Mi prometido me mató, regresé y me casé con su hermano
Episodio 5
—¿A qué hora salimos?
La voz de Nessa llegó desde la puerta del estudio, ronca de no dormir. Liria seguía de pie junto al atril, con el sello ducal todavía en la mano. No se volvió.
—Al alba. El barón de Loa espera la batida.
—¿Y la dispensa?
—El consejo vota mañana. No voy a quedarme bordando.
Damián recogió de la mesa la copia del verso y la guardó en el bolsillo interior. La vela chisporroteó. Nessa miró la venda de Liria y no dijo nada.
Salieron del palacio ducal con la primera luz. El camino al coto de Loa subía entre pinos y neblina. Liria montaba una yegua torda que le habían preparado los mozos. Damián iba un cuerpo por detrás, a la izquierda. Rodrigo y su séquito los esperaban en el claro de entrada, junto al pabellón de caza.
—Duquesa. Qué puntualidad tan… marcial.
Rodrigo sonrió desde su montura. El broche de ónice relucía contra el cuello alto. Liria pasó a su lado sin responder.
La batida comenzó con cuernos. Perros. Pajes que corrían entre los arbustos.
Liria mantenía la yegua a medio galope por la senda del barranco. El viento le pegaba la capa a los hombros. A la izquierda, el despeñadero humeaba de niebla.
—Firme a la derecha —dijo Damián.
—Lo sé.
Un chasquido seco vino del bosque. La yegua se encabritó. Liria tiró de las riendas con la mano vendada. El animal giró sobre las patas traseras y derrapó hacia el borde.
—¡Liria!
Damián espoleó su caballo y le cortó el paso. Agarró la brida de la yegua con una mano. El peso la desvió apenas.
Los cascos rozaron piedras sueltas. Liria sintió el vacío bajo el estribo izquierdo. Después el golpe.
Los dos cayeron juntos sobre la tierra del margen. La yegua se alejó relinchando.
—¿Estás herida?
—Viva.
Damián se incorporó con la cara gris. El brazo derecho le colgaba raro. Liria se acercó de rodillas.
—El hombro.
Sin decir palabra, se quitó la capa y se la pasó por debajo del brazo. Él apretó los dientes. La sujeción improvisada no era remedio, solo un puente.
Rodrigo apareció al galope con dos monteros. Desmontó con calma.
—Vaya forma de abrir la mañana. ¿El animal se asustó?
—El caballo falló —dijo Damián.
—Qué lástima. Pude ver el derrape desde el recodo. Parecía que alguien había silbado entre los pinos.
Liria lo miró a los ojos.
—Usted no estaba en la batida.
—Me incorporé al oír los cuernos. Es mi prometida la que cabalga junto al barranco.
—Ya no le incumbe.
Rodrigo paseó la mirada por la capa que le sostenía el brazo a Damián y torció la boca.
—Como guste. Que venga un carro.
Nessa llegó antes que el carro. Se arrodilló en la tierra, pálida, con el botiquín abierto.
—Voy a reducir — dijo. — Sujétale.
Liria sostuvo a Damián por el pecho. Nessa contó algo en voz baja. Cuando sonó el hueso, Damián no soltó el aire.
Luego Nessa vendó la muñeca de Liria que ya sangraba. Rodrigo no se fue. Observaba desde la silla, con las manos cruzadas.
—Un accidente lamentable —declaró—. Haré levantar acta.
En media hora estaban dentro del pabellón de caza. El barón de Loa, viejo y doblado, servía vino aguado. Liria se acercó cojeando de la cadera. Se notaba la costilla. No imaginaba que la magulladura fuera hondo, pero pesaba.
—Barón. Hablemos sin batida.
—Duquesa, estoy de caza, no de acuerdos.
—La caza ya se acabó. Su voto en el consejo está comprado. Quiero comprarle la libertad.
El barón se rascó la muñeca. Bebió un trago.
—¿Usted cubriría mis deudas?
—Las que toquen río y molino. Y doy garantía ducal por escrito.
—¿Y si el voto no es dinero lo que lo ata?
—Entonces dígame qué es. Lo demás es viento.
El barón dejó la copa. Se levantó con esfuerzo y fue a un arcón pequeño. Sacó un registro y una copia del pagaré.
—Mi voto está atado por un pagaré de sangre, duquesa. Rodrigo compró mi firma ante notario. —Deslizó la copia.— Esta es la evidencia. Y mi negativa es firme ante el rey.
—¿Por qué me da la copia?
—Porque necesito que alguien sepa que no elegí ser su perro.
—Un perro con registro.
El barón no sonrió. Firmó la negativa en el registro. Liria guardó la copia.
Salió del pabellón al atardecer. El costado le ardía. Buscó a Damián en el patio de carruajes.
Estaba de pie junto al coche, con el brazo sujeto en cabestrillo. Se volvió al oírla.
—¿El barón?
—Atado. Por pagaré.
Damián no preguntó más. Liria notó que miraba la copia que asomaba de su manga. Él desvió la vista.
—¿Y el accidente? —Preguntó.
—Tú lo viste. Dijiste que el caballo falló.
—El caballo falló.
Al decirlo, la mandíbula se le tensó. Liria lo conocía. Era ese gesto mínimo, justo bajo la oreja.
Miró su pecho. El borde de un pliego roto asomaba del bolsillo interior. Ya lo había guardado. No lo mencionó.
—Hablamos en el ducado —dijo Damián.
—En el ducado.
Subió al carruaje. Se acomodó del lado de la ventanilla y se sujetó el costado. Damián entró después. El carruaje arrancó con una sacudida suave.
La última luz entraba de través. Liria no apartó la mirada del pliego que asomaba del bolsillo. Damián se recostó y cerró los ojos. El papel roto siguió allí, al ritmo del camino.