FeverStory

Regreso al pueblo por la librería de mi abuela, y el tasador es el hombre que se marchó sin despedirse.

Episodio 2

El olor a pan recién horneado me golpeó antes de empujar la puerta. La campanilla tintineó y Doña Rosa asomó detrás del mostrador, con las manos enharinadas y el moño sujeto con el lápiz de siempre.

—¡Valerita! —exclamó, secándose en el delantal—. Llegas tempranito. Pasa, pasa, que acabo de sacar las barras.

No llegaba temprano. No había pegado ojo en toda la noche. Me colgué el bolso en el respaldo de la silla de siempre. La panadería olía a masa madre y a canela.

—Buenos días, Rosa.

Detrás de mí, la campanilla volvió a sonar.

Supe que era él antes de girarme. Por el modo en que Doña Rosa enarcó una ceja.

Mateo se quedó en el umbral, con el abrigo oscuro empapado en los hombros. En la mano derecha, un estuche de cuero con papeles.

Y al cuello.

Al cuello llevaba una cadena fina de la que colgaba una llave. Mi llave.

La reconocí al instante. El mismo latón desgastado, la misma muesca en el filo.

—Buenos días —dijo él, con una inclinación de cabeza hacia Doña Rosa. Luego me miró a mí—. Valeria.

—Mateo —respondí, con el mismo tono.

Doña Rosa nos observaba apoyada en el mostrador, con los brazos cruzados y una sonrisilla.

—Siéntese, hombre —le indicó al fin—. ¿Le pongo un café?

—Solo, gracias.

Mateo se sentó a dos mesas. La llave se balanceó cuando se inclinó sobre los papeles.

—¿Dormiste algo? —solté, sin mirarlo, mientras partía un trozo de barra.

—Lo justo —contestó.

—Claro. El sueño de los justos.

Doña Rosa soltó una risita y se giró hacia la cafetera. Mateo no respondió. No aguanté más.

—¿Desde cuándo llevas la llave?

Él dejó la cucharilla en el platillo.

—Desde que la dejaste olvidada.

—No la olvidé.

—Ah.

—Deberías devolverla —bajé la voz—. No es tuya.

—Lo sé.

—Entonces devuélvela.

Mateo se giró por fin.

—Cuando hayas abierto la caja.

Me quedé helada. La barra se me desmigó entre los dedos.

—No voy a abrirla contigo delante.

—No he dicho que tenga que estar delante.

—Entonces no hay problema.

—No lo hay.

Doña Rosa carraspeó. Mateo volvió a sus papeles.

Terminó su café, dejó dos monedas sobre la mesa y se levantó.

—Buen provecho.

Salió sin prisa. La campanilla tintineó.

Doña Rosa se acercó con la cafetera y me sirvió otra taza sin preguntar.

—Vaya par de tórtolos estáis hechos —murmuró.

—No somos tórtolos.

—Claro que no, hija. Los tórtolos se arrullan. Vosotros parecéis dos gatos mojados en un callejón.

Me ardían los ojos.

—¿Has dormido algo? —insistió ella.

—No.

—Me lo imaginaba. Tienes la misma cara que tu abuela cuando se quedaba en vela leyendo cartas viejas.

Levanté la vista.

—¿Qué cartas?

Doña Rosa se sentó enfrente y giró la alianza dorada alrededor del dedo, un gesto que le había visto hacer mil veces cuando rumiaba algo.

—Hace años, mucho antes de que Aurora cayese enferma, entré en la trastienda para dejar unas pastas. Tú andabas en la universidad. Ella estaba inclinada sobre una cajita de madera, con la tapa levantada y los ojos húmedos.

—¿La caja de la trastienda?

—La misma.

—¿Qué había dentro?

—Cartas, Valerita. Un montoncito de cartas atadas con una cinta azul. Cuando me vio, cerró la tapa de golpe y la escondió bajo el mostrador.

Doña Rosa se inclinó hacia mí y me agarró la mano con sus dedos calientes.

—Nunca me dijo de quién eran. Nunca se la volví a ver abierta. Pero aquella noche me confesó algo que no he olvidado.

—¿Qué?

—Dijo: «Rosa, hay palabras que no se mandan porque pesan más que el papel. Pero hay que escribirlas igual».

Me tembló la mano bajo la suya.

—¿Y crees que yo debería...?

—Abrirla, sí —me apretó los dedos—. No me preguntes qué vas a encontrar, que no lo sé. Pero si tu abuela guardó esas cartas diez años sin enviarlas, por algo sería.

