Mi prometido me mató, regresé y me casé con su hermano
Episodio 6
Nadie sobrevive dos veces a la misma trampa sin aprender a contar los silencios. Liria llevaba toda la mañana contando los de Damián. El carruaje los dejó en el atrio del Templo de la Hiedra cuando las campanas aún no tocaban la hora tercera. Soraya esperaba bajo el dintel, con las manos cruzadas dentro de las mangas.
El viento de la mañana arrastraba olor a incienso quemado y a jazmín viejo desde los jardines interiores. Las losas del atrio estaban húmedas por el relente y reflejaban la luz pálida que se filtraba entre los cipreses. Liria avanzó sin levantar la voz, midiendo el eco de sus propios pasos en la piedra. Damián, a su derecha, caminaba con la rigidez de quien no ha dormido y no piensa confesarlo.
—Has venido temprano.
—La profecía. Quiero verla.
—Verla no se puede. Leerla, quizá.
Soraya giró sin añadir más. El archivo quedaba al fondo del claustro, tras una puerta de roble con dos candados.
El claustro olía a piedra mojada y a hojas secas acumuladas en las esquinas. Un gato pardo dormía junto a la cisterna, ajeno al roce de las capas. Liria contó las columnas por costumbre, doce por lado, y notó que Damián hacía lo mismo. Al pasar junto a una celosía, él deslizó los dedos por la madera tallada, como si leyera las sombras con la yema de los dedos. El prior, un hombre seco, miró a Damián de arriba abajo antes de hablar.
—La duquesa entra. El capitán espera.
—El capitán entra conmigo —dijo Liria.
—No hay permiso para seglares.
—Entonces no hay duquesa —Liria se volvió a Damián—. Espera en el claustro.
Damián negó con la cabeza, una vez.
—No.
Soraya alzó la vista. El prior suspiró y descorrió los candados.
—Firmen el registro. Los dos.
Dentro, el archivo olía a cera vieja y a tinta de acacia.
Las vigas del techo crujían con el peso del silencio y un polvo fino flotaba en los haces de luz que entraban por las saeteras. Había estantes hasta el techo, repletos de legajos atados con cintas descoloridas. Una lámpara de aceite chisporroteó junto a la mesa.
Damián se detuvo un instante en el umbral, como si el aire encerrado le pesara en el pecho, y luego avanzó con la mandíbula apretada. Soraya los condujo hasta una mesa con atriles de hierro. Sacó un pliego protegido por una gasa negra.
—Tres lunas, sin llanto, la espina se vuelve corona —recitó—. Esa es la parte que te toca.
—¿Quién escribió el resto?
—El tejido no se estira sin romperse.
—No he preguntado por el tejido.
Soraya apartó la gasa. El verso ocupaba dos renglones, con una caligrafía antigua y una mancha de humedad en la esquina.
—Preguntas como si la profecía ordenara matarte.
—¿Y no lo hace?
—La profecía no ordena. Advierte.
Liria se inclinó sobre el pliego. No lo tocó.
—Acceso limitado, entonces.
—Puedes leer. No copiar.
—Puedo recordar.
Soraya sonrió apenas.
—Eso ya lo has hecho.
Damián se mantenía junto a la puerta. Liria reparó en que no apartaba los ojos de la gasa negra.
Respiraba despacio, con los hombros tensos bajo la capa, y de vez en cuando frotaba el pulgar contra el índice, un gesto que Liria le conocía desde la campaña del norte: era su manera de frenar la impaciencia sin desenvainar. El prior, desde el pasillo, arrastraba un manojo de llaves. El ruido metálico rebotaba en la piedra como un aviso. Liria mantuvo las manos quietas sobre la mesa, pero por dentro repasaba mentalmente el verso: tres lunas, sin llanto, la espina se vuelve corona.
—Hay un registro de salidas —dijo él.
—Al fondo. Tercer estante.
Liria lo siguió sin preguntar. El libro era grande, encuadernado en cuero agrietado. Damián pasó las páginas con la mano buena, deteniéndose en una entrada reciente.
—La copia real. Retirada de la cripta.
—¿Cuándo?
—Hace dos días. Por orden del canciller.
Liria leyó la línea. La letra era de Rodrigo. Sin sello real, con una anotación al margen.
—¿Reconoces la firma?
—Reconozco la letra.
Liria sacó un carboncillo del estuche de viaje y copió la entrada en un paño limpio. Damián la observó sin decir nada.
En el palacio, Nessa cerró la puerta de su cuarto con el pestillo. La carta de reconocimiento seguía en el manto, doblada en tres partes. La sacó.
El sello verde colgaba roto, con la cera partida junto al nudo. Pasó un dedo por el borde. La abrió apenas un dedo y volvió a cerrarla.
—Quien abre y cierra mal... —murmuró.
No terminó la frase. Levantó el colchón y hundió la carta bajo el forro del baúl, entre dos enaguas viejas.
—Ahí no la huele ni la polilla.
Alisó la tela y se sentó encima del baúl. Le temblaban las rodillas.
En el archivo, Liria guardó el paño copiado en la manga derecha. Soraya apareció al final del pasillo con un candelabro.
—El prior quiere cerrar.
—Ya terminamos —dijo Liria.
—Terminar no. Empezar.
Salían al claustro cuando las puertas del atrio se abrieron. Rodrigo Aranda avanzó entre dos oficiales del sello. Llevaba una orden en la mano.
—Buenos días. ¿Interrumpo alguna consulta?
Liria se detuvo a un paso del umbral. Damián quedó delante, sin cubrirla del todo.
—Canciller —dijo ella—. No sabía que el Templo abriera a esta hora.
—No abre. Inspecciona.
Rodrigo alzó el pliego, apenas lo mostró. El sello real brilló bajo la luz.
—Orden de Su Majestad. Verificaremos los registros de salida.
Liria notó el peso del paño copiado contra el antebrazo. Rodrigo sonrió.
—Quédense, si gustan. Una inspección es más clara con testigos.
Soraya miró a Liria. El candelabro goteó cera en el suelo.