FeverStory

Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.

Episodio 3

El mediodía caía a plomo sobre la Plaza de la Fuente Plateada.

Lucía se inclinó sobre el borde de la fuente. El agua reflejaba las nubes y su mano jugaba a deshacerlas con los dedos.

Elena permanecía de pie, a dos pasos. La capa oscura le cubría los hombros. La escolta ducal aguardaba junto al arco de la entrada.

—Hace calor —murmuró Lucía—. ¿Podemos quedarnos un rato más?

—Un rato.

La cicatriz palpitó. Apenas un aviso.

Elena recorrió la plaza con la vista. Vendedores. Una mujer con un niño. Dos hombres apoyados en la pared del orfebre.

Demasiado quietos.

—Lucía.

—¿Qué?

—Levántate. Despacio.

La niña obedeció sin preguntar. Los dedos aún goteaban.

Los hombres se separaron de la pared. Uno silbó.

Del callejón de la especiería salieron tres más. Ropas de mercenarios. Cuchillos al cinto.

La escolta ducal desenvainó. Eran cuatro. Uno cayó antes de dar dos pasos, con una daga en el cuello.

No estaba en la otra vida. Este ataque no existió.

La cicatriz ardió con fiereza. Luz violeta escapó entre los guantes.

Elena empujó a Lucía hacia la fuente.

—Agáchate.

Sacó el estilete de la manga.

El primer mercenario fue directo a por la niña. Elena le cortó la cara. Él retrocedió, escupiendo sangre.

El segundo la agarró del brazo.

El filo le abrió el antebrazo izquierdo. El pañuelo se empapó al instante.

—¡Elena!

—No te muevas.

La escolta yacía en el suelo. Los mercenarios cerraban.

Tres contra dos. Una niña. Un estilete.

La cicatriz era un hierro candente.

No voy a perderla.

Elena buscó bajo el corpiño. La piedra de señalización. La rompió contra el borde de la fuente. Un chasquido seco.

Uno de los hombres se abalanzó sobre Lucía.

El aire se partió.

Valdemar entró en la plaza a lomos de su caballo negro. La bestia derribó al mercenario. Los cascos resonaron en el empedrado.

Seis caballeros ducales flanqueaban al duque.

—Soltadla.

Los agresores se miraron. Cinco contra siete. Dudaron un segundo.

Atacaron.

Valdemar desmontó en un solo movimiento. El primero que le hizo frente recibió un puñetazo en el pecho que le hundió las costillas.

Cayó muerto.

El segundo intentó rodearlo. La mano del duque le atrapó la garganta. Apretó.

Chasquido.

La piel del cuello de Valdemar se rasgó. Escamas plateadas reptaron hacia la mandíbula. Los ojos se le encendieron con un fulgor dorado, vertical.

El tercer mercenario retrocedió.

No le sirvió.

Valdemar lo partió contra la fuente. La piedra se tiñó de rojo. El cuarto y el quinto murieron antes de gritar.

Silencio.

La plaza era un cuadro de sangre y carne. Los pocos testigos se habían arrinconado contra los muros.

Las escamas palpitaban en el cuello del duque. Se retiraban despacio.

Lucía temblaba contra el borde de la fuente. Las pecas le manchaban la cara pálida.

—Elena... tiene... tiene escamas.

—Lo sé.

Elena mantenía la voz firme. El brazo le sangraba. Las gotas caían sobre la piedra rota.

Valdemar se giró. Las marcas nacaradas aún le cubrían media mandíbula. Se arrodilló.

La rodilla derecha golpeó el suelo manchado.

—Señorita Valtierra.

—De pie, duque.

—No.

Sacó la daga de la bota. Se pasó el filo por la palma. La sangre brotó oscura.

—Ofrezco juramento de sangre. Mi casa, mi espada y mi vida quedan vinculadas a la vuestra y a la de vuestra hermana. Hasta que el pacto de Valdés se rompa o la muerte me reclame.

Le tendió la mano abierta.

—Depositad vuestra sangre sobre la mía.

Elena lo miró. Las escamas, la rodilla en tierra, la mano firme.

Un dragón. Tengo un dragón.

Cogió la daga del suelo. Se hizo un corte limpio en los dedos. La sangre de ambos cayó sobre la fuente, mezclándose con el agua.

—Acepto.

El agua centelleó.

—Sed mi sombra —dijo Valdemar—. Y yo seré vuestra espada.

—Así queda sellado.

El duque se incorporó. Los caballeros formaron en torno a las hermanas.

—Llevadlas a la fortaleza. Custodia directa de la Casa Valdés. Nadie se les acerca sin mi autorización.

—Sí, mi señor.

Lucía se aferró al brazo ileso de Elena.

—¿Qué eres?

Valdemar la miró. Las escamas ya no se veían.

—Aliado.

Y se volvió hacia los cadáveres.

Al caer la tarde, el Salón del Trono hervía de cortesanos.

Un emisario de la guardia cruzó las puertas. Las conversaciones se apagaron.

—Alteza. Informe del ataque en la Plaza de la Fuente Plateada.

Alaric se llevó la mano al pecho. El gesto era de aflicción, pero los dedos apenas rozaban la tela del jubón.

—¡Qué tragedia!

Las damas suspiraron.

—La seguridad del reino es mi prioridad absoluta. Ordeno una investigación inmediata y refuerzos para la Casa Valtierra.

—Alteza, su generosidad nos conmueve —murmuró un marqués.

—Velaré personalmente por que se haga justicia.

Los cortesanos asintieron. Alaric mantuvo la expresión compungida hasta que el último de ellos salió.

Se quedó solo. El informe confidencial estaba sobre el cojín del trono.

Lo desdobló.

Cinco hombres. Todos muertos. Escamas plateadas en el duque.

La máscara se desvaneció.

—Así que el perro tiene dientes de dragón —susurró—. Será más divertido quebrarlos.

Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.Episodio 3