras ya casi desvaídas, los escaparates cubiertos con papel de estraza por dentro como si el tiempo se hubiera quedado dormido tras los cristales, la madera de la puerta cuarteada dibujando mapas de sequía. Dos años cerrada, y nadie había tocado nada. Ni una señal, ni un grafiti, ni un cartel de «se alquila». Solo el rumor de que el ayuntamiento la quería borrar del mapa.

Solo que ahora había una mujer menuda y regordeta sentada en el escalón de la entrada, con un vestido de flores que se arremolinaba sobre sus rodillas y un bolsito cruzado sobre la barriga. Miraba hacia el cielo, como calculando cuánto faltaba para que el agua se decidiera a caer.

Celia se levantó de un salto al verla, con una agilidad que desmentía sus caderas anchas y su paso cansino habitual.

—¡Ay, criatura! —Le abrió los brazos, la estrujó contra su delantal, que olía a guiso de verduras y a colonia barata, y le palmeó la espalda tres veces—. Que pareces un pajarito mojado, ¿has desayunado siquiera?

—En el tren.

—Eso no es desayuno. Luego te preparo algo, no se hable más. Como si estuvieras en tu casa. Bueno, en la de tu abuela, que viene a ser lo mismo y mejor.

Sacó del bolso una llave grande, de las de antes, con la cabeza gastada y el metal ennegrecido por los años. Se la tendió abriendo la palma, como si le entregara algo sagrado. Alba la sostuvo en la palma. Pesaba. Pesaba mucho más de lo que sus pocos gramos de hierro podían pesar, porque estaba cargada de veranos y de inviernos y de puertas que se cerraban solas cuando el viento soplaba de norte.

—No he entrado desde... —empezó. La voz se le quebró en esa frontera donde las palabras se niegan a cruzar.

—Lo sé, hija. Por eso te esperaba aquí. No se abre sola una casa que ha estado tanto tiempo callada.

Las casas así se enfadan, ¿sabes? Se quedan mudas y hay que pedirles permiso. Tu abuela sabía de eso. Yo no tanto, pero algo se me ha pegado.

La cerradura giró con un chasquido, ese sonido rotundo de los mecanismos viejos que aún recuerdan para qué sirven, y la puerta cedió empujando una campanilla muda, enronquecida por el óxido. Del interior escapó un olor denso a papel viejo, a cera de suelos, a algo dulce que Alba reconoció sin querer: el perfume de los tés de hierbas que Adela preparaba en la trastienda cuando vivía. Manzanilla, melisa, un toque de miel que solo su abuela sabía dosificar. El estómago se le encogió con una punzada que no era hambre.

Celia entró detrás y se persignó con dos dedos rápidos, un gesto casi supersticioso.

—Bendita sea. Está todo como ella lo dejó. Hasta el polvo parece educado.

El polvo cubría las estanterías como un velo fino, un tul que difuminaba los colores de los lomos sin llegar a ocultarlos. Los volúmenes ordenados por colores, por tamaños, por caprichos que solo su abuela entendía: los verdes junto a los verdes, los libros de cocina al lado de las novelas de misterio porque Adela decía que el misterio y el hambre siempre andaban de la mano. La caja registradora con la banderita de «gracias por su visita» aún levantada, como un estandarte diminuto que nadie se había atrevido a arriar. Sobre el mostrador, un tíquet de venta amarillento, la tinta borrada casi del todo, y una taza vacía con el poso de alguna infusión reseco en el fondo.

Alba no dijo nada. Recorrió el pasillo central rozando los lomos con la yema de los dedos. Notaba el polvo pegarse a la piel, las aristas doradas de los libros que habían leído sus manos de niña. Celia la observaba desde la entrada con las manos juntas, sin dejar de hablar bajito, con ese hilo de voz que usan las personas que creen que las casas en silencio no deben despertarse del todo.

—Tu abuela siempre decía que esta librería era más testaruda que ella. Y mira que lo era, la mujer. Se plantaba en las reuniones del ayuntamiento con su moño bien peinado y un libro de poesía en el bolso, y no había manera de moverla de sus trece.

—Lo sé.

—Ahora el ayuntamiento quiere tirarla abajo. Llevan años con el plan de reforma, pero desde que Adela falta... —Celia se mordió el labio, se recolocó el bolso sobre la barriga como un escudo—.

Ernesto, el secretario, un hombre muy formal él, no pierde ocasión de recordarnos los plazos. manda cartas con membrete, llama por teléfono los martes, y siempre termina diciendo lo mismo: que la calle Mayor tiene que modernizarse. Como si lo moderno fuera a oler a libro. A mí me parece que lo moderno huele a plástico, pero yo no he estudiado carreras.

Alba se volvió a mirarla. Celia enseguida levantó las manos, esas manos regordetas y manchadas de hacer dulce de membrillo.

