Heredé la librería de mi abuela y el tasador es el hombre que se fue sin despedirse
Episodio 4
La mañana olía a tierra mojada y a chimenea. Alba caminaba delante, con el pliego de firmas enrollado bajo el brazo y los dedos aún fríos por el café que se había bebido a toda prisa. Celia la seguía a medio paso, rebosante de energía, con un bolsito cruzado que tintineaba al andar.
—La primera parada es la panadería —anunció Celia—. El señor Ramón madruga más que los gallos, el hombre.
Daniel cerraba la marcha. En silencio, como siempre.
El panadero los recibió con las manos enharinadas y una sonrisa ancha. Firmó sin leer, apoyando el papel contra la pared de azulejos.
—Lo que haga falta por Adela.
En la ferretería, la dueña les ofreció pastas de hoja y les contó que ya había mandado a su hijo al ayuntamiento a preguntar por los plazos del recurso ese. En la mercería, dos mujeres mayores discutieron cinco minutos sobre dónde apoyar la pluma —«No, en esta esquina, que ahí va la mía»— y acabaron firmando las dos con letra temblorosa.
Alba iba sumando nombres en silencio, con el ceño fruncido.
—Diecisiete —dijo al llegar a la esquina de la plaza.
—Dieciocho —corrigió Celia—. El niño de los recados también firmó, que tiene dieciséis y está empadronado.
—Menos mal que estamos en un pueblo pequeño y las normas... —Alba se interrumpió. No acabó la frase.
No quería pensar en normas. No aquella mañana.
Volvieron a la calle Mayor. La última puerta era la de la antigua relojería, ahora convertida en el taller del señor Ramón. El panadero los había seguido desde la plaza y le había susurrado algo a Celia cerca del toldo. Alba lo notó, pero no preguntó.
El señor Ramón los hizo pasar al taller. Olía a aceite de máquina y a cuero viejo. Sobre la mesa de trabajo descansaban las tripas de un reloj de pared, engranajes diminutos y un cristal roto. El hombre se secó las manos con un trapo y observó a Daniel con una calma que no era casual.
—Así que usted es el tasador.
—Así es.
El señor Ramón señaló la ceja de Daniel, el trazo fino y casi invisible junto al arco.
—Esa cicatriz se la hizo usted aquí. Entre las estanterías del fondo, en El Refugio. Tenía siete años.
Daniel no se movió. Su párpado izquierdo se contrajo apenas.
Alba dejó de respirar un instante. Notó que Celia dejaba de rebuscar en el bolsito a sus espaldas. El silencio se volvió espeso como la harina en el aire del taller.
—Usted y la nieta de Adela —prosiguió el panadero, como quien cuenta un tiempo que no le pertenece—. Jugaban al escondite entre los libros. Usted se subió a la escalera de la trastienda y se cayó contra el borde de un estante. La niña corrió a por hielo. Tardó menos de un minuto.
Alba sintió un calor húmedo en los ojos. No recordaba la caída. Recordaba el frío del hielo en los dedos. La sangre en la ceja de Daniel. El miedo de no ser lo bastante rápida.
—No sabía que lo recordara nadie —dijo por fin, con la voz más baja de lo que pretendía.
—Aquí se recuerda todo, señorita Alba. Sobre todo lo que ocurrió en esa librería.
El señor Ramón les tendió la pluma. Firmó despacio, con una caligrafía redonda que ocupaba dos renglones.
Cuando salieron, el sol empezaba a despuntar entre las nubes. Alba llevaba el pliego apretado contra el pecho. Daniel caminaba a su lado, un poco más cerca que antes.
—No me lo habías contado —dijo ella.
—No pensé que fuera importante.
—Lo es.
Él no respondió. Pero al llegar a la puerta de la librería, se detuvo un segundo y rozó con la yema del pulgar el marco de madera, justo donde la pintura azul empezaba a descascarillarse.
La tarde se instaló sobre el pueblo con un calor húmedo y pegajoso. Alba extendió el pliego sobre la mesa del salón principal. Treinta y ocho firmas. Celia preparaba té de melisa en la trastienda, tarareando algo que sonaba a copla antigua.