Me sequé los ojos con el dorso de la mano. Doña Rosa se levantó y volvió al mostrador.

—La llave la tienes tú, ¿no?

—La tiene él —corregí.

—Pues ve a buscarla.

Miré la lluvia tras los cristales. El tren de media tarde no saldría hasta dentro de tres horas.

—Puede que ya no esté.

—Claro que está. Ese muchacho no se va sin devolver lo que no es suyo. Lo conozco desde que gateaba descalzo por la plaza.

Me levanté. Dejé un billete sobre la mesa.

—Gracias, Rosa.

—Ánimo, Valerita. Y ábrela de una vez.

La estación estaba casi a oscuras. Las nubes se tragaban la luz de la tarde y el andén olía a vía mojada y a ese abandono que solo tienen los lugares donde el tren para tres veces por semana.

Mateo esperaba en un banco de madera desconchada, con el estuche de cuero sobre las rodillas y la mirada fija en la marquesina. La cadena seguía al cuello.

El reloj de la estación llevaba parado más tiempo del que yo recordaba. Las agujas quietas en una posición definitiva, casi a las once y veinte.

Me detuve a dos pasos de él. El eco de mis botines de lluvia se perdió en el andén vacío.

—La llave.

Mateo alzó los ojos. No parecía sorprendido.

—Has hablado con Rosa.

—No es asunto tuyo con quién hablo.

—No.

Se levantó despacio. Sus dedos se posaron sobre la cadena, en la nuca, y desabrocharon el cierre sin prisa. La llave tintineó en su palma.

—¿La vas a usar?

—Eso tampoco es asunto tuyo.

—Es de mi abuela —añadí, tendiendo la mano—. Y estaba en mi cuello. No tienes ningún derecho a quitármela.

Sostuvo la llave un instante más. Luego la depositó sobre mi palma abierta.

El contacto del latón estaba frío, a pesar de haber reposado sobre su pecho.

—No la he quitado —dijo—. Te la he guardado.

—No necesito que me guardes nada.

Mateo enmudeció. Sus ojos grises recorrieron mi rostro, la cicatriz de la ceja izquierda, las ojeras de la noche en vela.

—Lo sé —murmuró.

Y no dijo más. No intentó sujetarme el brazo. No añadió ninguna excusa.

Se sentó otra vez en el banco y volvió la vista hacia la marquesina, hacia la lluvia que repiqueteaba sobre la chapa oxidada.

Cerré el puño alrededor de la llave. El frío del latón se fue templando contra mi piel mientras me alejaba por el andén.

No miré atrás. No oí sus pasos.

Solo el repiqueteo del agua y el silencio de un reloj parado.

La lluvia amainó al anochecer, pero el agua seguía escurriendo por los canalones cuando regresé a El Susurro. La llave de la librería estaba fría en mi mano, y la otra llave —la del collar— pesaba más que de costumbre.

Encendí la lámpara de la trastienda. La luz amarilla recortó sombras sobre las estanterías y marcó el contorno de la caja bajo el mostrador. La saqué con cuidado, como si contuviera algo vivo.

La madera oscura conservaba el olor a sándalo que mi abuela le ponía con un algodón cada primavera. Pasé el pulgar sobre las iniciales grabadas: A.G. y J.M. El corazón tallado en el centro.

La llave del collar entró en la cerradura sin resistencia. El mecanismo cedió con un clic seco, y levanté la tapa conteniendo el aliento.

Dentro había cartas. Docenas de sobres amarillentos atados con una cinta de raso azul descolorida. Las solté. La primera carta tenía fecha de hacía veintidós años.

—Aurora mía…

Leí las dos primeras palabras en voz alta sin darme cuenta. Mi propia voz sonó ajena en la trastienda vacía. Seguí leyendo, ya en un murmullo.

—…cada día que paso sin verte, la librería se me hace más pequeña, y el reloj de la estación más lento. No sé si tendré valor para enviar esta carta, pero necesito escribirte…

La letra era firme, inclinada hacia la derecha. Tinta negra. Un hombre que escribía con prisa pero sin descuido.

—¿Qué haces?

Me giré tan bruscamente que la carta casi se rasga entre mis dedos. Mateo estaba en el umbral de la trastienda, el abrigo oscuro chorreando agua, el pelo pegado a las sienes. No llevaba paraguas.

—La puerta de la calle estaba abierta —dijo.

Era mentira. La había cerrado con llave al entrar.

—Has vuelto.

—Dije que volvería.

No dijo más. Sus ojos grises fueron de mi cara a la carta, de la carta a la caja abierta, y comprendí que ya no había nada que ocultar. Le tendí el sobre.

