FeverStory

Heredé la librería de mi abuela y el tasador es el hombre que se fue sin despedirse

Episodio 2

La tormenta no había amainado al amanecer. Alba lo supo antes de abrir los ojos: el tamborileo del agua contra los cristales era el mismo que la había arrullado a ratos durante una noche en la que apenas durmió. El sofá de la trastienda le había dejado el cuello rígido y un regusto amargo en la boca. Café. Celia ya había puesto otra cafetera.

Daniel estaba junto a la ventana, de espaldas al mostrador, con la misma camisa del día anterior arremangada hasta los codos. El abrigo seguía colgado junto a la puerta, aún húmedo. Sobre el mostrador, tres tazas vacías y un plato con las últimas pastas de Celia. Nadie había encendido las luces principales; se bastaban con la claridad plomiza que filtraba el escaparate.

—¿Ha dormido algo, señorita?

La pregunta llegó sin que él se girara. El empañado del cristal se abría y se cerraba con el ritmo de su respiración.

—Lo suficiente —Alba alisó la bufanda de su abuela sobre sus hombros—. Agradezco la preocupación.

—Era cortesía, no preocupación.

—Entonces agradezco la cortesía.

Daniel volvió la cabeza apenas un palmo. Ella le sostuvo la mirada el tiempo justo para que él desviara primero la suya hacia el reloj de péndulo. Seguía parado a las doce y diez. Ocho años y aquella aguja seguía sin moverse.

—¿Cuánto cree que dure esto? —preguntó ella.

—La carretera seguirá cortada todo el día. El tren, igual.

—Qué suerte.

La palabra cayó como una gota fría. Daniel tensó la mandíbula y regresó la vista a la calle anegada. El tic en su párpado izquierdo fue casi imperceptible, pero Alba lo cazó al vuelo. Seguía teniendo ese maldito temblor. Seguía sin poder ocultarlo.

Celia salió de la trastienda secándose las manos en el delantal con más energía de la necesaria. Miró a uno, miró al otro, y soltó un suspiro que sonó a reprimenda.

—Voy a ordenar un poco ahí detrás, que esto parece un camposanto y no una librería. Y no me miréis así, que os conozco.

—No nos conoce —dijo Alba.

—Ni nos conocemos —añadió Daniel, sin volverse.

Celia alzó las cejas y desapareció tras la cortina de la trastienda mascullando algo sobre la juventud y los orgullos tontos. El silencio que dejó fue peor que la tormenta. Alba rodeó el mostrador y se detuvo junto a la estantería de poesía. Pasó la yema del dedo por el lomo de un volumen de Salinas. Justo donde a él le gustaba detenerse.

—¿Terminará la tasación hoy, señor?

—Cuando deje de llover.

—La lluvia no afecta al valor de los libros.

—No.

Esperó. Daniel no añadió nada más. Ella retiró la mano del libro como si el lomo quemara y regresó al mostrador con pasos cortos, medidos, igual que si estuviera en una audiencia y no en la librería de su abuela. La de su infancia. La de los dos.

—Entonces no hay prisa —dijo ella sin mirarlo.

—Eso parece.

Él giró al fin. Se apoyó en el alféizar y cruzó los brazos, y por un segundo no fue el tasador del ayuntamiento. Fue solo un hombre agotado bajo una luz de tormenta, con los puños de la camisa anudados de cualquier manera y una sombra de barba que no se había afeitado porque no llevaba maquinilla, porque no pensaba quedarse.

—Debería ir al hotel —dijo Alba—. En cuanto esto afloje.

—Debería.

Ninguno de los dos se movió. El agua embestía los cristales con rabia renovada. Alba se mordió el labio inferior, justo donde el lunar casi desaparecía, y notó que él seguía el gesto con una fijeza que se borró en cuanto ella levantó la barbilla.

De la trastienda llegó un ruido seco: madera contra madera. Luego el jadeo de Celia al incorporarse, el roce de un objeto pesado al ser arrastrado, y un «no puede ser» ahogado que hizo que Alba girara en redondo. La cortina se abrió de golpe y Celia apareció con una caja de cartón entre las manos, atada con una cinta azul desvaída. La expresión en su rostro había borrado cualquier regaño anterior.

—Estaba en el armario grande —dijo, y su voz sonó extraña, sin diminutivos—. Tenía doble fondo. Tu abuela lo escondió bien.

Alba miró la caja. Luego miró a Daniel. Luego volvió a la caja, y el aire en la librería se volvió más denso que la tormenta.

Celia dejó la caja sobre el mostrador con un golpe seco que resonó entre las estanterías. La madera estaba descolorida, las esquinas gastadas de tanto abrirse y cerrarse a lo largo de los años. Alba la reconoció al instante. Era la caja de las facturas, la que su abuela guardaba en la trastienda. Pero Celia no traía facturas en la mirada.

