Mi prometido me mató, regresé y me casé con su hermano
Episodio 2
El murmullo ya no cabía en la sala. Las velas seguían ardiendo junto al notario real, que no había cerrado aún el cartapacio. Rodrigo dio un paso hacia la mesa.
—La palabra de una dama, con ser valiosa, no sustituye un contrato. Y menos cuando se retira a la mitad de la ceremonia.
Damián se interpuso otra vez, sin prisa.
—Su palabra alcanza.
—¿Ah, sí? —Rodrigo sonrió—. ¿Y quién responde por ella?
—Yo.
La voz de Damián no subió. Los nobles del fondo estiraron el cuello. Rodrigo miró al notario.
—Hágalo constar. La duquesa abandona el compromiso sin sello y sin firma. Pido nulidad.
Liria se había detenido a un paso del umbral. Volvió despacio. La capa corta se le deslizó del hombro y Nessa lo ignoró, pálida.
—Sin firma no hay nulidad —dijo Liria—. Hay papel con veneno. Y ahora propongo un contrato de sangre.
Rodrigo palideció de golpe. Un mechón rubio, impecable, seguía en su sitio.
—¿Con él?
—Con el capitán Damián Aranda.
El notario carraspeó.
—Antes del sello, pregunto impedimentos.
—Los hay —dijo Rodrigo—. Existe un compromiso previo.
Liria se volvió hacia el notario.
—¿Una promesa verbal supera a la sangre?
—No, excelencia.
—Entonces no es impedimento.
Rodrigo se pasó un dedo por el broche de ónice. Sonreía, pero la sonrisa no le subía a los ojos.
—Muy práctico. Sin anillo, sin permiso del rey, sin dote. Y aun así firma con un capitán.
—Él no me tiende documentos con olor a almendras.
La sala quedó en silencio. El notario abrió el registro y mojó la pluma.
—Exijo copia testimoniada —dijo Rodrigo.
—La tendrá.
El notario se volvió hacia Liria.
—Para el sello se requiere sangre.
Liria extendió la palma izquierda. El notario vaciló; ella misma tomó el punzón de plata de la escribanía y se abrió un corte fino desde el pulgar hacia el canto. La sangre brotó oscura. No gimió. No apartó la vista.
Damián ofreció la palma sin quitarse los guantes. El notario negó con un gesto corto. Él se descubrió la diestra y dejó que trazaran la misma línea. Luego apretó la herida contra la de Liria.
La ceniza del sello aún humeaba en el registro. El notario sopló la mezcla y presionó el lacre.
—Queda registrado. Original en mi custodia.
—Copia para cada contrayente —pidió Liria.
Rodrigo no se movió de su sitio. Cuando le entregaron su testimonio, lo recibió con la punta de los dedos, como si manchara.
—Celebro su formalidad —dijo, despacio—. Ilumina mucho el carácter de las personas.
Nadie aplaudió. Nadie brindó.
Damián no soltó la palma de Liria. Bajó la voz solo para ella:
—Hay que salir.
—Aún no.
Liria se volvió hacia Rodrigo y lo miró sin pestañear.
—Queda una cosa.
—¿Sí, duquesa?
—Deje de acariciar ese anillo. Cada vez que lo hace, la sala huele a veneno.
Rodrigo detuvo el pulgar sobre la gema. Por un instante, su cara fue solo un contorno de cera. Luego rio, corto.
—Está agotada. Es comprensible.
Damián ya caminaba hacia la puerta. Liria lo siguió. Nessa se pegó a su capa.
Afuera, en el corredor, el aire olía a azahar de los braseros. Un lacayo corría hacia la escalera de servicio. Damián no la soltó hasta dejar atrás la última puerta con guardias.
—Al palacio ducal —ordenó.
Liria subió al carruaje sin ayuda. El traqueteo empezó antes de que cerraran la portezuela. Nessa, enfrente, se mordía la cinta verde.
—¿Y el rey? —preguntó Nessa.
—Primero la dispensa.
—¿La tienes?
Liria miró por la ventanilla. La ciudad se encendía, farol a farol.
—La tengo. En el archivo ducal.
No era del todo cierto. Era lo que necesitaba creer en ese momento.
El palacio Valmonte se alzó al caer la tarde con las ventanas altas apagadas. Damián entró primero y recorrió el vestíbulo con la vista. Los criados se apartaron. Liria no se quitó la capa.
—Archivo. Ahora.
El archivo estaba al final del ala norte, tras una puerta de roble con doble cerradura. Liria extrajo la llave de una cadenilla oculta en el corpiño. Damián sostuvo el candil.
Dentro reinaba el frío de los cuartos sellados. Estanterías hasta el techo, legajos, cofres con herrajes. Liria fue directa a la hornacina de las dispensas.
El cofre estaba abierto.
No era un robo evidente. El paño de terciopelo seguía extendido. Sobre él no descansaba ningún pergamino. El lacre roto colgaba de la cerradura como una uña.
—Vaciado —dijo Damián.
Liria se inclinó. Pasó la yema por el fondo del cofre. Levantó el paño y lo sacudió. Polvo, nada más.
—No está.
—¿Quién tenía acceso?
—Yo. En teoría.
Se miraron. Damián dejó el candil sobre un saliente y sacó el pie de la sombra.
—Entonces hay una copia suelta en palacio.
—O peor. Hay alguien que sabía qué buscar.
Nessa apareció en la puerta, sin aliento.
—El mayordomo dice que el archivo no se abre desde la luna pasada.
Liria se puso de pie. La palma herida le latía. La abrió y miró el corte. No le dolía tanto como la idea de que Rodrigo no hubiera necesitado forzar nada.
—Selle usted el archivo —dijo a Damián—. Acta de extravío. Y cierre con una llave para usted.
—¿Y usted?
—Yo guardo la otra.
Damián obedeció. El lacre corrió sobre la cerradura. El archivo quedó mudo, con sus legajos y su vacío.
Esa noche, en la Sala de contratos del Palacio Real, el notario aún cotejaba el acta. Rodrigo se plantó ante la mesa con el escribano a su espalda.
—Quiero copia auténtica.
—Ya la tiene, canciller.
—Y un escrito.
—¿Qué clase de escrito?
—Recurso de nulidad. Contra el contrato de sangre sellado esta tarde.
El notario lo miró por encima de los lentes.
—Solo el rey puede anularlo.
—¿Y puede el rey retirar una dispensa ya firmada?
—Eso excede mi oficio. Solo el rey decide.
—Perfecto —Rodrigo apartó el faldón del traje negro—. Anúncielo a la corte.
Tomó el escrito, lo dobló y lo guardó. Acarició el anillo con el pulgar, despacio, como quien roza una promesa.
—Mañana, excelencia, veremos quién necesita ser defendido.
El plumín del escribano raspó el papel hasta la última palabra.