Regreso al pueblo por la librería de mi abuela, y el tasador es el hombre que se marchó sin despedirse.
Episodio 3
La carpeta de facturas olía a canela y a polvo húmedo. Mateo se sentó frente a mí, al otro lado del mostrador. Sus dedos rozaron el borde de una página amarillenta.
—Esto es de hace quince años —dijo.
—Lo sé.
—La abuela guardaba hasta los recibos del papel higiénico.
Casi sonreí. Casi. El hábito de Aurora de no tirar nada nos envolvía ahora como una telaraña de la que no podíamos escapar.
La lluvia golpeaba el ventanal con rabia renovada. Las tres de la tarde parecían las ocho de la noche. Mateo encendió la lámpara de pie junto al mostrador y la luz anaranjada le dibujó las ojeras. No había dormido. Yo tampoco.
—¿Has desayunado? —pregunté.
—No.
—Hay pasteles.
Señalé la bandeja que Doña Rosa nos había mandado por la mañana. Los pasteles seguían ahí, intactos, como testigos de una conversación que ninguno se atrevía a retomar.
Mateo negó con la cabeza.
—Luego.
Seguimos con los papeles. Facturas, albaranes, una licencia de apertura de 1978 que olía a sótano. Mis dedos se mancharon de tinta vieja. Los suyos temblaban ligeramente al pasar las páginas.
El reloj de péndulo seguía parado.
A las cuatro en punto, el alcalde apareció bajo la lluvia.
Lo vi cruzar la calle mayor con su paraguas negro y su maletín de piel gastada. La corbata roja, desanudada como siempre, le colgaba del cuello como una lengua cansada. Abrió la puerta de El Susurro sin llamar.
—Buenas tardes —anunció, sacudiendo el paraguas sobre el felpudo—. Vaya tiempo, ¿eh? Mi difunta madre decía que esta lluvia es el llanto de San Pedro por las almas del purgatorio.
—Pase, señor Durán —dije.
Mateo ni lo miró. Siguió revisando una factura de encuadernación con el ceño fruncido.
Álvaro Durán se acercó al mostrador. Se atusó el bigote cano y depositó el maletín sobre la bandeja de los pasteles. La miró un segundo. Luego nos miró a nosotros.
—Veo que van en serio con esto.
—Dígame —dije.
—Tres días, Valeria. El pleno espera el informe de tasación para votar la reforma. Si no lo presentan, la librería se considera suelo no protegido.
Mateo levantó la vista.
—Lo sé.
—Me alegra que lo sepa, joven. Porque la semana pasada me dijeron desde Tasaciones Levante que enviarían a alguien con experiencia, no a un chico que se pasa las horas mirando papeles viejos.
—Soy tasador senior.
—Pues demuéstrelo.
El silencio cayó como una losa. La lluvia llenó el hueco.
Me interpuse.
—Señor Durán, Mateo está haciendo su trabajo. Y yo estoy colaborando. Tendrá su informe.
—Eso espero —dijo. Se aflojó la corbata aún más—. Mire, Valeria, yo no quiero cerrar El Susurro. Pero si no hay protección legal, no hay protección legal. Y el pueblo necesita la reforma.
—El pueblo lleva cinco años debatiéndola.
—Por eso mismo. Ya va siendo hora de decidir.
Recogió su maletín. Del bolsillo interior asomó un fajo de folletos electorales con su cara impresa en tinta azul. Los empujó con el pulgar para que no se vieran.
—Tres días —repitió desde la puerta—. Y que San Pedro les guíe.
Abrió el paraguas y se perdió calle abajo.
El silencio que dejó era peor que sus palabras.
Mateo cerró la carpeta de facturas. Se levantó y fue hasta la trastienda. Lo seguí con la mirada. Sus hombros, bajo el jersey oscuro, estaban tensos como cables.
—No le hagas caso —dije.
—No es él.
—Entonces, ¿qué?
No respondió.
Volví a los papeles. Separé los documentos legales de los personales. Licencias municipales, recibos del IBI, una carta del registro de la propiedad fechada en 2005. Todo en orden. Todo insuficiente.
La luz de la lámpara parpadeó. El viento golpeó la puerta.
—Aquí no hay nada —murmuré.
—Busca más.
—Llevo horas buscando.
—Busca más.
Me mordí el labio. Sus monosílabos me taladraban la paciencia. El Mateo de antes también era así.
