FeverStory

Regreso al pueblo por la librería de mi abuela, y el tasador es el hombre que se marchó sin despedirse.

Episodio 4

El amanecer colaba una luz gris por la claraboya de la trastienda. El tic-tac del reloj de Mateo seguía sonando desde algún bolsillo, constante y nuevo, como si la noche no lo hubiera apagado.

—Por aquí no —dije.

Aparté otra caja de recibos polvorientos. Llevábamos dos horas vaciando estantes. Mateo deslizaba los dedos por el lomo de los libros como quien acaricia algo que va a perder.

—Vitrina —murmuró.

—Ya la revisé.

—No.

Me miró. Sus ojos grises tenían ojeras, pero no del cansancio de una noche sin dormir. Eran surcos más viejos.

—Tu abuela no metía las cosas importantes en cualquier parte —dijo.

El olor a lluvia colándose por las rendijas se mezclaba con el perfume del papel. Antes de que pudiera responder, la campanilla de la puerta tintineó.

Doña Rosa entró con una bolsa de papel manchada de grasa. Olía a masa madre y a azúcar quemada.

—Os traigo algo calentito, que desayunar de pie y con estos fríos no es de cristianos.

Dejó la bolsa sobre el mostrador y se limpió las manos en el mandil mientras nos observaba con esos ojillos de urraca vieja.

—¿Buscando andáis?

—El testamento —dije.

—Ah, mujer, pues no perdáis el tiempo en estas cajas. Aurora era más retorcida que un sacacorchos. Lo que fuera importante lo metió entre las páginas de un libro que no quiso vender nunca.

Mateo y yo cruzamos una mirada.

—¿Qué libro, Rosa?

—Ay, hija, si yo lo supiera... Solo sé que una vez vino el boticario a ofrecerle un dineral por uno de la vitrina y ella le dijo que no, que ese ejemplar no salía de aquí ni muerta.

Doña Rosa giró la alianza en su dedo y se encaminó a la puerta.

—El pan se enfría. Luego me contáis.

Salió sin esperar respuesta. El tintineo de la campanilla se apagó.

Mateo ya estaba delante de la vitrina. Era un mueble bajo, de cristal biselado, donde la abuela guardaba las primeras ediciones con llave.

—Ahí —señaló.

—No hay llave.

—La tuya.

Me llevé la mano al cuello. La llave antigua de latón colgaba tibia contra mi piel. La desabroché.

Mateo abrió la vitrina y apartó ejemplares con un cuidado casi ceremonial. Al fondo, apoyado contra el cristal trasero, asomaba un lomo gastado: Cien años de soledad, edición de tapa dura de los sesenta.

—Este nunca lo prestaba —dijo.

Lo saqué. Pesaba más de lo normal. Al abrirlo, las páginas centrales estaban huecas.

Dentro, encajada como un ladrillo pequeño, descansaba la caja de madera oscura. Las iniciales A.G. y J.M. y el corazón tallado relucieron bajo la luz gris del amanecer.

La caja ya no me temblaba en las manos como la primera vez. Ahora quemaba.

—Ábrela —susurró Mateo.

Metí la llave. Giró con un clic seco.

Dentro no había más cartas de J.M. Había sobres de papel de carta barato, amarillentos, atados con un cordel de cocina. La letra del remitente era la mía.

—Son... —empecé.

Saqué el mazo. El cordel se deshizo solo y los sobres se desparramaron por el mostrador como mariposas muertas. Decenas. Docenas. Fechas a lápiz que recorrían los años en que yo ya vivía en la ciudad, lejos, convencida de que el pasado se olvidaba cerrando una puerta.

Mateo cogió uno que había quedado abierto. Era corto. Leyó una línea. Palideció.

—¿Qué pone?

No respondió. Apartó la vista.

Le arranqué el sobre de las manos.

Leí.

«Abuela, sigo sin saber si hice bien. A veces me despierto y me falta el aire pensando en la estantería que él construyó, en el olor a serrín, en sus ojos grises cuando yo hablaba y él fingía no escuchar. Creo que me equivoqué.

Pero no sé cómo volver. Enséñame a volver, abuela. Enséñame tú, que guardaste una caja de madera durante veinte años sin abrirla. Por favor, dime que el amor no siempre se pudre si lo guardas bajo llave.»

Mi letra. Mis palabras. Mi abuela que nunca me respondió porque yo nunca le entregué estas cartas.

Las había escrito y las había escondido aquí, en la trastienda, entre sus cosas, para que algún día ella las encontrara. Pero Aurora murió sin saberlo. Y ahora las encontraba yo.

Las lágrimas me subieron calientes y no luché contra ellas. Dejé caer los sobres sobre el mostrador y crucé la trastienda hasta la puerta del jardín trasero.

La abrí de golpe.