—La encontré detrás del armario viejo —dijo Celia, con la voz más baja de lo habitual—. Tiene un doble fondo, Alba.

Alba no preguntó cómo lo sabía. Sus dedos fueron directos al borde, al resorte oculto que solo alguien que hubiera visto a Adela manipularlo cien veces podría encontrar. El mecanismo cedió con un chasquido. Dentro, un fajo de sobres amarillentos, atados con una cinta de raso azul ya casi blanca.

Las manos le empezaron a temblar antes de que el cerebro terminara de procesar lo que veía. Reconoció su propia letra. La caligrafía apretada de los diecisiete años, la tinta azul que había comprado en la papelería de la esquina, los sobres sin remitente y sin sello. Todas dirigidas a la misma persona.

El temblor le subió por los brazos y se le instaló en la garganta.

—¿Las leyó ella? —preguntó, sin levantar la vista.

Celia negó con la cabeza.

—Las guardó. Solo las guardó.

Daniel estaba junto a la estantería de historia local, a medio camino entre el mostrador y la puerta. No se había movido desde que Celia entró con la caja. Su mano izquierda apretaba el lomo del tratado de ferias ganaderas con una fuerza que le blanqueaba los nudillos.

Alba desató la cinta. El primer sobre se abrió con un rasgado mínimo, casi respetuoso, y de dentro sacó una hoja doblada en tres partes. La desplegó. Las palabras le golpearon antes de que pudiera prepararse.

—«No sé dónde estás. No sé por qué te fuiste. Pero todas las tardes vuelvo a la estación y...»

La voz se le quebró antes de llegar al punto. Se cubrió la boca con la mano libre, pero el papel siguió temblando entre sus dedos. Las lágrimas le rodaban ya por las mejillas cuando sacó el segundo sobre.

Daniel palideció. El cambio fue tan brusco que Celia giró la cabeza hacia él con alarma. Su mandíbula se tensó hasta marcar un ángulo duro bajo la piel, y el tic del párpado izquierdo regresó, más visible que antes, incontrolable. Alzó una mano hacia el mostrador y la dejó caer sin haber completado el gesto.

—Señorita...

La palabra sonó hueca, administrativa, tan fuera de lugar que Celia frunció el ceño.

Alba no levantó la cabeza. Sacó otro sobre. Lo abrió, y esta vez su voz fue un hilo roto que apenas atravesaba la tormenta.

—«Hoy han dicho en el pueblo que fue por dinero. No les creo. No quiero creerles. Pero si no vuelves... si no me dices...»

No pudo terminar. Los sobres se desparramaron sobre el mostrador, algunos resbalaron hasta el suelo. La cinta azul quedó colgando del borde, mecida por una corriente de aire que se colaba por la rendija de la puerta. Alba se llevó las dos manos a la cara y lloró con el cuerpo encorvado, los hombros sacudiéndose en silencio, sin un sollozo, sin un gemido.

Daniel dio un paso hacia ella. Se detuvo. Dio otro, y volvió a detenerse.

Sus dedos anudaban y desanudaban el puño de la camisa con un movimiento mecánico, repetitivo. Abrió la boca. La cerró. La cicatriz de la ceja izquierda le palpitaba bajo la luz amarillenta de la lámpara.

—Esto no... —empezó, y la voz se le fragmentó en un registro que no era el suyo, un tono desnudo que Celia jamás le había oído—. Esto no debería...

No terminó. Dio media vuelta y caminó hacia la puerta con zancadas rígidas, descoordinadas, tropezando con el borde de una alfombra que llevaba veinte años en el mismo sitio. No recogió el abrigo. No miró atrás.

El portazo se mezcló con un trueno.

Celia se quedó inmóvil unos segundos, mirando la puerta cerrada y luego a Alba, que seguía llorando sobre las cartas esparcidas. Se acercó despacio, le puso una mano en la espalda y no dijo nada. No hacía falta.

Pasó un minuto, o quizá cinco, antes de que el bullicio llegara desde la calle. Voces, pisadas sobre el empedrado mojado, el golpeteo de algo metálico contra el asfalto. Celia alzó la cabeza y entrecerró los ojos hacia el escaparate cubierto de papel de estraza.

—Niña —murmuró—. Creo que tienes que ver esto.

Alba se secó las mejillas con el dorso de la mano. Parpadeó, todavía perdida, y se dejó guiar hasta la puerta. Cuando la abrió, el frío y la lluvia le dieron en la cara como una bofetada.

La calle Mayor estaba llena de gente. Dos docenas de vecinos, quizá más, apiñados bajo paraguas negros y toldos improvisados. El panadero, un hombre corpulento con delantal de harina, sostenía un cartel que decía «El Refugio no se derriba». A su lado, una mujer mayor con botas de agua agitaba un folio plastificado con fotocopias de lo que parecían artículos de prensa. Había niños con las manos pintadas de azul, el color de la fachada de la librería, y un adolescente tocaba una armónica desafinada que nadie escuchaba pero todos coreaban.

