FeverStory

Regreso al pueblo por la librería de mi abuela, y el tasador es el hombre que se marchó sin despedirse.

Episodio 1

La llave seguía fría en mi mano cuando empujé la puerta de El Susurro. El contacto del latón contra la piel me recordó que aún no me acostumbraba a sostenerla sin mi abuela cerca. Antes, ella la descolgaba del cuello cada mañana con ese gesto automático de quien abre un mundo. Ahora yo apretaba los dedos y el frío se me metía hasta los huesos.

El olor a papel viejo y a humedad me golpeó antes que la penumbra. Una bocanada densa, dulzona y agria a la vez, con un fondo de polvo que cosquilleaba en la garganta. Dentro todo seguía igual.

El mostrador de nogal rayado, las estanterías hasta el techo, el silencio denso como si los libros respiraran quedito. Las lámparas de pie, apagadas, parecían árboles cansados inclinándose unos hacia otros. El reloj de péndulo de la pared del fondo llevaba detenido desde el entierro, o quizá desde antes, y nadie se había atrevido a darle cuerda.

Avancé dos pasos. Las botas resonaron en la tarima con un eco hueco, ese sonido que antes me devolvía la sensación de llegar a casa y ahora solo me devolvía el vacío de un local que ya no era mío.

Y entonces lo vi.

De espaldas, junto a la sección de poesía. Abrigo oscuro, hombros anchos, el pelo negro con canas en las sienes. Reconocí la nuca antes de que se girara.

Esa forma de llenar el espacio sin ocuparlo, la línea tensa de los hombros bajo la lana mojada. Reconocí el modo de inclinar la cabeza al leer los lomos, el ángulo exacto que adoptaba cuando algo le dolía y no quería que se notase. Reconocí el vacío en el estómago antes de poder nombrarlo.

Mateo se volvió.

Sus ojos grises me atravesaron sin parpadear. El mismo gris del cielo antes de la tormenta, esa mezcla de pizarra y agua quieta que nunca supe descifrar. La misma quietud. Su rostro tenía más arrugas de las que recordaba, surcos finos alrededor de la boca que antes no estaban, como si el tiempo hubiese dibujado allí todas las palabras que no dijo.

—Valeria.

No era una pregunta. Pronunció mi nombre con una economía que dolía, soltando las sílabas despacio, como quien comprueba que un objeto valioso sigue intacto.

—Mateo.

Mi voz sonó más firme de lo que esperaba. Metí la llave en el bolsillo de la chaqueta vaquera. Las manos me sudaban y la tela áspera del interior me raspó los nudillos. Sentí el peso de la llave contra el muslo, diminuto y sólido, un ancla en medio del desconcierto.

—No sabía que vendrías —dije.

—Me envía la agencia —respondió. Su tono era neutro, casi administrativo, sin fisuras—. Para la tasación.

Claro. La tasación. Para vender.

Para largarme de este pueblo con el cheque y sin una sola mirada atrás. Ese era el plan. Un plan que había construido a conciencia, ladrillo a ladrillo, durante los meses de duelo y papeleo, mientras dormía en el piso de la ciudad y soñaba con borrar este lugar del mapa. Y ahora él aparecía con su abrigo mojado y sus modales de funcionario a recordarme que el pasado no se tasa ni se vende.

—¿Tasación? —repetí, y sonó a pulla sin querer—. ¿De qué agencia?

Él sacó una tarjeta del bolsillo interior del abrigo. La dejó sobre el mostrador. Ni un paso hacia mí. Distancia exacta de profesional a cliente, calculada al milímetro como quien mide la separación en un plano de arquitectura.

—Tasaciones Levante. Su abogado nos contactó el lunes.

Su abogado. No tu abogado. Su. Aquel pronombre lejano cayó entre los dos como una moneda en un pozo.

Leí la tarjeta sin tocarla. El cartón era blanco marfil, las letras sobrias. Mateo D.

Cruz. Tasador senior. La tinta negra olía ligeramente a disolvente fresco.

Una tarjeta nueva, pensé. Recién encargada para su nueva vida, una vida en la que yo no existía más que como un nombre en un expediente.

—No sabía que trabajabas en esto —solté, y una parte de mí masticó la ironía: claro que no lo sabías, porque hace ocho años que no sabemos nada, porque aquel último portazo selló todas las preguntas.

—Pues ya lo sabe.