Económico. Contenido. Pero entonces yo sabía leer sus silencios. Ahora eran un idioma extranjero.
Abrí el último cajón del archivo. Dentro había una carpeta de cartón atada con un cordel. La saqué. El cordel se deshizo al tocarlo.
Cayeron fotos.
Una de mi abuela joven, con un vestido de flores y el pelo suelto. Otra de la librería recién abierta, con el escaparate vacío y un cartel que decía «Inauguración». Y una tercera.
Una foto de Mateo y yo.
Hace ocho años.
Estábamos en el jardín trasero. Él me rodeaba los hombros con un brazo. Yo reía. El sol nos daba en la cara y la luz era tan blanca que dolía mirarla.
La mano me tembló.
Mateo se acercó. Su sombra cubrió la foto.
—¿De dónde ha salido eso? —preguntó.
—Del archivo.
—No debería estar ahí.
—Pues está.
La recogí del suelo. Mis dedos rozaron el borde gastado. La foto olía a papel viejo y a algo más. A canela. El perfume de los libros, lo llamaba mi abuela.
La guardé en el bolsillo de la chaqueta.
Mateo me miraba. Sus ojos grises, fijos en el bolsillo, tenían la quietud del cielo antes de la tormenta.
—Valeria.
—No.
—Escucha.
—No quiero escuchar. Quiero trabajar.
Abrí otra carpeta. Las manos me sudaban. Las páginas se me pegaban a los dedos.
Él no se movió.
—Aquella noche... —empezó.
Se me encogió el estómago.
—No.
—Han pasado ocho años.
—Ocho años y tres días. Pero ¿quién cuenta?
Mi voz sonó más cortante de lo que pretendía. El sarcasmo era un escudo viejo, abollado por todas partes, pero aún servía.
Mateo bajó la vista. Su nuez subió y bajó.
—No fui capaz —dijo.
—¿De qué? ¿De despedirte? ¿De dar una explicación? ¿De ser persona?
—De todo.
Levanté la cabeza. Lo miré. Su expresión era la de un hombre que se ha acostumbrado a perder y ya ni siquiera se molesta en recoger las piezas.
—Me desperté y no estabas —dije—. Dejaste la cama hecha. La taza del café en el fregadero. Como si fueras a volver en cinco minutos.
—Lo sé.
—No sabes nada.
Él no contestó. Su silencio era peor que un grito.
Me levanté. Las piernas me temblaban. Me apoyé en el borde del mostrador y respiré hondo, conteniendo algo que no quería que saliera.
—Tres días —dije—. Eso es lo que tenemos. Hablemos del trabajo.
—Valeria...
—Señor Casas, le recuerdo que somos colegas profesionales. Nada más.
El «señor Casas» le dio en el pecho. Vi cómo encajaba el golpe. Un parpadeo. Un endurecimiento de la mandíbula. Nada más.
—De acuerdo —respondió—. Como usted quiera.
—Perfecto.
Volvió a la mesa. Abrió su libreta y empezó a anotar algo. Los dedos le temblaban sobre el papel.
Yo seguí con las carpetas. Saqué una pila de documentos del archivo. Los puse sobre el mostrador con más fuerza de la necesaria.
El reloj de péndulo seguía parado. La lluvia seguía cayendo.
Y entonces ocurrió.
Mateo retrocedió un paso sin mirar. Su espalda chocó contra la estantería de los libros de derecho. Un volumen grueso cayó al suelo con un golpe seco.
Ambos nos agachamos a la vez.
Nuestras cabezas casi se tocaron.
—Perdón —dijo él.
—Déjalo.
Recogí el libro. Era un viejo ejemplar de legislación municipal, de tapas marrones y lomo cuarteado. Al alzarlo, algo se deslizó de entre sus páginas.
Un sobre amarillento.
Manuscrito.
Con la letra de mi abuela.
Nos quedamos quietos. El sobre temblaba en mi mano como una hoja a punto de desprenderse.
—Ábrelo —dijo Mateo.
Su voz ya no era la del tasador distante. Era una voz ronca, baja, casi íntima.
Rompí el sobre con cuidado. Dentro había una sola hoja. La letra de Aurora era temblorosa, escrita con tinta azul, como si hubiera redactado aquello a escondidas.
Leí en voz alta.
