Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.
Episodio 10
El peso de Valdemar la obligó a arrodillarse.
Las escamas del cuello del duque desprendían un calor seco. Un fulgor dorado titilaba bajo sus párpados cerrados. Elena le sostuvo la nuca con una mano. Con la otra se quitó el guante izquierdo.
La cicatriz de estrella ya ardía.
—Despertad.
Nada.
—Valdemar.
Un temblor recorrió el cuerpo del duque. Las escamas del antebrazo destellaron. Sus dedos se crisparon sobre la piedra.
Elena apretó los dientes.
Se está muriendo. Por mí. Por desobedecer el Pacto.
La cicatriz lanzó un latigazo violeta. El túnel se iluminó un instante. Valdemar abrió los ojos.
—Vos... —su voz era un roce—. La verdad. Dijisteis...
—Sí.
Elena no apartó la mirada.
—Pero antes necesito que no os muráis. ¿Podéis incorporaros?
Valdemar apoyó una mano en el suelo. Se incorporó despacio. Las marcas nacaradas del cuello palpitaban. Elena le tendió el pañuelo que llevaba atado al brazo.
—Sangrasteis demasiado.
—No es la sangre. Es el Pacto.
El duque se llevó la mano al pecho.
—Cada latido es un hierro candente. Desobedecí una orden directa del rey.
—¿Cuánto podéis resistir?
—No importa.
Sus ojos dorados buscaron los de ella.
—Dijisteis que me contaríais la verdad. ¿Qué verdad, señorita Valtierra?
Elena notó el escozor subir por el antebrazo. La cicatriz de estrella brillaba con luz propia. Ocho puntas.
Se arrancó el guante derecho también.
—Mirad.
Valdemar bajó la vista.
La marca palpitaba en su muñeca. Un calor azul mezclado con destellos violetas. Las esquirlas de luz danzaban sobre la piel.
—Es una estrella de ocho puntas —dijo él.
—Es la Marca del Retorno.
Silencio.
El fulgor de la cicatriz se reflejó en las pupilas de Valdemar.
—El Retorno —repitió—. La leyenda prohibida.
—No es leyenda.
Elena respiró hondo.
—Morí hace diez años. Envenenada con Lágrimas de la Luna. Y regresé.
Valdemar enmudeció.
Ella sostuvo su mirada. La cicatriz ardía como si le clavaran agujas.
—No puedo decirlo todo. La marca me castiga cuando intento revelar ciertas cosas. Pero el pasado que yo viví... ocurrió. Y en ese pasado, vos intentasteis salvarme.
—Yo.
—Llegasteis tarde. Ya había bebido el veneno. Pero recuerdo vuestra capa negra manchada de nieve. Recuerdo que matasteis a dos guardias para llegar hasta mí.
Las escamas del cuello de Valdemar se encendieron. Un fulgor vivo. Su mandíbula se tensó.
—No miento —dijo ella—. Esta marca es la prueba.
—No necesito pruebas.
La voz del duque sonó distinta. Más ronca.
—Os creo.
Elena parpadeó.
—¿Sin más?
—Vuestras predicciones siempre fueron exactas. Vuestro miedo al veneno. Vuestra manera de mirarme... como si ya me conocierais.
Se miraron en la penumbra.
—Moristeis —dijo él—. Y regresasteis para cambiar algo.
—Para destrozar al príncipe. Para salvar a Lucía. Y para...
La cicatriz le recordó el límite. Elena apretó los puños.
—No puedo decir más.
Valdemar alargó la mano. Rozó la muñeca de ella sin tocar la marca. El calor de sus dedos atravesó el aire.
—Basta.
Retiró la mano.
—Ahora sé por qué nunca suplicasteis. Por qué nunca tuvisteis miedo.
—Tuve miedo. Mucho. Pero aprendí a esconderlo.
Valdemar guardó silencio un instante. Las escamas de su antebrazo destellaron otra vez. Esta vez, más despacio.
—Voy a mostraros algo yo también.
Se desabrochó el puño de la camisa. Se subió la manga hasta el codo.
Las escamas plateadas cubrían su antebrazo. No como una armadura. Como una segunda piel viva. Luz líquida bajo la superficie.
—Sabéis que no soy humano.
—Lo supe al ver vuestra sangre.
—Sangre de dragón primigenio.
Elena contuvo el aliento.
—La última que queda en este mundo. Mi padre murió por orden del rey antes de que yo naciera. El Pacto de Sangre nos ata desde hace siglos.
—Por eso vuestra sangre salvó a Lucía —dijo ella—. Las Lágrimas de la Luna...