El silencio cayó entre los dos como un libro que se cierra. En algún rincón de la librería, una polilla rozó un cristal, un aleteo mínimo, casi un suspiro. Él miró hacia el ventanal.

El cristal empañado devolvía reflejos borrosos de la calle. Yo miré sus manos. La cicatriz recta en el dorso de la derecha, una línea plateada que cruzaba los nudillos.

La sierra de carpintería, diecisiete años atrás. Me la había enseñado él mismo, una tarde de verano, con el orgullo torpe de quien no sabe pedir cuidados, y yo había pasado el dedo por encima sin atreverme a hacer presión. Ahora la cicatriz seguía ahí, más pálida, casi blanca, y mis dedos recordaban su textura mejor que el tacto de la llave.

Me arranqué el recuerdo como una tirita. El escozor duró un segundo.

—¿Necesitas ver algo en concreto? —pregunté, y ya me estaba saliendo el tono formal. El de rellenar formularios. El de la coraza.

—Todo. Estructura, fondos editoriales, trastienda. El estado general.

—Adelante, entonces.

Él asintió. Un movimiento mínimo de cabeza, casi militar. Giró hacia las estanterías. Yo me quedé clavada junto al mostrador, sin saber qué hacer con las manos.

La lluvia empezó sin avisar.

Primero un redoble leve contra el ventanal, como dedos impacientes sobre un tambor. Luego más fuerte. En segundos el cielo se volvió plomizo y el agua golpeaba la calle mayor con furia de temporada, rebotando contra los adoquines en salpicaduras blancas. El sonido llenó la librería por completo, ahogando el roce de la polilla y el crujido del edificio.

Mateo miró hacia la puerta. Su mandíbula se tensó. La luz del ventanal dibujaba sombras movedizas en su rostro.

—Esto no estaba en el parte —murmuró, como si el tiempo fuese un inciso del expediente que alguien se había saltado.

—Bienvenido al pueblo. La lluvia de otoño no avisa.

Saqué algo del bolsillo izquierdo del pantalón. No, él sacó algo del bolsillo izquierdo del pantalón. Un reloj de bolsillo.

Dorado, con la tapa gastada, el metal bruñido en los bordes por años de pulgares ansiosos. Lo abrió y lo miró. Las agujas no se movían, quietas en una posición definitiva, casi a las once y veinte. El cristal interior estaba levemente empañado, como si guardase la humedad de otro día de lluvia remota.

Lo sostuvo un instante más de lo necesario. Su pulgar acarició la tapa, un gesto tan íntimo y mecánico que dolía mirarlo. La tapa se cerró con un clic seco, metálico, definitivo. Lo guardó con el mismo gesto contenido con el que se aparta un recuerdo que no se quiere pero no se abandona.

—¿No funciona? —solté. La pregunta flotó en el aire cargado de humedad.

—No.

Y ya. Calló. Porque cuando algo le importa de verdad, Mateo calla. Lo aprendí hace mucho. Lo aprendí la noche que se fue y la casa entera se llenó de un silencio igual que este, espeso, lleno de cosas rotas que no se nombraban.

Afuera, la calle mayor se vaciaba. El agua corría por el adoquinado formando riachuelos que arrastraban hojas secas y la luz anaranjada del bar de enfrente. La luz dentro de la librería menguaba hasta un tono amarillento, como de vela a punto de apagarse, y las sombras de los libros se estiraban por el suelo como dedos largos.

Él se quedó junto al ventanal. Vi cómo apretaba los dedos contra el marco de madera, blanqueándole los nudillos. Conozco ese gesto. Impotencia disfrazada de paciencia. Era el mismo gesto que hacía cuando el trabajo no llegaba, cuando las facturas se acumulaban y él se negaba a pedir ayuda.

—Deberías esperar a que amaine —dije sin mirarlo, concentrada en una mancha invisible del mostrador.

—No voy a ningún lado con esto.

—Pues quédate.

Las palabras flotaron un segundo de más, suspendidas entre el olor a lluvia y a cerrado. Él se giró apenas. Nuestras miradas se encontraron y fue como rozar una quemadura, ese calor instantáneo que confundes con dolor.

Desvié la vista yo primero. El corazón me golpeaba en las costillas con fuerza de querer salir.

—Voy a revisar la trastienda —anuncié, tragando saliva—. Hay cajas que no se han tocado en años. Para tu informe.

—La acompaño.

No era un ofrecimiento. Era un aviso. Su tono no dejaba margen a la negociación.