—No te estoy pidiendo nada, ¿eh? Aviso te doy, que bastantes cosas tienes ya con la herencia. Pero si un día necesitas hablar con ese Ernesto, yo te acompaño. Y le planto la pastelería entera encima de la mesa si hace falta, que las napolitanas ablandan hasta al más pintado.

—Gracias.

—Faltaría más. Tu abuela me dejó aquí las llaves por algo. —Se acercó y le apretó el brazo con los dedos cálidos—.

Anda, que voy a por unas pastitas y un termo. Tú quédate. Habla con ella.

Que seguro que te escucha. Yo creo que los libros guardan las voces, no me preguntes cómo.

Salió con un revuelo de telas y el tintineo del bolso, una cascada de pequeños llaveros metálicos que sonaban a tiovivo, y la puerta se cerró despacio tras ella, devolviendo a la librería su penumbra densa.

Alba se quedó inmóvil un momento. Luego apoyó las dos manos sobre el mostrador, justo donde se había posado el polvo con más espesor, y cerró los ojos. El contacto con la madera la devolvió a una tarde de marzo, a unos dedos manchados de tinta, a una voz que le decía que los mostradores de las librerías eran las trincheras de los sueños.

El silencio de la librería era distinto al de fuera. Un silencio vivo, tejido con mil hilos pequeños. Había crujidos de madera en el piso de arriba, como si alguien caminara descalzo sobre las tablas combadas; el rumor de las cañerías al dilatar, un reloj de péndulo parado en las doce y diez que seguía marcando una eternidad ya conclusa. Y olía. Olía a todos los veranos de su infancia, a las tardes de lluvia pasando páginas, a las meriendas de pan con chocolate que le daba Adela mientras le decía «este libro va a ser tu amigo, ya verás», y la mermelada de fresa se quedaba pegada a las esquinas de las ilustraciones.

Abrió los ojos. En la estantería más cercana, justo a la altura de su mano, faltaba un ejemplar de Cumbres borrascosas que siempre había estado ahí, con su lomo verde botella y sus páginas amarillas. Sonrió sin querer, porque recordó que se lo había llevado al hospital la última semana, para leérselo en voz alta mientras Adela dormitaba. Heathcliff y Catherine habían sido los últimos visitantes de una habitación blanca donde solo olía a antiséptico.

La campanilla de la puerta sonó.

No eran pastitas ni termos. Eran tres golpes firmes, espaciados, de nudillos contra la madera, una secuencia que Alba conocía de memoria. Tres golpes. Siempre tres. Como si tres fuera un número que pudiera contener todo lo que no se había dicho.

Alba fue a abrir. Las piernas le temblaban un poco, porque el corazón a veces reconoce lo que la cabeza no quiere nombrar.

Y entonces lo vio.

Al otro lado del umbral, bajo la luz sucia de la mañana nublada, estaba Daniel. Unos centímetros más alto de lo que recordaba, o quizá solo más rígido, la espalda demasiado recta para ser casual. Abrigo oscuro con un hilo de lluvia brillando en las solapas, zapatos impecables a pesar del barro de la acera, una carpeta de cuero bajo el brazo que él apretaba como si contuviera todos sus argumentos. La mandíbula tensa. Las mismas canas prematuras en las sienes, esas hebras blancas que a los treinta le habían dado un aire distinguido y que ahora, a los casi cuarenta, no hacían más que confirmar el paso del tiempo.

La miró. No bajó la vista. Tampoco sonrió. Sus ojos grises, los mismos que una mañana de estación le habían dicho adiós sin palabras, la examinaron con la frialdad de un perito que evalúa desperfectos.

El frío le subió a Alba desde el estómago, le atenazó la garganta y salió transformado en una voz que no parecía la suya, una voz fina y metálica, de esas que se ponen para defenderse del pasado.

—Dígame, señor.

Las palabras quedaron flotando entre los dos, más cortantes que el viento de octubre, más hirientes que la lluvia que empezaba a repiquetear en la marquesina de enfrente.

Él parpadeó una sola vez. El párpado izquierdo conservaba aquel tic casi imperceptible que delataba su nerviosismo, lo mismo que cuando estudiaba oposiciones y los apuntes se le desparramaban por la mesa de la cocina.

—Señorita —respondió—. Soy el tasador enviado por el ayuntamiento. ¿Le informaron de mi visita?

—No.

—Sin embargo aquí estoy.

—Ya lo veo.

Ninguno retrocedió. Ninguno extendió la mano. Daniel llevó los dedos al puño de la camisa, lo alisó una vez, otra, y volvió a dejarlos caer. Alba se mordió el labio inferior donde el lunar diminuto casi desaparecía, y el gesto le devolvió a un beso torpe en el portal del instituto, a las prisas de la adolescencia, a todas las primeras veces que el tiempo había convertido en mentiras.

