FeverStory

Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.

Episodio 1

La mano del rey aún no había terminado de alzarse.

El salón del trono contuvo la respiración. Cientos de nobles vestidos de gala observaban el estrado donde el príncipe Alaric, envuelto en brocado blanco y capa azul, extendía los dedos hacia Elena.

Ella no los tomó.

—No puedo —dijo.

Su voz no tembló. Tampoco alzó el tono.

Alaric parpadeó. La sonrisa permaneció intacta en sus labios, pero los ojos esmeralda se le helaron un instante.

—¿Os sentís indispuesta, señorita Valtierra?

—Lo estoy.

Elena retiró la mano y la llevó a su sien. El gesto fue medido. Ensayado.

Arde. La cicatriz arde.

Un calor azul le trepó desde la muñeca izquierda hasta el antebrazo. Lo sintió atravesar el guante largo, morder la piel bajo la marca de estrella. No flaqueó.

—Su Majestad sabrá disculparme —dijo, girándose hacia el trono—. Un malestar repentino me impide continuar.

El rey frunció el ceño. La reina entreabrió los labios.

Lucía se adelantó desde la segunda fila de la nobleza menor. Su mano menuda se posó en el codo de Elena.

—Hermana...

—Acompáñame.

No hubo súplica en su tono. Solo una orden suave.

Alaric dio un paso al frente.

—Permitid que os escolte hasta vuestros aposentos.

—No será necesario, Alteza.

Elena sostuvo la mirada. Vio la furia tras la máscara dorada. La conoció. Ya la había visto antes, en otra vida, cuando era tarde.

Se inclinó apenas. Lo justo para no ofender el protocolo.

Luego se fue.

El roce de la seda contra el mármol marcó el único sonido en el salón mientras ambas hermanas cruzaban la nave central. La puerta se cerró tras ellas con un eco seco.

La alcoba estaba en penumbra.

Elena se arrancó los guantes. La cicatriz brillaba en su muñeca: ocho puntas de luz violeta palpitando bajo la piel. El ardor no cedía.

Cada vez que me desvío. Cada vez que rompo lo escrito.

Se miró al espejo. El corsé añil le oprimía las costillas. Las capas livianas colgaban de sus hombros como alas rotas.

Se deshizo del vestido de gala con movimientos precisos. Cogió una capa oscura del armario. Las botas de montar sustituyeron a los zapatos de raso.

Sobre el tocador dejó una nota breve.

Lucía: No salgas. No abras a nadie. Vuelvo antes del alba.

Se deslizó por la puerta de servicio. El pasillo trasero olía a cera y a silencio. Nadie la vio salir.

La fortaleza de Valdés se alzaba al norte de la capital. Piedra negra. Torres cuadradas. Ni un estandarte, ni una flor.

El capitán de guardia la condujo al estudio privado sin hacer preguntas. La noticia del rechazo corría más rápido que los caballos.

El duque Valdemar estaba de pie junto a la chimenea. El fuego le arrancaba reflejos grises al cabello recogido en la coleta baja. Los guantes de combate sin dedos dejaban ver unas manos grandes, callosas, quietas sobre el respaldo de un sillón de cuero.

No la invitó a sentarse.

—Señorita Valtierra. Habéis causado un gran revuelo.

Su voz era grave. Corta. Cada palabra ocupaba su espacio exacto.

—Lo sé.

—Y ahora estáis aquí. En mi fortaleza. De noche. Sola.

—Vengo a ofreceros un pacto.

Valdemar enarcó una ceja. La lumbre de la chimenea le tiñó los ojos de un dorado que no parecía humano.

—Explicaos.

Elena dio un paso hacia él. La cicatriz le pulsó bajo la manga. La ignoró.

—Conozco información que puede interesaros. Datos sobre movimientos del palacio. Traiciones en curso. Venenos que aún no se han vertido.

—¿Lágrimas de la Luna?

El nombre del veneno resonó en la estancia como una losa.

Elena asintió.

—Entre otras cosas.

—¿Y qué queréis a cambio?

—Protección para mi hermana Lucía. Inmediata. Una escolta que la recoja al alba y la instale en una cámara segura de esta fortaleza.

