Mi prometido me mató, regresé y me casé con su hermano
Episodio 1
El tintineo de las copas se apagó de golpe cuando la puerta de la Sala de contratos se abrió. Liria Valmonte avanzó entre los nobles sin mirar a nadie. El vestido azul noche le pesaba como una armadura. Rodrigo Aranda la esperaba junto al notario real, con la sonrisa exacta de quien ya ha ganado.
—Duquesa Valmonte. Llega usted en el momento justo.
Liria no respondió. Se detuvo ante la mesa donde reposaban los pliegos del compromiso. El aire de la sala olía a cera y a perfumes caros. Nessa, un paso detrás, le acomodó la capa corta con manos nerviosas.
—¿Está todo listo? —preguntó Rodrigo, tendiéndole la pluma.
Liria tomó los pliegos. Los acercó para revisarlos y el perfume la golpeó. Almendras amargas. Dulce, apenas un susurro al fondo del olor a tinta. La mano se le detuvo en el aire.
No era tinta.
Era el mismo veneno que le había quemado la garganta en la otra vida. Lo recordó con nitidez de cuchillo. El té de la tarde, la cortesía de Rodrigo, el insomnio y aquel perfume rondando su cabecera hasta el final.
—Duquesa —insistió Rodrigo—. La corte aguarda.
Liria apartó los pliegos con dos dedos. Los dejó caer sobre la mesa como si ensuciaran.
—Quiero ver la copia original.
Rodrigo parpadeó. Su sonrisa no varió.
—¿La copia? Está en manos del notario, naturalmente.
—Pues que la exhiba.
El notario, un hombre menudo de gafas redondas, carraspeó.
—Su Gracia, la copia obra en archivo. Puedo mandarla traer.
—Mándela.
El silencio se estiró. Los invitados empezaron a girarse. Rodrigo no se movió de su sitio, pero sus dedos rozaron el broche de ónice del cuello.
—¿Desconfía de mí, duquesa?
Liria alzó la barbilla.
—Desconfío de los contratos que no pueden leerse.
—Qué suspicacia tan propia de Valmonte —dijo Rodrigo tras una pausa—. Pero el protocolo exige la firma ahora. Después podrá leer hasta los márgenes.
—No firmo hasta verla.
Nessa dio un paso al frente, la voz aguda.
—Ni falta que hace. La señora ha pedido ver el papel, pues se le enseña. ¿O es que se quemó en la chimenea?
Rodrigo ni la miró. A Nessa la ignoró como se ignora a un mueble.
—Serenémonos. Si la duquesa exige un teatro, lo tendrá.
Hizo un gesto al notario. El hombre salió a paso ligero. Liria no apartó la vista de Rodrigo.
Bajo el guante izquierdo, la cicatriz de quemadura le tensó la muñeca. Ella la recordaba de la otra vida, pero nunca había sabido de dónde procedía. Rodrigo se llevó la mano al pecho, en un gesto de paciencia infinita.
—¿Me permitirá al menos que le acerque la pluma? —preguntó.
—No.
Un murmullo recorrió la sala. Liria giró la cabeza hacia Nessa.
—Busca al capitán Aranda.
Nessa salió sin preguntar. Rodrigo no la retuvo, pero sus ojos verdes se contrajeron.
—Ha llamado a mi hermano. ¿Para esto? ¿Para un arrebato de dama nerviosa?
Liria no respondió. Contó en silencio los pasos de Nessa desvaneciéndose en el corredor. Uno, dos, tres. El corazón le golpeaba las costillas. Soltó el aire.
—No estoy nerviosa.
—Entonces, ¿qué está haciendo?
—Protegerme.
Rodrigo negó con una sonrisa suave, como si compadeciera a un animal herido. Se volvió hacia los invitados.
—La duquesa teme que la engañen. Comprensible. En palacio tantos rumores corren...
pero usted y yo tenemos un trato. Una alianza entre casas. ¿Permitirá que un mal perfume lo arruine?
Liria no contestó. No podía decir que aquel perfume la mataba. No sin confesar la regresión. Y la regresión era su única arma.
El notario volvió con un cartapacio. Lo abrió sobre la mesa. Liria revisó la copia original despacio, línea por línea, fingiendo calma. Rodrigo la observaba desde el otro lado.
—¿Satisfecha?
—No.
Rodrigo entrecerró los ojos.
—¿Qué más desea?
—Aún no lo sé.
La puerta se abrió. Damián Aranda entró con la capa del uniforme ondeando apenas. No se disculpó.
No saludó. Avanzó entre los nobles como una hoja desenvainada. Los invitados se hicieron a un lado.
Liria no lo miró al llegar.
—Capitán. Quédese a mi lado.
Damián se detuvo a su derecha. Una sombra sólida con olor a cuero y a aire de mañana. Ni una palabra.
—Esto es insólito —dijo Rodrigo—. ¿Mi propio hermano escoltando a mi prometida contra mí?
—No es contra usted todavía —respondió Liria.
—Entonces, ¿por qué?
Liria lo miró. Sintió el anillo de sello de Valmonte en el índice, frío como una promesa.
—Porque me caso con su hermano.
El salón entero se quedó mudo. Damián giró la cabeza una fracción hacia ella. Su mandíbula se apretó. No preguntó.
Rodrigo soltó una risa corta, sin abrir los labios.
—¿Perdón? Acaba usted de romper un compromiso sellado ante la corte.
—No lo he sellado. No firmé.
—Eso es un tecnicismo. La palabra de una Valmonte vale tanto como su firma.
—Entonces, cásese con mi palabra. Y deje que su hermano se quede conmigo.
Rodrigo la miró largamente. Su sonrisa se congeló en el borde de algo más duro. No alzó la voz.
—¿Es una broma? ¿Cree que la corona tolerará un capricho así?
—¿Capricho? —Liria sostuvo la mirada—. Usted trajo un contrato que huele a almendras. Yo no firmo lo que me envenena.
Rodrigo palideció. Fue instantáneo. Damián lo notó. Su mano derecha se cerró en el puño.
—Eso es una calumnia —dijo Rodrigo, y volvió a sonreír—. ¿Almendras? ¿En los pliegos? Es el aceite de linaza del archivo.
—Que lo analicen.
—No será necesario.
—Para mí sí.
Damián se interpuso un paso. Sus dedos rozaron el pomo de la espada, apenas.
—Nadie la obligará —dijo, y fue la primera vez que hablaba.
Rodrigo lo miró con una frialdad tan antigua que la sala pareció volverse más estrecha.
—¿Y tú te ofreces? Mi hermano pequeño, siempre tan servicial.
—Damián —la voz de Liria fue un corte seco—. Acompáñeme afuera.
Damián asintió. Le ofreció el brazo sin dejar de mirar a Rodrigo. Liria lo tomó. La capa larga rozó el suelo. Al pasar junto a la mesa, Liria empujó los pliegos con la punta de los dedos.
—Quédeselos. Para el análisis.
Rodrigo no se movió. Cuando Liria y Damián alcanzaron la puerta, los nobles ya murmuraban a espaldas del canciller. Nessa los esperaba en el corredor, pálida y con la cinta verde deshecha.
—Mi niña, ¿qué has hecho?
Liria la miró.
—Lo que debí hacer la primera vez.