Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.
Episodio 6
Fortaleza de Valdés - Cocina. Amanecer.
Dos días después del nombramiento. La niebla se pegaba a los ventanucos como un aliento enfermo, difuminando los primeros rayos de sol. Dentro, el vapor de los pucheros y el olor a pan recién horneado luchaban contra el frío de la piedra.
Una mujer encorvada entró con un cesto de hierbas. Avanzó arrastrando un poco los pies, la espalda encorvada bajo el sayal basto. El pinche, absorto frente a las cacerolas humeantes, ni la miró.
—Las de siempre —murmuró ella, con una voz cascada que imitaba la edad.
—En la infusión de la señorita Lucía. Ya sabes. La bandeja está lista.
La mujer asintió. Las sombras bajo la cofia ocultaban sus facciones. Vertió la taza con movimientos precisos, casi rituales.
El líquido humeaba entre las hojas de melisa, desprendiendo su aroma cítrico. Los dedos se detuvieron sobre el borde de porcelana. Un giro de muñeca, mínimo, ensayado. Líquido incoloro cayó entre las hojas sin una sola salpicadura, mezclándose al instante con el vapor.
Nadie lo vio. El pinche seguía de espaldas, tarareando algo.
Salió por la puerta trasera sin prisa, los hombros todavía encorvados. El cesto vacío oscilaba en su mano. La cofia se soltó junto al muro de hiedra con un suspiro de tela.
Camila se arrancó el disfraz tras las caballerizas, entre el olor a paja y estiércol. El sayal quedó hecho un ovillo en el suelo. Se irguió, respirando hondo el aire frío de la mañana. Una sonrisa fina, casi triste, le curvó los labios.
—Bébela, pequeña —susurró, y sus palabras se las llevó el viento.
Fortaleza de Valdés - Alcoba de Lucía. Media mañana.
Elena empujó la puerta sin llamar. El silencio le golpeó el pecho antes que la imagen. La habitación estaba en penumbra, las cortinas aún echadas, y el aire olía a cera fría y a algo más, algo quieto.
Lucía yacía en el suelo. La taza volcada a un palmo de la mano, el té formando un charco oscuro sobre la madera.
—Lucía.
El nombre le salió sin aire. Corrió los tres pasos que las separaban y cayó de rodillas. La giró. Los labios, pálidos como la cera. La piel, fría a pesar del calor que aún conservaba la estancia.
No. Otra vez no.
Le buscó el pulso con dedos torpes. Apenas un hilo, un aleteo casi invisible bajo la piel.
El grito le subió desde el vientre.
—¡Un médico! ¡Ahora!
Pasos. Voces. Una doncella asomó y salió corriendo, el eco de sus zapatos rebotando contra la piedra del pasillo.
Elena levantó los párpados de su hermana. Las pupilas, dilatadas, dos pozos negros que no reaccionaban. La respiración, superficial, un soplo apenas contra su mejilla.
Esto ya lo viví. En mi propia carne.
La cicatriz bajo el guante ardió. Fuego blanco que le subió por el brazo hasta el hombro. Lágrimas de la Luna. La misma sentencia que casi me borra del mundo.
El médico llegó jadeando. Se inclinó con el instrumental tintineando. Preguntó cosas que Elena ya no escuchaba. Buscó el pulso, olió el té, examinó las pupilas con una lamparilla.
Alzó la cabeza. El gesto lo decía todo antes que las palabras.
—Es un veneno. Desconozco cuál.
—Yo sí —la voz de Elena, sin temblor, la sorprendió incluso a ella.
El hombre parpadeó.
—¿Señorita?
—Salga. Avise al duque. Ahora.
Obedeció, confuso, llevándose las preguntas.
Elena se quedó sola con el silencio y la respiración quebrada de Lucía. Apretó la mano fría, tan pequeña dentro de la suya.
Piensa. Piensa como la sombra del verdugo. No como la hermana.
Fortaleza de Valdés - Alcoba de Lucía. Inmediato.
Junto a la cama, sobre la mesilla de nogal, había papel y tinta. Elena mojó la pluma con el pulso firme, aunque por dentro algo se resquebrajaba.
Cámara de los Textos Prohibidos. Manuscrito sobre dragones primigenios. La leyenda.
Cerró los ojos un instante. Las frases del libro prohibido volvieron nítidas, como grabadas a fuego.
Solo la sangre del dragón contrarresta Lágrimas de la Luna. No hay antídoto en la farmacopea humana.
