FeverStory

Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.

Episodio 4

El informe seguía sobre el cojín del trono.

Alaric lo alisó con la yema del índice. Las letras no mentían.

Escamas plateadas.

—Un dragón —murmuró—. Y yo con una corona de mentira.

Se puso en pie. La capa azul real resbaló del respaldo. No se molestó en recogerla.

Camila aguardaba en la antesala. El vestido granate crujía cada vez que cambiaba el peso de un pie a otro.

—¿Y bien?

Alaric le ofreció el brazo.

—El perro tiene colmillos. Habrá que usar veneno.

Fortaleza de Valdés. Gabinete de estrategia. Mañana.

El mapa del reino cubría la mesa de roble.

Las marcas de tinta señalaban guarniciones, rutas de abastecimiento, nombres.

Elena deslizó un dedo enguantado sobre la frontera boreal.

—El edicto no era más que el principio.

Valdemar alzó la vista. Los ojos aún conservaban un fulgor dorado residual.

—Hable claro.

—Su Alteza no tolera el fracaso —Elena retiró la mano del mapa—. Su próximo golpe será político. Documentos falsos. Acusación de traición.

—¿Cuándo?

—Hoy. En el consejo.

Vi esos papeles en la otra vida. Sé quién los falsificó. Sé dónde guardan los originales.

Valdemar no preguntó cómo lo sabía.

—¿Qué necesita?

—Vuestros hombres deben traer al escribano jefe de la corona. Y al notario del archivo real. Ahora.

—Eso es secuestro.

—Es protección de testigos —los ojos violeta sostuvieron los dorados—. Si el príncipe llega al consejo antes que nosotros, ambos aparecerán muertos.

Valdemar chasqueó los dedos. Un capitán entró.

—Dos hombres al archivo real. El escribano jefe y el notario. Los traéis ilesos o no volváis.

El capitán saludó con el puño al pecho y salió.

—¿Pruebas? —preguntó Valdemar.

Elena extrajo un pliego del interior de la capa. Tinta fresca.

—El original del edicto fiscal. La firma del rey es auténtica. La del príncipe, falsa.

—Eso no basta para probar traición.

—No. Pero el sello que usará en los documentos de hoy es el mismo. Comparados, lo condenan.

Valdemar contempló el pliego. Luego a Elena.

—Vos ya habéis hecho esto antes.

Morí haciéndolo.

—Algo parecido.

Palacio Real. Salón del Trono. Dos horas después.

Los consejeros se alineaban a ambos lados del estrado.

Alaric ocupaba el sitial derecho del trono vacío. Sonrisa justa. Manos entrelazadas sobre el regazo.

Camila, entre las damas de compañía, le seguía cada gesto.

—Señores del consejo —Alaric se puso en pie—. Comparezco con un asunto grave.

El salón enmudeció.

—Traición a la corona.

Un murmullo recorrió las filas de los nobles.

—El duque de Valdés —Alaric desdobló un pliego— ha mantenido correspondencia con las tribus del norte. Ofreciendo paso franco por la frontera boreal a cambio de apoyo militar contra el trono.

Otro murmullo. Más denso.

—Estos documentos, interceptados anoche, lo prueban.

Las puertas del salón se abrieron.

Valdemar entró. Las botas resonaron sobre el mármol.

Elena caminaba un paso detrás. La capucha de viaje aún le cubría el cabello plata. Nadie reparó en ella.

—Llego tarde —dijo Valdemar—. Pero traigo testigos.

Alaric entrecerró los ojos. La sonrisa no se movió.

—Duque. Qué oportuno.

—Príncipe.

El escribano jefe y el notario entraron tras Valdemar. El primero temblaba. El segundo miraba al suelo.

—Estos hombres custodian los archivos reales —Valdemar señaló el pliego en manos de Alaric—. Que examinen esos documentos.

—No es necesario.

—Yo insisto.

El rey entró entonces. Sin anunciarse. La túnica de armiño arrastraba.

—Que los examinen —dijo.

El escribano se acercó a Alaric con pasos cortos. El príncipe le tendió el pliego.

Un silencio espeso.

—Falso —dijo el escribano.

—¿Cómo? —la voz de Alaric mantuvo el terciopelo, pero los nudillos se le blanquearon.

—El sello es una copia irregular. El trazo no coincide con el puño de Su Majestad. La tinta…

—Mentira —lo interrumpió Alaric—. Estos hombres han sido comprados.

El notario alzó la cabeza por primera vez.

—Tengo los registros originales —sacó un cartapacio del interior de la túnica—. Fechados y lacrados ante testigos. Ninguna misiva del duque coincide con estas fechas.

El rey tomó el cartapacio. Lo hojeó.

—Alaric.

—Padre, os juro…

—Retírate.

La palabra cayó como una losa.

Alaric soltó el pliego falso. La sonrisa permanecía, pero los ojos eran de hielo.

—Como ordenéis.

Se inclinó. Al pasar junto a Valdemar, susurró:

—Esto no ha terminado.

No. Apenas empieza.

Elena lo vio salir. La cicatriz en la muñeca palpitó una vez.

Camila la siguió con la mirada desde el fondo del salón. Los ojos avellana ardían.

Fortaleza de Valdés. Terraza al anochecer.

El viento boreal arrastraba olor a nieve próxima.

Elena se apoyó en la balaustrada de piedra. El corte en el antebrazo aún molestaba bajo la manga.

Valdemar llegó sin hacer ruido. Se detuvo a un paso de distancia.

—Funcionó.

—Funcionó —repitió ella.

—Confié en vos.

Nadie ha confiado en mí en diez años.

—Lo sé.

—Vos sois la única estratega en quien confiaré —Valdemar miró al horizonte—. Eso no es un cumplido. Es un hecho.

Elena no respondió. El viento le alborotó un mechón plata.

—Vuestra hermana descansa —añadió él—. La fortaleza es segura.

—Gracias.

—No me las deis. Pagáis con ventaja táctica.

Pero te has jugado el cuello en el consejo.

Elena se volvió hacia él.

—Esto es solo el primer golpe. Alaric no perdonará la humillación.

—Lo sé.

—¿Y aun así seguís?

Los ojos dorados centellearon en la penumbra.

—Seguiré mientras vos sigáis.

Alcoba privada de Camila. Noche.

Las cortinas estaban echadas. Una sola vela ardía sobre el tocador.

Camila despidió a las doncellas con un gesto brusco.

—Fuera.

Se quedó a solas. La respiración le agitaba el escote.

El joyero de marfil estaba sobre la cómoda. Lo abrió.

Bajo collares y broches, un frasco diminuto.

Lágrimas de la Luna.

Lo alzó a la luz de la vela. El líquido era incoloro. Inocuo como agua bendita.

—Elena Valtierra —susurró—. Zorra altiva.

Sus dedos acariciaron el cristal.

—Le has robado al príncipe su victoria. Lo has humillado delante de toda la corte.

Destapó el frasco.

—Yo sí sé cómo acabar contigo.

Lo volvió a tapar despacio.

—Una gota en el té. Un sorbo en la copa. Y ni tu dragón podrá salvarte.

Guardó el frasco bajo las joyas. Cerró el joyero. La llama de la vela le arrancó un destello a la sonrisa.

Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.Episodio 4