—No está mal para una mañana de trabajo —murmuró Alba, pasando el dedo por los nombres—. Treinta y ocho.
—El jueves iremos a las afueras —dijo Daniel—. Las casas del camino del río.
La campanilla de la entrada sonó con un tintineo seco.
No era un cliente. Ernesto irrumpió en la librería con el maletín bajo el brazo y el traje arrugado, como si hubiera dormido con él puesto. Su calva relucía bajo la luz del techo. Traía los ojos hinchados y la boca fruncida en una raya fina.
—Señorita Alba.
Alba se incorporó.
—Secretario.
Celia salió de la trastienda con la tetera en la mano y se quedó quieta en el umbral.
Ernesto clavó los ojos en Daniel.
—Usted. Tiene que darme explicaciones.
Daniel lo miró sin pestañear.
—Sobre qué.
—Sobre la tasación. Me ha llegado un informe preliminar que contradice todos los datos que usted aportó la semana pasada. Superficie útil, estado de la estructura, valoración del inmueble... Todo modificado.
—Los datos eran incorrectos.
—Los datos eran los que usted entregó.
—Y los corregí.
Ernesto avanzó dos pasos. El maletín golpeó el borde de una estantería y estuvo a punto de caérsele de las manos. Lo apretó contra su costado con un gesto brusco.
—Usted está manipulando la tasación para beneficiar a la propietaria.
—No —la voz de Daniel sonó plana, casi administrativa—. Estoy corrigiendo una tasación viciada de origen. Las mediciones iniciales no se ajustaban a la realidad del inmueble.
La superficie útil era inferior a la declarada y los materiales de la fachada no coincidían con el registro catastral. No es manipulación. Es subsanación.
Ernesto enrojeció.
—Usted fue contratado por este ayuntamiento.
—Y mi obligación legal es con la exactitud del peritaje. No con el ayuntamiento.
Alba dio un paso al frente.
—Secretario —su tono era frío y formal—. Le agradecería que no levantara la voz en mi propiedad.
Ernesto se giró hacia ella. Los nudillos se le estaban quedando blancos sobre el asa del maletín.
—Señorita Alba, comprenda una cosa. Si este hombre ha alterado la tasación, su informe no tiene validez. Y sin un informe válido, la situación administrativa de este edificio pasa a ser... irregular.
—Eso será un problema para quien haya encargado un informe viciado —respondió Alba—. No para mí.
El secretario abrió la boca y la cerró. Su mirada saltaba de Alba a Daniel, de Daniel a los libros, de los libros a Celia, que seguía quieta con la tetera humeante entre las manos. Por un instante pareció que iba a decir algo más.
No lo dijo. Dio media vuelta, empujó la puerta con el hombro y salió a la calle con el paso torpe de quien huye sin querer admitir que huye.
La campanilla tintineó una vez y quedó en silencio.
Celia fue la primera en moverse. Dejó la tetera sobre el mostrador y señaló hacia el suelo, junto al expositor de novedades.
—Se ha dejado el maletín —dijo.
Los tres se quedaron mirándolo. Era de cuero marrón, con las esquinas gastadas y una etiqueta del ayuntamiento pegada al asa. La hebilla estaba medio suelta, como si Ernesto la hubiera abierto y cerrado cien veces aquella mañana.
—Habrá que devolvérselo —dijo Celia.
—Primero habrá que ver qué lleva dentro —respondió Alba.
Daniel se agachó. Abrió la hebilla con un movimiento seco. Levantó la tapa.
Dentro había carpetas de cartulina, un estuche de gafas, un teléfono anticuado. Y un fajo de papeles sujetos con un clip.
Daniel los sacó. Leyó el primer párrafo. Luego el segundo.
Su rostro no cambió. Pero su párpado izquierdo empezó a temblar.
—¿Qué es? —preguntó Alba.
Daniel alzó la vista del papel. Se la sostuvo un segundo de más, como si estuviera decidiendo algo.
—El informe de la estafa de mi padre —dijo—. Está completo. Con fechas, nombres y sentencias. Ernesto lo sabía. Lo sabía desde el primer día.
