Heredé la librería de mi abuela y el tasador es el hombre que se fue sin despedirse
Episodio 3
La lluvia golpeaba el tejado con rabia cuando volví a oír la campanilla.
No había pasado ni un minuto desde que la puerta se cerró. El viento entró otra vez, arrastrando olor a tierra mojada y a algo más. Algo que se me clavó en el pecho antes de darme la vuelta.
Daniel estaba allí.
El agua le chorreaba por las sienes. El abrigo, empapado. Respiraba como si hubiera corrido, aunque solo había cruzado la calle.
—Señorita Alba.
Su voz sonó ronca. Distinta.
Esperé. Él no dijo nada más. Se quedó quieto bajo el quicio, con los puños apretados a los costados y el tic del párpado izquierdo latiéndole sin control.
La caja de cartas seguía sobre el mostrador. Abierta.
—Ha vuelto —dije.
No era una pregunta. Tampoco una bienvenida.
—No debí marcharme.
—No.
—No debí marcharme así.
Tardé en responder. Recogí las cartas que habían quedado esparcidas, las metí en la caja sin orden ni cuidado, y coloqué la tapa.
—Pase a la trastienda. Allí no hay escaparates.
Él dudó. Miró hacia la calle, hacia la cortina de lluvia que emborronaba los cristales, y luego a mí.
—Como usted disponga.
Celia debió de oírnos. Cuando crucé el umbral de la trastienda con Daniel detrás, la vi recoger su bolsito cruzado y levantarse del taburete donde estaba sentada.
—Me voy a la cocina de casa, que dejé el puchero al fuego —dijo sin mirar a Daniel—. Si necesitas algo, ya sabes.
Me apretó el brazo al pasar. Un gesto rápido, casi furtivo. La puerta de la calle se abrió y se cerró, y la campanilla sonó por tercera vez en cinco minutos.
Luego, silencio.
La trastienda olía a papel viejo y al té de manzanilla que Celia había preparado antes. El flexo del escritorio seguía encendido. La luz dibujaba sombras alargadas en las estanterías abarrotadas de libros sin clasificar.
Daniel se quedó junto a la puerta. No se atrevía a avanzar.
Yo sí.
Dejé la caja de cartas sobre el escritorio. Me senté en la silla de mi abuela. Apoyé las manos en los brazos del asiento.
—Míreme.
Levantó la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos. No sabía si era por el viento o por algo más. La cicatriz de la ceja izquierda se le marcaba bajo la luz del flexo, fina y blanca.
—Usted sabe lo que hay en esa caja.
—Lo sé.
—La abuela las guardó. Durante años. Sin decirme nada.
—Lo sé.
—Usted las leyó. Cuando entré, vi sus manos sobre los sobres.
No lo negó. Se pasó la lengua por los labios y permaneció callado.
Me levanté. Dos pasos y estaba frente a él.
—¿Por qué se marchó?
El tic del párpado se le aceleró. La mandíbula se le tensó. Las manos le colgaban a los costados como si no supiera qué hacer con ellas.
—No puedo.
—No le he preguntado si puede. Le he preguntado por qué se marchó.
—Señorita Alba...
—Han pasado ocho años. Ocho. —La voz se me quebró y la recuperé al instante—.
Me debe una respuesta. Aunque sea una. Luego puede irse otra vez si quiere. No voy a impedírselo.
Él cerró los ojos. Respiró hondo. Cuando volvió a abrirlos, la lluvia arreció sobre nuestras cabezas como si el cielo hubiera reventado.
—Mi padre —dijo.
Y se detuvo.
Esperé. El reloj de péndulo seguía parado a las doce y diez. Fuera, el agua corría por los canalones con un rugido sordo.
—Mi padre hizo algo —continuó—. Algo que no tiene nombre.
—¿Qué hizo?
—Estafó a su familia. A su abuela Adela. A otros vecinos del pueblo.
Las palabras cayeron como piedras. Secas. Pesadas. Sin atenuantes.
—Vendió inversiones que no existían. Prometió obras que nunca empezó. Su abuela perdió los ahorros de diez años.
Me quedé inmóvil. Las cartas seguían en la caja, y yo solo podía mirar a Daniel.
—¿Por qué no me lo dijo entonces?
—Porque lo descubrí la noche antes de irme.
Se le rompió la voz. Volvió a ese registro formal que usaba como escudo y habló sin mirarme.
—Mi padre me llamó. Estaba borracho. Presumió de lo que había hecho.
De cómo había engañado a este pueblo durante años. Dijo que pronto vendrían a por él. Que yo era su hijo y caería con él si me quedaba.
Levantó una mano y se aflojó el nudo de la corbata con torpeza.
—No podía quedarme. No podía decírselo y arrastrarla conmigo.
—Podía haberme escrito. Una carta. Una llamada.
—¿Para qué? —Alzó la voz por primera vez—. ¿Para que usted me defendiera? ¿Para que su abuela pensara que yo era cómplice?