Caminé hacia el fondo de la librería. La puerta de la trastienda crujió como siempre, con ese quejido de bisagras viejas que conocía desde niña, un lamento metálico que mi abuela aceitaba cada primavera y que este año nadie había atendido. Olía a cerrado, a humedad concentrada, a la mezcla de tinta y polvo que mi abuela llamaba «el perfume de los libros». Bajo ese perfume flotaba otra cosa: el leve aroma a las pastillas de alcanfor que ella metía en los cajones para ahuyentar la polilla y que ahora me recordaban a hospitales.

Mateo me seguía a tres pasos. Lo sabía por el modo en que la tarima vieja protestaba bajo sus zapatos, un crujido grave en la tercera tabla, justo delante de la sección de historia, donde la madera estaba más hundida.

Encendí la bombilla pelada. La luz tembló dos veces antes de estabilizarse, un parpadeo anaranjado que iluminó motas de polvo danzando en el aire. Cajas de cartón apiladas en las esquinas, con etiquetas escritas a mano que la humedad había emborronado. Un archivador de metal con los cajones entreabiertos, mostrando carpetas de cartulina descolorida. Estanterías de pino que la abuela pintó de verde en alguna década ya borrosa, un verde menta que ahora se descascarillaba dejando ver la madera desnuda.

—No ha cambiado nada —dijo Mateo desde la entrada. Su voz rebotó contra las vigas bajas del techo.

—No.

No había cambiado nada. Y ahí estaba el problema. El polvo, el alcanfor, la bombilla parpadeante y el silencio que nos envolvía como una lona. Todo seguía igual que hace ocho años, menos nosotros.

Empecé a mover cajas sin ton ni son, cualquier cosa por no quedarme quieta, por no mirarlo. El cartón áspero me arañó las palmas. Una de las cajas cedió por la base y soltó un puñado de almanaques viejos que se desparramaron por el suelo con ruido de hojas secas.

Y entonces la vi.

En un rincón, debajo de una pila de periódicos atados con cordel de cocina, casi tragada por la penumbra. Una caja de madera oscura, del tamaño de un libro grande. La madera tenía ese brillo opaco de las cosas acariciadas mil veces.

La tapa tenía iniciales grabadas. A.G. y J.M. El trazo era fino, tembloroso en las curvas, y en el centro un diminuto corazón tallado con la punta de una navaja.

Mi abuela Aurora. Y un hombre cuyas iniciales no eran las de mi abuelo.

La reconocí al instante.

La había visto de niña, una sola vez. Mi abuela la guardaba en el arcón del dormitorio, envuelta en un pañuelo de seda color vino, y la acariciaba cuando creía que nadie la observaba. Yo me escondía detrás de la cortina y espiaba la forma de sus dedos sobre la tapa, la manera en que sus labios se movían sin emitir sonido.

Luego desapareció. Nunca pregunté. Porque en esta familia las preguntas difíciles se guardaban bajo llave, como los secretos que se heredan sin instrucciones.

Ahora estaba ahí, bajo los periódicos del otoño pasado, como si el tiempo no hubiera pasado. Como si mi abuela acabara de dejarla hace un minuto, con la taza de café aún humeante y la radio emitiendo música de la vieja emisora local.

Mi mano fue hacia la llave del cuello. La de latón antiguo, la que nunca me quito. La acaricié sin darme cuenta, deslizando la yema del pulgar por sus dientes fríos. Había heredado su peso al mismo tiempo que la librería, y a veces sentía que ambas cosas latían al mismo ritmo.

—¿Qué es eso? —preguntó Mateo.

Me giré. Estaba más cerca de lo que creía. Apenas dos metros, las manos en los bolsillos, la cabeza ladeada en ese ángulo de tasador que escruta algo de valor. Su sombra cubría media pared.

—Nada.

Agarré la caja y la llevé al mostrador. El peso me sorprendió: era más densa de lo que aparentaba, como si la madera hubiese absorbido todos aquellos años de silencio. La puse debajo, en el hueco vacío donde mi abuela guardaba los libros devueltos, y me interpuse delante.

—No parecía nada —dijo él, y su voz flotó entre las estanterías con una calma que me irritó.

—Pues lo es. Un trasto.

—Valeria.

Me tensé. Dijo mi nombre con la misma calma con que se pronuncia un veredicto. Sin prisa. Sin emoción. Y aún así, el sonido de esas tres sílabas removió algo en el fondo del estómago, un sedimento que llevaba años depositado.

