Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.
Episodio 9
Apretó el relicario bajo la ropa.
La madera del cadalso crujió bajo sus pies. Valdemar caminaba delante, la espalda rígida y las manos enguantadas cerradas en puños. Las escamas del cuello se habían retraído, pero quedaba un rastro nacarado que palpitaba con cada paso.
—Señorita Valtierra.
La voz del duque sonó como una losa. Elena no respondió. Ya había oído ese tono antes. Era el mismo con el que su padre recibió la orden de cabalgar hacia la emboscada.
No eres tú quien habla. Es el Pacto.
La multitud murmuraba tras el cordón de alabarderos. Damas con pañuelos en la boca. Caballeros de rostro sombrío. Algunos desviaban la mirada. Otros miraban con hambre.
Elena alzó la barbilla y les devolvió la mirada a todos. Uno a uno.
El príncipe Alaric ocupaba el estrado lateral, las manos entrelazadas sobre el regazo y la expresión compungida de quien presencia un deber doloroso. La luz del alba le doraba el cabello como una corona anticipada.
—Lady Elena —su voz era aterciopelada y triste—. Aún puedo interceder. Una palabra vuestra y suplico al rey...
—No tengo nada que deciros, alteza.
La cicatriz le quemó la muñeca. Un latigazo violeta que traspasó el guante.
La verdad quema más que cualquier mentira.
Alaric inclinó la cabeza, los labios curvados en una mueca de aflicción que no llegaba a los ojos. Se llevó la mano al pecho.
—Lo lamento de veras.
El verdugo aguardaba junto al tajo. Un hombretón encapuchado con el hacha apoyada en el suelo. Valdemar se situó a su derecha. Los ojos dorados encontraron los de Elena por un instante.
En otra vida no me miraste así. En otra vida no hubo incendio. Ni beso. Ni este silencio que quema más que las llamas.
La cicatriz palpitó con fuerza. Elena apretó el relicario hasta que el borde se le clavó en la palma. No podía abrirlo. No ahora. No aquí.
El capitán de la guardia desenrolló el pergamino y leyó la sentencia con voz monótona. Traición. Conspiración. Muerte al alba.
Elena no escuchaba las palabras. Miraba a Valdemar. La mandíbula tensa. El pulso golpeándole en el cuello justo donde las escamas habían brillado la noche anterior.
¿Qué planeaste? ¿Qué te estoy viendo hacer sin que puedas decírmelo?
El verdugo alzó el hacha. El sol arrancó un destello del filo.
Y entonces el gas brotó.
Una neblina ambarina surgió de entre los adoquines. Rápida. Silenciosa. La multitud retrocedió entre toses. Los alabarderos se llevaron las manos al rostro.
La hoja del hacha cayó. Pero el golpe sonó distinto. Acero contra piedra. El verdugo la había desviado a propósito en el último instante.
Elena sintió el golpe seco en la nuca. Algo cálido le resbaló por la espalda. Las piernas le fallaron. El suelo del cadalso le golpeó la mejilla.
Sangre. Pero no la mía.
—Está muerta.
La voz de Valdemar cortó el aire como un tajo.
—Retirad el cuerpo por orden del duque. Nadie lo toque.
Escuchó pasos. Manos que la alzaban con brusquedad calculada. Una tela áspera sobre el rostro.
El olor a cuero y a ceniza del uniforme chamuscado de Valdemar.
Lo planeaste. Desafiaste el Pacto. Idiota. Maldito idiota.
La oscuridad se la tragó con ese pensamiento ardiéndole en el pecho.
Alaric entró en el Salón del Trono y la máscara se quebró.
Los portones se cerraron con un eco de bronce. Quedaban tres espías con capucha carmesí. Siempre los mismos.
—Quiero ese cadáver.
La voz ya no era aterciopelada. Era un látigo.
—Antes del mediodía. Abierto. Sobre mi mesa.
—Alteza, el duque ha ordenado...
—El duque obedece al rey. Y yo soy la voz del rey. —Alaric se volvió, los ojos esmeralda llameantes—. ¿O acaso creéis que esa pantomima me ha engañado?
Los espías se miraron.
—Vimos caer el hacha, alteza.
—Visteis caer un hacha. Yo vi a Valdemar sostener la mirada de esa zorra un segundo de más. —Se pasó la lengua por los dientes—.
Traedme pruebas. Sangre. Ropa.
Lo que sea. Pero traedme algo.
—Como ordenéis.
Salieron sin hacer ruido.
Alaric se quedó solo. Se miró las manos. Estaban temblando. No de miedo. De furia.
No está muerta. Lo sé. Y cuando lo demuestre, tú también caerás, duque.
El frío de la piedra le mordió la espalda.
Elena abrió los ojos en la penumbra. Bóvedas de ladrillo viejo. Antorchas ahumadas. Olor a tierra y humedad antigua.
—Despacio, niña. Despacio.
Teresa le sostenía la nuca con una mano firme y un cuenco de agua en la otra. Tenía el moño intacto, pero los ojos enrojecidos.
—Ya pasó. Estás a salvo.
—¿Valdemar?
La voz le salió ronca.
Teresa apartó la mirada.
—Lo planeó todo. El gas. El verdugo comprado.
La sangre de cerdo en la vejiga bajo vuestra ropa. —Le limpió la mejilla con un paño húmedo—. Desafió el Pacto. Sabía lo que le costaría.
Elena sintió un nudo en la garganta. No pidió detalles. No hacían falta.
Puso su vida contra el Pacto de Sangre. Por mí.
—¿Dónde está?
—Debería llegar pronto. Si puede.
Las catacumbas se extendían más allá de la luz de las antorchas. Túneles oscuros. Nichos vacíos. Silencio roto solo por el goteo del agua.
Elena se incorporó. Le dolía todo. Pero estaba viva.
Viva. Porque él decidió arder.
Las lágrimas brotaron sin permiso. No las contuvo. Teresa le apretó el hombro y no dijo nada.
Un roce de botas sobre la piedra.
Valdemar apareció entre las sombras del túnel. Avanzaba con dificultad. Una mano apoyada contra el muro. La capa de verdugo manchada de sangre falsa.
Las escamas le brotaban del cuello. Plata viva. Fulgor dorado en las pupilas.
Nunca las había visto tan brillantes. Tan cerca del dolor.
—Tenéis que iros —dijo él—. Ahora. Antes de que los espías del príncipe...
Su voz era un hilo ronco.
—No.
Elena se puso en pie. Le temblaban las piernas pero la voz no.
—No voy a ninguna parte.
—Señorita Valtierra...
—Elena.
Dio un paso hacia él.
—Me llamo Elena. Y me quedo.
Valdemar abrió la boca. Las escamas del antebrazo destellaron. Una mueca de dolor le atravesó el rostro. Se dobló sobre sí mismo.
Elena lo sostuvo antes de que cayera.
El cuerpo del duque pesaba. Pero no lo soltó.
—Te contaré la verdad —susurró contra su hombro—. Cueste lo que cueste.
La cicatriz le ardió como un hierro al rojo.
Valdemar se desplomó en sus brazos.