Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.
Episodio 2
El duque no se movió del sitio. El fuego de la chimenea seguía arrancándole reflejos grises al cabello.
—Habéis mencionado un pacto de sangre.
Su voz no era una pregunta.
Elena sostuvo la mirada. La cicatriz le palpitó bajo el guante.
—Lo mencioné.
—Nadie fuera de mi linaje conoce ese pacto.
—Yo lo conozco.
Valdemar apoyó las manos en el respaldo del sillón. La madera crujió. Una astilla saltó y rodó por el suelo de piedra.
Elena la vio caer. No dijo nada.
—Explicaos.
—Vuestro padre murió obedeciendo una orden que sabía suicida. La cumplió porque no podía negarse.
Los ojos del duque se encendieron. Un fulgor dorado, vertical, recorrió sus pupilas.
—¿Cómo sabéis eso?
—Sé que odiáis ese pacto. Sé que buscáis romperlo. Y sé que mañana al mediodía el rey firmará un edicto que os arrebatará la comandancia boreal.
Valdemar enmudeció.
El silencio se estiró como una cuerda a punto de partirse.
—Eso no lo saben ni mis espías.
—Por eso estoy aquí.
—¿Qué más sabéis?
Elena respiró hondo. La cicatriz le quemó. Un calor azul le subió desde la muñeca hasta el hombro.
Cuidado. No puedo decir más.
—Sé lo suficiente para convertiros en el único hombre libre de este reino. Y lo suficiente para que me temáis si me convertís en enemiga.
El duque soltó el sillón. Dio dos pasos hacia ella. Su sombra la cubrió entera.
—¿Qué queréis a cambio?
—Proteged a mi hermana. Sacadla de la capital antes de que el príncipe la use contra mí. Y aceptadme como vuestra estratega.
—¿Estratega?
—No necesitáis una esposa ni una aliada política. Necesitáis a alguien que sepa lo que va a ocurrir antes de que ocurra.
Valdemar la estudió en silencio. Las escamas plateadas le asomaron apenas sobre el cuello de la casaca. Un latido. Dos. Desaparecieron.
—¿Por qué confiaría en vos?
—Porque ya lo estáis haciendo.
Él arqueó una ceja.
—Sigo aquí —dijo Elena—. No me habéis echado. No me habéis matado. Vuestros hombres están desplegados camino a mi mansión en este momento.
El duque desvió la mirada hacia la ventana. La noche empezaba a ceder.
—Hay algo que no me contáis.
—Hay muchas cosas que no os cuento. Como vos a mí.
—Eso es distinto.
—No. No lo es.
Valdemar volvió a mirarla. Esta vez no había fulgor en sus ojos. Solo el peso de una decisión.
—Si os fallo —dijo Elena—, podéis matarme. Si os miento, lo sabréis. Y si me vendéis al príncipe, os aseguro que perderéis la única oportunidad de romper ese pacto.
—No os venderé.
—Entonces selladlo.
El duque se quitó el anillo de hierro. El dragón partido por el rayo brilló a la luz del fuego.
—Esto es un salvoconducto. Pero también es un sello. Si lo aceptáis, quedáis bajo mi protección. Y bajo mi autoridad.
—No bajo vuestra autoridad. Bajo vuestra alianza.
—Sois difícil.
—Soy vuestra mejor opción. Apretadme la mano, duque. O dejadme marchar.
Valdemar extendió la mano. Elena encajó sus dedos enguantados contra los suyos. El metal del anillo le enfrió la palma.
—Trato hecho.
La madera seguía astillada en el suelo.
La mansión Valtierra olía a cera y a silencio.
Elena entró por la puerta de servicio con las botas manchadas de barro. En el vestíbulo la esperaba un criado con una palmatoria.
—Señorita. Vuestra hermana no ha dormido.
—Que preparen el coche. Salimos en media hora.
Subió las escaleras de dos en dos.
Lucía estaba sentada en la cama. El hatillo sobre las rodillas. Los ojos violeta claro se le iluminaron al verla.
—Elena.
—Hay un cambio de plan.
—¿No nos vamos de la capital?
—Nos vamos. Pero no al campo.
—¿Adónde?
—A la fortaleza de Valdés.
Lucía parpadeó.
—¿La fortaleza del duque?
—Sí.
—Pero ese hombre da miedo.
—Ese hombre va a protegernos.
—¿Por qué?
Elena se arrodilló frente a ella. Le apartó un mechón castaño de la frente.
—Porque hice un trato.
—¿Qué clase de trato?
—No puedo contártelo ahora. Pero tienes que confiar en mí.
Lucía apretó el hatillo contra el pecho. Las pecas del puente de la nariz se le arrugaron.
—Confío en ti. Siempre.