Valdemar avanzó hacia ella. El descenso de temperatura fue perceptible. Elena sintió el frío en los dedos, en la nuca, en el vaho que ahora escapaba de sus labios.

No es humano. Lo sé. Pero necesito lo que es.

—¿Cómo habéis obtenido esa información?

—No puedo decíroslo.

—Entonces no tengo motivos para fiar.

—Tenéis uno —Elena levantó la barbilla—. Mañana al mediodía, el rey firmará un edicto que os ordena ceder la comandancia de la frontera boreal. Lo sabréis de todos modos.

Yo os lo digo ahora. Hoy. Antes de que ocurra.

El duque se detuvo a un palmo de ella.

Las escamas plateadas asomaron un instante bajo el cuello de su uniforme negro. La temperatura bajó aún más.

—Nadie conoce esa intención del rey. Ni siquiera mis espías.

—Yo sí.

Silencio.

Valdemar la estudió como quien examina un arma nueva. Los ojos le brillaron con un fulgor dorado, vertical, que desapareció tan rápido como había surgido.

—¿Y si miento? —preguntó ella, sin pestañear—. Mañana lo comprobaréis. Si el edicto no se firma, romped el pacto. Pero si se firma, quiero a mi hermana a salvo antes de que el palacio reaccione.

—¿Por qué tanta prisa?

—Porque el príncipe no perdonará el rechazo. Y Lucía es mi punto débil.

Otro silencio. Más largo.

El duque alargó la mano hacia un pequeño cofre sobre la repisa de la chimenea. Sacó un medallón de hierro con el emblema de un dragón partido por un rayo.

—Mi sello. Nadie os detendrá si lo mostráis.

Se lo tendió. Elena lo tomó sin bajar la mirada. El metal estaba frío.

—La escolta llegará a la mansión Valtierra al amanecer. Mi capitán se encargará.

—Gracias.

—No agradezcáis todavía. Si el edicto no se cumple, esto acaba aquí. Y vos responderéis.

—Se cumplirá.

Valdemar asintió. Dio media vuelta y regresó junto al fuego.

—Idos ya. Tenéis mucho que hacer antes del alba.

Elena guardó el medallón bajo la capa y salió sin añadir una palabra más.

La mansión Valtierra seguía en calma cuando regresó. Las velas del vestíbulo se habían consumido hasta la mitad. Subió las escaleras sin encender ninguna luz.

La puerta de Lucía estaba entreabierta.

—¿Elena?

La niña se incorporó en la cama. Las pecas del puente de la nariz se arrugaron con una mueca de susto.

—Vístete —dijo Elena, cerrando la puerta tras de sí—. Al amanecer vendrán a buscarte.

—¿Qué ha pasado?

—El palacio ya no es seguro para ti.

—Pero...

—Lucía.

Elena se sentó en el borde del colchón. Tomó las manos de su hermana entre las suyas. El tacto cálido de los dedos menudos le devolvió algo que no sabía que había perdido.

—Confía en mí. Esta noche he sellado una alianza. Gente del duque Valdemar te llevará a un lugar protegido.

—¿Y tú?

—Yo iré después. Pero ahora debo quedarme.

Lucía bajó la cabeza. Un temblor le recorrió los hombros. No lloró.

—Está bien —susurró—. Me vestiré.

—Solo lleva lo imprescindible.

Elena le apretó las manos y se levantó. Se quedó de pie junto a la ventana mientras Lucía preparaba un hatillo con movimientos torpes y rápidos.

Fuera, la noche empezaba a retirarse.

En sus aposentos privados, el príncipe Alaric acariciaba un retrato en miniatura.

El rostro de Elena, pintado al óleo sobre marfil. Cabello plata. Ojos violeta.

—Haré que vuelvas a mí —murmuró—. Aunque tenga que quebrarte.

Su sonrisa no llegó a los ojos.

De las sombras del dosel emergió una figura femenina. Vestido granate. Pelo negro azabache recogido en una trenza tensa.

—No permitiré que me robes al príncipe, Elena Valtierra.

La voz de Camila de Valterra era apenas un susurro cargado de veneno.

Alaric no se giró.

—Esa muchacha no debe saber aún de este fracaso. Ocúpate de que no lo sepa.

—Como ordenéis, Alteza.

La vela del tocador se apagó con un chasquido.

Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.Episodio 1