—Si tiene un momento, comenzaré el inventario —dijo él, neutro, como si recitara un memorándum aprendido de camino—. El secretario, el señor Ernesto, desea agilizar los trámites. Ya sabe, la burocracia no espera ni a las lluvias.

—Adelante.

Alba se hizo a un lado. Daniel cruzó el umbral y el olor a lluvia inminente entró con él, un aroma ácido y eléctrico que por un instante se mezcló con el perfume dulzón de las hierbas de Adela. La carpeta de cuero crujió al apretarla contra el costado, como si protestara por la falta de aire.

La campanilla enmudeció cuando la puerta se cerró a sus espaldas.

El agua golpeaba los cristales como si alguien lanzara piedras desde la calle. Alba miró por la ventana: la acera había desaparecido bajo una lámina marrón que arrastraba ramas, trozos de cartón y una maceta que navegaba hacia la plaza con la dignidad de un barco a la deriva. El cielo tenía ese color homogéneo de las tormentas que no piensan parar, un gris profundo que borraba la línea del horizonte y convertía la tarde en un anticipo de noche.

Se anudó la bufanda de su abuela con un gesto seco, dando una vuelta más de la cuenta hasta sentir la presión cálida sobre la clavícula.

—Me vuelvo al hotel.

Cruzó la sala hacia la puerta. Sus botines resonaron sobre la madera vieja, un taconeo breve que se perdió entre el estruendo de otro trueno. Las sombras de las estanterías bailaban con los relámpagos.

Daniel no levantó la vista del teléfono.

—La carretera está cortada.

Ella se detuvo con la mano en el picaporte, los nudillos blancos.

—¿Cómo lo sabe?

—Acaba de llegar el aviso.

Le mostró la pantalla. Alba no se acercó, pero distinguió el membrete de la compañía de transportes y una línea parpadeante en rojo. El último tren del día aparecía cancelado, la palabra «cancelado» repetida tres veces en un tono que parecía burlarse de ella.

Se mordió el labio inferior.

—Llamaré a un taxi.

—No hay taxis circulando. La calle Mayor está anegada desde la plaza. He visto un coche atascado a la altura del estanco, con el agua cubriéndole los faros.

El tono de él era neutro, casi administrativo. Como si estuviera leyendo un informe sobre el clima y no anunciándole que estaba atrapada. Pero el temblor del pulgar sobre la pantalla del móvil decía otra cosa.

Alba abrió la puerta de todos modos. El viento le arrancó el aire de los pulmones, cargado de goterones helados que le azotaron la cara como agujas. El agua le llegaba al primer escalón de la entrada y subía despacio, con esa voracidad silenciosa de las riadas que no hacen ruido hasta que es tarde. Una lengua marrón lamía ya el quicio, cargada de hojas muertas y de ese olor a pozo antiguo que despiertan las crecidas.

Cerró de un golpe. El corazón le galopaba contra las costillas.

—¿Cuánto tiempo?

—Hasta que baje el nivel. Esta noche es imposible salir.

—¿Imposible?

Daniel guardó el teléfono en el bolsillo del abrigo. Sus dedos se entretuvieron en el puño de la camisa, anudando y desanudando el botón con una insistencia casi infantil. Los ojos grises se pasearon por el techo, por las molduras de yeso con forma de hojas de acanto, cualquier punto que no fuera Alba.

—Las carreteras secundarias se inundan rápido. El tren no va a circular hasta mañana como mínimo. El hotel está a seis calles y no hay forma de llegar sin meterse en el agua hasta la cintura. Y el agua está helada. Y la corriente, para qué mentir, arrastra.

Ella soltó el aire despacio, midiendo cada segundo. Las manos le temblaban ligeramente, así que las metió en los bolsillos de la chaqueta y apretó los puños contra el forro de tela sintética.

—Entonces estoy atrapada.

—Los dos lo estamos.

Se miraron. Ocho años cabían en ese silencio. Ocho años de llamadas no devueltas, de cartas sin abrir, de un anillo guardado en el fondo de un cajón. Las estanterías parecían testigos incómodos de esas miradas que se cruzaban y se esquivaban a la vez.

Alba sostuvo la mirada gris el tiempo justo para que él notara el filo.

—¿Y se supone que me quedo aquí? ¿Con usted?

Daniel parpadeó. La mandíbula se le tensó, dibujando un ángulo duro en la barbilla.

—La trastienda tiene un sofá. Yo puedo quedarme en la sala.

—No pienso dormir en la trastienda.

—Es la única opción.

—Para usted será la única opción.

Él calló. Fuera, la lluvia redobló su furia contra el tejado, un tamborileo persistente que se colaba por las juntas de las tejas. Dentro, el reloj de pared marcó el mediodía con una campanada débil, casi de disculpa, y luego volvió su silencio de péndulo inmóvil.