El informe de Ernesto seguía sobre la mesa, junto a la caja de cartas. Alba lo había dejado ahí al volver de la trastienda, con las puntas de los dedos todavía frías.
Daniel no se había movido del sofá. Miraba la caja.
—¿La abriste? —preguntó él.
—Solo el doble fondo.
—No. Las cartas.
Alba negó con la cabeza. Apoyó la palma sobre la tapa de cartón, donde la caligrafía de Adela se desdibujaba en tinta azul.
—Estaba esperando.
—¿A qué?
—No lo sé.
Daniel se inclinó hacia delante. Los codos en las rodillas. Las manos colgando, entrelazadas.
—Léeme una.
—No son para ti.
—Lo sé.
Silencio. La lluvia había cesado, pero el viento hacía gotear el alero contra el escaparate.
—Léeme una —repitió—. La que tú quieras.
Alba abrió la caja. Dentro, los sobres estaban ordenados por año. Su letra de adolescente, redonda y apretada, ocupaba los primeros. La de los dieciocho años era más suelta, más alta. Reconoció uno por la mancha de café del margen, con la fecha de hacía ocho años escrita en números torcidos.
Sacó el sobre. Lo sostuvo sin abrirlo.
—Es ridículo —dijo.
—No.
Lo miró. El párpado izquierdo le temblaba, apenas un latido bajo la piel. Desvió la vista y rasgó el sobre.
Leyó en voz baja, casi para sí misma:
—«He vuelto al andén. El tren de las cinco. Dijiste que algún día volverías en el tren de las cinco».
Se detuvo. El papel crujió entre sus dedos.
—«No has venido. Pero yo sigo aquí».
La voz se le quebró en la última palabra. Daniel no levantó la cabeza.
—«No sé si es esperanza o estupidez. Mamá dice que me olvide de ti. La abuela no dice nada, solo me prepara té de melisa y se sienta a mi lado. Eso es peor».
Alba hizo una pausa. Carraspeó.
—«Hoy hace dos años. Dos años desde que te fuiste sin mirar atrás. Y yo...».
Se interrumpió. La frase siguiente era demasiado.
Daniel alargó la mano. No llegó a tocarla. Se detuvo a un centímetro de sus dedos, sobre la mesa.
—¿Y tú? —preguntó.
—«Y yo nunca dejé de esperarte».
La mano de Daniel rozó la suya. Un contacto mínimo, piel contra piel, pulgar contra nudillo. Alba no retiró los dedos. No levantó la vista del papel.
—Guárdala —dijo él, con la voz ronca—. Ahora no más.
—No.
—Alba.
—Es mía. Yo decido.
Dobló la carta con cuidado, la introdujo en el sobre. Lo dejó sobre la mesa, separado de los demás.
—Vamos a guardar la caja —dijo—. No esta noche.
—De acuerdo.
—Pero no voy a esconderla. Se queda aquí.
—De acuerdo.
Daniel retiró la mano. El frío ocupó el espacio que había dejado.
Alba colocó la tapa sobre la caja. La deslizó hacia el extremo de la mesa, junto al informe de Ernesto. Dos cajas, una de secretos antiguos y otra de amenazas nuevas.
—
La mañana siguiente entró por el tragaluz de la trastienda con una luz blanca, lavada. Había dejado de llover durante la madrugada, pero las calles seguían anegadas. El olor a papel húmedo se mezclaba con el café que Celia había preparado antes de salir a repartir panfletos.
Alba extendió el informe sobre el mostrador. Junto a él, el pliego de firmas que los vecinos habían reunido la tarde anterior. Dos pilas de folios. Un montón de voluntades.
—Necesitamos a alguien que entienda de esto —dijo.
—Rosa —respondió Daniel sin dudar.
—¿La del archivo municipal?
—Historiadora local. Jubilada. Conoce cada piedra de la calle Mayor.
—¿Confías en ella?
Daniel asintió. Alba marcó el número que él le dictó.
Rosa apareció veinte minutos después, con un paraguas que no necesitaba y una carpeta de gomas que olía a polvo y a tabaco. Era una mujer menuda, de pelo gris recogido con una horquilla de carey y gafas colgadas del cuello con una cadena dorada.
