FeverStory

Mi prometido me mató, regresé y me casé con su hermano

Episodio 7

El candelabro de Soraya aún goteaba cera cuando Liria dio un paso atrás, hacia el archivo.

—No —dijo—. Usted inspecciona salidas. Nosotros todavía no hemos terminado la consulta.

Rodrigo ladeó la cabeza. El pliego con el sello real seguía en alto, como si pesara poco.

—¿Y qué consulta justifica tanta prisa, duquesa?

—Verificar una cesión.

Soraya se adelantó sin ruido. Tomó el candelabro con las dos manos y miró al prior, que asomaba detrás de los oficiales.

—Reverendo padre. La duquesa pide el libro de salidas antes del cierre.

El prior dudó. Rodrigo sonrió.

—Claro. Que quede registro. Una duquesa no consulta a escondidas.

Liria no mordió el anzuelo.

—No me escondo. Me voy por donde se entra.

Damián ya se movía hacia la mesa. El prior alzó una mano temblorosa.

—Firmen. Los dos.

Lo hicieron en silencio. Soraya anotó la hora, el nombre y el motivo: verificación de cesión. Luego encabezó la marcha por un corredor estrecho que bajaba. Las baldosas estaban frías y desgastadas. Al fondo, una puerta de hierro con hiedra seca en las bisagras.

El libro de salidas esperaba sobre un atril de piedra. Liria lo abrió por la última anotación.

Y allí estaba.

—Dos días antes —dijo Damián.

Señaló la entrada. Copia real de la cripta, cedida al prior por orden del canciller. La letra era de Rodrigo. Sin sello real, solo la firma desnuda.

Liria contuvo la respiración.

—¿La reconoce?

—Es suya.

Ella mojó un paño de repuesto en tinta. Calco despacio, una línea, dos. Damián vigilaba el corredor. El paño regresó a la manga derecha, junto al otro.

—Ya no es una copia retirada —murmuró Liria—. Es una cesión.

—Y sin sello.

—Peor. Su palabra no obliga a la corona.

Cerró el libro. Soraya sopló las velas del fondo y el pasillo se hundió en penumbra.

—Salimos —dijo la vidente—. El prior cierra en breve.

Volvieron por el corredor. El aire olía a piedra mojada y a cera. Liria contó los pasos hasta la salida. Diez, doce. La puerta del archivo apareció al fondo, con la luz mortecina del atrio.

No llegaron.

Un crujido seco sonó arriba. Liria alzó la vista. En el coro alto, una silueta delgada empujó un bulto oscuro. Las lajas se soltaron juntas, como una sola fiera.

—¡Atrás! —Damián la tomó del brazo.

El estruendo se comió el grito. La escalera se dobló en una lengua de escombros. Polvo blanco llenó la garganta. Liria tosió contra la manga. Damián la cubrió con el hombro, de espaldas al derrumbe.

Cuando el ruido cesó, la puerta ya no estaba.

Soraya quedó al otro lado. Un hilo de voz llegó por una fisura.

—¿Duquesa?

—Aquí.

—No se muevan. Avís al prior.

Los pasos de Soraya se alejaron. Damián se dejó caer contra la pared. Tenía polvo en la ceja y sangre fina en el costado, justo donde la capa se había rasgado.

Liria se arrodilló.

—¿Duele?

—No.

—Miente peor que su hermano.

Damián la miró. Los ojos dorados brillaban en la penumbra, como monedas al fuego.

—Él lo hizo.

—Ya lo sé.

—No solo lo sospecha.

—Lo vi. Empujó las lajas.

Damián apretó la mandíbula. Liria desgarró una tira del forro de su propia manga, la dobló y presionó la herida. Él contuvo el aire.

—Duele aquí no —dijo él—. Duele que usted no me suelte.

Ella no aflojó.

—No pienso.

—¿Por qué?

La pregunta cayó entre los escombros. Liria levantó la mirada del vendaje.

—Porque de todos los hombres de mi vida, el único que no me ha soltado es usted.

—Eso no basta.

—Para mí sí.

Damián cerró los dedos sobre la muñeca de ella. Apenas la rozó.

—No me use. Ni siquiera para sobrevivir.

—No es por el ducado.

—Demuéstrelo.

Liria sabía callar. Sabía calcular. Sabía mentir.

No supo resistirse a aquel temblor en la voz de él, un orgullo desarmado pidiendo algo que no se atrevía a nombrar. Se inclinó. La boca de Damián sabía a polvo y a un calor que no venía del incendio. Fue un beso breve, torpe, con el aliento aún cortado por el derrumbe.

Él no la soltó. La acercó una cuarta, solo una, como quien no quiere asustar a un animal herido. Liria le apoyó la frente en el hombro ileso y se quedó así.

—Tres lunas —murmuró ella.

—No hoy.

—Es lo que me queda.

—Saldremos.

—¿Y si no?

Damián le alzó la barbilla con dos dedos. La voz le salió ronca, sin fórmulas de cortesía.

—Sí. Antes del alba. Y ya no encubro a mi hermano.

Liria lo creyó.

Afuera, al otro lado del derrumbe, Soraya regresaba con una tea. Se detuvo un instante junto a la fisura, como si hubiera escuchado algo que no debía. Cerró los ojos y murmuró el verso sin puntuación, sin testigos.

—Tres lunas sin llanto la espina se vuelve corona el precio ya está cobrado.

Después se arrodilló ante las lajas y llamó sin alzar la voz.

—El prior manda buscar palancas.

Rodrigo, mientras tanto, cruzaba el claustro a paso de canciller. Se alisó los puños de encaje. La orden de inspección, doblada, regresó a su pecho. Nadie lo detuvo. Al salir por la puerta del atrio, sonrió con una calma de porcelana y se perdió en la ruta de huida, más allá del seto de hiedra.

Mi prometido me mató, regresé y me casé con su hermanoEpisodio 7