La lluvia me recibió con una bocanada fría. El jardín era un cuadrado mínimo, con un banco de forja oxidado y macetas donde ya no crecía nada. El agua corría por los canalones y encharcaba las baldosas rotas.

No llevaba paraguas. Tampoco me importó. El frío en la ropa me ancló a algo real.

A mis espaldas, la puerta volvió a abrirse. Sus pisadas sobre los charcos producían un chapoteo pesado, sin prisa pero sin pausa.

—Valeria.

Me giré. El agua le pegaba el pelo a la frente. Las canas prematuras de las sienes le brillaban bajo la luz plomiza como hilos de plata vieja. Su abrigo empezaba a empaparse, pero no se movía. Se quedó a un metro, mojándose conmigo.

—No me digas que me creíste cuando dije que quería irme —solté.

—Yo...

—No. Tú no creíste nada. Tú decidiste.

La lluvia me resbalaba por las mejillas y se mezclaba con el llanto. No me sequé. No podía parar.

—Te marchaste sin una palabra. Sin una maldita palabra, Mateo. Ocho años. Y yo escribiendo cartas que mi abuela jamás leyó porque tú...

Alcé la voz. No quise alzarla, pero salió.

—¿Por qué?

Él bajó la cabeza. El silencio se llenó con el tamborileo del agua contra las hojas muertas.

Luego alargó la mano derecha. Se remangó la manga mojada con dos tirones bruscos hasta mostrar la cicatriz. Recta, blanca, cosida a tropezones. Desde la base del pulgar hasta casi la muñeca.

—La sierra. Aquella estantería.

Señaló hacia la ventana de la trastienda. La que construyó ocho años atrás, cuando aún creía que teníamos tiempo.

—Cada día miré esta marca —dijo—. Cada día pensé en volver.

Los dedos le temblaban, pero no de frío.

—Me fui porque pensé que tú querías huir del pueblo. Que yo te ataba. Que eras demasiado... joven. Demasiado lista para quedarte.

—No preguntaste.

—No pude.

—No quisiste.

La lluvia arreció. Las gotas nos golpeaban la ropa con un repiqueteo duro, casi furioso.

—No fui capaz de nada —murmuró.

Avanzó medio paso. El agua le escurría por la cicatriz y dibujaba un hilo fino y brillante sobre la piel.

Me quedé mirando esa mano. La que apretaba el marco de la ventana ocho años atrás, impotente y callada. La que ahora temblaba bajo la lluvia sin esconderse.

—Yo quería quedarme contigo —dije—. Tú no preguntaste.

No me moví. Pero tampoco retrocedí.

Mateo alzó la vista. Sus ojos grises ya no estaban quietos como el cielo antes de la tormenta. Ahora eran la tormenta misma.

—Lo sé —dijo.

La lluvia nos cerraba el paso hacia la librería y hacia el resto del mundo. No había nadie más en el jardín trasero. Solo dos idiotas empapados, una cicatriz cosida a destiempo y el tic-tac de un reloj que por fin se había puesto en marcha.

Mateo abrió los brazos. No dijo nada más. Tampoco hacía falta.

Di un paso. Luego otro. Y me quedé contra su pecho, empapada y llorando y furiosa y aliviada, mientras la lluvia lo cubría todo.

El amanecer colaba una luz grisácea por la claraboya de la trastienda. La ropa nos pesaba, empapada y fría. Mateo cerró la puerta que daba al jardín y el sonido de la lluvia se amortiguó contra los cristales.

—Toallas —dijo.

Señaló el armario bajo la escalera. Las busqué a tientas entre mantas viejas y las lancé hacia donde estaba él. Nos secamos en silencio, de espaldas, como si el abrazo de fuera nos hubiera dejado sin saber qué hacer con las manos.

La caja de madera seguía sobre el mostrador, con las iniciales A.G. y J.M. mirándonos desde la tapa.

—Ábrela.

La voz de Mateo sonó más ronca de lo habitual.

—Ya la abrimos —dije.

—No. Las cartas.

Las cartas de J.M. a la abuela Aurora. Las habíamos leído juntos, pero ahora necesitábamos algo más. Algo que nos diera un asidero.

Tomé la llave que él había guardado en su bolsillo y la inserté en la cerradura de la caja. El mecanismo cedió con un clic seco. Volcamos el contenido sobre el mostrador.

Los sobres se desparramaron. Algunos amarillentos, otros con los bordes gastados. Y entre ellos, una hoja doblada en tres partes que no era un sobre, sino papel de oficio grueso, con el membrete de una notaría del pueblo.

Mateo la tomó. Sus dedos recorrían el pliegue con la precisión de quien manipula documentos a diario.

—Es un testamento ológrafo —dijo—. De tu abuela.

Desdobló la hoja. La caligrafía de Aurora llenaba el papel con trazos firmes, sin tachones ni dudas. Leí por encima de su hombro. Las palabras danzaban bajo la luz de la lámpara.