Escribió. La pluma rasgó el papel con un sonido áspero. Cada trazo era un eco de aquella lectura clandestina, meses atrás, entre el polvo y el silencio de la biblioteca secreta.
Valdemar. Las escamas. La fuerza sobrehumana. Si hay un dragón en este reino...
Dejó la nota sobre la mesa. El tintero tembló un segundo, salpicando una gota negra sobre la madera.
...está bajo este mismo techo.
Se puso en pie. La cicatriz era una hoguera que le devoraba el brazo.
—No te me mueras —susurró a Lucía, y su voz se quebró por primera vez—. No mientras yo respire.
Fortaleza de Valdés - Alcoba de Lucía. Mediodía.
La puerta se abrió de golpe, golpeando la pared con estruendo.
Valdemar ocupó el umbral como una tormenta contenida. Una mirada al cuerpo tendido. Una a Elena, parada junto a la mesa con la nota en la mano.
—¿Qué ha pasado?
—Veneno. Lágrimas de la Luna.
El duque dio un paso adelante. La luz de la ventana le dio en la cara y Elena vio cómo las pupilas se le dilataban, negras sobre el gris acero.
—No tiene antídoto.
—Sí lo tiene.
Elena alzó la nota. El papel crujió en el aire denso de la habitación.
—La sangre del dragón primigenio. Usted sabe de qué hablo.
Silencio. Una pausa larga, preñada de significados.
Valdemar no apartó los ojos del papel. Las venas del cuello se marcaron bajo la piel, latiendo visibles.
—¿Se lo ha contado alguien?
—Lo leí. Antes de que esto ocurriera. —La mano le tembló sobre el guante, un temblor que no logró dominar—.
Usted tiene escamas. Usted rompió una fuente de piedra a puñetazos. ¿Porta sangre de dragón?
Él no respondió. El viento movió las cortinas, arrastrando el olor a lluvia lejana.
—Contésteme.
—Sí.
Elena soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Entonces sálvela.
Valdemar miró a Lucía. El perfil quieto, tan frágil contra las sábanas revueltas. Las pecas apagadas como estrellas muertas sobre su piel. La respiración, casi ausente, un hilo a punto de romperse.
—Esto tendrá consecuencias.
—No me importa.
El duque se arremangó. Despacio, sin apartar la vista del rostro de la niña. Las escamas plateadas brotaron desde el antebrazo, reptando bajo la piel como un río vivo, reflejando la luz en destellos imposibles bajo la luz del mediodía.
Tomó una copa de cristal de la mesa. La alzó un instante.
—Necesitaré algo afilado.
Elena le tendió la daga de la escribanía con mano firme. Los dedos se rozaron un instante. Los de él ardían.
Él presionó la hoja sobre su propia carne sin un solo gesto de dolor. La sangre manó, pero no era roja. Plateada.
Viva. Luminosa. Cayó en la copa con un sonido denso.
Una gota. Una segunda. Una tercera. El aire se cargó con un olor extraño, como a tormenta y metal antiguo.
Las escamas cubrieron todo el brazo. El fulgor dorado encendió sus pupilas, transformándolas en dos ascuas.
Elena acercó la copa a los labios de Lucía. La mano no le temblaba al sostenerla. La voz, en cambio, sí.
—Por favor...
La sangre rozó la boca de la niña, un hilo de plata entre los labios pálidos.
La vida pendía del hilo de aquel líquido imposible.
Palacio Real - Aposentos privados. Anochecer.
Camila miraba la ventana. Fuera, los jardines se tragaban la última luz del día. No había mensaje. Ni un aviso. Ni una campana doblando a muerto.
—Debería haber llegado ya.
Paseó de un extremo a otro del salón, las zapatillas de raso rozando la alfombra.
—Una niña no tarda tanto en morir. Una dosis así... no debería haber resistido ni una hora.
Se detuvo. Se miró las uñas. Pálidas, perfectamente limadas, pero con una mínima irregularidad en el pulgar que no había notado hasta ahora.
Si falló...
Se rio. Un sonido seco que rebotó contra los tapices.
—No. Es imposible. Es Lágrimas de la Luna.
Lo sé. Lo he visto antes. Las pupilas se dilatan, la respiración se apaga. No hay error posible.
Pero no se sentó. Sus dedos se crisparon sobre el alféizar de mármol frío. Siguió mirando hacia el horizonte, hacia la silueta distante de la fortaleza de Valdés, esperando algo que no llegaba.