—No tienen antídoto humano. Solo la sangre del dragón primordial puede neutralizarlas.
Elena sintió un nudo en la garganta.
Él era el antídoto. Todo este tiempo. En mi otra vida, Lucía murió porque nadie lo sabía. En esta...
—Por eso os creo —continuó Valdemar—. Nadie conoce ese secreto fuera de mi linaje. Si vos sabíais que mi sangre podía obrar ese milagro... es porque ya lo habíais visto.
—No lo vi. Lo leí. En los textos prohibidos de la Cámara. Pero sí, ya sabía que erais la clave.
Valdemar bajó la manga. Las escamas se retrajeron despacio. Quedó una estela nacarada bajo la tela.
—Tenéis un plan —dijo—. Lleváis diez años preparándolo.
—Tengo las armas. O sé dónde encontrarlas.
—¿Dónde?
—En estas catacumbas.
Elena se puso en pie. Le tendió la mano a Valdemar.
—¿Podéis caminar?
Él la tomó. Su agarre era firme pese a todo. Se levantó sin apartar la vista de ella.
—Guiamos vos.
Elena caminó hacia el fondo del túnel. Los dedos rozaban la pared de piedra. Contaba los arcos.
Tres a la derecha. Luego el bajorrelieve del unicornio. Luego la grieta.
—Por aquí.
La grieta era estrecha. Valdemar tuvo que pasar de costado. Las sombras olían a humedad y a pergamino viejo.
Al fondo, una puerta de hierro.
—Cerrada —dijo él.
—El archivero real murió aquí en mi otra vida. Lo encontraron una semana después. Pero yo sé dónde escondía la llave.
Elena se agachó. Palpó la base de la columna izquierda. Una piedra suelta. Tiró.
Dentro, una llave oxidada.
—¿Quién era? —preguntó Valdemar.
—Un hombre que descubrió la verdad sobre el príncipe. Y lo pagó con su vida.
La cerradura cedió con un chirrido.
Dentro, una mesa cubierta de polvo. Estanterías con legajos. Y en el centro, sobre un paño de terciopelo, una copa de plata.
Elena se acercó.
Los restos del veneno habían dejado un cerco negruzco en el fondo. Junto a la copa, un sobre lacrado con el sello del médico real.
—Aquí está —murmuró—. La copa que Alaric usó para envenenar al rey en mi pasado. Y el informe que demuestra su esterilidad.
—El príncipe es estéril.
Valdemar tomó el sobre.
—Eso anula su derecho al trono.
—Por eso mató a su padre. Por eso me mató a mí.
Elena alargó la mano hacia la copa.
El dedo rozó el borde.
La cicatriz explotó.
Un fogonazo violeta le subió por el brazo como un rayo. Elena ahogó un grito. Cayó de rodillas.
—¡Señorita Valtierra!
Valdemar la sujetó por los hombros.
—¿Qué ha sido?
—La copa... —Elena miraba el objeto con los ojos muy abiertos—. Está ligada al Pacto. Mi cicatriz ha reaccionado.
—El Pacto de Sangre y vuestra Marca del Retorno están conectados.
—Magia contra magia.
Valdemar la ayudó a levantarse. Elena guardó la copa y el informe bajo la capa. Las manos le temblaban.
—Cuando Alaric se corone —dijo—, activará el Pacto en su máximo poder. No podréis resistirlo.
—Lo sé.
—Pero si llevamos estas pruebas ante la corte... si demostramos que es un traidor y un bastardo estéril... el Pacto se romperá.
—Porque no será el monarca legítimo.
—Exacto.
Valdemar la miró largamente.
—¿Cuándo?
—Cuando el rey muera. No antes. Sin el cadáver del rey y sin la corte reunida, Alaric puede destruir las pruebas antes de que lleguemos. Necesitamos el escenario completo.
—Arriesgáis volver a morir.
—Prefiero morir luchando que escondida en una cripta.
Las escamas de Valdemar destellaron. Un fulgor breve pero intenso.
—Entonces —dijo—, subiremos juntos.
—¿Lo juráis?
—No necesito jurarlo. Ya estoy aquí.
Se oyó un eco lejano. Un retumbo sordo que atravesó la piedra.
Valdemar giró la cabeza.
Una campanada. Luego otra.
El tañido grave del luto real.
Un mensajero de las sombras apareció en la grieta. Encorbado. Con la capa de los servicio secretos de la casa Valdés.
—Duque —jadeó—. El rey Osvaldo ha muerto. El príncipe Alaric ha convocado a la corte. La coronación será al amanecer.
Valdemar miró a Elena.
Ella apretó la copa bajo la capa.
—Es la hora.