—Así que esto es El Refugio —dijo, mirando las estanterías—. Adela me guardaba los libros de historia local antes de que llegaran a la biblioteca. ¿Sabíais eso?
Alba negó con la cabeza.
—Pues lo hacía. —Rosa dejó la carpeta sobre la mesa de la trastienda—. Y por eso estoy aquí. No por vosotros.
Daniel esbozó algo parecido a una sonrisa. La primera en dos días.
Rosa desplegó los planos. Eran tres láminas de papel vegetal, amarillentas, con los bordes mordidos por la humedad.
—Plano original de la librería, 1892. Plano de la ampliación, 1923. Y esto... —deslizó el tercero con cuidado— es el alzado de la fachada que presentó el abuelo de Adela para la declaración de conjunto histórico en 1958.
—¿Conjunto histórico? —Alba se inclinó sobre los planos.
—Nunca llegó a aprobarse. Faltaron dos firmas. Pero el expediente sigue abierto.
Daniel estudió el alzado. Señaló una anotación en el margen.
—Aquí dice que la estructura de madera es anterior a la normativa de 1900.
—Exacto —Rosa se quitó las gafas—. Si demostráis que la librería tiene valor patrimonial, el recurso de Ernesto se cae. El interés público no puede demoler un bien cultural protegido.
Alba sintió un vuelco en el estómago. No era esperanza todavía. Era la forma previa a la esperanza.
—¿Cuánto tardamos en redactar la propuesta?
—Si me dais café solo y no me interrumpís... un par de horas.
Trabajaron en la trastienda, con los planos extendidos y el portátil de Daniel abierto sobre un taburete. Rosa dictaba, Alba mecanografiaba, Daniel verificaba fechas y referencias catastrales. El informe de Ernesto, con los datos de la estafa del padre de Daniel, fue el último documento en incorporarse a la carpeta. Alba lo adjuntó sin decir nada. Daniel la miró un instante y apartó la vista.
Cuando Celia regresó con más firmas, la propuesta estaba terminada. Una carpeta azul con el escudo municipal en la portada, sujeta con una goma elástica. Dentro, los planos, el informe, el pliego de firmas y la solicitud formal de protección cultural.
—Mañana hay pleno —dijo Celia—. Si lo presentáis antes de las diez, entra en el orden del día.
Alba apoyó la mano sobre la carpeta.
—Lo presentamos.
Daniel asintió. Rosa se colgó las gafas del cuello y recogió los planos sobrantes. Celia fue a preparar más café y se detuvo en la puerta de la trastienda.
—Vuestro Ernesto no sabe con quién se ha metido —dijo—. Este pueblo lleva ocho años discutiendo si poner una rotonda. Pero cuando se trata de proteger lo suyo, somos más rápidos que la lluvia.
La carpeta pesaba menos de lo que Alba esperaba. La sostuvo contra el pecho mientras cruzaban la calle Mayor, esquivando los charcos que la llovizna de la noche anterior había dejado sobre los adoquines. Daniel caminaba medio paso por detrás, con las manos en los bolsillos del abrigo.
El vestíbulo del ayuntamiento olía a cera y a papel viejo. Tras el mostrador, un funcionario calvo levantó la vista de su pantalla.
—Venimos a presentar una solicitud de pleno extraordinario —dijo Alba.
—Debe presentarla con al menos setenta y dos horas de antelación.
—El artículo 47 del reglamento municipal permite la convocatoria urgente si lo firman dos concejales o lo avala un tercio del censo.
El funcionario parpadeó. Alba abrió la carpeta y extrajo el primer bloque de hojas grapadas. Las firmas, recogidas durante dos días puerta a puerta bajo la lluvia, ocupaban siete páginas con nombre, DNI y rúbrica.
—Aquí tiene el aval de un tercio del censo —dijo Alba—. Y la propuesta de protección patrimonial que queremos someter a votación.
El funcionario tomó las hojas con la punta de los dedos. Las hojeó sin leerlas.
—Debo consultarlo.
Desapareció por una puerta lateral.
