FeverStory

Mi prometido me mató, regresé y me casé con su hermano

Episodio 8

Las promesas no movían piedras. Liria lo comprendió al ver a Damián empujar la última laja con un solo brazo. El alba entraba por la brecha como agua fría. Polvo, yeso y silencio. Soraya aguardaba al otro lado, con una tea humeante y el rostro sin asombro.

—¿Puedes caminar?

Damián asintió. No preguntó si por ella o por la herida. Liria se adelantó y sostuvo el lienzo caído antes de que él lo pisara.

Sus dedos rozaron el bolsillo interior de la casaca. Un bulto. No era costilla. Era papel.

—Después —dijo él.

Afuera, el pasillo privado olía a cera y a tierra removida. Soraya los guio sin volverse. Liria obligó a Damián a sentarse en un banco bajo la hornacina. La herida del costado sangraba fina, como una línea que no terminaba de cerrarse.

—Quite la casaca.

Damián obedeció. Liria desgarró un lienzo limpio y lo dobló. Soraya alcanzó un frasco de esencia de hiedra.

Liria lo vertió sobre la gasa. No era magia. Era ácido y hojas maceradas. Damián apretó la mandíbula cuando el lienzo tocó la herida.

—Silencio —dijo Liria—. El Templo duerme.

—¿Y usted?

—Yo no sangro.

Damián no contestó. Liria anudó el vendaje con firmeza. El pecho de él subía bajo sus manos, cálido y húmedo. Liria retiró las palmas antes de que el contacto se volviera otra cosa.

—Gracias.

—No me las des. Muévase.

Se internaron por el pasillo en penumbra. Soraya alzó la tea. Las sombras se doblaron en las columnas.

El rumor del derrumbe quedó abajo, como un animal que aún respiraba entre los escombros. Liria notó el bulto en la casaca que Damián cargaba doblada sobre el brazo. Podía ser un arma.

Podía ser una llave. No lo soltó.

En el recodo, un lienzo se descolgó del muro. Liria lo recogió. Al alzarlo, su mano tropezó con el forro de la casaca. El pliego asomó.

—Quieto.

Damián giró. Liria extrajo el papel. Sello verde partido. Cera de Rodrigo. Lo desdobló sin apartar los ojos de Damián.

—Es una carta.

—Lo es.

—Con su sello.

—Roto.

—¿Y por qué la tiene usted?

Damián no miró a Soraya. La vidente permaneció inmóvil. El silencio creció entre los tres como una grieta más profunda que la de la cripta.

—La intercepté —dijo él—. Antes de que llegara a su destinatario.

—¿Quién era el destinatario?

—Nessa.

Liria dobló el pliego. Lo guardó en su propia manga, junto al paño con la firma de Rodrigo.

—¿Y calló?

Damián la miró. La mandíbula tensa. No desvió la cara.

—Callé por mi hermano. Fue una falta.

—¿Sabe qué me parece?

—Dígamelo.

—Me parece que su lealtad es una moneda con dos caras. Una para mí. Otra para él. Y usted decide cuál brilla.

Damián inclinó la frente. No pidió disculpa. Tampoco lo hizo Liria.

Siguió andando, con el pliego pesándole en la manga. No era un arma. Era una deuda.

Soraya se arrodilló de pronto en mitad del pasillo. La tea parpadeó.

—Yo la escribí.

Liria se detuvo.

—¿Qué cosa?

—La profecía. Las tres lunas.

Liria no respiró. La vidente sacó de la túnica un pliego pequeño, manchado de tinta violeta. Lo abrió.

—Tres lunas, sin llanto, la espina se vuelve corona.

La letra era suya. Liria la reconoció. Ahora entendía por qué Soraya la seguía, por qué sabía cuándo hablar y cuándo no.

—¿Y por qué no me lo dijo?

—No podía decirlo todo. Aún no.

—¿Me obliga a morir?

—No obliga. Advierte.

Liria apretó los puños dentro de las mangas. No alzó la voz.

—Una advertencia que se lee como sentencia.

—Solo si el miedo la lee.

—¿Y quién la escribió para que Rodrigo la usara?

—No la escribí para Rodrigo. La escribí para ti.

La vidente se levantó. Guardó el verso. La tea volvió a arder pareja.

—Tres lunas —repitió—. El precio ya está cobrado. No lo rompas antes.

Liria no preguntó qué precio. No podía. La lengua se le pegó al paladar.

Soraya lo sabía. Lo que escuchó junto a la fisura no era solo una confesión a medias. Era la confirmación de que Liria ya había pagado algo.

Nessa apareció al final del pasillo con una capa limpia. Respiraba entrecortado.

—Hay un notario real en el pórtico. Viene con el canciller.

Liria se echó la capa sobre los hombros.

—¿Rodrigo?

—Con una petición de nulidad.

El pórtico estaba abierto al sol. Rodrigo aguardaba junto al notario Vela, con el broche de ónice brillando en la mañana. Sonreía.

—Excelencia. Llega a tiempo.

—Canciller —Liria se detuvo a tres pasos—. ¿De qué me notifican?

Rodrigo desplegó un documento.

—La nulidad de su matrimonio con mi hermano. Por falta de dispensa real y por no haberse satisfecho el pago de cinco mil soles de plata. El rey debe firmar, y no lo ha hecho.

Damián se colocó a su lado. Soraya quedó atrás, junto a Nessa. El notario alzó la pluma.

—¿Firma acuse de recibo?

Liria no huyó. Tendió la mano.

—Firmo protesta de posesión.

Rodrigo arqueó una ceja.

—¿Protesta?

—El ducado me pertenece. La palabra de una Valmonte vale tanto como su firma.

El notario anotó. Rodrigo sostuvo la copia con dos dedos.

—¿No piensa siquiera defenderse?

—No necesito hacerlo ante usted.

—Habrá consejo.

—Lo habrá. Y no votarán sin oírme.

Rodrigo la miró con calma de porcelana. Luego entregó la copia. Liria la tomó. Pesaba más de lo que parecía.

—Cinco mil soles no aparecen por orgullo —dijo él.

—Ni por amenazas.

—No es amenaza. Es derecho.

—Un derecho comprado con sangre no es derecho. Es deuda.

Rodrigo sonrió un instante más. Después se retiró con el notario. Liria sostuvo la copia contra el pecho. Damián no se movió. Nessa la cubrió con la capa.

—¿Y ahora?

—Ahora defiendo lo mío.

No miró atrás. El templo entero parecía mirarla, con su cripta rota y sus lunas invisibles. Liria guardó la demanda bajo la capa.

La tinta fresca aún manchaba. Como el sello roto del pliego. Como la promesa.

Soraya murmuró a su espalda.

—La espina se vuelve corona.

Liria no contestó. Ya no le hacía falta.

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