—Mi abuela no habría pensado eso.
—Su abuela me quería. Lo sé. Pero mi apellido era el mismo que el de mi padre. Y cuando se lo llevaron detenido, ese apellido salió en todos los periódicos de la provincia.
Ahora sí me miraba. Los ojos grises se le habían oscurecido. La corbata le colgaba suelta. El cuello de la camisa, arrugado y húmedo.
—Yo tenía veintiséis años. Sin carrera, sin dinero, sin nada que ofrecerle salvo un nombre manchado. ¿Qué iba a hacer? ¿Pedirle que me esperara mientras yo huía de los acreedores de mi padre?
—Podía haberme dejado elegir.
—No merecía elegir. No merecía cargar con eso.
Se le entrecortó la respiración. Desvió la mirada hacia la caja de cartas.
—Cuando vi las cartas esta mañana... —Negó con la cabeza—. Usted las escribió. Durante años. Y yo ni siquiera tuve el valor de mandarle una sola línea.
El silencio volvió a llenar la trastienda.
Yo seguía de pie. Las piernas me temblaban, pero no me senté. No podía.
Algo dentro de mí se estaba resquebrajando y no era rabia. Era otra cosa. Algo más viejo y más hondo.
—¿Volvió alguna vez? —pregunté—. Al pueblo. Después de que se lo llevaran.
—No.
—¿Y ahora?
—El ayuntamiento me contrató por lo barato. Nadie más quería venir en temporada de lluvias. Y yo... necesitaba el trabajo.
Se encogió de hombros. Un gesto mínimo.
—No sabía que usted era la heredera. Lo supe cuando Celia abrió la puerta y la vi detrás del mostrador.
—Y no se fue.
—No pude. Usted...
Se calló. Se pasó la mano por el pelo y luego se quedó mirando sus dedos como si no los reconociera.
—Usted era tan real. Tan entera. Ocho años y seguía siendo usted.
Me volví hacia el escritorio. Abrí la caja de cartas. Saqué el primer sobre que encontré. Mi propia letra, redonda y adolescente, me miraba desde el remite.
Daniel Soler Calle Mayor, 34 Villaluz
La dirección ya no existía. La habían demolido hacía cinco años.
—¿Sabe lo que pasó después de que usted se fuera? —pregunté sin darme la vuelta.
—No.
—Mi abuela no dijo nada. Ni una palabra contra usted. Contra su padre, sí. Pero contra usted, nada. Solo dejó de preguntarme si había recibido carta.
Oí su respiración a mi espalda. Irregular. Contenida.
—Ella lo sabía —dije—. Mi abuela sabía que usted no volvería.
—Señorita Alba...
—Y aun así guardó mis cartas. Las escondió en un doble fondo. Como si esperara que algún día yo las encontrara.
Me giré.
—Usted no me abandonó. Se castigó. Y lleva ocho años haciéndolo.
—No es...
—Lleva ocho años sin hablarme. Sin volver a un pueblo que era suyo. Sin permitirse nada. ¿Cómo se vive así?
Él no respondió. Pero sus ojos se humedecieron. Solo un instante. Luego parpadeó y la humedad desapareció.
Avancé un paso.
—No voy a decirle que está perdonado. No puedo. Ahora mismo no puedo.
—Lo sé.
—Pero tampoco voy a dejar que se vaya otra vez.
Se quedó quieto. Muy quieto.
—Esta librería se va a derribar si no hacemos algo. Y usted es tasador. Sabe cómo funciona el ayuntamiento. Conoce los plazos, los recursos, las normativas.
—¿Me está pidiendo que me quede?
—Le estoy pidiendo que me ayude. Que esta vez se quede y mire. Que no huya.
Le tembló la mandíbula. Se mordió el labio inferior y tardó en contestar.
—No sé si puedo.
—Yo tampoco sé si puedo. Pero aquí estamos.
Extendí la mano.
Él la miró. Miró mis dedos como si le ofreciera algo que no se atrevía a tocar. Luego alzó la suya. Despacio. Muy despacio.
Sus dedos rozaron los míos. Fríos. Húmedos todavía de la lluvia.
—Me quedo —dijo.
Y no usó el «señorita». No hubo formalidad ni distancia. Solo su voz ronca y quebrada al borde del silencio.
Le apreté la mano. Solo un segundo. Luego la solté.
Él bajó la cabeza. Se frotó los ojos con el dorso de la muñeca y se ajustó el cuello de la camisa con un gesto torpe.
—Hay que hablar con los vecinos —dije.
—Sí.
—Y con Celia. Ella sabe mejor que nadie quién puede ayudar.
—Sí.
—Y luego veremos lo de Ernesto.
—Ernesto —repitió Daniel, con un tono que por fin no era administrativo—. Va a ponernos trabas.
—Las pondrá de todos modos. Con o sin usted.
Me recogí el pelo en una coleta baja y abrí la puerta de la trastienda.