—«Declaro la librería El Susurro bien cultural del pueblo» —leí en voz alta. La frase me tembló en los labios—. «Prohíbo su derribo y cualquier reforma que altere su estructura original».

Seguí leyendo. Aurora cedía el usufructo a su nieta, a mí, mientras el inmueble se mantuviera como espacio cultural. Si alguien intentaba demolerlo, la propiedad revertiría al patrimonio municipal con la condición expresa de conservarlo como biblioteca pública.

Mateo alzó la vista del papel.

—Tiene valor legal si se autentica ante notario.

—¿Y servirá para parar la votación?

—Sí.

Una sola sílaba. Pero sus ojos grises no mentían. Apreté el testamento contra el pecho, notando el papel áspero a través de la camiseta mojada. Olía a tinta vieja y a la colonia de menta que la abuela aplicaba a las estanterías.

No dije nada. No hacía falta.

La puerta de la calle se abrió con el tintineo de la campanilla y Doña Rosa entró cargando una bandeja con tres tazas humeantes y una cafetera de aluminio.

—Amanece y estos dos empapados como polluelos —dijo, dejando la bandeja sobre la mesa camilla—. Traigo café bien cargadito, que la lluvia no da tregua.

Llevaba el mandil salpicado de harina y el moño sujeto con el lápiz de carpintero. Nos miró, primero a Mateo, luego a mí. Vio el papel contra mi pecho y las cartas esparcidas.

Pero no preguntó.

—Me vuelvo a la panadería, que tengo la masa de los churros a medio levar —anunció, frotándose las manos—. Este café es para vosotros dos solitos.

—Gracias, Doña Rosa —dije.

—Lo que haya que hacer, se hace con el estómago caliente —respondió, y guiñó un ojo antes de salir.

La campanilla tintineó de nuevo. Nos quedamos solos con el olor a café y la lluvia golpeando los canalones.

Mateo sirvió dos tazas. El vaho ascendía en espirales. Puso el reloj de bolsillo sobre la mesa, junto a la cafetera. El tic-tac se mezclaba con el repiqueteo del agua.

—Hay que redactar un informe extraordinario —dijo—. Que pondere el valor emocional de El Susurro por encima de los metros cuadrados.

Tomó mi mano. Su palma estaba caliente del café, los dedos firmes alrededor de los míos.

—¿Puedes hacerlo? —pregunté.

—Sí.

La cicatriz del dorso de su mano derecha contrastaba con la piel morena. Sentí el pulso en sus nudillos, o quizá era el tic-tac del reloj.

—Que no se nos vuelva a parar el tiempo —dije.

Mateo asintió. Soltó mi mano, cogió el testamento y lo dobló con cuidado antes de guardarlo en el bolsillo interior de la chaqueta. La chaqueta seguía húmeda, pero el bolsillo interior protegía el documento.

Apuré el café. El calor me bajó por la garganta y me devolvió algo parecido a la entereza.

—Voy a ordenar las cartas —anuncié.

Me acerqué al mostrador. Los sobres seguían desparramados, algunos con el sello sin pegar, otros abiertos. Empecé a agruparlos por fechas. La caligrafía de J.M. se curvaba en los remitentes con una elegancia antigua.

Al levantar el último fajo, el fondo de la caja sonó distinto. Un golpe hueco. Como si hubiera algo debajo.

—Mateo.

Se acercó. Pasé los dedos por la base de madera y noté un reborde disimulado, una junta demasiado perfecta para ser casual.

—Tiene doble fondo —dije.

Mateo sacó una navaja del bolsillo. Introdujo la punta por la rendija y forcejeó con suavidad. La madera cedió con un crujido.

Bajo la tapa falsa apareció un manojo de cartas atadas con una cinta roja. Eran más pequeñas que las de J.M., con un papel de color crema y la caligrafía inconfundible de Aurora.

—Las escribió ella —dije—. Y nunca las envió.

Las cogí. Pesaban. La cinta roja estaba anudada con un lazo minucioso que nadie había deshecho en décadas.

—Están dirigidas a Valeria —leyó Mateo en el sobre superior.

Mi nombre. Con la letra de mi abuela.

El nudo en la garganta me impidió hablar. Miré a Mateo y vi que sus ojos grises estaban vidriosos. La lluvia, fuera, se detuvo de repente.

El silencio nos envolvió. Un silencio sin agua, sin tic-tac. Solo el peso de las cartas sin enviar y el testamento en el bolsillo de Mateo.

Al cabo de un minuto, Mateo alzó el reloj de bolsillo y lo colocó junto a la llave del cuello sobre el mostrador. Los dos objetos brillaban bajo la luz de la lámpara: el latón dorado de la llave, la plata gastada del reloj.

—Esta vez no te vayas sin despedirte —dije.

—Esta vez me quedo.

Regreso al pueblo por la librería de mi abuela, y el tasador es el hombre que se marchó sin despedirse.Episodio 4