—Cartas —dije—. De alguien que quiso a mi abuela. De alguien que no se atrevió a enviarlas.

Mateo cogió la carta con la mano izquierda. La derecha la tenía cerrada en un puño a la altura del muslo. Leyó en silencio. Sus labios se movieron apenas, siguiendo las palabras.

—J.M. —murmuró—. Las iniciales de la tapa.

—Nunca supe quién fue.

—Pero guardaste la caja.

—La encontré ayer.

Levantó la vista del papel y me miró. Fue una mirada distinta. Sin la coraza profesional, sin la distancia ensayada.

Los surcos alrededor de su boca se suavizaron. Vi al Mateo de hace ocho años. Al que se quedaba hasta tarde ayudando a mi abuela a mover cajas. Al que me preparaba café sin que se lo pidiera.

—Sigue —dijo, y me devolvió la carta.

Leí las líneas siguientes.

—…el pueblo no entiende lo nuestro, y yo soy demasiado cobarde para plantarle cara a mi propia familia. Pero cada vez que entro en El Susurro y te veo ordenar los libros con esas manos tan pequeñas, sé que merece la pena arriesgarse…

La voz se me quebró en la última palabra. Mateo seguía de pie, muy quieto, a un metro de distancia. La lluvia arreció de nuevo fuera, golpeando la claraboya con fuerza.

—Tu abuela —dijo él— guardó estas cartas durante veinte años.

—Veintidós.

—Y tú… —Se detuvo. Carraspeó—. Las estás leyendo sola.

No era una acusación. Era una constatación.

—Tú has vuelto —respondí—. Y estás aquí.

Mateo bajó la mirada. Su mano derecha seguía cerrada. Cuando la abrió, vi las marcas de las uñas en la palma. Dio un paso adelante. Cogió otra carta del montón, despacio, como quien pide permiso sin hablar.

—Lee esa —le dije.

La abrió con cuidado. Sus dedos grandes y torpes trataban el papel con una delicadeza que no le recordaba.

—«No puedo seguir viéndote a escondidas» —leyó, con su voz grave llenando el silencio—. «Mañana hablaré con mi hermano. Lo sepa él o no, tú eres mi elección.»

Se quedó callado. El reloj de bolsillo asomaba del pantalón, aún parado. La cicatriz de su mano derecha brillaba bajo la luz de la lámpara.

Levantó la cabeza. Me sostuvo la mirada.

Y entonces, sin decir nada, los dos supimos que la farsa se había terminado. Que ya no éramos tasador y heredera. Éramos Valeria y Mateo. Los mismos de antes. Con diez años de silencio entre los dos, y una caja de cartas que hablaban de un amor que sí supo arriesgarse.

La lluvia siguió cayendo. Ninguno dijo nada más. Pero el silencio de aquella noche era distinto: estaba lleno de preguntas que aún no nos atrevíamos a formular, y de una certeza nueva.

Ya no podíamos fingir que no nos importaba.

El olor a café recalentado y a fotocopiadora lo invadía todo en el despacho del alcalde. Afuera, la lluvia había dado una tregua, pero el cielo seguía bajo y gris como una tapa de plomo.

Álvaro Durán nos miró por encima de unas gafas de lectura que le resbalaban nariz abajo.

—La votación es en tres semanas —apoyó las palmas sobre un montón de legajos—. Y el dictamen de El Susurro es la pieza que me falta. Sin tasación no hay expediente, y sin expediente se nos come el lobby de las constructoras.

Mateo no se sentó. Se quedó de pie junto a la puerta, el abrigo oscuro chorreando todavía por el dobladillo.

—Ya he empezado.

—Bien, bien —Álvaro se arrancó las gafas y las agitó en el aire como si espantara una mosca—. Pero necesito el informe en tres días. Oficial, sellado, con todo el peso de Tasaciones Levante detrás.

Tres días. Las yemas de los dedos se me helaron.

—Eso no es tiempo suficiente —solté.

—Es el que hay —el alcalde se encogió de hombros—. La reforma lleva cinco años durmiendo en los cajones. Si no se vota ahora, se archiva hasta la próxima legislatura. Y este pueblo no aguanta otros cuatro años con la calle mayor partida en dos.

Mateo giró el reloj de bolsillo entre los dedos. No lo consultó. Solo lo acariciaba con el pulgar, arriba y abajo, como quien frota una moneda vieja.

—¿La tasación detiene la reforma? —preguntó.