Celia estaba en el salón principal. No se había ido a su casa. Estaba junto al mostrador, con las manos cruzadas sobre el delantal y los ojos brillantes.
—¿Me estaban espiando? —pregunté.
—Un poquito —admitió ella—. Lo justo para saber si tenía que entrar con la escoba o no.
—No va a hacer falta.
Daniel salió detrás de mí. Tenía el aspecto de alguien que acaba de atravesar una tormenta, pero los hombros se le habían enderezado un poco.
—Celia —dijo—. Necesitamos hablar con los vecinos.
—¿Necesitamos? —repitió ella, arqueando una ceja.
—Sí. Necesitamos.
Celia parpadeó. Abrió la boca y la cerró. Luego sonrió, una sonrisa pequeña y mojada que le llenó las arrugas de los ojos.
—Pues como no sea con café y pastas, aquí no se habla de nada serio.
—Hacemos café —dije.
—Y llamamos al panadero —añadió Celia, quitándose el delantal y colgándolo del respaldo de una silla—. Y a la del estanco. Y a la viuda de Román, que esa mujer cuando se enfada le planta cara hasta al alcalde.
Fue hacia la trastienda y volvió con la cafetera. La enchufó en la cocinilla que había junto al mostrador y empezó a llenarla de agua con la misma energía con que hacía todo.
—El panadero nos debe una —dijo—. Su hijo pequeño aprendió a leer en esta librería. Adela le regaló su primer cuento. No lo ha olvidado.
—¿Cuánta gente cree que firmaría un pliego contra la reforma? —preguntó Daniel.
—¿Contra la demolición de la calle Mayor? Más de la que Ernesto se imagina.
Sacó café molido de un bote de lata y lo midió a ojo. El aroma empezó a llenar la sala.
—Pero necesitan papeles —dijo Celia—. Algo oficial. Los vecinos no firman folios en blanco.
—Yo puedo redactar el pliego —dijo Daniel.
—¿Usted?
—Sé cómo se presentan estos recursos. He trabajado para ayuntamientos.
Celia me miró. Luego lo miró a él. Y no preguntó nada más.
La cafetera empezó a borbotear sobre el mostrador. Fuera, la lluvia amainaba. El ruido de las gotas en los cristales se iba haciendo más espaciado, más suave, como si la tormenta hubiera soltado todo lo que tenía que soltar.
Me acerqué a la ventana. Las calles seguían anegadas, pero la luz del atardecer empezaba a filtrarse entre las nubes. Una luz gris y tenue, pero luz.
—Mañana mismo —dije—. Puerta a puerta.
—¿Usted y yo? —preguntó Daniel.
—Usted y yo. Y Celia.
—Y Celia —confirmó ella, sirviendo tres tazas de café—. Pero primero, esto. Que no hay nada que no se arregle con un café caliente.
Cogí mi taza. El vapor me subió a la cara y por un instante todo fue olor de café recién hecho y papel viejo y la sensación de que algo acababa de empezar.
No sabía si íbamos a conseguirlo. No sabía si Ernesto se saldría con la suya o si el ayuntamiento encontraría la forma de derribar la librería pese a todo. No sabía si Daniel volvería a irse en cuanto pasara la tormenta.
Pero esta vez no iba a ser sin despedirse.
En el despacho del ayuntamiento, Ernesto colgó el teléfono.
Se quitó las gafas de montura metálica. Las limpió con el borde de la corbata y las dejó sobre el escritorio, junto al maletín de cuero desgastado.
El segundero de su reloj digital avanzaba con un chirrido apenas audible. Un sonido metálico que llenaba el silencio de la sala vacía.
—La heredera no vende.
Su propia voz rebotó contra las paredes de corcho.
Se levantó. Fue hacia el archivador metálico del rincón, sacó una carpeta de color marrón y la abrió sobre la mesa. En la primera página, el membrete del ayuntamiento rezaba: «Proyecto de reforma de la calle Mayor — Fase de ejecución».
—Si no vende —murmuró, hojeando los documentos—, habrá que encontrar otra manera.
Se detuvo en una página. La leyó dos veces. Luego tres.
Alzó el auricular del teléfono y marcó un número de dos dígitos.
—¿Secretaría? —Su tono era monocorde, administrativo—. Prepárenme para mañana un borrador de recurso por interés público.
Motivo: edificio en estado de abandono que representa un riesgo para la seguridad ciudadana. Sin mantenimiento desde hace dos años. Que esté listo antes del mediodía.
Colgó sin esperar respuesta.
Las cortinas de su despacho estaban echadas, pero una rendija dejaba ver un fragmento de la calle Mayor anegada. El escaparate azul de El Refugio brillaba bajo la lluvia fina del atardecer, con una luz cálida encendida dentro.
Ernesto volvió a sentarse. Juntó las yemas de los dedos y miró hacia la librería.
—Señorita Alba —dijo—. Esto acaba de empezar.