FeverStory

Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.

Episodio 8

El amanecer entró por las troneras del Salón del Trono como una cuchillada.

El Consejo en pleno ocupaba los escaños laterales. Terciopelo y acero. Ancianos con medallas y jóvenes con ambición. Alaric presidía desde el sitial del monarca ausente, la capa azul real derramada sobre el mármol como una mancha de tinta.

Valdemar ocupaba su puesto junto a la tercera columna. La palidez aún le afinaba las facciones. El corte del antebrazo ya era una línea nacarada bajo la manga del uniforme.

Elena estaba de pie en el centro del hemiciclo. Sin grilletes. Sin escolta. La capa oscura echada sobre los hombros como un desafío.

—El rey ha firmado —anunció Alaric.

El pergamino se desenrolló sobre el atril. El sello real brilló con la luz de los candelabros. Un lacre escarlata sin burbujas.

Auténtico.

—Alta traición —leyó el príncipe, la voz aterciopelada y doliente—. Conspiración contra la corona. Pena de muerte al alba.

Los murmullos recorrieron el hemiciclo como un escalofrío.

Elena no parpadeó. La cicatriz bajo el guante ardía con un latido sordo, pero su rostro era de hielo.

Primera línea en la otra vida lloré. Ahora no.

Alaric alzó la vista del pergamino. Sus ojos esmeralda se posaron en ella con una tristeza perfectamente esculpida.

—Lamento profundamente que hayáis elegido este camino, señorita Valtierra.

—Vos no lamentáis nada, alteza.

El silencio se hizo sólido.

Alaric sonrió. Una curva leve, compasiva.

—El dolor os hace decir cosas terribles.

—El dolor es un maestro excelente. —Elena deslizó la mirada hacia Valdemar—. Me ha enseñado a distinguir la traición del sacrificio.

El duque no se movió. Pero sus nudillos se blanquearon sobre la empuñadura de la espada.

Alaric se volvió hacia él.

—Duque de Valdés. La corona os encomienda la custodia de la rea. Vos la escoltaréis hasta el cadalso.

El aire se tensó.

No puede negarse. El pacto lo obliga.

Valdemar dio un paso al frente. Las escamas plateadas asomaron apenas sobre el cuello del uniforme. Un fulgor breve, contenido.

—Acepto.

Una palabra. Seca. Como un disparo.

Elena le sostuvo la mirada. No había reproche en sus ojos violetas.

No es elección. Es cadena.

—El traslado será inmediato —continuó Alaric—. Aguardaréis en la antesala del Patíbulo hasta el alba.

El Almacén Real apestaba a madera vieja y abandono.

Cerrojos nuevos clausuraban la puerta de hierro. Las ventanas, cegadas con tablones. Un solo candil temblaba sobre un tonel de pólvora vacío.

Elena se apoyó contra el muro de piedra. El frío le mordió la espalda a través de la capa.

—Esto no es una antesala.

Valdemar recorrió el perímetro con la mirada. Las escamas ya eran visibles.

—No.

—Es una celda.

—Una trampa.

El olor llegó antes que el sonido. Dulce y acre. Humo.

Elena giró la cabeza hacia la rendija de la puerta. Una voluta gris se filtraba por debajo del hierro.

Alaric no esperará al alba.

—Va a quemarnos vivos.

Valdemar ya estaba junto a la puerta. Las manos enguantadas golpearon la chapa. Una vez. Dos. Las bisagras ni se estremecieron.

—Sellada desde fuera.

El techo crujió.

Una viga candente se desgajó de las alturas y cayó sobre ellos. Valdemar la interceptó con el hombro. Las escamas absorbieron el impacto. El fuego lamió el uniforme y lo dejó humeante.

—Duque.

—Estoy bien.

Pero la tela abrasada dejaba ver la carne enrojecida bajo las escamas.

El humo se espesaba. Elena tosió contra el antebrazo. El candil parpadeó y murió.

Solo quedó el resplandor anaranjado filtrándose por las grietas del techo.

Otra vez el fuego. Otra vez la muerte.

La cicatriz le palpitaba con violencia. No por el destino. Por la cercanía del duque.

Valdemar se volvió hacia ella. El fulgor dorado de sus ojos perforaba la penumbra.

—No hay salida.

—Lo sé.

—El tejado va a ceder.

—También lo sé.

Una segunda viga cayó. Más cerca. Las chispas llovieron sobre la capa de Elena.

Valdemar la tomó por la cintura. La apartó del derrumbe con un solo movimiento. Quedaron contra el muro del fondo, el pecho de él contra el hombro de ella.

El aliento de ambos se mezcló con el humo.

—Señorita Valtierra.

La voz le salió ronca. Distinta.

Elena alzó la cara. Las escamas plateadas brillaban en el cuello del duque como una armadura viva. Sus ojos dorados ya no eran impasibles.

Está aterrado. No por él.

—Si este es el fin…

Valdemar no terminó la frase. No hacía falta.

La tomó por la nuca. Los guantes de combate se enredaron en el cabello plateado. La atrajo hacia sí.

El beso fue urgente. Torpe en su desesperación. El sabor del humo y de algo más hondo.

Elena no se apartó.

Sus manos subieron por el uniforme chamuscado hasta los hombros del duque. Sintió las escamas bajo las yemas, ásperas y calientes.

Esto no estaba escrito. En ninguna línea. En ningún destino.

La cicatriz del Retorno estalló en luz violeta.

No dolía. Ardía con una intensidad nueva, como si el fuego del almacén y el fuego de la piel se fundieran en un solo latido.

No es castigo. Es un desvío. Un camino que no existía.

Valdemar se separó apenas. La frente contra la frente. Las pupilas verticales dilatadas.

El techo rugió.

—Agáchate.

El derrumbe los envolvió.

La pared trasera estalló hacia afuera.

Hachas. Gritos. Cubos de agua que silbaban al tocar las vigas incandescentes.

Los bomberos del palacio irrumpieron por la brecha con trapos mojados sobre la boca. Dos de ellos arrastraron a Elena hacia el exterior. Otros tres sujetaron a Valdemar.

El aire exterior golpeó como una bofetada helada.

Elena cayó de rodillas sobre la grava del patio de servicio. Tosió. Escupió hollín. La capa humeaba pero su piel estaba intacta.

Valdemar se incorporó junto a ella. Las escamas se retraían lentamente, dejando marcas nacaradas sobre la piel enrojecida. La quemadura del hombro aún supuraba.

Se miraron.

Él abrió la boca. La cerró.

El Pacto de Sangre le tensó los músculos de la mandíbula. Elena lo vio. La lucha interna. La orden del rey tirándole de cada fibra.

Nada ha cambiado. Y todo ha cambiado.

Valdemar enderezó la espalda.

—La escolta continúa.

La voz era de nuevo la del duque. Pero los ojos dorados no podían ocultar lo que acababa de romperse por dentro.

—Lo sé —dijo Elena.

Se alzó sin ayuda. Se sacudió la ceniza de la capa.

—Iré por mi propio pie.

Las trompetas sonaron desde la Plaza del Patíbulo.

Valdemar caminó delante. Elena detrás. La distancia exacta entre el verdugo y la rea.

La corte se agolpaba tras el cordón de alabarderos. Alaric presidía desde el estrado, la expresión compungida y los dedos entrelazados sobre el regazo.

Elena pasó junto a él sin mirarlo.

La cicatriz le ardía en la muñeca. Un fulgor violeta que traspasaba el guante.

No es el fin. Es el principio.

Apretó el relicario bajo la ropa con una mano.

El cadalso aguardaba.

Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.Episodio 8