—La tasación demuestra si el número siete es patrimonio o escombros —Álvaro lo miró fijamente—. Si el local tiene valor histórico, podemos protegerlo. Si no… —chascó la lengua—. Ustedes verán.

Traduje el chasquido. Derribo. Acera nueva. Adiós al Susurro.

—Acepto —Mateo guardó el reloj en el bolsillo izquierdo del pantalón—. Tres días.

Lo dijo sin mirarme. Como si yo fuera un mueble más del despacho, como si la librería fuera solo un número de expediente.

—Vale —mi voz sonó más cortante de lo que pretendía—. Tres días.

Álvaro sonrió por primera vez en toda la reunión. Una sonrisa de político, ancha y breve, que no llegaba a los ojos.

—Así me gusta. Jóvenes resolutivos.

No éramos jóvenes. Ni resolutivos. Pero los dos callamos.

La campanilla de la puerta de El Susurro sonó exactamente igual que siempre. Un tintineo agudo que me devolvió a los veranos de infancia, cuando entraba corriendo y mi abuela me regañaba desde la trastienda sin levantar la vista del libro.

Mateo entró detrás de mí. El paraguas goteaba sobre el felpudo de esparto gastado.

—Empiezo por la estructura del tejado —dijo.

—Por donde quieras.

No habíamos cruzado una palabra en el camino de vuelta. Diez minutos de adoquines mojados y silencio.

Sacó una libreta de tapas negras y empezó a anotar algo apoyado en el mostrador. Yo fingí ordenar los libros de la primera estantería, pero no engañaba a nadie. Las manos me temblaban ligeramente al recolocar un ejemplar de Machado.

El tintineo de la campanilla nos sobresaltó a los dos.

—¡Buenos días, criaturas!

Doña Rosa irrumpió con una bandeja de pasteles de hojaldre. El moño canoso le asomaba torcido, con el lápiz de carpintero a punto de caerse.

—Me ha dicho el Álvaro que ya está todo en regla —dejó la bandeja sobre el mostrador—. Así que vengo a dar la enhorabuena y a conocer al tasador.

Mateo levantó la vista de la libreta.

—Mateo Solís —yo me adelanté—. De Tasaciones Levante.

—Encantado —extendió la mano, formal.

Doña Rosa se la estrechó con las dos manos.

—Ay, hijo, qué serio eres. ¿Y de dónde te ha venido este encargo tan de mañana?

—De la oficina central —respondió él—. Asignación rutinaria.

—Pues nada, nada, que me vuelvo a la panadería —me guiñó un ojo—. A trabajar, que el tiempo apremia. Valerita, guapa, ofrécele un café a este muchacho, que tiene cara de no haber pegado ojo.

—No se preocupe —intervino Mateo—. Prefiero empezar ya.

—Bueno, bueno, no estorbo más —retrocedió hacia la puerta—. Los pasteles son para los dos, ¿eh? Nada de dejarlos ahí.

—Gracias, Rosa.

La campanilla volvió a tintinear. Esperé a que sus pasos se perdieran calle abajo.

—No ha sospechado nada.

Mateo negó con la cabeza.

—Ha sido verosímil.

—Demasiado —crucé los brazos—. Eso me preocupa.

No respondió. Se quedó mirando la bandeja de pasteles y el lápiz que Doña Rosa había dejado olvidado junto a ella.

—¿Por qué ha mentido usted? —preguntó de repente, sin apartar la vista de la mesa.

La pregunta me pilló a contrapié. El «usted» me dolía más que cualquier insulto.

—Porque este pueblo no necesita otra historia que alimente los corrillos del bar —dije—. Bastante tienen con la reforma.

Asintió. Solo eso. Un movimiento de cabeza casi imperceptible.

La lluvia volvió a arreciar contra el ventanal. Las gotas corrían por el cristal como lágrimas viejas, y la luz de la mañana se volvió más gris, más delgada, como si alguien hubiera cerrado un postigo invisible.

Me acerqué al mostrador. Aparté los pasteles a un lado y saqué del cajón la carpeta de facturas que había encontrado la noche anterior. Los papeles olían a polvo y a canela, el rastro de mi abuela en cada página.

—Si quiere ayudarme con los documentos —dije sin mirarlo—, es el momento.

Mateo dejó la libreta sobre la bandeja, junto a los pasteles.

—Voy.

Fue una palabra mínima. Pero por primera vez desde que había entrado en la librería, sus ojos grises se detuvieron en los míos.

Y no apartó la mirada.

Regreso al pueblo por la librería de mi abuela, y el tasador es el hombre que se marchó sin despedirse.Episodio 2