—Entonces vámonos.
La cámara del ala este era sobria. Muros de piedra. Un tapiz con el dragón partido. Una cama con dosel y sábanas limpias.
Lucía se quedó de pie en el centro de la habitación, abrazada al hatillo.
—¿Me quedaré aquí sola?
—No estarás sola. Habrá guardia en la puerta día y noche.
—¿Y tú?
—Vendré cuando pueda.
Lucía asintió. No preguntó más. Pero sus dedos se aferraron a la manga de Elena un segundo antes de soltarla.
Elena se inclinó y le besó la frente.
—Descansa. Estás a salvo.
Salió al pasillo antes de que se le quebrara la voz.
En palacio, la mañana olía a azahar y a veneno.
Alaric se recostó en el diván de su cámara privada. Sobre la mesa de marquetería reposaba el retrato en miniatura de Elena.
Un ayudante de cámara entró sin hacer ruido.
—Alteza. Informe del alba.
—Habla.
—La señorita Valtierra pasó la noche en la fortaleza de Valdés. Al amanecer regresó a su mansión. Poco después, un coche con escolta ducal trasladó a la hermana pequeña a la fortaleza.
Alaric no apartó la vista del retrato.
—Así que la zorra ya tiene guarida.
—¿Deseáis algo más, Alteza?
—Retírate.
El criado desapareció.
De detrás del biombo de laca negra surgió Camila. Vestido granate. Pelo azabache recogido con agujas de plata.
—La pequeña Lucía —dijo Alaric—. Es su punto débil.
—Lo sé.
—La tendrás vigilada. Y prepararás un recibimiento.
—¿De qué clase?
Alaric abrió un cofrecillo. Extrajo un frasco diminuto. Líquido lechoso, casi azulado.
—Lágrimas de Luna. No falla. No deja rastro.
Camila alargó la mano.
—¿Para la pequeña?
—Para usarlo si Elena no entra en razón.
—¿Y si no hace falta?
—Entonces te lo guardas. Pero quiero que esté listo.
Los dedos de Camila se cerraron sobre el frasco.
—¿Cuándo?
—Pronto. Hay una plaza junto al mercado. La Fuente Plateada.
—Conozco el sitio.
—Pues prepara a tus hombres. Cuando la niña salga de la fortaleza, allí la recibiréis.
Camila sonrió. Una sonrisa fina, brillante, sin nada dentro.
—Será un placer.
Alaric acarició el retrato.
—Quebremos a la hermana. Y Elena volverá arrastrándose.
Anochecía sobre la fortaleza.
Valdemar entró en el estudio con un pliego lacrado en la mano. Elena aguardaba de pie junto a la ventana.
—Ha llegado.
—¿El edicto?
—El edicto fiscal. Vuestro príncipe quiere desprestigiar al marqués de Albarracín con una revisión de tributos.
Elena se giró.
—No es una revisión. Es una trampa.
—Explicaos.
—Los tributos se basan en las cosechas registradas del año anterior. Albarracín tuvo mala cosecha. El príncipe lo sabe. El edicto usará los registros de hace dos años, no los del último.
Valdemar rompió el lacre. Leyó. Sus dedos se tensaron sobre el pergamino.
—Es exactamente como decís.
—Si el marqués paga según esa cifra, se arruina. Si se niega, lo acusan de desacato. De cualquier forma, Alaric se quita de en medio a un aliado vuestro.
—¿Cómo lo sabíais?
Elena abrió la boca.
La cicatriz le estalló en llamas.
Un latigazo violeta le trepó desde la muñeca hasta el cuello. El aire se le atascó en la garganta.
No puedo. No debo.
—No puedo deciros cómo —jadeó—. Pero es verdad.
Valdemar la observó. Vio la mano enguantada apretada contra el costado. El temblor en los hombros.
—Estáis sufriendo.
—Es el precio.
—¿De qué?
Elena no respondió.
El duque dejó el edicto sobre la mesa. Se acercó. No la tocó.
—Basta por hoy.
—Pero la respuesta al marqués...
—La enviaré yo. Mi palabra bastará para que detenga el pago hasta que verifiquemos los registros.
Elena asintió. La quemazón remitió despacio.
—Valéis más de lo que creéis, señorita Valtierra.
—Lo sé.
—No. Aún no.
Valdemar se retiró hacia la puerta. Se detuvo un instante.
—Descansad. Mañana habrá que moverse rápido.
—Eso espero.
El duque se marchó.
Elena se quedó sola. La empuñadura del pacto le pesaba en la mano. La apretó.
La cicatriz volvió a arder.
En palacio, Alaric sonreía al retrato.
—Mañana —susurró—. En la plaza.
Camila guardó el frasco en el corpiño.
—Mañana —respondió.