—¡Ahí está la heredera! —gritó alguien.

Las cabezas giraron hacia Alba, y el silencio repentino fue más ensordecedor que el ruido.

Ernesto apareció entre la multitud como una mancha de tinta sobre un mantel blanco. Su gabardina gris y su maletín de cuero desgastado desentonaban con los impermeables de colores y los paraguas remendados. Se ajustó las gafas metálicas con un gesto brusco y alzó la voz por encima de la lluvia.

—Esto es una congregación no autorizada en vía pública. La normativa municipal es muy clara. Si no se disuelven...

—¡Si no nos disolvemos, qué! —lo interrumpió el panadero—. Lleva usted ocho años amenazando con derribar la calle, Ernesto. Ocho años. Y aquí seguimos.

—La reforma sigue su curso administrativo —replicó Ernesto, con el tono de quien recita una circular interna—. La tasación es un paso necesario y vinculante, y esta señorita —señaló a Alba con un dedo regordete— es la propietaria legal del inmueble. Ella lo sabe.

Alba sintió las miradas de todos los vecinos clavándosele en el pecho. El panadero dio un paso al frente, con el cartel chorreando agua.

—¿Usted va a vender? —le preguntó, y no era una pregunta, era un ruego.

Alba miró el toldo raído, las letras desvaídas, los carteles improvisados y las manos pintadas de azul de los niños. Las cartas seguían esparcidas sobre el mostrador, detrás de ella, bajo la luz cálida de la librería.

—No lo sé —dijo, y la voz le salió más firme de lo que esperaba—. Pero no voy a decidirlo sin escuchar a todos.

Ernesto carraspeó con impaciencia.

—La tasación debe continuar. El tasador ha sido designado por el ayuntamiento. Si el señor...

—El señor tasador ha salido —lo cortó Celia desde la puerta, con los brazos en jarras—. Así que hoy no hay tasación que valga.

Un murmullo recorrió a los vecinos. Algunos aplaudieron. El panadero alzó el cartel más alto. Ernesto apretó el asa del maletín y dedicó a Alba una mirada larga, medida, que valía por todo un expediente.

—Mañana volveré. Y el plazo administrativo no se detiene porque llueva, señorita.

Se dio la vuelta con un andar pesado, chapoteando en los charcos, y la gabardina se le enganchó un instante en el borde de un paraguas antes de desaparecer calle abajo.

Los vecinos se quedaron un rato más, apiñados frente a la librería, sin prisa por volver a sus casas. Alba les sostuvo la mirada un instante y luego retrocedió hacia el interior. Cerró la puerta despacio. El bullicio quedó amortiguado, como un rumor de marea que no terminaba de irse.

Celia ya estaba recogiendo los sobres del suelo con un cuidado casi religioso. Los fue juntando en un montoncito sobre el mostrador, sin leer nada, sin hacer preguntas.

Alba se apoyó en el marco de la puerta. Se le había acabado el llanto, pero le quedaba un peso nuevo en el pecho, mezcla de presión y de algo que no sabía nombrar. Las cartas seguían allí. Los vecinos seguían fuera. Y la librería, por primera vez en dos años, ya no se sentía vacía.

Un cuarto de hora después, Alba permanecía de pie junto al ventanal de la librería, con las yemas de los dedos apoyadas en el cristal frío.

La lluvia había perdido fuerza al dispersarse los vecinos, pero el agua seguía corriendo por los canalones con un rumor sordo. Alba empujó la puerta de la librería y la campanilla sonó apagada, como si también ella estuviera cansada.

Dentro, la penumbra olía a papel mojado y a café frío.

Daniel estaba de pie junto al mostrador. No la oyó entrar. O no quiso darse la vuelta.

Tenía la caja abierta delante. Las manos apoyadas en el borde de madera, los nudillos blancos. Sobre el mostrador, esparcidos, los sobres amarillentos que Celia había sacado antes de la protesta.

Alba se quedó quieta a tres pasos de él.

—Esa caja no es suya.

Daniel se giró despacio. La mandíbula tensa, el tic en el párpado izquierdo. Sostenía uno de los sobres con dos dedos, como si pesara más de lo que podía soportar.

—No.

Solo eso. Lo dejó sobre los demás con un cuidado exagerado.

—Celia no tendría que haberla tocado —dijo Alba.

—No. Pero ya está.

El reloj de péndulo seguía parado a las doce y diez. El silencio entre ellos era más denso que el tictac ausente.

Alba avanzó un paso. Vio las cartas, los sobres sin remitente, la letra de su abuela en algunos, la suya propia en otros. Cartas que nunca llegaron a enviarse. Palabras guardadas durante años en un falso fondo que solo Adela conocía.