El gesto de Alba se endureció. Cuando volvió a hablar, su voz sonaba a formulario, a ese tono impersonal que se reserva para los trámites de ventanilla y las despedidas definitivas.

—¿Hay mantas?

—En el armario del fondo. Mi abuela guardaba...

Se interrumpió. Daniel desvió la mirada hacia la ventana, hacia el aguacero que emborronaba los cristales.

—Las guardaba allí —completó ella, y esta vez el tono era tan distante que parecía de otra persona, de una Alba que había aprendido a blindarse con hielo para no quemarse.

Él asintió sin girarse. El nudo de la corbata se le había ladeado un poco, detalle que habría sido insignificante en cualquier otra persona pero que en él, tan meticuloso siempre, resultaba una grieta diminuta en la fachada.

La luz dentro de la librería cambió de golpe: un relámpago blanqueó las estanterías tiñendo los lomos de un azul eléctrico, y el trueno llegó medio segundo después, tan cerca que vibraron los cristales del mostrador y una figurita de porcelana —una pastora con un corderillo— se tambaleó al borde de la caída. Alba no se movió. Apretó los puños dentro de los bolsillos y sintió las uñas clavársele en la palma húmeda.

—No tenemos electricidad suficiente para todo el día —dijo Daniel—. Conviene ahorrar la batería de los teléfonos. En la trastienda hay velas, si no recuerdo mal.

—¿Alguna otra instrucción?

—Solo una. El agua puede seguir subiendo. Si llega al umbral, tendremos que mover los libros de los estantes bajos.

Ella miró las baldas más próximas al suelo. Volúmenes antiguos, novelas gastadas, tomos de botánica con láminas descoloridas de flores cuyos nombres ya nadie recordaba. Todo seguía exactamente igual que el día del entierro, cuando ella había salido por esa misma puerta con la sensación de abandonar algo vivo que se quedaba allí, esperando.

Algo se movió en el fondo de la sala. Celia salió de la trastienda con una cafetera en la mano, el vapor escapando en volutas perezosas. Traía el delantal salpicado de posos y un brillo triunfal en los ojos.

—He encontrado café en el armario de la cocina. Iba a caducar, pero para eso estamos. Y un infiernillo de gas que todavía funciona. Adela era muy precavida para según qué cosas; decía que las librerías y los apagones estaban condenados a entenderse.

Sus ojos fueron de Alba a Daniel y de vuelta a Alba, con la rapidez de quien ha visto muchas novelas rosas en las baldas y reconoce el argumento de un solo vistazo.

—¿Pasa algo?

—No —respondieron los dos al mismo tiempo.

Celia arqueó una ceja. Dejó la cafetera sobre el mostrador con un golpecito sordo y se limpió las manos en el delantal que siempre llevaba puesto, como si la librería fuera su segunda casa, o quizá la primera de todas.

—Bueno. Pues el agua está a punto de rebasar la acera. Si alguien pensaba irse, que se olvide. He visto una uralita volando calle abajo y casi se lleva el toldo de la farmacia.

—Ya me he enterado —dijo Alba.

—Entonces pongo café para tres. El café es lo que más se parece a un abrazo cuando no se pueden dar abrazos de verdad.

—Yo no...

—Lo tomas —la cortó Celia con una sonrisa que no admitía réplica, una sonrisa armada de canela y buenas intenciones—. Y luego me ayudas a revisar las ventanas de atrás. Una de las contraventanas no cierra bien, y con este viento se va a soltar el pasador y se nos va a colar la tormenta por el patio de luces. Tu abuela decía que las tormentas en las librerías son bienvenidas siempre que se queden fuera de las páginas.

Alba aceptó con un gesto mínimo, una inclinación de cabeza que era casi una rendición. La interrupción le había aflojado un poco los hombros, aunque seguía evitando mirar hacia la zona del tasador.

Daniel se apartó del mostrador y fue hacia la estantería de historia local. Sacó un volumen al azar, un tratado sobre las ferias ganaderas de mil novecientos veintitantos. Lo hojeó con una concentración exagerada, como si el libro contuviera la clave de algo importante y no solo crónicas de ferias y cosechas, premios a la mejor miel y disputas sobre los lindes del río.

Celia sirvió tres tazas, dos con flores pintadas a mano y una lisa que le tendió a él sin decir nada. El vapor subió mezclándose con el olor a papel húmedo y a madera vieja, a cera de abejas y a ese punto justo de nostalgia que solo habita en los lugares que han sido queridos. La tormenta seguía bramando, cada trueno más largo que el anterior, pero dentro de la librería se había instalado otra clase de tempestad: la que no moja pero cala más hondo.

Heredé la librería de mi abuela y el tasador es el hombre que se fue sin despedirseEpisodio 1