Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.
Episodio 5
Fortaleza de Valdés - Estudio privado. Dos días después, al alba.
La primera luz arañaba los ventanales. Elena entró sin anunciarse. El duque estaba de pie junto a la mesa de mapas.
—Hoy llega un mensajero con documentos falsos. Os acusarán de traición ante el consejo.
Valdemar levantó la vista.
—¿Cómo lo sabéis?
Elena sostuvo la mirada. La cicatriz bajo el guante palpitó. Calor seco.
—No puedo decíroslo.
—¿Y esperáis que actúe sin más?
—Espero que confiéis.
Silencio. Los ojos ámbar se clavaron en ella.
—¿Qué documentos?
—Un edicto con el sello real. Afirma que planeáis ceder la comandancia boreal al reino vecino.
Valdemar apretó los dedos sobre la mesa. Los nudillos se le blanquearon.
—Eso es alta traición.
—Eso es una trampa. El sello está falsificado. El mensajero llegará por la puerta este al mediodía.
—¿Detalles?
—El lacre tiene burbujas. El trazo del sello no coincide con el puño del rey.
—Basta.
Cogió una campanilla. Un oficial apareció en segundos.
—La puerta este. Detened a todo mensajero que cruce hoy. Traedme el documento.
El oficial saludó y desapareció.
Valdemar se volvió hacia Elena.
—Necesito pruebas técnicas. No solo vuestra palabra.
—Dadme acceso a la Cámara de los Textos Prohibidos.
—Concedido. Acompañadla.
Cámara de los Textos Prohibidos. Continuación inmediata.
Olor a pergamino viejo y humedad. Las estanterías trepaban hasta un techo que no se veía.
Elena avanzó con una palmatoria. El guardia quedó en la puerta.
Tratados sobre sellos. Sección cuarta.
Los dedos enguantados rozaron los lomos. Aquí. De sigillis authenticis. Abrió el volumen. Comparó los grabados con lo que recordaba del sello falso del príncipe.
La prueba era clara.
Cerró el libro. Al girarse, el codo rozó un manuscrito polvoriento. Cayó al suelo.
Se abrió solo. Páginas amarillas. Dibujos de dragones en tinta plateada.
Elena lo recogió. La vista se le clavó en una línea:
...solo la sangre del dragón primigenio contrarresta las Lágrimas de la Luna...
La palmatoria tembló. Cera caliente le quemó el guante.
Lágrimas de la Luna. El veneno que me mató.
Cerró el manuscrito despacio. Lo devolvió a su sitio. Memorizó la ubicación exacta.
Salió con el tratado de sellos bajo el brazo. La cicatriz le ardía.
Ahora sé cómo salvar a Lucía.
Palacio Real - Pasillo privado. Avanzada la mañana.
Camila esperaba junto a un tapiz. Los dedos jugueteaban con el frasco en el bolsillo.
Alaric apareció sin ruido.
—Me has hecho esperar.
—Perdonad, alteza.
La voz de él, aterciopelada.
—Quiero que espíes a la pequeña Lucía. Necesito saber sus rutinas dentro de la fortaleza.
—Eso no es tarea para una dama.
—Es una orden.
Camila apretó el frasco. El cristal se le clavó en la palma.
—¿Y si la niña... desapareciera?
Alaric sonrió. Los ojos verdes no acompañaron a los labios.
—Eso sería precipitado. Aún.
—Como ordenéis.
Él se fue. El tapiz dejó de moverse.
Camila sacó el frasco. Lo acarició con el pulgar.
—No te preocupes, Alaric. Seré mucho más... creativa de lo que imaginas.
Guardó el veneno. Sus pasos resonaron en la piedra.
Salón del Consejo Real. Mediodía.
Cortesanos a ambos lados. El rey presidía desde el trono. Alaric, a su derecha, impecable.
Valdemar entró. Las botas marcaban el ritmo de un tambor de guerra.
—Majestad. Traigo un documento que me concierne.
El rey alargó la mano. Leyó. Las cejas se le juntaron.
—¿Un edicto de cesión de la comandancia boreal?
—Falso.
Murmullos. Alaric dio un paso.
—Eso habrá que probarlo.
Valdemar desplegó el tratado robado a los archivos.
—El sello del documento tiene burbujas en el lacre y el trazo no es el de vuestra mano. Aquí están los grabados auténticos.
El rey comparó ambas cosas. El salón enmudeció.
—Es cierto.
Alaric palideció. Solo un instante. Recuperó la sonrisa.
—Entonces alguien ha intentado engañarnos a todos. Una suerte que lo hayáis descubierto, duque.
Valdemar lo miró sin pestañear.
—No ha sido suerte.
El rey se levantó.
—Se investigará el origen del documento. Queda suspendida cualquier decisión sobre la comandancia. Se levanta la sesión.
Alaric se retiró. Los dedos le temblaban dentro de los guantes.
Fortaleza de Valdés - Estudio privado. Atardecer.
Valdemar dejó el tratado sobre la mesa.
—Habéis vuelto a acertar.
—Era necesario.
—¿Necesario o inevitable?
Elena no respondió.
El duque sacó un pliego lacrado. Se lo tendió.
—A partir de hoy sois mi consejera estratégica. Con autoridad plena.
Elena tomó el documento. Los dedos le rozaron el guante.
La cicatriz explotó. Un latigazo violeta le subió por el brazo. Mordió el interior del carrillo.
—¿Os ocurre algo?
—Nada.
He desviado otro evento. La línea se quiebra.
Guardó el pliego en la manga.
—Agradezco la confianza.
—No la agradezcáis. Ejercédla.
Elena asintió. Salió del estudio con pasos firmes. Al cerrar la puerta, se apoyó un instante en la pared.
La cicatriz seguía ardiendo.
Que arda. Hoy he ganado.
Fortaleza de Valdés - Aposentos seguros. Noche.
Lucía releía la carta de su hermana por tercera vez. Sonreía.
...todo va bien. Confía en mí.
Una doncella entró con un candelabro.
—La vela, señorita.
—Gracias. Puedes retirarte.
La mujer apagó la llama. Salió. La puerta quedó entreabierta.
Lucía se arrebujó en las mantas. Un escalofrío le recorrió la espalda.
No supo por qué.
Palacio Real - Alcoba de Camila. Noche cerrada.
Camila cerró la puerta con pestillo. Se sentó ante el tocador.
Sacó el frasco. La luz de la vela lo volvió dorado.
—Pronto, Lucía. Muy pronto.
Giró el frasco entre los dedos.
—Haré que Elena te vea morir. Y entonces sabrá lo que es perderlo todo.
La llama de la vela tembló sin que nadie soplara.