Daniel se apoyó contra la pared. Tenía el párpado izquierdo ligeramente contraído.
—¿Cuánto crees que tarde? —preguntó Alba.
—Lo suficiente para que Ernesto prepare algo.
No se equivocaba. Diez minutos después, la puerta se abrió y Ernesto apareció con la carpeta en la mano. Su calva brillaba bajo la luz del fluorescente. Miró a Alba, luego a Daniel, y una sonrisa fina se le dibujó bajo el bigote.
—Señorita Alba. Señor Martín.
No le tendió la mano.
—¿Un pleno urgente?
—Con el tercio del censo requerido —dijo Alba.
Ernesto abrió la carpeta y pasó las hojas despacio. Se detuvo en la lista de firmas.
—Es curioso. Algunos de estos nombres me suenan.
—Son sus vecinos.
—Claro. Vecinos.
Cerró la carpeta.
—Muy bien. Convoquemos el pleno mañana a las once. Así zanjamos esto de una vez.
Alba alargó la mano para recoger la carpeta. Ernesto la retuvo un instante de más antes de devolvérsela.
—Espero que duerman bien esta noche. Mañana hará sol —dijo, y se volvió hacia su despacho sin despedirse.
La lluvia arreció al atardecer. Las gotas repicaban contra el toldo raído de El Refugio con un ritmo monótono que llenaba todos los rincones. Celia se había marchado hacía una hora —«Tengo que avisar a Rosa y a las del coro, mañana llenamos la sala»— y el silencio que dejó era distinto al de otras tardes.
Alba encendió la lámpara del salón principal. La luz dibujó sobre la mesa la caja de cartas.
Seguía allí desde la noche anterior. La misma caja de facturas que había encontrado en la trastienda, con el doble fondo donde su abuela escondió lo que nunca envió. Los sobres amarillentos asomaban en desorden, algunos doblados, otros con los bordes mordidos por la humedad.
Daniel estaba de pie junto a la estantería de narrativa, con un libro abierto que no leía. Alba lo supo porque no pasaba las páginas.
—Siéntate —dijo ella.
No era una invitación cálida. Tampoco una orden. Algo a medio camino, con la voz un poco ronca.
Daniel dejó el libro y ocupó la silla frente a ella. La mesa quedó entre los dos, y la caja en el centro.
Alba metió la mano y sacó un sobre al azar. La letra era suya: redonda y apretada, de cuando tenía diecisiete años.
—«No sé si algún día te daré esto» —leyó en voz alta, y se detuvo.
La lluvia llenó el silencio.
—No tienes que leerlo —dijo Daniel.
—Lo sé.
Pasó a otro sobre. Sus dedos rozaron el borde de la caja justo cuando Daniel metía la mano para tomar uno. El contacto fue breve, la punta de sus índices, y ambos retiraron la mano como si la madera quemara.
Daniel eligió un sobre distinto al que ella había tocado. Lo abrió con cuidado, deslizando el pulgar por la solapa despegada por los años.
—«Hoy volvió a nevar y no pude evitar pensar…» —leyó, y se interrumpió.
Alba alzó la vista. Daniel tenía la mandíbula tensa, la mirada fija en el papel.
—No hace falta —dijo ella.
Él negó con la cabeza y continuó. Su voz era más grave de lo habitual.
—«…en aquella tarde en la estación. No me despedí bien. No supe».
Dejó el sobre sobre la mesa boca abajo. Sus dedos quedaron a dos centímetros de los de Alba.
—Hay demasiadas palabras guardadas —dijo Daniel.
—Ocho años de palabras.
—Sí.
Ninguno de los dos se movió. Fuera, un coche pasó chapoteando sobre el asfalto anegado. Dentro, la luz de la lámpara tembló un instante y se estabilizó.
—Mañana tenemos un pleno —dijo Alba, y su voz sonó más firme de lo que sentía el pecho.
—Lo tenemos.
—Hay que descansar.
—Sí.
Pero se quedaron allí, con los sobres esparcidos sobre la mesa y los dedos todavía cerca, sin rozarse, mientras la lluvia llenaba todo lo que no podían decir.