—Está escondiendo algo —añadió.

—Y tú no deberías estar aquí.

Salió más duro de lo que pretendía. Pero ya estaba dicho. Las palabras rebotaron en las paredes y me las tragué de vuelta con un sabor amargo.

Él no se movió. La lluvia arreciaba afuera, martilleando el tejado de cinc con una insistencia casi feroz. Un trueno rodó a lo lejos, perezoso, como quien anuncia que la tormenta va para largo y no piensa disculparse.

—Soy el tasador —dijo Mateo—. Mi trabajo es verlo todo.

—Pues esto no está en el parte.

Le devolví la frase como un espejo. Su boca se apretó en una línea fina, esa línea que aparecía cuando se contenía.

—No procede —dije. Me oí a mí misma hablar como quien rellena un formulario del ayuntamiento. Distante.

Correcta. Blindada—. Es contenido personal de la familia. No forma parte de los fondos editoriales.

—¿Y qué contiene?

—No es de su incumbencia.

Él dio un paso.

Un solo paso. Pero la trastienda se encogió. El espacio entre nosotros se volvió irrespirable, cargado del olor a papel mojado y a la cera para madera que mi abuela usaba en primavera. El aire se espesó como jarabe.

—Valeria —repitió, en ese tono que no era pregunta. No era solicitud, era la constatación de que me había pillado.

—Es una caja —respondí—. Una caja vieja. No hay más.

—Tiene iniciales.

—Muchas cajas tienen iniciales.

—¿De quién?

Lo miré.

Había algo en sus ojos. No era curiosidad profesional. Era otra cosa. Algo más hondo que ni él mismo sabría nombrar, un brillo húmedo que no pegaba con el tasador de voz administrativa. El mismo brillo que aparecía cuando me miraba de madrugada, hace muchos años, y me prometía en silencio cosas que luego no cumplió.

La lluvia golpeó con más fuerza. El canalón de la calle gemía como un animal viejo. Pensé en mi abuela, en sus dedos sobre la tapa de esa caja, en las palabras que nunca dijo, en el modo en que se llevó el secreto a la tumba como quien dobla un mantel al final de una cena.

—De mi abuela —respondí—. Y de alguien más. No sé de quién.

Técnicamente era cierto. No sabía quién era J.M. Ni lo había sabido nunca.

J.M. podía ser un amor de juventud, un amigo imposible, la persona a la que Aurora había dedicado todas aquellas libretas que mandó quemar antes de morir. Y sin embargo, al pronunciarlo, sentí que aquella incertidumbre me pertenecía tanto como la llave del cuello.

Mateo sostuvo la mirada. Su reloj de bolsillo seguía parado en algún lugar de su pantalón, aferrado a una hora que el tiempo ya no habitaba. Su cicatriz seguía en su mano. Ambos seguíamos fingiendo que no nos conocíamos, que podíamos hablar con la frialdad de dos extraños atrapados por la lluvia.

—De acuerdo —dijo al fin.

—¿De acuerdo?

—No la abra. Para la tasación necesito valorar el local y los fondos. Lo demás es suyo.

—Ya sé que es mío.

Se produjo un silencio raro. No de los que separan, sino de los que ponen a prueba. De los que miden cuánto peso aguanta una viga antes de quebrarse.

Afuera la tormenta seguía, desgranando el mundo. Dentro, la bombilla tembló otra vez, como si el latido de la librería se sincopara. El polvo flotaba en la luz, suspendido, y por un momento todo pareció detenerse menos la lluvia.

Yo no me moví del mostrador.

Él no se movió de su sitio.

Y la caja, debajo del mostrador, esperaba. Como esperan las cartas que nadie ha leído en diez años. Como espera todo lo que se esconde del pasado sin atreverse a abrirlo.

Mateo se acercó otro paso.

—¿Me deja ver el contrato de propiedad? —preguntó. Su tono ya era el formal distante, el que usa cuando se enfada pero no lo demuestra. Un tono de expediente cerrado y corbata invisible.

—¿El contrato?

—Necesito verificar la titularidad. Para el informe.

—Está en el archivador. Segundo cajón.

Él fue hacia el mueble. Yo no me aparté del mostrador. Sentía el borde de la madera clavado en la espalda, justo a la altura de los riñones, pero no iba a ceder ni un centímetro. Cada fibra de mi cuerpo se había convertido en un centinela.

