FeverStory

Mi prometido me mató, regresé y me casé con su hermano

Episodio 4

La venda del pulso izquierdo amaneció floja, con una mancha seca en el borde. Liria la miró al sentarse en la cama, todavía con el vestido azul noche arrugado contra las mantas. La habitación del palacio ducal olía a alcanfor y a hierro. Nessa entró sin llamar, con la jofaina humeante y los fragmentos de la copa envueltos en una tela.

—Esa muñeca no me gusta nada.

—A mí tampoco.

Nessa dejó la jofaina en el aguamanil y se acercó con pasos de pájaro. Le tomó el brazo izquierdo y retiró la venda sin pedir permiso.

—Está rojiza. No arde, ¿verdad?

—No. Solo tira.

—Podemos decirle al Templo que fue un tropezón.

Liria la miró con la ceja alzada.

—¿Un tropezón con un anillo?

—Con un zarcillo. O con la esquina del cofre.

Nessa rebuscó en su mandil y sacó tiras limpias. El mentón le temblaba un poco.

—Si informamos, el notario manda otra copia y Rodrigo se entera. ¿No prefieres guardar silencio?

—Prefiero que nadie sepa cuánto he callado.

Nessa le vendó con cuidado, sin apretar. Liria apoyó la mano derecha vendada sobre la rodilla.

—No informamos —dijo al fin—. Tú no viste el surco. Yo no dije nada.

—Y si duele de noche, me despiertas. Sin aviso, sin modales.

—Eso ya lo haces tú.

Nessa casi sonrió. Le puso un broche limpio en la capa corta antes de salir hacia el desayuno.

Soraya llegó poco después, con la túnica gris perla mojada en el dobladillo y una hoja de hiedra prendida en el velo. La recibieron en la sala de recibir del palacio ducal, entre tapices de caza y un reloj de sol abandonado junto a la chimenea.

—He venido por una criada que olía a vidrio roto —dijo Soraya.

Nessa, de pie tras el respaldo del sillón de Liria, se puso colorada.

—No dije eso.

—No hacía falta.

Soraya se sentó sin que la invitaran. Sus manos tibias se posaron sobre el regazo y la hebra blanca le cayó sobre la sien.

—La profecía ya circula.

Liria no parpadeó.

—¿Cuál?

—La tuya. Tres lunas, duquesa. Tres lunas para que el precio se mida o se rompa.

—Yo no he pedido profecía.

—Las profecías no piden permiso.

Damián estaba junto a la ventana, con la copia del acta doblada en el interior del uniforme. No había dicho una palabra desde que Soraya cruzó el umbral.

—Recítala —ordenó Liria.

Soraya inclinó la cabeza. Su voz cambió, sin pausas, como si leyera agua:

—La que vuelve del lecho prestado / tres lunas verá nacer la hiedra en su costado / si no arranca la firma que no quiso dar / el mismo veneno la volverá a buscar.

La sala quedó en silencio. Nessa se abrazó los codos.

—¿Quién la escribió? —preguntó Liria.

—El Templo no nombra a la tinta.

Soraya repitió la última palabra, tinta, y se pasó los dedos por los ojos, que a la luz parecían lechosos.

—No puedo interpretarla ni anularla. Solo velar el plazo.

—¿Y qué precio me cobras por velarla?

—Uno que ya estás pagando.

Liria apretó la mandíbula. Damián dio un paso al frente.

—La copia —dijo.

Soraya sacó de la manga un pergamino pequeño doblado en tres.

—Guárdala quien no sepa llorar.

Liria no extendió la mano. La tomó Damián y la guardó junto al acta notarial.

—Tres lunas —dijo él.

—Tres lunas —repitió Soraya—. Ahora soy huésped.

No dio órdenes. Se levantó y salió hacia el ala este, guiada por una criada que no le preguntó el nombre.

Nessa subió a su alcoba al mediodía con la disculpa de buscar un manto para la visita. Cerró la puerta con pestillo y se arrodilló frente al arcón. Su carta de reconocimiento, la que la nombraba hija natural de un marqués, esperaba bajo las enaguas de lana.

Le dio la vuelta. El sello verde estaba roto.

La cera colgaba en dos mitades, unida apenas por un hilo de lacre. Nessa no la había abierto. Alguien había leído la carta y había vuelto a cerrarla mal.

—Ay, madrecita.

Se guardó el pergamino en la manga del vestido gris y buscó un manto con forro doble. Acomodó la carta entre la tela y el forro. No la quemaría. Quemar pruebas era confesar.

Bajó a la sala de recibir y le puso el manto a Liria sobre la capa. Sonreía con la boca. Con los ojos no podía.

Al anochecer, Rodrigo esperaba en la antesala del consejo del Palacio Real. Un criado se inclinó junto a su oído:

—La herborista del Templo ha entrado en palacio ducal, señor.

Rodrigo no se volvió. Alisó los puños de encaje.

—¿Como huésped?

—Eso dicen.

—Una vidente en casa de mi prometida rebelde. Qué pintoresco.

Apartó al criado con dos dedos y entró en la antecámara interior. Allí estaba el barón de Loa, con su copa de vino aguado y su espalda rota por la gota. Rodrigo se sentó frente a él y deslizó un pliego con la petición de vetar la dispensa real.

—Su firma, barón.

—¿Y mi paga?

—Cinco mil soles de plata. En pagaré.

El barón mojó la pluma. Firmó despacio, relamiéndose los dientes.

—¿Y si la corona pregunta?

—La corona preguntará lo que usted ya habrá olvidado.

Rodrigo dobló la petición firmada y la guardó en la casaca negra. Salió sin ruido, con el broche de ónice como un cuervo dormido en el pecho.

Un mensajero llegó al estudio del palacio ducal cuando las velas estaban a la mitad. Liria leía de pie, a la luz de un atril. Damián le quitó el despacho al criado antes de que pudiera arrodillarse.

—El Consejo revisará la petición de veto —anunció Damián.

—¿Y la dispensa?

—Sin firmar. Rodrigo ha comprado un voto.

Liria cerró el pliego que fingía leer. La llama de la vela se ladeó.

—Pues compraremos el resto del consejo.

—No hay resto. Mañana votan.

—Mañana no. Vivir cuesta más que mañana.

Damián se acercó. Olía a cuero y a caballo, a noche fría.

—¿Qué juras?

Liria lo miró. Con la mano derecha vendada tomó el sello ducal del atril. Le costó apretarlo.

—Juro que tendré esa dispensa antes de tres lunas. Y que no moriré oliendo a almendras.

Apretó el sello. La cera blanda se le clavó en la venda, justo donde la copa le había abierto la palma. No soltó. A la luz de la vela, Damián no preguntó por la sangre. Le sostuvo el pulso, solo el pulso, y guardó silencio.

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