—Léalas.

La voz de Daniel se quebró en la segunda sílaba. Carraspeó.

—O no. Da igual.

—No entiendo qué hace usted con esto.

—Nada. Solo… las encontré. Celia las dejó aquí.

Alba recogió un sobre. Su propio nombre escrito con la caligrafía temblorosa de los últimos años de su abuela. Lo apretó contra el pecho sin abrirlo.

Daniel apartó la vista hacia la estantería de historia local.

—¿Sabe qué contienen? —preguntó ella.

Silencio.

—¿Las ha leído?

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido. Y luego, en un murmullo que apenas atravesó el rumor de la lluvia:

—No merezco que me las lea.

Alba sintió un vuelco en el estómago. Abrió la boca, pero él ya se movía hacia la trastienda. Pasos largos, hombros encorvados. La puerta se cerró tras él con un chasquido suave.

Se quedó sola con las cartas esparcidas y la caja abierta. El sobre le temblaba en la mano. Lo dejó sobre los demás y apoyó las dos palmas en el mostrador. La madera estaba fría. El polvo se le pegó a los dedos.

Respiró hondo. Una vez. Dos.

Guardó los sobres dentro de la caja con movimientos precisos, como si estuviera ordenando facturas. Cerró la tapa. La apartó a un lado del mostrador, junto a la caja registradora antigua.

No iba a llorar. No delante de él.

Se alisó la bufanda de su abuela y se recogió la coleta con un gesto mecánico.

El reloj seguía parado. La lluvia seguía cayendo.

Al cabo de unos minutos, la puerta de la trastienda volvió a abrirse. Daniel salió con la carpeta de cuero bajo el brazo y un bolígrafo en la mano. La corbata ladeada, el nudo flojo. Se había pasado agua por la cara; aún tenía una gota en la sien.

—Señorita —dijo con un tono que pretendía ser neutro—. Deberíamos continuar con la tasación. El ayuntamiento espera el informe.

Alba alzó la barbilla. Las cartas seguían en la caja, a su izquierda. Él no las miró.

—Por supuesto, señor. ¿Qué documentación necesita?

—Escrituras, inventario, cualquier valoración previa.

—No hay valoraciones previas. Mi abuela no era de poner precio a los libros.

Daniel anotó algo en un papel sujeto con un clip a la carpeta. Escribió más de lo necesario.

—Entiendo. ¿Las escrituras?

—En el cajón del mostrador. Un momento.

Alba sacó una carpeta azul con el sello de una notaría de la capital. La deslizó sobre la madera. Daniel la tomó sin rozarle los dedos.

—Gracias.

—De nada.

—El inventario… ¿existe algún registro?

—Hay un cuaderno en la trastienda. Mi abuela anotaba las compras. No sé si le servirá.

—Servirá.

Las palabras caían como piedras en un pozo vacío. Demasiado formales, demasiado medidas. Alba se mordió el labio inferior, justo donde el lunar casi desaparecía.

—¿Necesita algo más, señor?

—Por ahora no. Empezaré por la sección de narrativa.

—Como guste.

Daniel se giró hacia las estanterías. Alba se quedó junto al mostrador, con la carpeta de las escrituras aún abierta, los dedos apoyados en el papel amarillento. La caja de cartas seguía allí, cerrada, como una presencia muda entre los dos.

Él se detuvo frente al primer anaquel. Sacó un libro, lo hojeó sin verlo, lo devolvió a su sitio. El gesto era mecánico, ensayado.

—Señorita.

Alba levantó la vista.

—Si prefiere que la tasación la haga otro profesional… —empezó él sin darse la vuelta.

—No.

La respuesta llegó antes de que pudiera pensarla.

—No —repitió más bajo—. Ya está aquí. Termine lo que ha empezado.

Daniel asintió despacio. El cuello de la camisa se le había humedecido, no sabía si de lluvia o de sudor.

—Como usted disponga.

Volvió al libro. Pasó una página. El papel crujió en el silencio.

Alba cerró la carpeta de las escrituras y la dejó sobre el mostrador. Fuera, la lluvia arreció de golpe, golpeando los cristales con insistencia renovada.

Daniel reunió unos papeles de la carpeta de cuero, los alisó con la palma de la mano y los guardó sin prisa. Cerró la carpeta. Se ajustó el nudo de la corbata con un gesto torpe.

—Volveré mañana para continuar.

No era una pregunta.

Cruzó la sala sin mirarla, abrió la puerta y la campanilla sonó más aguda que antes. La ráfaga de viento húmedo entró hasta el mostrador. Alba no se movió.

La puerta se cerró.

Dentro, solo el rumor de la tormenta y la caja de cartas esperando.

Heredé la librería de mi abuela y el tasador es el hombre que se fue sin despedirseEpisodio 2