FeverStory

Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.

Episodio 7

La copa tembló en la mano de Elena.

El líquido plateado resbaló entre los labios pálidos de Lucía. Una gota. Otra. La tercera se perdió en la comisura.

Valdemar apretó el puño sobre el corte. Las escamas del antebrazo brillaban con luz propia, un fulgor frío que iluminaba las sábanas.

—Sosténle la cabeza.

Elena obedeció. Sus dedos se hundieron en el cabello castaño. La piel de Lucía seguía helada.

Por favor.

La cicatriz de la muñeca ardía. No por el destino. Por ella. Por el miedo que se negaba a nombrar.

—¿Cuánto tarda?

Valdemar no respondió.

El pecho de Lucía se elevó. Un espasmo. Otro. Las pestañas le temblaron y un hilo de voz escapó de su garganta.

—¿Elena...?

Sonó a pájaro roto. A rama quebrada bajo la nieve.

—Aquí estoy.

Elena apretó la mano de su hermana. El pulso regresaba. Débil, errático, pero regresaba.

Las lágrimas no cayeron. Se quedaron en el borde de las pestañas, contenidas por una voluntad de hierro.

Valdemar retiró la copa. El corte del brazo ya se cerraba, la piel soldándose con un chasquido húmedo. Las escamas se replegaron lentamente, dejando marcas nacaradas.

—Dormirá.

Se puso de pie. Se tambaleó. La palidez le devoraba el rostro.

—Necesitáis reposo —dijo Elena.

—No.

Teresa apareció en el umbral. Sostenía un cuenco con agua limpia y vendas. Miró el brazo del duque. Las marcas nacaradas. La sangre plateada que aún manchaba la copa.

—Señor...

—Agua. Y silencio.

Teresa asintió. Depositó el cuenco junto a la cama y se retiró sin dar la espalda.

El alba arañaba las cortinas cuando Elena salió al pasillo.

Valdemar estaba allí. De pie junto al ventanal, el brazo vendado bajo la manga rota. Las escamas ya no se veían, pero la rigidez de sus hombros delataba el agotamiento.

—No debéis estar aquí.

—No pregunto permiso.

Elena se detuvo a un paso. El pasillo olía a cera y a hierro. A sangre de dragón.

—¿Por qué lo hicisteis?

—Era necesario.

—No. —La voz de Elena se volvió cortante—. ¿Por qué vos?

Pudisteis negarlo. Ocultarlo. Dejarla morir.

Valdemar giró la cabeza. Los ojos ámbar capturaron la primera luz del día.

—Vos no negociasteis su vida. Ofrecisteis la vuestra.

—Es mi hermana.

—Y ahora es mi deber.

El silencio cayó entre ambos. Espeso. Cargado de algo que ninguno nombró.

Elena sostuvo la mirada. La cicatriz palpitó. No de advertencia. De reconocimiento.

Esto es nuevo. Esto no estaba escrito.

—No olvidaré lo que habéis hecho.

—No os pido que lo recordéis.

—Lo haré igual.

Valdemar bajó la vista. Por primera vez, fue él quien rompió el contacto.

Un ruido de botas retumbó al fondo del pasillo.

Seis guardias reales avanzaban en formación. El capitán llevaba un pergamino con el sello del rey. El lacre brillaba bajo los candiles.

Valdemar palideció.

Elena vio cómo sus dedos se crispaban sobre el marco de la ventana. Las marcas nacaradas del antebrazo resurgieron por un instante.

—Duque Valdemar de Valdés. —El capitán desenrolló el pergamino—. Por orden de Su Majestad, queda bajo vuestra custodia la traidora Elena Irsina Valtierra.

El sello real resplandeció.

Valdemar no se movió pero algo en él se rompió. Elena lo sintió en el aire. En la rigidez repentina de su mandíbula.

El Pacto de Sangre.

La palabra no fue pronunciada. No necesitaba serlo.

—Entregadla al alcaide antes del mediodía —continuó el capitán—. La ejecución será al alba.

Elena no retrocedió. No bajó la cabeza.

—Marchaos. Seré escoltada cuando corresponda.

El capitán la miró. Esperaba súplicas. Lágrimas. Recibió hielo.

—Aseguraos de que no huya —ordenó a Valdemar antes de retirarse.

Las botas se alejaron.

Valdemar seguía inmóvil. Los nudillos blancos contra la piedra.

—No podéis desobedecer —dijo Elena.

—No.

—Lo sé.

—Lo sabéis.

Las palabras cayeron como losas.

Elena alzó la mano. Rozó la manga rota del duque. El contacto duró un segundo. Apenas el roce de dos guantes.

—Entonces encontraremos otra forma.

Valdemar levantó la vista. El fulgor dorado aún no se había apagado del todo.

—No hay otra forma.

—Siempre la hay. —Elena retiró la mano—. Yo morí una vez. No pienso hacerlo de nuevo.

Se volvió hacia la puerta de la alcoba. Hacia Lucía, que dormía con el pecho alzándose al fin tranquilo.

Primero ella. Luego el trono. Luego todo.

Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.Episodio 7