Mateo abrió el cajón. Los rieles oxidados chirriaron. Revisó carpetas en silencio, con esa paciencia metódica que yo le conocía bien, la misma con la que montaba muebles baratos y rellenaba declaraciones de hacienda en madrugadas interminables. Sus dedos pasaban las pestañas de cartulina con precisión profesional, pero yo notaba la tensión en los nudillos, una vibración casi imperceptible bajo la piel.

—Aquí está —dijo sin levantar la vista.

—Perfecto.

—Lo fotocopio y lo devuelvo mañana.

—No hace falta que venga mañana. Puede hacer la tasación hoy.

—Con esta lluvia no termino ni la planta baja.

No le respondí. Porque tenía razón. La lluvia era ya un muro de agua continuo, un telón gris que borraba la calle. Las gotas repiqueteaban en el cinc del tejado con un ritmo atropellado que parecía no tener fin.

La tormenta rugió otra vez. Un relámpago iluminó la trastienda por la claraboya diminuta del techo. Durante un segundo vi su perfil recortado contra la luz blanca, las canas en las sienes brillando como hilos de plata, la mandíbula apretada en una mueca de resistencia. Fue como una radiografía: vi al Mateo que envejeció sin mí, al Mateo que ahora tasaba sueños ajenos con el mismo rigor con que antes destrozaba los nuestros. Luego todo volvió a la penumbra amarillenta, y él era otra vez una silueta borrosa.

—Valeria.

Otra vez mi nombre. Ya iban tres veces. Dos más de las que nunca me había dicho en una sola conversación, al menos en aquella última época en que hablábamos con monosílabos y rencores.

—¿Qué?

—¿Está usted bien?

Usted. Me había tratado de usted. El muro de hielo estaba ya construido entre los dos, una pared de sílabas congeladas.

Perfecto. Era justo lo que yo quería. Al menos eso me repetía mientras un nudo me apretaba la garganta.

—Estupendamente —respondí, sin apartar la vista de un punto fijo en la pared—. ¿Y usted?

Él no contestó.

Cerró el cajón del archivador con un golpe seco. El ruido retumbó en la trastienda vacía, rebotando contra las cajas, los libros mudos, la madera vieja. La bombilla osciló levemente con la vibración.

Se volvió hacia la entrada de la trastienda. Se detuvo justo frente a mí. Sus ojos grises buscaron los míos, y en ese segundo fugaz juraría que algo se agrietó en su expresión de tasador, un destello del Mateo que una vez me besó bajo este mismo tejado y me dijo que no importaba la lluvia porque nosotros éramos a prueba de tormentas.

—Está lloviendo mucho —dijo—. Tardaré en irme.

—Ya me he dado cuenta.

—¿Quiere que espere en la parte de delante?

La pregunta me desarmó por educada. Me esperaba una exigencia, un forcejeo por la caja, no esa distancia tan correcta, tan de persona que ya no tiene derecho a tu espacio.

—Como quieras.

Se me escapó el tuteo. Un tú minúsculo que coló por la rendija antes de que pudiese cerrarla.

Lo vi parpadear. Una vez. Solo una. Las pestañas bajaron y subieron con un temblor casi imperceptible, el único fallo en su armadura de tasador imperturbable.

Pero no dijo nada. Se dio la vuelta y caminó hacia la parte delantera de la librería. Sus pasos resonaron más lentos, como si las suelas gastadas pesaran más que antes, como si la tarima le recordara a cada paso que aquel suelo conocía sus huellas mejor que él mismo.

Me quedé sola en la trastienda. El aire olía a lluvia colándose por la claraboya, a papel mojado, a madera vieja y a ese perfume verde menta que mi abuela aplicaba a las estanterías con la devoción de quien unge un altar.

La caja seguía bajo el mostrador.

La llave colgaba de mi cuello.

La lluvia no daba tregua, y cada gota sonaba como un reloj invisible marcando un tiempo que ya no era ni el suyo ni el mío, sino el de la tormenta.

Y en algún lugar de la librería, Mateo esperaba. Con su reloj parado. Con sus silencios. Con todo lo que nunca dijo.

Apreté los dedos contra el borde del mostrador, clavándome una astilla diminuta. El dolor me devolvió a la realidad.

Esto iba a ser largo.

Regreso al pueblo por la librería de mi abuela, y el tasador es el hombre que se marchó sin despedirse.Episodio 1