—«Si alguien encuentra esto, es que la reforma ha llegado antes que el sentido común. En el lugar donde guardo lo que más quiero, donde el polvo duerme y el sol no entra, está la llave de todo. Buscad en el corazón de El Susurro, allí donde cada mañana me sentaba a leer.
Lo que encontréis protegerá esta casa mejor que cualquier ley. Porque una palabra dicha a tiempo vale más que cien escrituras. —Aurora.»
Mateo se pasó la mano por la nuca.
—¿El corazón de El Susurro?
—Donde se sentaba a leer —repetí.
Miré hacia el rincón junto al ventanal. El viejo sillón de orejas. El que nadie había movido en veinte años.
Me acerqué. Las piernas me pesaban. La lluvia golpeaba el cristal justo detrás del sillón, como si la tormenta también contuviera la respiración.
Mateo me siguió.
—¿Qué hay debajo? —preguntó.
—Nunca he mirado.
—Pues mira.
Aparté el sillón. El suelo de madera crujió. Y allí, bajo la tarima suelta que mi abuela siempre decía que estaba «a punto de arreglar», había un hueco.
Un hueco del tamaño de un libro.
Metí la mano. Toqué algo frío. Lo saqué.
Un estuche metálico. Pequeño. Oxidado en las esquinas.
Lo abrí.
Dentro había un documento doblado en tres partes. En el encabezado, escrito a máquina, se leía: «Última voluntad y testamento de Aurora García Montes.»
Y debajo, una fecha.
De hace menos de un año.
Mateo se dejó caer en el sillón.
—Lo encontraste.
—Lo encontramos —corregí.
Nuestras miradas se cruzaron. Por primera vez en todo el día, no había cortesía. No había formalidad. Solo dos personas que acababan de encontrar algo mucho más grande que su rencor.
—¿Lo lees? —preguntó.
—Contigo.
Desplegué el documento. Mis ojos saltaron por encima de las frases legales, buscando lo importante. La cláusula de protección. Las condiciones.
—Aquí —dije—. «Lego la librería El Susurro a mi nieta Valeria con la condición expresa de que el inmueble sea declarado bien de interés cultural. Para ello, adjunto la documentación histórica que acredita la antigüedad del local y su valor patrimonial.»
Mateo se inclinó hacia mí.
—¿Hay documentación?
Busqué en el estuche. En el fondo, enrollados, había varios papeles. Planos antiguos. Una carta del ayuntamiento de 1923. Una referencia catastral que no figuraba en ningún registro moderno.
—Esto cambia todo —dijo.
—Esto lo cambia todo —repetí.
Se hizo un silencio distinto. No era el silencio tenso de antes. Era un silencio nuevo, lleno de posibilidades.
Mateo sacó su reloj de bolsillo. Lo miró. Las agujas seguían quietas, paradas en aquella hora muerta de hacía diez años.
—¿Funciona? —pregunté.
—No. Se paró... hace mucho.
—¿Por qué no le has dado cuerda?
No respondió. Pero sus dedos se cerraron alrededor del reloj con una fuerza que blanqueó sus nudillos.
Di un paso hacia él. Descolgué la llave de mi cuello. La llave que había abierto la caja de las cartas. La misma que mi abuela me había regalado a los quince años.
—Toma —dije.
—¿Qué haces?
—Dártela.
—Esa llave es tuya.
—Ahora es nuestra.
Le puse la llave en la palma de la mano. Sus dedos, ásperos y tibios, se cerraron sobre el metal.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque esto es demasiado grande para mí sola. Y porque necesito a alguien en quien confiar.
—¿Confías en mí?
—Estoy intentándolo.
Él bajó la vista hacia la llave. Luego hacia su reloj. Luego hacia mí.
Metió la llave en el bolsillo del pantalón. Agarró el reloj con la otra mano. Y, despacio, giró la rueda de la cuerda.
El tic-tac llenó la librería.
Un sonido pequeño. Íntimo. Como un corazón que volvía a latir después de una década de silencio.
Sonreí. Fue una sonrisa mínima. Casi un parpadeo de la boca.
Mateo no sonrió. Pero sus ojos grises se iluminaron. Solo un instante.
—Recorreremos juntos cada rincón de El Susurro —dijo—. Antes de que la reforma decida.
—Cada rincón.
—Prometido.
La lluvia amainó un instante. El reloj de péndulo siguió parado. Pero el tic-tac del bolsillo de Mateo, constante y nuevo, llenó el hueco como una promesa que no hacía falta pronunciar.