FeverStory

Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.

Episodio 11

El mensajero de las sombras retrocedió hacia la grieta. Valdemar se puso en pie sin prisa, como quien se levanta para una batalla largamente aplazada.

—¿El pasadizo del ala este?

—Sigue despejado, mi señor. Los guardias están en la ceremonia.

—Bien.

Elena guardó las pruebas bajo la capa. El peso de la copa le golpeó el costado.

—Subiremos por la escalera de servicio. Cuando lleguemos al Salón, Alaric ya estará coronándose.

Valdemar asintió. No preguntó cómo lo sabía. Ya no necesitaba preguntar nada.

El corredor olía a humedad y a cera de velas consumidas. Las campanas seguían doblando arriba. Un tañido cada doce pasos.

Doce pasos. Doce campanadas. Como los doce años que pasé amándolo sin verlo.

Treinta peldaños después, la luz del amanecer les dio en la cara. Un resplandor frío que entraba por las troneras.

—Falta poco —dijo ella.

Valdemar se detuvo un instante. La miró.

—Si esto sale mal…

—Saldrá bien.

—Si sale mal —repitió él, y el fulgor dorado le cruzó los ojos—, quiero que sepáis que no me arrepiento de nada. Del juramento, del beso, del plan. De nada.

Elena alzó la barbilla.

—Tampoco yo. Pero habláis como un condenado.

—Solo soy precavido.

—Pues reservad la precaución. Aún no hemos empezado.

Siguieron subiendo. Las voces de la corte llegaban como un rumor de colmena.

El pasillo desembocó en el rellano de servicio. Dos guardias bloqueaban la puerta.

Valdemar dio un paso al frente. Ni una palabra. Las escamas le nacieron en el cuello con un chasquido leve.

Los guardias se miraron.

—Duque… —empezó uno.

—Paso.

Se apartaron.

La puerta se abrió sobre el Salón del Trono.

Alaric estaba en el estrado, bajo el dosel real. Vestía de blanco y oro. La corona reposaba en sus manos.

—…y en esta hora de luto —decía, con la voz aterciopelada que Elena conocía demasiado bien—, asumo el peso del cetro para que el reino no desfallezca. Mi amado padre, el rey Osvaldo, fue arrebatado por un veneno vil…

Los nobles murmuraban. Las damas se enjugaban lágrimas fingidas. Camila, en la tercera fila, apretaba un pañuelo con los nudillos blancos.

—…y exijo ahora, en nombre de la sangre que me une a esta corona, la obediencia de todas las casas. Empezando por aquella cuyo pacto nos obliga sin excusa.

Los ojos de Alaric buscaron entre la multitud.

—Duque Valdemar de Valdés. Arrodillaos.

Valdemar avanzó. Las escamas seguían a la vista. La corte contuvo el aliento.

El Pacto se activó.

Elena lo sintió antes de verlo. La cicatriz le estalló en fuego violeta. Un latigazo que le subió del brazo al pecho.

Valdemar dio un paso. Otro. Su rodilla empezó a doblarse.

Alaric sonrió.

Ahora.

Elena apartó a dos cortesanos y entró en el claro de luz.

—¡No lo hará!

La voz resonó en las bóvedas. Giraron cabezas. Alguien ahogó un grito.

—Elena Valtierra —pronunció Alaric, y la sonrisa se le torció—. ¿Acaso el cadalso devuelve muertos?

—No soy un fantasma, Alteza. Soy la prueba viviente de vuestros crímenes.

Sacó la copa. El cristal sucio brilló a la luz de los candelabros.

—Esta copa contiene Lágrimas de la Luna. El mismo veneno con el que matasteis al rey. El mismo veneno con el que me asesinasteis a mí, hace diez años, cuando yo era vuestra prometida.

El silencio cayó sobre el salón como una losa.

—Estáis loca.

—Y este informe —Elena alzó los pergaminos— certifica vuestra esterilidad. No podéis engendrar heredero. Nunca pudisteis. La dinastía que reclamáis es una mentira.

Alaric palideció.

—¡Guardias! ¡Arrestad a esta traidora!

Los alabarderos avanzaron. Valdemar se interpuso.

—Quietos.

Una orden. Solo una.

Pero las escamas le cubrían ya todo el cuello. Los ojos le ardían como ascuas.

El Pacto crujió. Algo se astilló en el aire, algo que nadie vio pero todos sintieron.

Alaric retrocedió.

—No podéis desobedecerme. El Pacto…

—El Pacto —dijo Valdemar— se ha roto.

Elena dio un paso hacia él. La cicatriz seguía ardiendo, pero ya no dolía. Cantaba.

Alaric metió la mano bajo la chaquetilla.

El acero brilló.

—¡Muere con ella, entonces!

La daga voló.

Valdemar no la esquivó. Se giró, cubriendo a Elena con el cuerpo, y el filo se le hundió en el pecho.

Elena gritó.

El duque cayó de rodillas. La sangre le manaba negra por la herida. Pero las escamas resplandecían, vivas, combatiendo el veneno con un fulgor que llenaba la estancia.

—¡Reducidlo! —chilló Alaric.

Nadie se movió.

El capitán de la guardia real desenvainó.

—Príncipe Alaric —dijo—, quedáis arrestado por regicidio y tentativa de asesinato.

Elena se arrodilló junto a Valdemar. Le sostuvo la cabeza.

—No te mueras —susurró.

Él entreabrió los ojos. Las escamas parpadeaban, apagándose y renaciendo.

—Aguantaré —dijo, y era casi una orden.

El médico de la corte se acercó corriendo. Palpó la herida. Alzó la vista hacia Elena.

—Solo la sangre del dragón decidirá si sobrevive —murmuró.

Elena apretó el relicario. No lo abrió. Aún no.

Pero algo dentro de ella supo que aquella lucha no había terminado.

Regresé diez años atrás y esta vez seré la sombra del verdugo, no la novia del príncipe.Episodio 11