Mi prometido me mató, regresé y me casé con su hermano
Episodio 3
El olor a cera fría y a polvo asentado la recibió antes que la luz. Liria se detuvo en el recibidor del palacio ducal Valmonte con la capa aún sobre los hombros. La mañana entraba por las ventanas altas, gris y sin fuerza.
Nessa le alisó una arruga del vestido.
—No ha dormido, ¿verdad? —murmuró.
—He dormido de pie —dijo Liria—. Como los caballos.
Damián ocupaba el flanco derecho, la mano en el pomo de la espada. Observaba la puerta principal.
No esperaron mucho.
El notario real Vela entró con la toga polvorienta y dos escribanos. Detrás, con una carpeta de cuero negro, Rodrigo Aranda.
—Duquesa. Capitán —saludó Vela—. Traigo la objeción formal del canciller.
Liria no se movió.
—Que la presente.
Rodrigo depositó la carpeta sobre la mesa del recibidor. Sus dedos largos rozaron el cierre de latón antes de abrirlo.
—Existe un compromiso previo, sellado ante testigos —anunció—. No con sangre, ciertamente. Pero la palabra de una casa noble también tiene peso.
—No tanta —dijo Liria.
Rodrigo sonrió.
—Eso lo decidirá el rey.
Vela desenrolló el acta y mojó el plumín.
—La objeción queda asentada. Pero el contrato de sangre ya está registrado. Para anularlo, necesito ver la firma real que dispense la anulación. Además del pago correspondiente.
—Cinco mil soles —dijo Liria.
Rodrigo ni parpadeó.
—La dispensa está en trámite.
—¿Y el compromiso previo? —preguntó Vela—. Debe mostrarlo hoy.
Rodrigo buscó dentro de la carpeta. Sacó un pergamino fino, amarillento en los bordes.
—Aquí está.
Liria se inclinó. El canciller estiró el pergamino sobre la mesa y ella avanzó un paso, los ojos fijos en la última línea. La firma no se distinguía bien. Demasiado pequeña.
—Quiero ver la firma —dijo.
—Con gusto —respondió Rodrigo.
Acercó el documento. Liria se inclinó un poco más. Entonces Rodrigo tiró del pergamino hacia sí, rápido. El borde le rozó la mano.
No fue el borde.
La gema del anillo, oscura y engastada, le arañó la muñeca izquierda.
Liria se echó atrás. Un hilo rojizo cruzaba la piel. Olía a almendras amargas.
—Apártense —dijo ella.
La voz no sonó alta. Sonó fría.
Damián se movió antes que nadie. Le levantó la manga con dos dedos.
—Esto es una agresión —anunció.
—Fue un accidente —dijo Rodrigo—. La duquesa se acercó demasiado.
—Usted tiró del papel —replicó Damián—. Notario, levante acta.
Vela ya estaba anotando. Liria sacó un paño limpio del bolsillo y lo presionó contra el surco sin limpiar del todo. Guardó la muestra en la manga izquierda.
—Custodia —ordenó Damián a dos guardias—. Acompañen al canciller a la salida.
Rodrigo recogió su pergamino con calma.
—¿Me expulsan de la casa de mi prometida?
—De la casa Valmonte —corrigió Liria.
—Veremos cuánto dura esa firma, duquesa.
—Veremos cuánto dura ese veneno —dijo ella.
Rodrigo palideció. Un instante.
—Veneno —repitió—. Qué palabra tan teatral.
—Usted lo ha traído —dijo Liria—. Yo solo lo huelo.
Los guardias flanquearon al canciller. Salió sin resistirse, la carpeta apretada contra el pecho.
Vela terminó el acta y la leyó en voz alta. Agresión. Testigos. La gema del anillo. Al terminar, selló el original.
—Enviaré copia al Templo de la Hiedra —dijo—. Y el canciller queda apercibido. No podrá acercarse a usted sin custodia.
—Que conste —dijo Damián.
—Consta, capitán.
Vela salió con sus escribanos. El recibidor quedó en silencio.
Liria subió a la cámara privada sin ayuda. Damián la siguió. Nessa cerró la puerta.
—¿De verdad era veneno? —preguntó Nessa.
—Huele a almendras amargas —dijo Liria—. Suficiente.
—¿Y si solo era el aceite del guante?
—No llevaba guante en esa mano.
Damián le tomó la muñeca. El surco rojizo seguía allí, limpio ya.
—Hay que llamar a una sanadora del Templo.
—No.
—Liria.
—Primero el acta. Luego la sanadora.
Se apartó con suavidad. Caminó hasta la mesa donde Nessa había dejado una copa de vidrio. La apretó contra el borde, sin mirar.
—Ese hombre no puede acercarse, pero no basta —dijo—. Necesito saber cuánto veneno hay en esa gema.
—¿Y cómo lo haces sin el Templo? —preguntó Damián.
—Con tiempo.
Apretó la copa. El vidrio estalló en su palma derecha. Fragmentos pequeños cayeron sobre la mesa. Nessa gritó una sílaba y corrió hacia ella.
—¡Ay, niña! ¿Qué ha hecho?
—Se me ha roto —dijo Liria.
La sangre le corría entre los dedos. No se quejó.
Nessa le abrió la mano con cuidado, apartó los fragmentos uno a uno. La herida era superficial, pero fea. Liria miraba la sangre y la mesa.
—¿Y el llanto? —preguntó Nessa en voz baja—. Duele, ¿no?
Liria no respondió.
Nessa le buscó los ojos. No había lágrimas. Ni brillo.
—Usted no llora —dijo Nessa—. Se ha clavado el vidrio y no llora.
—Me he asustado —respondió Liria.
—Eso es lo malo. Ni asustada llora.
Nessa le vendó la palma con tiras limpias. Las manos le temblaban.
—Voy a buscar a Soraya.
—¿A la herborista?
—Al Templo. Ella entiende de cosas que no salen en los libros.
Liria cerró los ojos un segundo.
—No le cuentes nada del paño.
—No hace falta —dijo Nessa—. Soraya lo huele todo.
Tomó los fragmentos retirados y los guardó en el mandil. Damián seguía junto a la puerta, quieto como un guardia más.
—Voy con ella —dijo Nessa.
—Ve —respondió Liria.
Nessa salió. El sonido de sus pasos se alejó por el pasillo.
Damián se acercó y le dio la copia del acta notarial.
—Guárdala.
Liria la dobló con la mano izquierda y se la devolvió.
—Quédate tú la copia. Yo guardo el paño.
—¿En qué piensas?
—En cuánto tarda un canciller en conseguir una dispensa falsa.
Damián no preguntó más. Se quedó a su lado, mirando la puerta.
—La muñeca —dijo él.
—Duele —admitió Liria.
—Mañana iremos al Templo.
—Esta noche —corrigió ella—. Las almendras no esperan.